PROCESO SEGUIDO AL GENERAL SANTANDER POR CONSECUENCIA DEL ACONTECIMIENTO DE LA NOCHE DEL 25 DE SEPTIEMBRE DE 1828 EN BOGOTÁ

Germán Mejía Pavony (Compilador)

ISBN: 958-643-000-6 (obra completa)

Nota de Edición: Tomado de la Edición de la Fundación para la Conmemoración del Bicentenario del Natalicio y el Sesquicentenario de la Muerte del General Francisco de Paula Santander. Biblioteca de la Presidencia de la República. Administración Virgilio Barco. Bogotá, 1988.

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Prólogo (pág, XIII)
Nota metodológica (pág, XXI)
Nota para esta edición (pág, 87)
Un análisis jurídico del juicio seguido al General Santander(págs, 253-316)
Índice Onomástico (págs, 319-332)
Índice Toponímico (págs, 333-337)
Índice Temático (págs, 338-392)
Relación de fechas consignadas en la obra (pág, 393)
Cronología (pág, 397-401)
Notas del editor
Ilustraciones

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TABLA DE CONTENIDO

PROCESO SEGUIDO AL GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER POR CONSECUENCIA DEL ACONTECIMIENTO DE LA NOCHE DEL 25 DE SEPTIEMBRE DE 1828 EN BOGOTA

1°   Primera indagatoria al general de división Francisco de Paula Santander. 1828 (28/9)
2°   Declaración de Agustín Horment 1828 (28/9)
3°   Proceso seguido al general Francisco de Paula Santander, por consecuencia del acontecimiento de la noche del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá, fielmente copiado del original que existe en el archivo de la comandancia general de Cundinamarca; y algunas representaciones del mismo general sobre la propia materia

DOCUMENTOS RELACIONADOS CON LA CONDENA A MUERTE, PRISION Y VIAJE HACIA EL EXILIO

Correspondencia íntima y comunicaciones oficiales del Libertador, del consejo de gobierno y del comandante de armas de Bogotá sobre la conducta del reo. Cartas y memoriales del general Santander relacionados con el proceso.

4°   Al general Mariano Montilla. 1828 (28/9)
5°   Al general Mariano Montilla. 1828 (21/10)
6°   Al general Mariano Montilla. 1828 (7/11)
7°   Al general Mariano Montilla. 1828 (14/11)
8°   Al coronel José Domingo Espinar. 1828 (24/12)
9°   Al coronel Daniel Florencio O'Leary. 1829 (8/3)
10   Al señor ministro secretario de Estado en el despacho de guerra. 1828 (10/11)
11   A los colombianos. 1828 (12/11)
12   Al señor general jefe superior del Magdalena. 1828 (14/11)
13   Instrucción al señor Juan Manuel Arrubla para la administración de sus bienes durante el tiempo de su destierro. 1828 (12/11)
14   Al señor José María del Castillo. 1828 (14/11)
15   Al señor José Manuel Restrepo. 1828 (14/11)
16   Al general José María Ortega. 1828 (14/11)
17   De José de Espinar a Mariano Montilla. 1828 (13/11)
18   A la señora Manuela Sáenz. 1828 (19/11)
19   Apunte y extracto de mis conversaciones con el señor Santander en el camino de Bogotá a Cartagena, en forma de diálogo. 1828 (5/10)
20   El señor general jefe superior del Magdalena. 1828 (30/11)
21   Al señor general Mariano Montilla. 1828 (26/11)
22   Al señor general jefe superior benemérito, Mariano Montilla. 1828 (4/12)
23   Al benemérito señor general Mariano Montilla, jefe superior de este distrito. 1828 (7/12)
24   Al benemérito señor general Mariano Montilla, jefe superior del distrito. 1828 (7/12)
25   Al señor general jefe superintendente. 1828 (13/12)
26   A su excelencia el señor general Rafael Urdaneta. 1828 (14/12)
27   Al excelentísimo señor Libertador de Colombia. 1828 (18/12)
28   Al excelentísimo señor presidente Libertador. 1829 (7/1)
29   Al señor comandante de las fortalezas de Bocachica. 1828 (19/1)
30   Al señor Francisco de Paula Santander. 1829 (30/1)
31   Al señor Joaquín Mosquera. 1829 (30/1)
32   Al señor general jefe superior. 1829 (7/2)
33   Al señor Francisco de Paula Santander. 1829 (17/2)
34   Al comandante de Bocachica. 1829 (18/2)
35   Al señor Francisco de Paula Santander. 1829 (25/2)
36   Al benemérito señor general Mariano Montilla. 1829 (26/2)
37   Al señor Juan Manuel Arrubla. 1829 (7/3)
38   Al señor Luis A. Baralt. 1829 (20/3)
39   Al señor presidente y señores de los consejos de ministros y del Estado. 1829 (1/4)
40   Al señor Juan Manuel Arrubla. 1829 (23/4)
41   Al señor Montilla, prefecto del distrito. 1829 (29/4)
42   Al benemérito coronel jefe del estado mayor departamental. 1829 (1/5)
43   A su excelencia el general Jackson, presidente de los Estados Unidos de América. 1829 (19/5)
44   Al benemérito señor general Mariano Montilla. 1829 (21/5)
45   Al excelentísimo señor Libertador presidente de Colombia. 1829 (14/6)
46   Al señor coronel Juan Antonio Piñeres. 1829 (14/6)
47   Al señor Francisco de Paula Santander acompañado de certificado de buena conducta como reo. 1829 (16/6)
48   Al comandante de la Cundinamarca, al ancla en la punta de Macolla. 1829 (2/8)
49   Al general en jefe José Antonio Páez, jefe superior del distrito del norte, a bordo de la fragata Cundinamarca, en la bahía de Puerto Cabello. 1829 (19/8)
50   Memorándum para el benemérito señor coronel Jolly S. L. 1829 (20/8)
51   Al encargado de negocios de México en Londres. 1829 (10/11) 197
52   Al presidente de la República mexicana. 1829 (1/11)

EXPOSICION QUE EL EX VICEPRESIDENTE DE COLOMBIA, GENERAL SANTANDER, DIRIGE A LOS REPRESENTANTES DE SU PATRIA. 1830 (4/7)

53   A los representantes del pueblo colombiano. Exposición que el ex vicepresidente de Colombia, general Francisco de Paula Santander, dirige a los representantes de su patria, manifestando que ha sido perseguido injusta, arbitraria y violentamente bajo la dictadura del Libertador general Simón Bolívar, en odio de su firme y leal conducta en sostener las constituciones colombianas y defender sus libertades desde 1826. 1830 (4/7)
54   Apéndice. Documentos a que se refiere la exposición anterior. 1828 (7/11)

CARTAS INTIMAS DE FRANCISCO DE PAULA SANTANDER A SU HERMANA, DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO

55   A doña Josefa Santander de Briceño. 1828 (19/11)
56   A doña Josefa Santander de Briceño. 1829 (17/2)
57   A doña Josefa Santander de Briceño. 1829 (7/3)
58   A doña Josefa Santander de Briceño. 1829 (23/3)
59   A doña Josefa Santander de Briceño. 1829 (23/4)
60   A doña Josefa Santander de Briceño. 1829 (30/5)



PROCESO SEGUIDO AL GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Por consecuencia del acontecimiento de la noche del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá



PRIMERA INDAGATORIA AL GENERAL DE DIVISION FRANCISCO DE PAULA SANTANDER. 1828 (28/9)

   En 28 de septiembre el señor general y acompañado pasaron a la casa del colegio de ordenandos, donde se halla preso el señor general de división Francisco de Paula Santander, a quien recibió juramento, que hizo bajo su palabra de honor, ofreciendo decir verdad en lo que supiera y fuera preguntado.

PREGUNTADO

   Dónde estuvo y qué conducta observó la tarde y noche del 25 del corriente, dijo: que para mejor absolver esta pregunta debe tomar la cosa desde las 3 de la tarde, a cuya hora vino a comer a su casa, habiendo estado toda la mañana, desde las 9, pagando algunas visitas, como al provisor Rocha, las señoras Almeidas, las señoras Uricoecheas, las señoras Sánchez, las señoras Genoveva Ricaurte y familia, el doctor Viana, en donde le parece que dieron las dos de la tarde, y antes (de) entrar a su casa visitó a la familia de las señoritas Mendozas; que habiendo llegado a la pieza donde habita, le avisó la mujer Antonia, que le cuida la casa, que su hermana la señora Josefa Santander estaba muy mala y que pedía un poco de aceite de almendras, y se lo mandó; que comió muy a la ligera y salió para la casa de dicha su hermana, en donde encontró todas las personas de la familia y a las señoras mujer del doctor Casimiro Calvo y la del doctor Casimiro Joaquín Suárez1, que estaban asistiendo a la enferma, que por la detención de las pares, estaba bien mala; que mandó buscar al doctor Merizalde, que vino, recetó no sabe qué remedios y se fue, anunciando que iba a casa del rector de la universidad a una junta de gobierno. Que el exponente permaneció en la casa, y como cerca de las 5 de la tarde, lastimado de oír los ayes de la enferma, salió a la puerta de la calle y alcanzó a ver fuera de su casa a la mujer del señor José Vásquez Pose y, dirigiéndose a ella, le contó el estado en que se hallaba su hermana; que ella le dijo2 que a una mujer se le había quitado con tal remedio, de que no se acuerda, y le supliqué que se llegara a casa de su hermana, para ver si se le aplicaba. Que en la puerta de la calle de dicha señora estaba parada una de sus niñas y se dirigió hacia ella, con cuyo motivo entró en la casa, en donde estuvo conversando con las señoras un gran rato; que luego salió y volvió a casa de dicha su hermana, que vive en la calle de los carneros; cerca de la oración, viendo que el mal se agravaba, mandó a buscar al doctor Merizalde con el señor Honorato Rodríguez, pariente político del señor José María Briceño, y que habiendo respondido dicho Merizalde que no venía porque no se atrevía a hacer la operación de extraer las pares, llamasen al doctor Cheyne; que entonces hizo buscar al doctor Arganil, que vino, vio a la enferma y escribió una receta; que el exponente la tomó y con una criada llamada Liberata se vino a salir por detrás de la iglesia de San Victorino, a la plazuela, a la botica de un francés que la tiene establecida debajo de la casa que fue de don José Antonio Ugarte; que entró, le leyó la receta y le dijo que la despachara inmediatamente; que le contestó que tres de las drogas que se pedían, y recuerda ahora que eran agua escabiosa y de melisa, no las había en su botica, ni creía que las hubiera en ninguna otra; que el exponente escribió esta misma razón al pie de la receta y la devolvió con la criada a su hermano político; que se quedó conversando con el francés, a quien apenas había saludado anteriormente, sobre el mayor o menor expendio de su establecimiento, y aun le preguntó si había oído hablar de la propuesta que hacía la casa de Laffite, acerca de amortizar la deuda extranjera, sobre lo cual el exponente le respondió que no había oído decir que fuera la casa de Laffite y que sobre esta materia conversaron, dando tiempo a que la criada regresara con alguna otra receta; que al cabo de un rato, que no parecía, salió de la botica y por el mismo camino por donde había venido a ella volvió a la casa de su hermana, andando despacio porque prefería ir así a oír los quejidos de la enferma, pero que solo iba por la calle, es decir, que no iba acompañado por nadie; que llegó a la casa y la enferma acababa de arrojar las pares detenidas. Que se quedó allí conversando sobre partos, sobre la correspondencia entre el ministro del Perú, Villa, y nuestro secretario de estado y sobre fábricas de casas; estando en esta especie de tertulia, las ya nombradas mujeres3 del doctor Calvo y doctor Suárez, su prima Juana Santander, la señora Manuela Ramírez, su hijo el doctor Ezequiel Rojas, que le dijo se iba al otro día para Hato Viejo y quizá a Tunja, que qué era lo que se le ofrecía; que estaban también el doctor Arganil y el padre fray Miguel González, de San Diego, a quien se había llamado por el peligro en que estaba la enferma y porque es su director espiritual; que, como a las 9 de la noche, según le parece, se retiraron para sus casas todos los mencionados, a excepción de la mujer del doctor Calvo, del padre González y el exponente, que resolvió quedarse a dormir allí, como otras veces lo había hecho, como que al efecto, y con motivo de estas agitaciones políticas, siempre había una cama preparada para cuando quisiese ocuparla, y en esta ocasión lo decidió a ello el estado de enfermedad de su hermana. Pero como el ciudadano Francisco González acompañaba al exponente en la pieza en que dormía, porque no se atrevía a dormir con criados, receloso por las mismas turbaciones políticas, teniendo el exponente la llave de las piezas donde tiene sus intereses, se vino a su casa con el mismo Honorato Rodríguez a dejarla y tomar su esclavina y su espada. Que las tomó en efecto, dejó la llave de sus piezas y se volvió inmediatamente a la casa de su hermana; en la pieza donde estaba la cama durmió también el padre González; que tarde de la noche entró al cuarto su hermano político el coronel Briceño, a avisarle que su hermana había oído como descargas de fusil; que se vistió inmediatamente, se levantó la demás gente de la casa y se pusieron a observar lo que sería; que a poco rato tocaron a la ventana y se vio que era el general Ortega con una partida de soldados montados, que les avisó que había novedad en la ciudad; que su hermano y el exponente hicieron ensillar sus bestias y salieron con dicho general por la calle de los carneros a San Francisco, y de allí a la plaza; que cerca de ella encontraron al Libertador con varios generales y oficiales, a quien acompañaron todos hasta el puente de San Francisco por toda la calle del comercio, y de regreso luego por la misma calle hasta su palacio. Que el exponente le preguntó al general Rafael Urdaneta, luego que entró el Libertador a su palacio, lo que debía hacer, tanto por si se le creía útil como principalmente porque en la agitación en que estaban las tropas no fuera a recibir algún insulto por la posición política en que tanto tiempo ha se encuentra; que el general Urdaneta le respondió que se fuera a casa de dicho general, en lo cual parece estuvo de acuerdo su excelencia el Libertador, y permaneció en ella toda la madrugada del 26 hasta las 12 del día, en que el mayor de la plaza, Arce, lo llamó a la comandancia general y fue con él a la casa que sirve de su despacho; que el comandante general París lo condujo a la pieza que sirve de despacho a la comisión de repartimiento de bienes nacionales, previniéndole que permaneciese allí hasta nueva disposición, incomunicado. Que ayer tarde, como a las 4 ó 5, el mismo comandante general lo ha conducido a esta pieza.

PREGUNTADO

   Si tuvo algún antecedente de lo acaecido en la noche del 25 u oyó alguna expresión que pudiera así indicarlo y a quién, responde que absolutamente no tenía conocimiento de que hubiera algún plan que debiera ejecutarse para hacer cualquier cambio, y que está seguro de que aunque lo hubiera habido no se lo habrían comunicado.

PREGUNTADO

   Por qué dice y asegura que si hubiera habido algún plan no se lo habrían comunicado, contestó que porque el exponente, a toda persona con quien hablaba, cuando se trataba de los negocios políticos de la República, le manifestaba su decisión de no mezclarse en nada que pudiera comprometerlo y de marchar al norte con la comisión que se le había dado y tenía aceptada, como que llegado el caso comprobará todos los pasos y medidas que había tomado para el arreglo de sus negocios y para prolongar su ausencia de Colombia, aunque el gobierno no lo ocupase en los Estados Unidos; que añade también que una de las razones que el exponente manifestaba a las personas que mostraban desconfianza sobre el estado de cosas para persuadirlas de que el exponente conocía bien su posición política, era la odiosidad personal que le profesaban los principales jefes de los ejércitos del sur, Magdalena y Venezuela, y la inepcia que los pueblos, a semejanza de los de todos los países, estaban mostrando; que ya por su parte había hecho cuanto le parecía que le aconsejaba su deber y que era preciso acomodarse al tiempo.

PREGUNTADO

   Qué clase de personas eran con las que se expresaba en estos términos y cuál la desconfianza que ellas manifestaban con el estado presente de las cosas, dijo que con el señor Baralt, señor Jacinto Martel, que estaba en compañía de los comerciantes Carrasquilla, Lemos, Rubio, hablándose del estado de miseria pecuniaria en que estaba el país, con los Arrublas, el doctor Suárez, Florentino González, le parece que con el general Vélez, con el general Ortega y no se acuerda con qué otras personas de aquellas bien conocidas por sus buenos deseos patrióticos, y en este estado recuerda al señor José Ignacio París, al doctor Viana. La desconfianza que se manifestaba sobre el estado de la República se reducía a considerar la ninguna moral que tenía ya el ejército y el pueblo, la situación del país por su pobreza y por su estado de insolvencia con los extranjeros, en cuyas precisas circunstancias se temía el rompimiento de hostilidades con el Perú y una invasión de parte de los españoles.

PREGUNTADO

   Si en las conversaciones que tuvo con el señor Florentino González se tocó alguna vez sobre el suceso que tuvo lugar el 25 del corriente u otro parecido, contestó que absolutamente, sobre sucesos como el del 25, no le ha oído nada y que antes de ese día hacía como tres o cuatro que no lo veía; que algunas veces hablaba como conforme con su suerte y otras como desesperado de su situación y resuelto a mejorarla de cualquier modo; que el exponente entiende por su suerte, la particular de González, como que un día le preguntó al exponente si llevaba oficial de legación a los Estados Unidos, y supone el exponente que eso sería por ver si se podría acomodar; que aunque no puede explicar bien esta resolución que le comprendía en su conversación de tomar un partido que lo tranquilizase, vuelve a asegurar que no indicó cosa parecida a la del 25.

PREGUNTADO

   Si sabe cuál era el motivo para el descontento y desesperación de González, contestó que el exponente está cierto de que todo consistía en su delirio por la libertad, que era de lo que hablaba; que el exponente procuraba siempre tranquilizarlo con varias reflexiones y muy particularmente con la de que debían convencerse de que los pueblos hacían bien poco aprecio de esa exaltación con que se trataba y un régimen completamente liberal. Y advierte el exponente que el jueves 18 del corriente se decidió a ir a Soacha para visitar al cura, con quien en días anteriores había quedado de ir, y en efecto lo verificó acompañado desde su casa con dicho cura padre Candia, del padre provincial Torres, del padre Chaves, del doctor Garay, del comandante Carlos Wilthiw y del señor Florentino González; que el exponente, asociado al padre Candia, fue conversando de materias indiferentes hasta el puente de Bosa y de allí continuó hasta Soacha conversando con los otros padres, y ya estaba en el pueblo el señor González, que se adelantó desde la salida de la ciudad; que estuvieron por la tarde todos juntos en tertulia, hablando de todas materias, y a las 6 de la tarde, poco más o menos, se volvió a Bogotá el señor González porque dijo que tenía que asistir el día siguiente temprano a su oficina.

PREGUNTADO

   Si sabe qué movía a González en el actual sistema a delirar por la libertad, respondió que desde que comenzaron las agitaciones políticas en 1826, todo el mundo ha visto al señor González emitir opiniones eminentemente liberales de palabra y por escrito en el periódico que redactaba, y era natural que conservase todavía estas mismas opiniones y que no le gustase el actual régimen, como que no estaba acomodado a esas opiniones que él había emitido. Con lo que se concluyó esta diligencia, en que se afirma y ratifica y firma con dichos señores, de que doy fe. En este estado añade que por la mañana del día 25 se dijo públicamente que había sido preso el oficial Triana, porque había propalado la especie de que se contaba con las tropas para hacer una revolución, especie de la cual hizo poco caso por el autor, a quien el exponente ha creído firmemente adherido al gobierno en el estado actual, por la parte activa que públicamente se dice tomó en el acontecimiento del 13 de junio.

Ortega
Gori
Francisco de Paula Santander
Manuel Mendoza

FUENTE EDITORIAL
   Documentos sobre el proceso de la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Originales del Fondo Pineda y del Archivo Histórico que reposa en la Biblioteca Nacional. Bogotá: Biblioteca Nacional 1942.
FUENTE DOCUMENTAL
   Originales del proceso, folios 200 recto a 204 recto. Biblioteca Nacional de Colombia. Colección Libros Raros y Curiosos.
OTRAS EDICIONES
   Revista Pan, s.l.s.f.

NOTAS
1 Subrayado Joaquín Suárez.
2 Se encuentran aquí tachadas las siguientes palabras: que a una m que remedio era bueno para el mal que estaba p.
3 Va entre renglones mujeres.


DECLARACION DE AGUSTIN HORMENT. 1828 (28/9)

   En la ciudad de Bogotá, a 28 de septiembre de 1828, el señor general José María Ortega, en asocio del doctor José Joaquín Gori, pasó al cuarto adonde se halla preso Agustín Horment, quien ante mí, el escribano, recibió juramento, que hizo por Dios Nuestro Señor y una señal de cruz, y bajo su gravedad ofreció decir verdad en lo que supiere y fuese preguntado; y siéndolo por su nombre, edad, patria y religión, dijo que se llamaba Agustín Horment, de veintinueve años de edad, soltero, natural de Navarren, departamento de los bajos Pirineos de Francia, de religión católica, apostólica.

PREGUNTADO

   Si sabe o presume la causa de su prisión, dijo que supone será por haber ido a asaltar el palacio de gobierno la noche del 25 de los corrientes, con otros.

PREGUNTADO

   El objeto con que fue a asaltar la casa de gobierno y quiénes eran los otros, dijo que el objeto era apoderarse de la persona del general Bolívar y restablecer en la fuerza y vigor la constitución de Cúcuta. Que los sujetos que lo acompañaron fueron Wenceslao Zuláibar y Florentino González y otros cinco paisanos, que no conoce, y el comandante Carujo, y el capitán, pardo de color, López, y dieciséis o diecisiete soldados de artillería, mandados éstos por los expresados Carujo y López.

PREGUNTADO

   Qué pensaban hacer con la persona del general Bolívar luego que se apoderasen de ella, y restableciendo la constitución de Cúcuta a quién debían poner a la cabeza del gobierno, contestó que como el plan del complot no estaba organizado, cree que al general Bolívar se le hubiera retenido como para organizar el restablecimiento de la constitución, y en cuanto a lo demás se pensaba en crear una comisión gubernativa hasta la reunión del congreso para entregar a éste dicha autoridad. Que no sabe tampoco quiénes debían componer esta comisión, pues el plan no estaba organizado, como llevo dicho, y tuvieron que precipitarse por la prisión del capitán Triana.

PREGUNTADO

   Dónde se reunió con los artilleros y personas que deja indicados, a qué hora y quiénes más se hallaban presentes, dijo que como a las 11 de la noche del mismo día 25 se reunió en la casa del joven Vargas Tejada, sita en la esquina de Santa Bárbara, pasada la iglesia hacia la mano izquierda, con los paisanos que deja dichos y algunos otros pocos que no conoce, entre ellos uno de bigotes, y el comandante Pedro Carujo. Que permaneció allí con los expuestos como tres cuartos de hora, empleados en convenir en las personas que debían asaltar el palacio y prender a los comandantes del Vargas y Granaderos, y en las palabras o contraseñas con que debían ser reconocidos mutuamente, y que fueron libertad, radio. Que como a las 12 de la noche o cerca de ella, se dirigió el exponente con siete de los dichos a la plazuela de San Carlos, Carujo y el capitán López con otros dos, al cuartel de artillería, dos o tres a prender al comandante Crofton, e igual número al comandante del batallón Vargas.

PREGUNTADO

   Qué se siguió a la llegada a la plazuela de San Carlos, cuánto tiempo permaneció en ella, con quiénes se reunió y a dónde se dirigió, contestó que permaneció en la plazuela con los paisanos que lo acompañaban como cinco minutos; que pasados, llegó el piquete de dieciséis o diecisiete de artillería mandados por el comandante Carujo y el capitán López, y reuniéndose a ellos se dirigió a la casa de gobierno, armados los paisanos de pistolas y sables, la tropa con sus fusiles, y Zuláibar y el exponente con el puñal que se les ha presentado y pistola el primero, y el que habla con el puñal, que también se le ha presentado, pistola y espada; que llegados a la puerta del palacio, colocaron a los artilleros frente al cuerpo de guardia y el que habla con los paisanos, poniéndose a la cabeza, atropelló el primer centinela, pegándole una estocada con la espada, siguiendo precipitadamente sobre los otros hasta ocupar el alto de la casa; que el que habla guardó la boca de la escalera para impedir que saliera persona alguna, dirigiéndose el resto a las piezas interiores, en donde gritaban vivas a la libertad y preguntaban por el Libertador; que en ese tiempo trató de bajar un negrito, que supone de la casa, y preguntándole por el Libertador, le dijo que se había tirado por un balcón a la calle; que después de eso oyó que una señora decía a los compañeros que el Libertador estaba en la sala del consejo, con cuyo motivo vio que trataban de forzar la puerta; el exponente, sabiendo ya que el Libertador no estaba en el palacio, llamó a sus compañeros y reuniéndolos bajó con ellos al cuerpo de guardia, en donde el comandante Carujo con los artilleros tenían presos a los soldados que componían dicha guardia; que en ella permanecerían como hora y cuarto esperando el parte que el comandante Carujo dijo debían remitirle del cuartel de artillería, de haber tomado el cuartel de Vargas; que mientras permanecieron allí resistieron con fuego algunas partidas que se dirigían a la plaza, y visto que no llegaba el parte de la toma del cuartel Vargas, resolvieron marchar todos juntos para cerciorarse de la verdad al cuartel de artillería, en donde divisaron la guardia del batallón Vargas, formada cerca de la puerta; que ésta les dio el ¡quién vive! y respondieron: ¡libertad! Y como observaron que el cuartel de artillería estaba abandonado, siguieron la calle de Santa Clara abajo, hasta la esquina, en donde el exponente manifestó al comandante Carujo la necedad de seguir el movimiento por falta de fuerza y de apoyo y que, separándose el que habla y Zuláibar, se dirigieron a su casa en la calle de los carneros, en donde encontraron a los criados de ella en pie, al doctor Arganil y a Benito Santamaría; que los de la casa les preguntaron con sorpresa qué era lo que había habido, pues habían oído muchos tiros y ruido en la calle; que el exponente les contestó que habían estado en una refriega y se veían en la precisión de huir; que entonces el declarante y Zuláibar mandaron ensillar los caballos y, habiendo montado, siguieron por detrás de La Capuchina, y al salir al camino que va para Engativá se encontraron con el señor Luis Santamaría, a quien preguntaron de dónde venía, y contestó que había ido por orden del señor Raimundo Santamaría a saber qué era lo que pasaba, y que había visto al general Córdova, que estaba en el camino deteniendo a todos los que salían de Bogotá; que con esta noticia trataron de salir por La Alameda para Usaquén, pero que, al principio de ella, les gritaron: ¿quién vive?, y habiendo contestado: unos paisanos, los mandaron se acercasen, y vio el declarante al general Vélez que mandaba dos soldados a caballo, quien les preguntó qué hacían por aquel lugar, a lo que habiendo respondido el declarante que había salido a imponerse de lo que había pasado, les previno el general Vélez siguieran para la plaza; pero que al llegar a la plazuela de San Victorino se encontraron con unas partidas de tropa que parecía iban a hacerse fuego, con cuyo motivo el general Vélez corrió hacia ellos , y el declarante y Zuláibar se aprovecharon de esta ocasión para regresarse a su casa; que en ella dejaron los caballos y salieron nuevamente a pie y se dirigieron por la esquina que va de su casa a San Diego; y caminando dos o tres cuadras con esta dirección, terciaron hacia La Alameda, y de allí tomando el camino de Yonson (sic) siguieron por los campos hacia la hacienda del señor Antonio María Santamaría, a la cual llegaron poco antes de amanecer; que a la salida de ella encontró un negrito que se dirigía con quesos a la ciudad, en la cocina una criada, que no sabe su nombre, en una sala otros criados con la señora María Campuzano y, por último, en una alcoba, el señor Antonio María Santamaría dormido y a su señora despierta a su lado; que habiendo despertado a dicho Santamaría, éste le preguntó: ¿a qué vienen tan temprano? ¿Qué es lo que les ha sucedido? Y le refirió el exponente todo lo principal de lo que lleva relacionado, refiriéndoselo en pocas palabras, es decir, que había ido con Zuláibar a atacar la casa del palacio del Libertador y que se veían precisados a huir y que para esto les facilitara dos caballos; que Santamaría les dijo que no podía, y que se fueron a pie a esconderse en las malezas, lo que verificaron inmediatamente, sin saber si fueron vistos o no; que permanecieron en las malezas todo el día del 26 hasta entrada la noche, y volvieron a la misma hacienda de Santamaría, en donde habiendo pedido de comer, lo hicieron en poca cantidad por haberles dicho los criados que su amo Santamaría con la familia se habían venido para esta ciudad desde por la mañana, y que allí el que habla y Zuláibar corrían peligro por razón de haber andado una patrulla por aquellos lados; que, además, sus amos se perjudicaban si se llegaba a saber que el exponente y Zuláibar se habían estado en la hacienda; que con este motivo y el de no habérseles proporcionado por los criados los caballos que solicitaron, se regresaron a la maleza, diciendo antes el que declara a un criado llamado Matías, que era absolutamente indispensable que para que pudieran salir de allí les solicitase para la noche siguiente dos caballos, aunque fueran ajenos y tuvieran que pagarlos después; que en la maleza se acostaron hasta por la mañana, en que tratando de internarse un poco más en ella, fueron aprehendidos por unos milicianos a caballo y por unos húsares, quienes los condujeron a la misma casa de la hacienda de Capellanía, en donde ellos mismos mandaron que diesen de almorzar al que declara y a Zuláibar, y de allí los condujeron a esta ciudad, al palacio de su excelencia el Libertador, en donde el que declara fue puesto en un cuarto y de él trasladado al que ahora ocupa.

PREGUNTADO

   Si antes de la reunión que dicen tuvieron la noche del 25 en la casa del señor Vargas Tejada, hubo otras preparatorias en dicha casa o en alguna otra con el fin de acordar el plan que tenían proyectado, dijo que el declarante había tratado sobre asuntos políticos con aquellas personas que conocía y ya ha citado en la calle cuando con ellas se encontraba; pero que ignoraba que el plan estuviese tan adelantado.

PREGUNTADO

   Cómo fue que temía se descubriese dicho plan y él fuese comprometido si en él no había tenido parte, contestó que el exponente tenía noticia de la formación de una reunión de hombres descontentos con la actual forma de gobierno, pero que ignoraba que hubiese un proyecto concebido en términos que estuviese ya para producir revolución.

PREGUNTADO

   Si antes del acontecimiento del 25 del corriente tuvo alguna comunicación con los oficiales que se hallaban presos por la conspiración de Cartagena, o con otros de los que hayan intervenido en el expresado acontecimiento del 25, contestó que comunicación no ha tenido con los oficiales de la conspiración de Cartagena; que por humanidad, y sabiendo que estaban enteramente desprovistos de recursos, recogió entre algunos sujetos del comercio la cantidad de ciento seis pesos y la remitió a los expresados oficiales con un colegial Azuero, que era el que con frecuencia los visitaba por razón de tener un pariente entre ellos, conforme se lo había dicho el mismo Azuero.

PREGUNTADO

   De dónde se hizo al puñal que ha reconocido y con que fue armado al palacio del Libertador, del mismo modo que el que asegura llevó Zuláibar, dijo que con motivo de desear tanto él como Zuláibar hacerse a un puñal, hará como quince días, averiguando por quién los haría bien, los endilgaron a casa de Patricio Parada, adonde se dirigieron Zuláibar y el exponente preguntando por puñales; se les presentaron los dos que ha reconocido, ya concluidos pero sin encabar; que mandándole a Parada ponerle los cabos, éste se los remitió concluidos a pocos días a su casa con alguna persona, en circunstancias de que el exponente no estaba en ella, por cuyo motivo no los ha pagado.

PREGUNTADO

   Quién fue el que dio muerte al coronel Fergusson, contestó que estando el declarante parado en la puerta del palacio, oyó que en la esquina habían parado a un hombre que el exponente observó llevaba un sombrero de jipijapa; que los que lo pararon le preguntaron quién era, y que habiendo respondido que era Fergusson, se arrojó el exponente hacia donde estaban con intenciones de hacerlo poner arrestado en las piezas que servían al cuerpo de guardia; pero que en el instante en que llegó cerca de Fergusson le disparó uno de los que habían pasado un pistoletazo, del que cayó en tierra; que el exponente cree que el que disparó el pistoletazo fue el comandante Carujo, pero que no lo puede asegurar como cosa positiva.

PREGUNTADO

   Si sabe quién dio muerte al coronel Bolívar, que se hallaba en la pieza del general Padilla custodiándolo, contestó que no sabe absolutamente quién fue.

PREGUNTADO

   Diga también cuántos más heridos hubo en el palacio, y por quiénes fueron heridos, dijo que por el que habla fue herido el centinela de la puerta, y el subteniente Ibarra no sabe por quién fue herido, pues Zuláibar fue el que le refirió que se hallaba en este estado.

PREGUNTADO

   Cómo ha dicho no intentarse asesinar al Libertador, cuando de lo que lleva declarado consta el asesinato del coronel Fergusson y heridos el subteniente Ibarra y centinela, dijo que, como lleva dicho, trató sólo de que se arrestara la persona del coronel Fergusson, de atropellar a los centinelas para apoderarse de la del Libertador y que no supo quién hirió al subteniente Ibarra.

VUELTO A RECONVENIR

   Cómo sostiene que no trataron de asesinar al general Bolívar, cuando en la declaración del sargento de artillería, Francisco Flores, que se ha leído, resulta que cuando subió el capitán López a las piezas altas del palacio, iba diciendo: ya está, ya está, y el comandante Carujo dijo que ya había muerto el tirano, lo que manifiesta cuál era el designio que los condujo al palacio, contestó que el exponente no tenía otro designio que el que ha manifestado y no puede responder de las intenciones de los otros.

PREGUNTADO

   Qué motivo tuvo para mezclarse en esta conspiración, pues es público y notorio que lejos de haber recibido agravio alguno del encargado actual del gobierno, ha recibido de él protección y favor, cuando siendo el exponente un extranjero, que ningún interés tiene en el país, debió abstenerse de toda intervención en los negocios políticos, contestó que no tenía absolutamente motivo alguno de queja personal contra el Libertador; pero que lo que lo movió a entrar en la reunión de que ha hecho mención al principio, fue la íntima convicción de que el decreto orgánico o carta últimamente dado a los pueblos de la República por el mismo general iba a causar la ruina del país; que había ya tres años que estaba residiendo en Colombia, en donde por la multitud de relaciones que había ya contraído con familias muy respetables, pensaba fijar su futura residencia; que los sentimientos de amor a la virtud, y lo que es lo mismo, a la libertad racional, son de todos los países, y que el exponente, creyendo hacer un bien, no miró si era del pequeño campo que lo había visto nacer o si era un país extraño.

PREGUNTADO

   Si fuera de la capital se contaba con alguna persona, pueblo o magistrado que cooperara al suceso de que está hablando, dijo que no se contaba con persona o individuo alguno en particular, sino con la voluntad general de los pueblos, porque los creía descontentos por razón de la carta de que ha hecho mención.

PREGUNTADO

   Si tiene algo qué añadir o quitar a la declaración que acaba de dar, dijo que no tiene qué añadir ni quitar, y lo dicho es la verdad en fuerza del juramento que ha prestado.

PREGUNTADO

   Cómo se asegura que se tratase de restablecer en su fuerza y vigor la constitución de Cúcuta, no llamando ésta a ninguna otra autoridad para desempeñar las funciones de presidente de la República sino el vicepresidente; cómo era que se trataba de establecer el gobierno contra lo dispuesto terminantemente en esa constitución, contestó que, pareciendo que por las circunstancias particulares en que se encontraba el general Santander, vicepresidente por la constitución, el poner en sus manos el poder ejecutivo hubiera podido hacer creer que los conspiradores habían podido tener, en algún modo, en vista la venganza del partido que se ha denominado santanderista, y que esto hubiera tal vez creado una resistencia, se creyó más político y conveniente para lograr pronto el asentimiento de las demás partes de la República, nombrar la comisión gubernativa de que ha hecho mención, pues de este modo se alejaba toda sospecha de que la revolución se había emprendido en favor de ninguna persona determinada.

PREGUNTADO

   Qué relaciones de amistad ha tenido con el vicepresidente de la República, dijo que después de haber llegado este señor de regreso de Ocaña, lo visitó públicamente por cumplimiento, a los cuatro o cinco días de su llegada, y desde entonces no lo ha vuelto a ver sino de lejos, ni ha tratado con él. Con lo que se concluyó esta diligencia, en que se afirma y ratifica leída que le fue, y firma con dichos señores por ante mí, de que doy fe.

Ortega
Gori
Agustín Horment
Manuel Mendoza

FUENTE EDITORIAL
   Ortega Ricaurte, Enrique. Documentos sobre el proceso de la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Bogotá: Biblioteca Nacional, 1942, pp. 76-82.
FUENTE DOCUMENTAL
   Cordovez Moure, José María. Reminiscencias de Santqfé y Bogotá, Bogotá, Librería América, s.f. t. 4 p. 132-140, 5a edición.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 20-26.


PROCESO SEGUIDO AL GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER,

POR CONSECUENCIA DEL ACONTECIMIENTO DE LA NOCHE DEL 25 DE SEPTIEMBRE DE 1828 EN BOGOTA, FIELMENTE COPIADO DEL ORIGINAL QUE EXISTE EN EL ARCHIVO DE LA COMANDANCIA GENERAL DE CUNDINAMARCA; Y ALGUNAS REPRESENTACIONES DEL MISMO GENERAL SOBRE LA PROPIA MATERIA


COMO PR A ESTE FAMOSO PROCESO, NOS HA PARECIDO CONVENIENTE PONER LA SIGUIENTE REPRESENTACION

Francisco de Paula Santander

   Honorables representantes de la antigua Nueva Granada, reunidos en congreso.

   Honorables representantes.

   Perseguido atrozmente en odio de los esfuerzos que hice como vicepresidente de la República y como ciudadano, para sostener la constitución de 1821 contra el plan de una dictadura militar, y de instituciones indignas de los sacrificios de los colombianos, en vano ha solicitado la publicación de la causa que puso término a mis persecuciones. Lo solicité a mi partida de Bogotá en noviembre de 1828, y el Libertador, entonces presidente del estado, negó redondamente mi solicitud. Insté nuevamente a su excelencia el general Bolívar, en 13 de diciembre del mismo año desde las bóvedas de Bocachica, por conducto del general Montilla, y ni aun se me acusó el recibo de la representación. Volví a instar desde esta capital, en 13 de abril de 1829, dirigiéndome al mismo general Bolívar, por medio del señor Palacios, agente del gobierno, y tampoco he recibido contestación. Así es que se me han tenido cerradas las puertas legales, para hacer la justificación de mi conducta con la publicación del proceso que me suscitaron con motivo de la conjuración de Bogotá del 25 de septiembre de 1828.

   Esperando a que el tiempo y la calma de las pasiones dejasen oír la voz de la justicia, he sabido, con indecible placer, que el orden legal empieza a restablecerse en mi patria, y que hay esperanzas de que cesen las disensiones que desgraciadamente la han despedazado. Aprovechando tan feliz coyuntura, me apresuro a elevar a vuestras manos este memorial, para pediros en justicia que interpongáis vuestra respetable voz a fin de que se publique por la imprenta el enunciado proceso, y la representación que he dicho haber dirigido desde Bocachica al Libertador. Esto sólo satisface mis deseos y mi ambición, porque la publicación de estos documentos manifestará a todo el mundo las iniquidades cometidas en un país a quien se daba el nombre de república, y bajo un régimen en que se había prometido respetar los derechos individuales, contra un ciudadano que había consagrado a su patria sus servicios durante dieciocho años sin un solo día de interrupción; que había merecido dos veces los votos nacionales para la segunda magistratura del estado, y que lo había gobernado los primeros seis años del régimen constitucional. La publicación de este proceso hará ver hasta qué punto han podido llevarse el encono y la arbitrariedad contra un magistrado que, fiel a sus principios, a sus promesas y a sus juramentos, había tenido que oponerse firmemente a proyectos que, entonces como ahora, he creído contrarios a la libertad de mi país; ella pondrá de manifiesto un procedimiento violento y arbitrario, donde se prescindió de reunir el tribunal militar que las leyes prescribían; donde se omitió la confrontación de todos los testigos con el acusado; donde no se permitió hacer una simple defensa, y ni aun nombrar un defensor; donde se tuvo la audacia de alterar todos los hechos y de inventar cargos que no resultaron del proceso; ella, por último, servirá para decidir que las víctimas de la libertad, inmoladas por el ejército español en 1816, fueron juzgadas con más regularidad, porque siquiera se les permitió defenderse ante el tribunal designado para sacrificarlas.

   Yo no pido nada más, honorables representantes, sino que la imprenta, largo tiempo muda para elevar las justas quejas de cuantos hemos sido víctimas de la dictadura, publique ya el procedimiento, en virtud del cual he sido condenado a las penas más crueles e injustas. Después de que por todos los medios legales, y en los días de la verdadera gloria de Colombia, llegué a los últimos puestos de la milicia y del poder civil, nada ambiciono sino la dicha de mi patria, bajo un gobierno nacional, digno de ella y del siglo, y comprobar a la faz del mundo que mis persecuciones han sido obra de un espíritu de venganza, guiado por una arbitrariedad escandalosa, y no de una conducta depravada.

   Yo quedaré completamente satisfecho si vosotros, conducidos por una recta justicia, accedéis a la presente solicitud.

París, 15 de abril de 1831.

Honorables representantes, 

Francisco de Paula Santander
(Firmado)

PROCESO SEGUIDO AL GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER, ETC.

   En la ciudad de Bogotá, a 22 de octubre de 1828, el señor juez asociado del auditor pasó a una de las piezas del cuartel del escuadrón Granaderos, donde se halla preso el señor general de división Francisco de Paula Santander, a quien recibió juramento, que hizo con arreglo a ordenanza, ofreciendo decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndolo por su nombre, empleo, patria, edad y religión, dijo llamarse como queda dicho; empleo, general de división; natural de la villa del Rosario de Cúcuta; de treinta y seis años de edad; C. A. R.

PREGUNTADO

   Si sabe la causa de su prisión, dijo que la presumió desde el momento en que le dieron la orden de arresto; y la esperaba, porque con motivo de la conjuración del 25 en la noche, y de la posición política en que lo habían colocado las desavenencias de estos dos últimos años, debía temer que se le juzgase complicado en cualquier suceso que perturbase el orden establecido, como lo manifestó, entre otras personas respetables, al señor secretario Vergara, cuando se habló sobre la legación que el gobierno le encargaba para los Estados Unidos. En todo caso, exige el exponente el testimonio del señor Vergara.

PREGUNTADO

   Si tuvo alguna noticia anterior a la conspiración, sobre el plan de los conspiradores, dijo que de la conspiración verificada el 25 no ha conocido su plan.

PREGUNTADO

   Si sabe que se tramase alguna revolución en contra del gobierno actual y contra la persona de su excelencia el Libertador presidente, dijo que el exponente observaba descontento con el actual sistema, y como todas las revoluciones son hijas del descontento, sí temía un movimiento. Que en esta parte sucedía lo que aconteció en Bogotá el año de 1810, a saber, temerse una revolución en favor de la independencia, y no saberse cuándo ni cómo sucedería. Que generalmente se hablaba de los siguientes motivos de descontento: la falta de numerario, el temor de que se rompiesen las hostilidades con el Perú a tiempo en que los españoles amenazaban invadir la República; la severidad con que los rematadores de alcabala cobraban del comercio dicho derecho, la restitución de los conventos de los frailes, las medidas severas y duras del jefe de policía, y el temor de que se exigiesen a este departamento los empréstitos forzosos que se habían exigido al Cauca y a Cartagena. Que también se hablaba generalmente del disgusto que había causado en Popayán un reclutamiento y en la provincia de Neiva; que todo esto, y algunos otros incidentes de menor peso, le hacían temer un movimiento, en términos de que, conversando con el señor José Ignacio París, le manifestó el peligro que corría la República si el Libertador presidente salía para el sur; y a los señores general Urdaneta y Joaquín Mosquera les hizo observar que debían tomar mucho interés en evitar la guerra con el Perú, entre otros motivos, por los males que se causarían a Colombia en su actual estado de desorganización. Que la desmoralización del ejército y de una gran parte de los pueblos, facilitaba los medios de que el descontento tomase el partido que en tales casos se toma.

PREGUNTADO

   Si sabía con qué recursos podían contar los descontentos con el actual sistema, para verificar el movimiento que el exponente temía, dijo que ignora el contenido de la pregunta, porque sus anteriores respuestas no están fundadas sobre un plan conocido.

PREGUNTADO

   Si sabe el sistema de que se valieron los principales autores de la conspiración para buscar prosélitos y ejecutores del plan, dijo que como no sabe quiénes han sido los autores, no puede dar razón a lo que se le pregunta.

PREGUNTADO

   Si el exponente concurrió a alguna reunión antes de la noche del 25, y en aquella misma noche, en la que se tratase sobre la conspiración, dijo que no, y que puede presentar un diario de sus ocupaciones, de día y de noche, en el mes que hace que está en Bogotá, porque ha tenido buen cuidado de conducirse de manera que no desconfiase el gobierno de él.

PREGUNTADO

   Si tuvo noticia de la junta preparatoria para el asalto, que se celebró la noche del 25 en casa de Luis Vargas Tejada, dijo que no.

PREGUNTADO

   Dónde se halló aquella noche, con qué personas, y en qué se ocupó, dijo que en la declaración indagatoria1 que se le tomó el 28 del mes pasado, ha manifestado extensamente en qué se ocupó desde por la mañana el día 25, hasta que salió, la madrugada del 26, de la casa de su hermano político el señor coronel Briceño, con los generales Ortega y Vélez, y que se refiere a ella.

RECONVENIDO

   Que cómo ha asegurado no haber tenido noticia anterior a la conspiración sobre el plan de los conspiradores, cuando de las declaraciones del coronel Ramón Guerra, de la diligencia del careo de éste con el señor exponente, de las declaraciones del capitán Rudecindo Silva, de la del teniente Ignacio López, de la de los capitanes Emigdio Briceño y Rafael Mendoza, consta que no solamente tuvo una noticia anticipada de la conspiración, sino también que ha sido el principal agente de ella, dijo que el coronel Guerra, en el careo, terminantemente dijo que le había hablado de no sé qué cosa de bochinche, sin mencionarle persona ninguna; que absolutamente el coronel Guerra no le ha calificado lo que era tal bochinche, porque el exponente, como lo confesó el mismo coronel Guerra, le aconsejó que se dejaran de ideas semejantes y se estuvieran quietos. Que, como el exponente no dio lugar a que con él entrase en materia el coronel Guerra, es que ha asegurado y vuelve a asegurar que no conocía el plan de conspiración.

   Que una de las cosas que le tienen asombrado es que el señor Vargas Tejada, de quien no se desdora ser amigo, haya sido uno de los principales conjurados sin haber llegado a su noticia, y sin haberle oído siquiera hablar contra el gobierno, en las tres veces que ha hablado con él en esta ciudad, y como que se manifestaba muy contento de haber obtenido la secretaría de la legación de los Estados Unidos; que quizá le mandaría a avisar de lo que se estaba tratando, pero que el exponente no ha recibido aviso alguno, y que cree que si lo hubiera recibido, habría evitado el asalto, y sin comprometer la vida de los conjurados, habría llamado la atención del gobierno.

   Que de que los conjurados, como ha dicho en su declaración el teniente López, hubiesen pensado ponerlo a la cabeza del gobierno, no se infiere que tuviera el exponente conocimiento de la conjuración, porque también Claudio fue colocado en el imperio romano después de la conjuración contra Calígula, y ningún historiador ha dicho que Claudio tuviese parte en la conspiración, y que además, si el recibir destino o preeminencias fuese prueba bastante de que el que las recibe tiene parte en el modo con que se las dan, el Libertador presidente, que ha recibido de los pueblos las más grandes señales de ilimitada confianza, habría tenido parte en todas las juntas y reuniones que se hicieron para esto; lo cual no puede decirse sino con deshonor de su excelencia.

   Que la declaración que se le ha leído del capitán Mendoza no induce cargo ninguno contra el exponente, porque el que le hubiesen dicho al capitán Mendoza que se contaba con el declarante, no prueba de una manera irrevocable que fuese cierto que el que declara estaba de conspirador, así como porque le dijeran al expresado Mendoza que el general Páez también entraba en el movimiento revolucionario, no se ha de juzgar que positivamente entrase; que todos los acontecimientos y conjuraciones de que se tiene noticia dan idea de que, para ganar prosélitos, se supone que pertenecen a la conspiración algunas personas de importancia; que lo que puede decir el que declara es que si se hubiera resuelto a exponer su reputación, su honor y su fortuna dirigiendo una conspiración contra el actual sistema, ni la habría hecho aisladamente, ni la habría ejecutado con torpeza y suma ignorancia, y habría previamente consumido una parte de su fortuna en asegurar su éxito; que el exponente ha hecho profesión pública de sus ideas políticas, cuando por la magistratura que ejercía estaba obligado a ello, y cuando la ley le garantiza expresar estas opiniones: que nunca ha sido conspirador, ni aun en la calamitosa época de 817 y 18, en que diferentes veces se le convidó a revoluciones, y sabe el Libertador presidente que nunca se prestó a ello; que en dieciocho años en que sin interrupción de un solo día ha consagrado sus servicios a la patria, nunca ha obtenido un destino por medio de revoluciones, sino todos por los medios legítimos prescritos por el derecho político; que así es que después del cambio político ocurrido el trece de junio en esta capital, el exponente ha recorrido todo el territorio que hay desde Cúcuta a esta capital por la provincia del Socorro, y no habrá un pueblo que diga que le ha oído al exponente expresarse contra el gobierno, que a mayor abundamiento no debe omitir la circunstancia agravante de que, consultado en el Rosario de Cúcuta por el municipal Baralt, sobre qué deberían hacer en cuanto al acta semejante a la del 13 de junio en Bogotá, le respondió el declarante que la municipalidad debía hacer un acta en que, al mismo tiempo que manifestase su confianza en el Libertador presidente, no indujese deshonor a aquel lugar, y últimamente que cualquiera que fuera su opinón respecto al presente régimen político, estaba bien decidido a ausentarse de Colombia, no sólo por el tiempo que durase la legación a los Estados Unidos, sino por una época más dilatada, como se lo manifestó al señor Vergara, suplicándole tomase interés en que se le diera al exponente una licencia indefinida por el gobierno para permanecer fuera de Colombia, y procediendo de acuerdo con esta resolución, había tomado algunas medidas para la enajenación de algunos bienes muebles y semovientes, y para el arreglo y seguridad de los raíces. Que volviendo a la declaración del capitán Mendoza, le ocurre al exponente que la mejor razón que podía dársele por los que estaban ganando prosélitos para la conspiración, a fin de no ser cogidos en la falsedad de que el dicho exponente pertenecía a ella, era la de asegurarles que no tomaba parte ostensible, porque de otro modo, viendo que no concurría a sus juntas, que no hablaba sobre el negocio con ninguno de los que estaban en el plan, ni daba otras señales de complicidad, era fácil descubrir que se había tomado el nombre del declarante por pura conveniencia.

   Que respecto a la declaración del capitán Briceño, responde, primero, que el creer al exponente jefe del partido por la constitución del año 21 y leyes subsecuentes, es un favor que le quiere hacer el capitán Briceño, pero que no es una consecuencia que se deduce, precisamente, ser por esto conspirador en la conjuración del 25, porque entonces era menester que fuesen conspiradores todos los colombianos que tienen adhesión a la constitución. Segundo, que la primera razón que alega el capitán Briceño para asegurar que el exponente obró como agente principal de la conspiración, prueba todo lo contrario, porque afirma que Carujo sólo le aseguró que los efectos secundarios de la conspiración estaban encargados al exponente, y los efectos secundarios no podían ser otros que ponerlo al frente del gobierno, según parecía a los conjurados, y que ya tiene dicho el exponente que esta circunstancia no induce contra él cargo alguno; que la razón de que el exponente no comprometía su presencia, porque estando emplazado para dar cuenta a la nación de la administración de su gobierno, se creería que hacía la revolución por evadirse de este cargo, es absolutamente infundada, porque lejos de que hubiese pendiente tal juicio, el Libertador presidente lo había destinado a una comisión honrosa fuera del país, y por consiguiente carece de fundamento el dicho del capitán Briceño; la segunda razón en que apoya dicho capitán su creencia, no sólo es infundada, sino contradictoria, porque de una parte afirma que el exponente, como jefe de un partido, debía obrar como agente principal de la conspiración, y de otra asegura haberle dicho el mismo Briceño a Vargas Tejada, que el declarante se opondría a la revolución si se le avisaba; de aquí se deduce que el capitán Briceño ni estaba seguro de que el exponente era agente principal de la conspiración, ni lo juzgaba tal, aunque a sus ojos se presentara como jefe de un partido. La tercera razón en que apoya su aserción el capitán Briceño, la tiene respondida anteriormente, cuando ha absuelto el cargo de que, porque los conspiradores habían de encargarlo del gobierno, lograda que fuera su empresa, había de tener el exponente parte en la conspiración.

RECONVENIDO

   Que cómo supone que los que tramaron la conspiración, únicamente por conveniencia interpusieron el nombre e influjo del confesante para ganar prosélitos, cuando de los autos consta que Luis Vargas Tejada y Florentino González han sido autores principales, como jefes de secciones en que estaban divididos los que componían el número de los que habían entrado en la conspiración, y siendo, como es, constante, que los citados Vargas y González son íntimos amigos del confesante; y que han logrado aun su subsistencia por los empleos que les dispensó, cuando obtuvo la vicepresidencia de la República, y por lo mismo, ningún hombre de buen sentido puede creer que los referidos Vargas y González hayan comprometido infundadamente la persona del confesante haciéndoles saber a los miembros que pertenecían a sus respectivas secciones que el confesante estaba orientado en el negocio, y que se le reservaba para dirigir la nueva marcha en caso de que el plan tuviese buen suceso, y esta protesta de ninguna manera la podían haber hecho sin ser cierto que el exponente dirigía el plan, pues no se puede creer que injustamente buscasen el sacrificio de un buen protector y digno amigo. Tanto más se aumenta esta racional presunción, cuanto que tratándose de restablecer el orden constitucional y de poner a la cabeza al confesante, no se contase con su voluntad antecedente, pues si Claudio no tuvo parte en la conjuración contra Calígula, Claudio no fue rival ni enemigo de Calígula, y es constante que el señor que declara se ha erigido desde el año de 26 y esta parte, en rival y enemigo de su excelencia el Libertador presidente; y dirigiéndose principalmente la conspiración a destruir el actual régimen político y la existencia de su excelencia el Libertador presidente, y restablecer la constitución, de la que el exponente ha sido acérrimo defensor, no hay duda, hablando según el mérito de los autos, de que ha sido el principal agente de la conspiración. Crece tanto más esta probabilidad, cuanto que el plan de los conspiradores todavía era inmaturo, y que abortó por la prisión del capitán Triana, cuya circunstancia ha hecho desconocer a muchos de los comprendidos en él, sus primeros autores, y que se hubiesen frustrado sus esperanzas. No es lo mismo llevar a efecto un plan perfectamente organizado para hacer una conjuración, que el verse en la necesidad de precipitar el movimiento, y en este último extremo, bien se podía echar mano de cualquier hombre que, por su influjo, poder o riqueza, pudiese restablecer el orden y evitar los funestos efectos de la anarquía, como sucedió en Roma con Claudio. Pero cuando un plan bien meditado se lleva a efecto, siempre los injeridos en él cuentan con un principal sostén, con cuyo apoyo se mueven a realizarlo.

   Además, es bien sabido el sistema de que se han valido los autores principales para ocultar a los agentes secundarios, el primer móvil de la conspiración; pero que, ligados éstos a sus inmediatos jefes y socios bajo protestas las más sagradas, tenían todas las probabilidades, o por mejor decir, una certeza moral de que el señor confesante era el autor primordial de la conspiración.

Responde que en las contestaciones que tiene dadas le parece haber refutado victoriosamente las citas de las personas que han hecho mención del exponente en sus declaraciones, y que en lo general de la reconvención se refiere a sus dichas contestaciones; que el exponente está bien persuadido de que sus enemigos no perdonarían esfuerzo alguno, ni incidente, ni circunstancia por lograr sacarlo cómplice en esta conspiración, como con tanto empeño pretendieron complicarlo en calidad de agente principal, en la revolución de Lima del 26 de enero, y en la de Cartagena el mes de marzo, y que si con el sacrificio de su vida se hubiesen de concluir absolutamente las desavenencias en Colombia, tiene bastante patriotismo para sacrificarla con la presencia de ánimo con que el Libertador lo ha visto presentarse en varios combates. Que si el señor Vargas Tejada declara, bajo su palabra de honor, que haya hablado alguna vez con el exponente de conspiración, se sujeta a la pena que se quiera; que es falso que con el señor González tenga la íntima amistad que con el señor Vargas Tejada; que es falso que el exponente haya dádole empleo alguno a Vargas Tejada, como resultará de los libros existentes en el archivo del gobierno; que su conocimiento con el señor González ha provenido de la amistad con su madre y tías. Que en cuanto a empleo, le parece al exponente que en el año de 24 ó 25, le dio una plaza en la secretaría de relaciones exteriores a insinuaciones del señor Gual, o del señor Revenga, la cual dejó a poco tiempo, y el exponente no volvió a emplearlo más; que por consiguiente pierde mucho su fuerza esta parte de la reconvención; que en cuanto a lo que puedan creer las personas de buen sentido, se somete a lo que juzguen de su complicidad, o inocencia, aquellas que, a ese buen sentido, reúnan imparcialidad y aun conocimiento íntimo de su conducta y sentimientos. Así es que, si hombres como los señores José María del Castillo, José Manuel Restrepo, Félix Restrepo, Francisco Cuevas, Antonio Viana, Estanislao Vergara, Joaquín Mosquera, José Ignacio París, general Urdaneta, y cien más, que no cita por no ser molesto, aseguran, por las especies que suministran los autos, que el exponente ha dirigido, aconsejado o auxiliado la conspiración, tendrá que confesar mal de su grado que es reo de este delito.

   Respecto de la parte de la reconvención que le arguye de rivalidad y enemistad hacia el Libertador presidente y de estar premeditado por los conjurados colocarlo al frente de los negocios, responde que la suposición de rivalidad es notoriamente infundada, y es dar poco valor al mérito del general Bolívar pensar que el confesante, desprovisto de una multitud de circunstancias favorables, pudiera erigirse en su rival; que aunque en muchos papeles públicos han dado por cierta esta rivalidad, es menester no olvidar que estos papeles se han publicado en el furor de los partidos y de las pasiones; que en cuanto a la enemistad, cree el exponente que se ha dado este nombre a la oposición de ideas políticas entre su excelencia y el que declara, oposición que ha hecho enmudecer a los sentimientos de afecto y gratitud, estando por delante los del deber, del honor y de la fidelidad a la nación; que aunque el exponente (siente tener que decirlo) tiene motivos de resentimiento con su excelencia el Libertador, ellos nunca han ahogado la voz del patriotismo, que le dice al exponente que la persona del general Bolívar al frente de Colombia conserva la unión y evita la guerra civil, confesión que el exponente ha hecho en público, en la convención de Ocaña, y en privado, con sus conocidos y amigos; que esta consideración se aumenta si se considera que, habiendo dirigido el exponente su conducta, durante los diez años de su cartera pública, por la senda del deber y del honor para merecer un buen concepto, se habría degradado, y se habría hecho acreedor a la pública execración, si hubiera entrado en una conspiración de sangre y horror. Que no es buen argumento para presumirlo conspirador el alegato de la rivalidad y enemistad hacia el Libertador presidente, porque los principales conjurados contra César, lejos de ser sus rivales y enemigos, eran sus amigos y parientes adoptivos. En este estado mandó el señor juez suspender esta confesión para continuarla después, y la firma con el señor juez, y el auditor por ante mí.

Pareja
Francisco de Paula Santander
Mateo Belmonte

   En la ciudad de Bogotá, a 30 de octubre de 1828, el señor juez, asociado del auditor, pasó a la pieza donde se halla arrestado el señor general de la división Francisco de Paula Santander, con el objeto de continuar la confesión que quedó pendiente, y previo el juramento de ordenanza, dijo que en continuación de los descargos que tiene que dar a la reconvención pendiente, dice que por lo que se le ha leído de los autos, deduce que hay circunstancias en la conspiración que, lejos de comprobar que el declarante haya sido agente o cómplice en ella, prueban su inocencia, porque apareciendo que esta conspiración debió efectuarse la noche del 10 de agosto último, y no habiendo llegado el que expone a esta capital, sino el 25 del mismo mes, no podía tener parte en el suceso ni en el plan, resultando que los conjurados se reunieron la noche del 25 en casa de Vargas Tejada sin previa anuencia ni conocimiento del declarante, y que se repartieron entre sí los papeles que debían ejecutar en la escena, también sin esta previa anuencia y conocimiento; es más claro que la luz que el exponente no tenía parte ni en la dirección ni en la ejecución del plan; y constando, por último, que los conjurados discutieron y aprobaron entre sí lo que debía ejecutarse con el exponente, terminada que fuera su empresa, no es menos claro que disponían de la suerte del que declara a su voluntad, aunque en armonía con la idea que tenían de restablecer la constitución del año 21, y por consiguiente sin contar con el que ahora se supone haber sido agente principal. Observa el exponente una notable contradicción entre lo que expuso el ex coronel Guerra en su declaración de careo con el que declara, y lo que asegura el capitán Briceño, o el capitán Mendoza, haberle oído al mismo Guerra; éste dijo en su careo que el exponente absoluta y terminantemente había desaprobado la especie de bochinche que se podía hacer, y aconsejádole que hiciera desistir de semejante idea a todo el que la tuviese, y uno de los dichos capitanes ha asegurado haberle dicho Guerra que el exponente apenas creía que el plan era aventurado; de aquí se deduce con igual claridad que de los argumentos anteriores, que los conjurados tenían que incurrir en contradicciones para no descubrir que el exponente no conocía su plan, y para evitar el que se conociese que el que declara no estaba resuelto de ninguna manera a representar el papel de conspirador.

   No habiendo recibido el exponente ninguna clase de aviso sobre la ejecución del plan el 25 de septiembre último, y asegurándose que se discutió en casa de Vargas Tejada sobre si se debía, o no, avisársele, en cuyo punto es de observarse que estuvieron por la negativa varios de los conjurados; cree el exponente una de dos cosas, que, o Vargas Tejada, que tomó empeño en ser el mensajero, quiso aprovecharse de esa coyuntura para tomar consejo del que declara, o se anunció sólo la especie de aviso para mantener la ilusión de que el exponente conocía el plan de la conspiración. Esta conjetura recibe toda su fuerza de los argumentos que se han tomado, de la calidad de las citas que se han hecho del exponente en algunas declaraciones.

   A los ojos del que declara no tiene fuerza la reconvención del señor juez, en la parte que la funda en las relaciones de amistad que ha tenido con Vargas Tejada y González, lo primero porque para un negocio de tanta gravedad como una conspiración, en que se interesa la vida y el honor de un ciudadano, no debe juzgarse por débiles conjeturas tomadas de inferencias o analogías, sino por pruebas tan claras como la luz del medio día, según la expresión de todos los escritores que han tratado de juicios; lo segundo, porque no bastan en estos casos las solas relaciones de amistad entre dos o tres personas para juzgarlas cómplices de un hecho, es menester que concurra también una perfecta igualdad de circunstancias entre ellas, de fortuna, reputación, relaciones de sangre, etc. Así es que frecuentemente se vieron divididos entre sí, ya los senadores romanos, ya los tribunos del pueblo, defendiendo unas veces un senador los principios democráticos que desautorizaban al senado, y otras veces sosteniendo un tribuno contra el pueblo los principios aristocráticos que lo oprimían. Y lo tercero, porque si las sencillas y honestas relaciones de amistad fuesen suficientes para inducir culpabilidad contra el exponente, mayor debiera resultar por las relaciones de sangre, contra el padre, hermanos y tíos políticos del ex coronel Guerra, contra el suegro y tíos políticos del ex comandante Silva, contra los hermanos y tíos de Vargas Tejada, y contra todos los inmediatos parientes de los conjurados; y no se atreve a creer el exponente que ninguno de los mencionados haya tenido parte en la conspiración.

   Después de haber refutado la reconvención del señor juez con pruebas tomadas de los mismos autos, y con raciocinios fundados en justicia y en equidad, no puede omitir el exponente, por su propia defensa, imitar el ejemplo de un ilustre general francés que, acusado de ser cómplice en una conspiración contra el jefe del gobierno, no fundó su defensa sino en la relación de su conducta pública y de sus servicios a la Francia, en cuyo cuadro no presentó un solo hecho de donde se le imputase conato de conspirador. El exponente, aunque muy inferior en mérito al general Moreau, no le cede en sentimientos de honor y de patriotismo. El exponente, en más de diez y ocho años de su carrera pública y en los diferentes sucesos de su patria, jamás ha sido acusado ni aun denunciado al gobierno como conspirador; que muchas veces ha podido tomar un partido vigoroso, aunque no constitucional, para dar un giro a los negocios públicos, y no lo ha hecho; que, por el contrario, y por sólo su influjo, ha frustrado tres conspiraciones en esta capital desde el año de 27, la una cuando el Libertador presidente venía del Perú, la otra el día 6 de enero del dicho año, cuando su excelencia estaba en Venezuela, y la tercera cuando su excelencia venía por Cartagena. Y si cuando el exponente tenía a su disposición el poder, la influencia, tropas, popularidad, recursos, y una causa que podía sostenerse con las leyes, lejos de representar el papel de conspirador, tomó todo el interés debido en mantener la tranquilidad pública, ¿cómo ahora que carece de todos aquellos apoyos, y que se ha visto hecho el blanco del ultraje y de la ignominia, había de ser conspirador?

   El exponente declara aquí, delante de Dios y a la faz del mundo, que la supresión de la vicepresidencia en el nuevo régimen político ha sido una providencia dictada conforme a los deseos de su corazón, y que, por lo mismo, no puede haberle producido odio de ningún género; el exponente ha más de dos años que lucha cuerpo a cuerpo con el destino, y si no es verdad que una lucha semejante es un espectáculo digno de la divinidad, según la pintan los filósofos y los poetas, al menos es muy gloriosa para un hombre de bien que cuenta tantos días de servicios a su patria, como ella tiene de existencia, y que cuenta entre sus timbres todos los monumentos de adelantamiento y prosperidad que existen en Colombia, de los cuales juzgarán, no las pasiones del espíritu de partido, sino la razón ilustrada. Ultimamente, para dar una prueba final de que las enemistades no pueden servir de argumento para complicar en un delito, el exponente quiere hacer mención aquí de un hecho poco conocido. En 1818, derrotado el ejército libertador en el Rincón de los Toros, y expuesto el general Bolívar a caer en manos del enemigo, porque había quedado a pie, todos sus amigos y todos los que habían recibido de él algún bien, todos lo abandonaron al más inminente peligro, y sólo el exponente, que nada había recibido de sus manos y que corría como desafecto a su persona, se ha parado a salvarlo, y por su empeño se salvó.

RECONVENIDO

   Que tratándose de un hecho del que no hay ejemplo en la historia, no tienen lugar los que ha citado de César y los senadores romanos; que si bien es cierto que estuvo en los designios de los conspiradores matar al Libertador la noche del 10 de agosto, también lo es que habiéndose frustrado el plan lo postergaron sin fijar día para su ejecución; que la ausencia del señor exponente de esta capital el día 10 no es bastante argumento para destruir las probabilidades que arroja el proceso para calificarlo de autor principal de la conspiración; pues es público que Florentino González lo visitó dos veces en su hacienda de Hatogrande, y hallándose perfectamente probado en autos que éste era jefe de sección, bien pudo suceder que hubiera sido también el órgano para hacerles a los demás jefes las inspiraciones convenientes para verificar el plan. Esta vehemente presunción se corrobora por no haber sido el plan nuevo y reciente, sino que aún antes de partir para Ocaña el señor confesante, ya estaba formada una junta con el nombre de Observación, ocupada en trazar los medios de destruir al Libertador; y bien pudo ser que desde entonces y durante su ausencia de esta capital, por medio de inducciones secretas haya sostenido aquel plan, lo que se deduce también por la firme esperanza que algunos íntimos amigos del señor exponente han tenido de que muy pronto se destruiría el actual régimen, esperanza que aun al mismo señor confesante se la han inspirado, aconsejándole que no admitiese la comisión de plenipotenciario cerca del gobierno de los Estados Unidos; y se aumenta más esta presunción cuando aquellas personas que le han inspirado esa confianza se hallan ausentes de esta capital, y sin embargo hay datos positivos de que ellas han tenido parte en la conspiración; y por lo mismo la ausencia del señor exponente no es buen argumento para eludir el cargo que se le ha hecho, como no se puede creer tampoco que, siendo Vargas Tejada su íntimo amigo, y habiendo obtenido a propuesta del confesante la secretaría de la legación cerca de los Estados Unidos, sin previo acuerdo y combinación con el exponente hubiese entrado en una empresa cuyo éxito lo exponía a perder aquel empleo, y aun su vida. Responde que por lo que comprende del plan de la conspiración por los datos que suministran los autos, no le parece tan exacta la aserción de que este suceso no tenga igual en la historia, porque, prescindiendo de algunas circunstancias más o menos peculiares, el exponente, por los pocos conocimientos que tiene de la historia, ve en ella una serie no interrumpida de conspiraciones contra los jefes de los estados y contra el régimen que establecieron, unas veces suscitadas por la ambición, otras por la envidia, y frecuentemente por el fanatismo político y religioso; las hubo en el tiempo del pueblo escogido contra sus reyes y sus jueces; sabidas son las conspiraciones de Saúl y Absalom contra su mismo padre David; las hubo en Grecia, las hubo en Roma en el tiempo de sus reyes y en el de sus cónsules, y las ha habido en las naciones cultas de Europa.

   Sabida es la conjuración de Catilina, que debe creer el exponente que se asemeja a la del 25 de septiembre en esta capital, cuando el editor de la gaceta del gobierno ha encabezado la relación de ella con un texto de Cicerón; en Inglaterra, Carlos I y Jacobo II son víctimas de una conspiración; en Suecia uno de sus reyes es asesinado en un baile de máscaras; en Francia los dos Enriques III y IV, y Luis XVI expiran bajo el puñal del fanatismo religioso, o bajo el puñal del fanatismo político; y Napoleón, tanto en el consulado como en el imperio, estuvo a pique de morir en dos o tres conspiraciones. Que el exponente ha citado los dos o tres pasajes de la historia romana, sólo con el objeto de presentar excepciones a lo que el señor juez en su reconvención quiso que fuera una regla general, y que todavía con el mismo objeto añade otros ejemplos de la historia, en que fueron llevadas a los primeros puestos del estado las personas que no tuvieron parte en la conspiración ejecutada contra sus antecesores: Marco Antonio y Octavio sucedieron a César; Nerva sucedió a Domiciano, y éstos como el mismo César fueron víctimas del puñal de sus amigos y confidentes.

   Que el exponente nada tiene que ver con que los conjurados hubiesen diferido su plan, trastornado el 10 de agosto, para otro día, mientras que no resulte de los autos que el exponente tenía parte en ello. Que no está cierto si el señor González estuvo una sola vez o dos en su hacienda de Hatogrande, pero sí lo está de que nunca fue solo sino acompañado de otras personas, todas las cuales reunidas formaban la tertulia que permitía la situación en que estaban; que nunca se habló de cosas del gobierno y menos de conspiraciones, pues cabalmente en esos días todavía no se había expedido el decreto orgánico de 27 de agosto, que ha variado el sistema, y estaba vigente la constitución de 1825. Supuesto, pues, que uno de los objetos de la conspiración era restablecer este código, el exponente no podía tratar con González ni con nadie, en su hacienda, de un plan que no tenía objeto.

   El exponente siente un placer interior de que el señor juez en sus reconvenciones se funde en probabilidades y presunciones, porque ya tiene dicho que en materias de tanta gravedad, la razón, la justicia y la equidad exigen pruebas tan claras como la luz del día; y al repetir esto, tiene la confianza de que el juez o jueces que hayan de pronunciar su juicio en esta causa, no han de olvidar las reglas de la razón eterna contra las cuales no hay facultad ninguna en el hombre, y no han de olvidar tampoco que se trata de la suerte de un ciudadano y de un hombre que, por fortuna, sus servicios le han hecho reunir muchos títulos a una consideración fundada en justicia y equidad; porque si en tiempo de los execrables emperadores romanos, el tribuno de Jerusalén y los gobernadores Felis y Festo detuvieron el brazo con que iban a castigar injustamente a San Pablo, al oír que este apóstol reclamó los derechos de ciudadano de Roma, ¿cómo no ha de tener el exponente la más grande confianza de que en el siglo de las luces y bajo el gobierno de un antiguo y experimentado soldado de la libertad, haya de ser juzgado con imparcialidad y conforme a las leyes, y no por débiles conjeturas dictadas por el corazón más bien que por el entendimiento?

   El exponente ignora absolutamente si en esta capital hubo la junta de observación que se menciona en la reconvención; sólo sabe que ha marchado a Ocaña en la firme esperanza de que la convención terminaría nuestras disensiones, adoptando una constitución que sin hacer novedad en la autoridad del actual presidente de la República, mejorase la administración interior y asegurase los derechos de los colombianos, con lo cual podían haberse tranquilizado y avenido los partidos beligerantes; que por consiguiente, no siendo este cargo sino una nueva conjetura más débil que las anteriores, se limita a la respuesta que tiene dada. Que no sabe si alguno de sus amigos ausentes de esta capital le ha aconsejado que no admitiese la comisión a los Estados Unidos, pues en su poder no tiene documento ninguno que lo compruebe; que el exponente, por sus propias meditaciones y por el consejo respetable de dos o tres personas residentes en la capital, se decidió a admitirla desde el 17 de septiembre, y así lo expuso al gobierno con fecha 19 del mismo mes; en consecuencia de lo cual ofreció a varias personas la venta de sus muebles y servicio de su casa, como pueden testificarlo los señores Arrublas, los señores Carrasquillas, y el señor Joaquín Mosquera, y habló con el señor Casimiro Calvo qué persona podría ser aparente para encargarle la dirección de su hacienda; también manifestó a su mayordomo Tadeo Cuéllar que debía continuar administrándole su dicha hacienda; tomó informes de los señores Miguel Ibáñez y José Ignacio París sobre algunas particularidades relativas a la mantención en los Estados Unidos del Norte, y en fin fue hablado el exponente por algunos jóvenes para que los llevase a dichos Estados a educarse. Al recordar el exponente estos pasos puede conciliar cómo tomaba sus medidas para ausentarse de Colombia, y se ve acusado de conspirador con cargos fundados solamente en presunciones, probabilidades y conjeturas. El exponente vuelve a decir a la reconvención que, siendo su amigo el señor Vargas Tejada, no podía menos que proceder con su acuerdo, lo que ya tiene dicho, y es que el mismo exponente se admira del silencio de Vargas Tejada, pero que no puede hacer más que pedir al supremo juez de los hombres toda la cólera de su indignación para el caso de que, asegurando, como asegura nuevamente, que Vargas Tejada, nada, nada le ha hablado de conspiración, resulte falso su dicho; que éste es un cargo deducido de conjeturas, que no sólo se destruyen con la negativa que el exponente tantas veces ha hecho en el particular, sino con observar que cualquiera que fuera la intimidad del que declara con Vargas Tejada, siempre había entre los dos una cierta distancia que no permitía una extrema familiaridad, y esta observación aumenta su fuerza al considerarse que Vargas Tejada naturalmente es de genio corto y moderado.

   En cuanto a los riesgos que así Vargas Tejada como los otros corrían en su empresa, el exponente no puede entrar a penetrar los grados de probabilidad que tuvieran en el ánimo de los conspiradores, porque sería exponerse a hacer un juicio errado y responder de las opiniones y hechos ajenos; el que declara debe limitarse, como se ha limitado, a responder de sus propias acciones, todas las cuales, junto con el mérito del proceso, están diciendo que no ha dirigido, ni aconsejado, ni ejecutado, ni aprobado la conspiración del 25 de septiembre último. Y aunque se han hecho otros cargos y reconvenciones, no se ha podido adelantar otra cosa, por lo que mandó el señor juez suspender esta confesión para continuarla después si fuere necesario. Y la firma con el señor juez y el auditor por ante mí. Y habiéndosele leído la anterior declaración al señor confesante, dijo que en ella se afirma y ratifica.

Pareja

El general de división,

Francisco de Paula Santander
Mateo Belmonte

   En la ciudad de Bogotá, a 1° de octubre de 1828, habiéndoseme avisado que el señor coronel Ramón Guerra quería hablarme, y que al efecto me llamaba a la capilla, en donde está disponiendo su alma para sufrir la pena a que ha sido condenado, pasé inmediatamente a verle, y habiéndome llamado a solas, y separádose el padre confesor que lo auxiliaba, me dijo que el objeto de llamarme era para recomendarme su familia, que quedaba en la orfandad y en la indigencia, interesando para esto toda la sensibilidad de que me creía capaz. Yo le contesté que su familia debería contar con la protección del gobierno, que estaba cierto no la abandonaría. Que también estaba cierto de que el gobierno podría usar con él alguna indulgencia si en la situación en que él se encontraba, próximo a dar cuenta a Dios, tenía la franqueza de decir quiénes más eran cómplices de esta conspiración y quiénes sus autores; que el gobierno deseaba ahorrar la vida de muchos, aunque fuesen criminales, con tal que pudiese descubrir los autores de ella, porque entonces se aseguraría la tranquilidad pública, y el gobierno se encontraría en estado de hacer gracia a los que, como a él, se consideraban meros agentes; le agregué algunas observaciones más sobre la materia, y a todo me respondió lo siguiente: que no había sido excitado por ninguna otra persona que por el comandante Carujo, como lo tenía expuesto en su confesión; que cuando Carujo se le descubrió, le dijo que contaban con el general Padilla y con el general Santander, asegurándole que en cuanto a éste lo sabía por Florentino González; que se opuso a la medida de conspiración con todas las razones que eran del caso, hasta conseguir que Carujo le diese su palara de honor de no continuar en el proyecto; que después, y cuando ya el general Santander había vuelto de un paseo de campo, fue a verlo y a decirle lo que había sabido de la boca de Carujo, preguntándole si era cierta la parte que tenía relación con él; que el general Santander se sorprendió, o afectó sorprenderse, pero que, sea como fuere, le dijo que, por Dios, se dejasen de eso, que eso era comprometerlo a él más que al Libertador, que él no deseaba sino irse de Colombia. Que supo, por el mismo Carujo, que Florentino González decía que contaban además, porque el general Santander se lo había dicho, con los diputados de la convención que habían ido para Venezuela, que trabajarían en favor de la conspiración, pero que esta aserción fue desmentida también por el general Santander, como la anterior; que cuando su excelencia el Libertador estuvo en Soacha, le dijo Carujo que iban a asesinarlo allí, que el proyecto estaba entre él y Horment, y que el citado coronel Guerra se empeñó fuertemente en impedirlo, hasta que lo consiguió.

   Esto es en sustancia lo que me ha dicho el señor coronel Guerra, pues el resto de la conversación fue contraída a suplicarme me interesara por su vida, y yo le ofrecí que volvería a verlo dentro de pocas horas. Por tanto, y conviniendo para el esclarecimiento de los hechos que el señor coronel Guerra diga si lo que va relacionado es lo mismo que me ha dicho, y que en tal caso lo firme, el señor auditor de Guerra, asociado del secretario de la causa, pasará a la capilla, y leyéndole esta exposición al citado coronel Guerra, le tome su firma en caso de estar conforme, y le admita cualesquiera explicaciones que quiera adelantar sobre el particular.

Urdaneta
Ramón Guerra

Adición:

   Que es cierto lo anterior, y que añade haber protestado muchas veces el coronel Guerra a su excelencia el general Urdaneta, que su crimen se reduce a no haberse podido resolver a sacrificar con un denuncio al comandante Carujo y demás personas comprendidas en su proyecto, persuadido de que había logrado el exponente destruir dichos planes y hacerlos desistir de toda empresa, como se lo ofrecieron Carujo y Silva, únicos de los comprendidos con quienes habló el exponente. Que es cuanto puede decir sobre el particular, y lo firma con el señor auditor y presente secretario.

Tomás Barriga y Brito
Guerra
Mateo Belmonte

   Inmediatamente el señor juez de la causa hizo comparecer al señor general de división Francisco de Paula Santander, para evacuar el careo con el coronel Ramón Guerra, por razón del cargo que le resulta de la anterior exposición, y previo el juramento de estilo, e impuesto en su contenido, el señor general dijo que absolutamente negaba el cargo en las propias palabras en que se expresaba el coronel Guerra, y sosteniéndose por dos o tres veces cada uno de los señores exponentes, se dio por concluida esta diligencia, haciendo sus explicaciones el señor general Santander, reducidas a lo siguiente: que el señor coronel Guerra confiesa que le sorprendió la noticia que, dice, le dio al exponente, y como también dice que él ya sabía que el declarante ya tenía conocimiento de la cosa, se manifiesta claramente que el dicho exponente nada había hablado con nadie sobre el particular. Que no recuerda bien si en la conversación que dice el coronel Guerra haber tenido con el exponente, se habló del estado actual de la República y del descontento que pudiera haber; pero puede asegurar que si se tocó esta materia, le diría que estaba resuelto a irse de Colombia, y que todos debían impedir cualquiera cosa que aumentara los partidos y las agitaciones; y que por parte del exponente no desconocía la delicadeza de su posición política y el gran comprometimiento en que estaba. Que en cuanto a los diputados de Venezuela a la convención, siendo todos paisanos, y no habiendo tenido comunicación y correspondencia con ellos desde su partida de Ocaña, la cual verificó el exponente antes de que allí llegara la noticia del pronunciamiento de Bogotá el 13 de junio, no podía presumirlos, ni los presume conspiradores, y por lo mismo ni ofrecer sus servicios par una conjuración. Y se firmó por el señor juez, auditor y señores exponentes, por ante mí el secretario.

Urdaneta
Pareja
Francisco de Paula Santander
Ramón Guerra
Mateo Belmonte

   En la ciudad de Bogotá, a 1° de noviembre de 1828, el señor juez de la causa, asociado del auditor, pasó a la pieza en donde se halla arrestado el señor general de división Francisco de Paula Santanader, e inmediatamente hizo entrar a ella a Florentino González para practicar el careo con dicho general, y preguntándosele a éste, bajo juramento de ordenanza, si conoce al testigo que se le presenta, y si sabe que le tenga odio, o mala voluntad, dijo que sí lo conoce y que cree no le tenga odio ni mala voluntad; pero que lo ve en una situación muy delicada para recordar con calma y tranquilidad cualquier especie a que se reduzcan las citas que haga del que declara, y habiéndosele leído la declaración de Florentino González, se le preguntó si se conformaba con ella, dijo que en lo general de la declaración de González está de acuerdo lo que el que declara expuso en la declaración indagatoria que se le tomó el día 28 de septiembre. Pero que hace algunas observaciones en que, confía, convendrá el señor González. Resulta, por lo que él declara, que sin anuencia ni previo conocimiento del exponente, se estaba preparando un plan de revolución con motivo del decreto orgánico expedido en 27 de agosto, según aparece del convite que el comandante Carujo hizo a González; por consiguiente, el exponente no ha dirigido, como lo tiene asegurado, el plan de conjuración, ni ha tenido conocimiento de la que se dice haberse intentado el 10 de agosto. Y resulta también que la opinión del comandante Carujo, sobre el contento o descontento del exponente con el nuevo régimen establecido por dicho decreto orgánico, no estribaba sino sobre una mera inferencia. Que no se acuerda cuál fue la noche en que el señor González estuvo en casa del exponente; pero que habiendo salido de aquí el que declara para el cantón de Cáqueza el día 11 por la mañana, donde permaneció cuatro o seis días, debe haber sido del día 10 hacia atrás; que recuerda el exponente haber estado González en su casa una noche, como de las 8 a las 9, y que estuvieron largo rato conversando de materias indiferentes; que casi al tiempo de despedirse le tocó sobre el nuevo régimen establecido, añadiéndole que no faltaban buenos ciudadanos decididos a trabajar eficazmente en restablecer el imperio de la constitución abolida, aunque no recuerda el exponente que le nombrase persona alguna, y que le preguntó si en el caso de verificarse un cambio se pondría nuevamente al frente del gobierno; que el exponente en sustancia le manifestó que no debía nadie pensar en prolongar la penosa situación del país con nuevas conmociones, y menos cuando todavía la nación ni aun siquiera había recibido las mejoras benéficas que el nuevo régimen le ofrecía, y cuando estaba al frente de la República un hombre de las circunstancias del Libertador; que el que declara, de ninguna manera se mezclaría en nada que pudiese llamarse conjuración, ni tampoco se colocaría de nuevo en el gobierno, porque de una parte comprometería su honor y su reputación, y daría ocasión a que se encendiese una guerra civil funesta a Colombia, y de otra, estaba bien escarmentado de la vida pública para no apetecerla. Que el que declara no puede sostener que el discurso que el señor González dice haberle oído, sea precisamente el conjunto de las razones que le presentó para persuadirlo de que no debía pensarse en revolución, porque es difícil recordar una conversación.

   Que está seguro el exponente de no haberle dicho que Guerra y Carujo podían escribir al Cauca y Maturín, porque hasta ahora mismo no sabe las relaciones que tuviera Guerra en el Cauca, ni de qué parte de Colombia es Carujo; que la especie de que el exponente ofrecía sus servicios al gobierno que remplazara al actual régimen, es un ofrecimiento fundado en el derecho público, el cual reconoce gobiernos de derecho, o nacionales, y gobiernos de hecho, o de privilegio; que con tal que un ciudadano no sea cómplice en las revoluciones, que pueden sustituir un gobierno a otro, su deber es prestar a su país los servicios que de él exigiere el gobierno existente, y por eso el que declara, después de haber servido a Colombia bajo el gobierno que tuvo de 1819 a 1821, y después bajo el constitucional de 1821 a 1828, admitió ahora la comisión a los Estados Unidos del Norte bajo el régimen actual.

   Que el proyecto de formar sociedades para observar el estado de la opinión pública, era un medio decoroso y seguro para que cualquier pronunciamiento pudiera estimarse como nacional, y el Libertador, que ha prometido diferentes veces someterse ciegamente a la voluntad del pueblo, obraría y gobernaría conforme a ella, sin exponer la República a una conmoción; en esta parte el exponente ha procedido con candor y honradez, fiando la suerte y prosperidad de la nación, y el acierto del gobierno, a la opinión pública, que es la base única y fundamental sobre la cual debe descansar con seguridad todo gobierno; que si el exponente, como lo asegura el señor González, le dijo que el proyecto lo creía justo, no puede referirse a otra cosa que a los deseos que manifestaba de que la República tuviese un régimen político digno de sus sacrificios, de las luces del siglo y de la gloria de su Libertador, ya porque del contexto de las razones que el mismo González asegura haberle oído al declarante en contra del proyecto, así se deduce, y ya porque en el orden político es justo cuanto la opinión nacional exige para su bien y prosperidad, dentro de los límites de la razón eterna. Ni podía referirse a otra cosa la opinión del que declara, porque habría incurrido en una contradicción manifiesta y chocante, cuando a un mismo tiempo había manifestado lo extemporáneo, perjudicial e insuficiente del proyecto, y la justicia que se supone haberle concedido. Todas estas razones, y la aserción del señor González de que mientras que el exponente estuviera en Colombia, se opondría al proyecto que traían entre manos, persuaden que el dicho exponente no ha aconsejado ni aprobado la conjuración que estalló el 25 de septiembre, como lo tiene asegurado en sus declaraciones. Y que habiendo comprobado que ni en el día ni en la noche del 25 de septiembre estuvo asociado a ninguno de los conjurados, ni supo que se iba a ejecutar la conjuración, ha comprobado que no ha sido cómplice en la ejecución.

PREGUNTADO

   El señor Florentino González, si se conforma con la exposición del señor general, o si tiene que hacer algunos reparos u objeciones, dijo que tiene que hacer algunas explicaciones, y que procediendo a verificarlas, expone que cree que el general Santander no tuviese conocimiento alguno de la conjuración a que se alude, antes de la noche en que el exponente le dijo que había algunos ciudadanos que trataban del restablecimiento de la constitución de 1821; que en cuanto al discurso que se supone en boca del general Santander, de ningún modo ha sido la intención del exponente asegurar que aquéllas fuesen sus mismas expresiones porque es imposible, después de que ha trascurrido algún tiempo, retener en la memoria las mismas palabras, pero ni aun las mismas ideas; que respecto a haberle nombrado las personas del comandante Carujo, del coronel Guerra, o alguna otra, no puede el exponente asegurarlo de positivo, porque es muy difícil acordarse de todo lo que pasa en una conversación, principalmente cuando el recuerdo se hace de pronto y a favor de alguna circunstancia, como sucedió cuando el declarante hizo su exposición; que respecto a la justicia de la causa que se proponían defender los conjurados, se acuerda el exponente de que el general Santander le habló muy a lo largo sobre los gobiernos establecidos en las naciones, sobre los caracteres que distinguían a los legítimos de los ilegítimos, sobre los medios que se debían emplear y aconsejaban los publicistas para cambiarlos, y sobre otra multitud de particulares relativos a la materia; de todo lo cual se infería que el general Santander creía que había justicia de parte de los que se proponían mudar el actual. Que, repite, que de ningún modo el discurso a que se ha aludido debe entenderse que ha salido de la boca del general Santander, tal como está inserto; ni que las ideas que contiene hayan sido expresadas de la misma manera. Y quedando conformes, el general Santander manifestó que en corroboración de lo expuesto, se permitía la libertad de hacerle al señor González algunas preguntas; y habiéndolo consentido el señor juez, le hizo la primera, reducida a si era cierto que le había preguntado si llevaba algún oficial en la legación a los Estados Unidos, y si esta pregunta, como lo comprendió el general Santander, tenía por objeto que se le destinase a dicha plaza. Segunda pregunta. Si el día 18 de septiembre, cuando estuvieron los dos en Soacha con algunos padres de san Francisco, hablaron alguna cosa de conjuración, revolución o cosa semejante. Tercera pregunta. Si habiéndole preguntado uno de los días de septiembre, en que casualmente lo encontró en la calle, si todavía estaban muy embullados en el proyecto de restablecer la constitución del año 21, cuál fue la respuesta que le dio, si acaso puede recordar. El señor González, procediendo a contestar, dijo en cuanto a la primera: que deseando hace ya bastante tiempo irse a vivir fuera de Colombia, e impidiéndoselo el no poder dejar socorro alguno a su familia, trataba de aprovechar la ocasión que se presentaba, con la misión del general Santander a los Estados Unidos del Norte, para verificarlo, porque si se le empleaba como oficial de la legación, podía dejar a su madre alguna parte del sueldo. A la segunda: que efectivamente salió para Soacha con el general Santander el día 18 de septiembre por la mañana; que desde las calles de esta ciudad se adelantó a él y a los padres franciscanos que lo acompañaban, con el señor Francisco Evangelista González, y que no se volvieron a ver hasta el pueblo; que allí rodó la conversación sobre cosas indiferentes, como sobre los curas que había habido en Soacha, en Bosa, y cosas semejantes; que pasada la comida, el exponente se acostó a dormir siesta, y el general Santander se quedó conversando con los padres hasta cerca de las 6 de la tarde, en que el declarante se retiró a la capital. A la tercera; que el comandante Carujo le había dicho algunas veces que el proyecto se había enfriado, y que esta contestación dio al general Santander un día que le había hecho la pregunta en la calle a que alude. Con lo que se concluyó esta diligencia, y quedando conforme el general Santander con las anteriores respuestas, por ser lo mismo que tenía manifestado en sus declaraciones de 28 de septiembre, de 22 y 30 de octubre, la firma con el señor juez, y el auditor, por ante mí.

Pareja
Francisco de Paula Santander
Nazario Florentino González
Mateo Belmonte

   En la ciudad de Bogotá, a 2 de noviembre de 1828, el señor juez de la causa asociado del auditor, pasó a la pieza donde se hallaba arrestado el señor general de división Francisco de Paula Santander, e inmediatamente hizo entrar a ella al primer comandante Pedro Carujo para practicar la diligencia de careo con dicho general, y habiéndosele preguntado a éste si conoce al testigo que se le presenta, y si sabe le tenga odio, o mala voluntad, previo el juramento de ordenanza, dijo que sí lo conoce, y que cree no le tenga odio ni mala voluntad. Que en sustancia está conforme con la declaración del señor Carujo, es decir, en que temprano de una noche estuvo Carujo en casa del exponente a la sazón que estaba allí el señor Vallarino, seguramente a participarle su nuevo matrimonio; que era la segunda vez que en todo el tiempo de su permanencia aquí, en la capital, se hablaban, pues jamás se habían tratado, no obstante que el que declara tenía un concepto ventajoso del señor Carujo por los informes que había oído de su talento, y conducta; que en la dicha noche empezó Carujo su conversación diciéndole al exponente que ya Florentino González le habría hecho alguna indicación de un proyecto que se tenía entre manos por algunos, a lo cual respondió el exponente que sí le había oído hablar de los esfuerzos que podrían hacerse para restablecer la constitución de 1821, y que debía el dicho González haberle hecho conocer que el declarante, lejos de aprobarlo, lo desaprobaba por mil razones, y estaba resuelto a oponerse a cualquier movimiento que trastornase la tranquilidad y el gobierno, mientras estuviese en Colombia. Que luego el señor Carujo, como para persuadir al declarante de que había hombres tenaces en llevar adelante el proyecto, le dijo que se había pensado ir a Soacha a matar al Libertador, y que al momento el exponente, horrorizado con un proyecto tan horrible, le manifestó que por ningún caso se pensase en ello, que en el momento fuera a impedirlo, y que interrumpiéndose la conversación, salió el señor Carujo de la casa y le dio su palabra al exponente de que se lograría sin duda alguna impedir tan trágico suceso, como en efecto se logró. Que después de esto no volvió a ver el que declara al señor Carujo, ni a persona alguna que le hablase de conspiración ni de revolución alguna.

   El declarante, por su propia defensa, debe hacer observar que de todas las declaraciones de cuantos han pertenecido a la conjuración resulta que ninguno ha sido convidado, ni seducido, ni aconsejado por el exponente para verificar una conspiración, ni que ha asistido a ninguna de sus juntas, ni ha auxiliado en manera alguna, ni ejecutado la conspiración del 25 de septiembre. Por el contrario, de tres declaraciones principales, que son la de Guerra, Carujo y González, resulta que desaprobó el proyecto, que procuró disuadirlos de él, y aun hacerles entender que se opondría a cualquier tentativa mientras pisase el territorio de Colombia. No hay ninguno que declare que el exponente tuvo conocimiento pleno del plan de conspiración, pues los dos que le hablaron lo hicieron en términos generales, como sólo para tantear la opinión del declarante. Que el señor González, testigo abonado en el caso, expresamente ha declarado que el exponente le manifestó su aversión a ocupar el gobierno, su decisión de irse de Colombia, y su ánimo de no mezclarse en nada de cuanto pudiera oler a revolución. Que de las declaraciones de Guerra, González y Carujo, se deduce la verdad de lo que el exponente ha afirmado, de que su nombre era tomado en boca para ganar prosélitos, sólo por conveniencia, y el motivo porque en la junta preparatoria del 25 se opusieron muchos de los conjurados a que se le diese noticia de lo que se iba a hacer. Por consiguiente, no habiendo delito sino donde hay ánimo deliberado de cometerlo contra la prohibición de la ley, el exponente se cree inocente en la conspiración del 25 de septiembre, supuesto que resulta que lejos de aconsejarla, dirigirla, auxiliarla o ejecutarla, la desaprobó cuando sólo se le indicó, protestó oponerse a ella, y no se le volvió a hablar más del proyecto consabido. Que como lo expone el señor González en su declaración de careo, preguntado por el exponente si todavía estaba embullado en restablecer la constitución, respondió que ya se había enfriado todo, lo cual, y el haber estado en Soacha el 18 sin decirle nada de revolución, y el no haber vuelto a oír hablar de ella, persuadió al exponente de que se había desistido de todo proyecto en vista de las razones que lo condenaban. Y se refuerza más esta persuasión del exponente al considerar que no veía los elementos ni los medios con que pudieran llevar al cabo semejante empresa.

   Respecto del suceso de Soacha, el exponente no había querido hablar de él, primero, porque no se le había hecho cargo de esta especie, y sólo estaba obligado a responder y satisfacer a los cargos que le resultaran. Segundo, y es razón muy principal, porque en el estado en que se encuentra el que declara actualmente, y sujeto a una prevención horrorosa que lo juzga enemigo acérrimo del Libertador presidente, no se habría dado crédito a su dicho en que asegurase que él había salvado la vida del Libertador. Pero ya se ha presentado una ocasión de acreditar lo que dijo en su declaración, de que sus opiniones políticas, y sus quejas con el Libertador, no habían ahogado en su corazón la voz del patriotismo y el imperio de la ley natural y de la caridad cristiana, que le dictan la conservación de la vida del Libertador presidente. Que el exponente ha gozado interiormente de la satisfacción de haber hecho, en aquella noche que cita Carujo, favor a Colombia, a la humanidad y al Libertador mismo, y lo que el 25 de septiembre hicieron los militares que se pusieron del lado del gobierno y de su excelencia para impedir una catástrofe. Que por el éxito feliz que tuvo su oposición al funesto acontecimiento de Soacha, es por lo que el exponente ha asegurado que si hubiera tenido noticia de la conspiración del 25 de septiembre, la habría impedido y llamado la atención del gobierno. Que se acuerda haberle dicho el exponente al intendente Herrán, un día, en la calle del colegio de San Bartolomé, a presencia del señor Baralt, hablándole de su viaje a los Estados Unidos del Norte, que tenía que detenerse todavía algunos días para dejar arreglados sus intereses, no sólo con respecto al administrador de ellos sino contra cualquier movimiento revolucionario que pudiera haber. Que últimamente, repite por tercera o cuarta vez, que ni el señor Vargas Tejada ni otra persona alguna ha hablado al exponente de revolución, pues hasta ahora ignora quiénes puedan estar orientados o iniciados en el proyecto, y asegura que no tenía trato ninguno ni con Carujo, ni con Silva, ni con López, ni con Horment, ni Zuláibar, pues a este último apenas lo había visto en la calle dos o tres veces, y a Horment lo conoció de vista después de su regreso de Ocaña. En fin, que recuerda que en prueba de su inocencia en el caso que motiva esta causa, salió por la madrugada a caballo junto con el general Ortega inmediatamente que supo lo que sucedía, y acompañó al Libertador desde la calle primera del comercio a San Francisco, y de allí a su palacio, poniéndose después a disposición de su excelencia el general Urdaneta.

PREGUNTADO

   El señor Carujo si se conforma con la exposición del señor general, que si tiene que hacer algunas objeciones, dijo que se conforma, porque le parece que la exposición del general Santander concuerda con lo que el declarante ha expuesto relativamente a dicho general; pero que si en realidad hubiere alguna palabra, expresión, frase, etc., en la mencionada exposición del señor general, que se oponga o difiera sustancialmente de lo que el exponente ha declarado acerca del referido general, reproduce de nuevo en todas sus partes y se atiene en todo a lo que ya ha expuesto sobre el particular, todo en obsequio de la verdad y exactitud, y la firman con el señor juez y el auditor por ante mí.

Urdaneta
Pareja
Francisco de Paula Santander
Pedro Carujo
Mateo Belmonte

   En la ciudad de Bogotá, a 5 de noviembre de 1828, compareció el señor coronel Pedro Alcántara Herrán, intendente del departamento para evacuar la cita que le resulta de la declaración del general Santander, y habiendo ofrecido decir verdad bajo su palabra de honor, e impuesto de la declaración de dicho general Santander, dijo que es cierto y verdadero todo lo que en ella se expresa con referencia al exponente, y que en esto se afirma y ratifica, y firma con el señor juez y el auditor por ante mí.

Urdaneta
Pareja
Pedro Alcántara Herrán
Mateo Belmonte

   Incontinenti compareció el señor Luis Antonio Baralt, con el objeto de evacuar la cita que le resulta de la declaración del señor general de división Francisco de Paula Santander, y habiendo ofrecido decir verdad sobre lo que sepa con respecto a dicha cita, bajo el juramento que hizo por Dios nuestro Señor, e impuesto de la expresada declaración, dijo que se acuerda que en aquella ocasión a que se refiere el general Santander haberlo oído que necesitaba tres o cuatro meses para arreglar sus asuntos antes de efectuar su viaje a los Estados Unidos, pues no tenía una persona de confianza, porque el único a quien podía encargarle la administración de sus bienes era el coronel Briceño, y como éste tiene también sus atenciones, no podría hacerlo; que no se acuerda haber oído las expresiones contenidas en la cita que hace el general Santander del exponente, porque siendo la conversación de poca importancia no la fijó, y por lo mismo no hace memoria de otra cosa sobre el particular. Y en todo lo dicho se afirma y ratifica, y firma con el señor juez y el auditor por ante mí.

Urdaneta
Pareja
Luis A. Baralt
Mateo Belmonte

SENTENCIA

   Bogotá, 7 de noviembre de 1828.

   Visto el proceso criminal formado contra el general Francisco de Paula Santander, por la conspiración del 25 de septiembre último, y resultando, primero, que dicho general, tanto en su declaración indagatoria como en su confesión, ha negado haber tenido noticia de que se tramaba aquella conspiración, ni ninguna otra en contra del actual régimen político y la persona de su excelencia el Libertador presidente.

   Segundo, que en las declaraciones del comandante Rudecindo Silva, teniente Ignacio López, capitanes Emigdio Briceño y Rafael Mendoza, consta que perteneciendo estos individuos a diversas secciones, en las que estaban distribuidos los conspiradores para trabajar en el plan y hacer prosélitos, cada uno de ellos tenía un convencimiento íntimo de que el general Santander era el primer agente que obraba en la gran sección y dirigía el plan, y que estaba reservado para dirigir los negocios, siempre que la revolución tuviese buen suceso; pues así se lo habían asegurado a ellos Florentino González, el comandante Pedro Carujo, y coronel Ramón Guerra, jefes de las secciones parciales.

   Tercero, que el coronel Guerra en su última exposición afirma que al general Santander le habló sobre la conspiración, y que dicho general se opuso a ella, sosteniéndose Guerra en su exposición en el careo practicado con el general Santander.

   Cuarto, que el comandante Pedro Carujo expone lo mismo, y aun haberle comunicado el proyecto de asesinar al Libertador en el pueblo de Soacha el domingo 27 de septiembre, y que el general Santander se opuso a que se perpetrase aquel designio, con cuya exposición ha convenido el general Santander en el acto del careo con el referido Carujo.

   Quinto, que Florentino González también asegura haber hablado con el expresado general sobre la conjuración, y que en contestación le dijo que no era tiempo oportuno, indicándole el sistema de formar en varios departamentos juntas con el nombre de republicanas, dependientes de la central, que debía establecerse en esta capital para dirigir las operaciones de aquéllas, que tendrían el fin de ganar prosélitos y el influjo de algunos generales adictos al actual régimen y a la persona de su excelencia el Libertador presidente, para que de ese modo el movimiento fuese general y simultáneo.

   Sexto, que todos los conjurados que han sido descubiertos y juzgados convienen, en sus respectivas declaraciones, en que el plan abortó en la noche del 25, pero que no tenían día prefijado para dar el golpe, circunstancia que justifica lo que Florentino González y el comandante Pedro Carujo dicen, con respecto al general Santander, que se oponía a aquel suceso, porque todavía no era tiempo, y porque no quería que se efectuase mientras estuviese él en Colombia.

   Y considerando, primero, que aunque el general Santander al principio de su causa ha negado haber sabido que se tratase de alguna conspiración contra el presente régimen y la persona de su excelencia el Libertador presidente, después ha confesado, en fuerza de las declaraciones del coronel Ramón Guerra, del comandante Pedro Carujo, y Florentino González, haberla sabido, pero que se opuso a que se llevase a efecto, y mucho más a que se asesinase la persona del Libertador mientras estuviese él en Colombia; pero que convino en que se practicara la conspiración cuando se hallase fuera de la República, y que entonces estaría pronto a prestar sus sevicios.

   Segundo, que como ciudadano de Colombia, y mucho más como general de la República, no sólo no ha cumplido con sus primeros deberes en haber impedido la conjuración y el asesinato premeditado contra el jefe supremo de la nación, sino que ha cometido un crimen de alta traición, por no haber denunciado la revolución que se tramaba y horrendo designio de asesinar en Soacha al Libertador.

   Tercero, que el expresado general no sólo se manifiesta sabedor de una revolución, sino también con el carácter de aconsejador y auxiliador de ella, sin que pueda valerle de ningún modo el que no haya estado en su ánimo la conspiración del 25, pues él mismo confiesa haber aprobado una revolución, y aun haber aconsejado los medios de realizarla por el establecimiento de la sociedad republicana, circunstancia que lo califica de cómplice en la conspiración del 25; pues poco importa, para su defensa, que haya estallado en aquel día o en cualquiera otro la revolución que aconsejaba y caracterizaba de justa, porque lo que se deduce es que abortó su plan por la prisión del capitán Benedicto Triana, cuyo acontecimiento no dio lugar a que se efectuase cuando el general Santander se pusiese en marcha para los Estados Unidos del Norte, según él lo deseaba.

   Por estos fundamentos, y lo más que resulta de autos, se concluye que el general de división Francisco de Paula Santander ha infringido el artículo 26 del tratado 8°, título 10, de las ordenanzas del ejército, que impone pena de horca a los que intentaren una conspiración, y a los que, sabiéndolo, no la denunciaren; ha infringido el artículo 4° del decreto de 24 de noviembre del año de 26, por el que se prohíben las reuniones clandestinas, y con más eficacia el decreto de 20 de febrero del presente año, contra los conspiradores. En esta virtud se declara que el general Santander se halla incurso en la clasificación que comprende el segundo inciso del artículo cuarto de este último decreto, y se le condena, a nombre de la República y por autoridad de dicho decreto, a la pena de muerte y confiscación de bienes en favor del Estado, previa degradación de su empleo conforme a ordenanza; consultándose esta sentencia, para su aprobación o reforma, con su excelencia el Libertador presidente.

Rafael Urdaneta
Tomás Barriga y Brito

   Bogotá, noviembre 10 de 1828.

   Su excelencia el Libertador presidente, oída la opinión del consejo de ministros, conmuta la pena de muerte y confiscación de bienes previa degradación de su empleo, sentenciada por el tribunal de la comandancia general, en la persona del general Francisco de Paula Santander, en la de destitución de su empleo de general y extrañamiento de la República, con prohibición de volver a pisar su territorio, sin que se lo permita una gracia especial del supremo gobierno, con calidad de que si contraviniese en cualquier tiempo a esta prohibición, será ejecutada la sentencia de muerte por cualquier juez o jefe militar del lugar en que sea aprehendido. Que sus bienes raíces se conserven como en depósito sin poder ser enajenados, gravados ni hipotecados, para que sean una prenda de seguridad de que no se quebrantará la prohibición, y un objeto en que pueda efectuarse la confiscación en el caso contrario, para que entre tanto pueda el reo vivir con los productos de dichos bienes. En el término de tres días se pondrá en marcha para Cartagena, en cumplimiento de esta sentencia.

Por su excelencia el ministro secretario de la guerra,

José María Córdova

   Bogotá, noviembre 11 de 1828.

   Cúmplase y ejecútese lo que su excelencia manda, notificándose al acusado.

Rafael Urdaneta

   En la plaza de Bogotá, a 12 de noviembre de 1828, el sargento mayor de esta plaza, primer comandante José Arce, pasó al cuartel de granaderos montados, en donde se halla arrestado el señor general Francisco de Paula Santander, a quien hizo saber la anterior sentencia, y, enterado de ella, la firmó con el dicho mayor.

José Arce

   Quedo notificado, y pido testimonio auténtico de mi confesión y de los tres careos que he tenido, junto con la sentencia y conmutación, para los usos convenientes. Suplico se me permita dirigir un memorial a la autoridad correspondiente para disponer de mis negocios.

   El exgeneral de división,

Francisco de Paula Santander

   Vicente Anaya, segundo comandante de infantería del ejército y secretario de la comandancia general del departamento de Cundinamarca, de que es comandante general el benemérito señor general de brigada Antonio Obando.

   Certifico que el testimonio que antecede es fiel copia de la causa original seguida por el general en jefe Rafael Urdaneta al benemérito señor general de división Francisco de Paula Santander, el año de 1828; cuya copia se da al señor Juan Manuel Arrubla, que la ha solicitado como apoderado general de dicho señor general Santander, por disposición del señor comandante general. Y para que conste la firmo, contituyéndome garante de su exactitud. En Bogotá, a 13 de agosto de 1831.

   Son 32 fojas útiles.

Vicente Anaya


REPRESENTACIONES DIRIGIDAS POR EL GENERAL SANTANDER DESDE SU PRISION, EN LOS CASTILLOS DE BOCACHICA, AL GENERAL BOLIVAR

PRIMERA

   Francisco de Paula Santander, colombiano de nacimiento, y exgeneral de ejército, a vuestra excelencia con el respeto debido, y en uso de mis naturales derechos, hago presente: que he leído ya la Gaceta de Colombia número 385, del 16 de noviembre, en que se ha publicado la sentencia que pronunció la comandancia general de Cundinamarca, el día 7 del mismo mes, en el proceso que se siguió contra mí por la conspiración del 25 de septiembre. Esta sentencia, señor excelentísimo, adolece de vicios que la hacen injusta, y aunque ya no es tiempo de alegarlos para obtener su reforma, es justo que los presente a la consideración del gobierno y del público a fin de que el tribunal infalible del tiempo, y de la razón me borre de la lista de los criminales. He servido a Colombia por cerca de 19 años en diferentes destinos; un solo día no le he sido infiel no obstante sus reveses y desgracias; he figurado al lado de vuestra excelencia; he gobernado este país; he merecido la confianza de la nación, y he obtenido aplausos y honores de los representantes del pueblo, del pueblo mismo, de mis compañeros de armas, de los extranjeros, y de vuestra excelencia. Motivos todos para creerme obligado a manifestar que la sentencia pronunciada contra mí es injusta, y que sufro hoy todas las privaciones de la sociedad que he ayudado a fundar y libertar, porque la providencia así lo quiere para confundirme. Pero cuando no reuniera las circunstancias de un antiguo y siempre leal patriota, y de tantos años de servicios, me bastaría ser individuo de la especie humana para que usase del derecho imprescriptible de defender mi vida y mi honor en una causa en que me he visto complicado y condenado a la última pena. Si durante el curso del proceso me hubiera sido concedido defenderme, vuestra excelencia habría desde entonces convencídose de que no he tenido parte en la conspiración del 25 de septiembre; mas vuestra excelencia sabe que en sumario solamente y sin permitírseme una defensa, se ha pronunciado sentencia.

   Para proceder con método y claridad, dividiré la sentencia de la comandancia general en hechos y derecho, y procuraré demostrar que en los unos y en el otro hay injusticia. El proceso, según lo expresa la misma sentencia, se formó contra mí por la conspiración del 25 de septiembre; por consiguiente, los cargos por los cuales ha debido condenárseme debieran resultar porque fuera promovedor, director, auxiliador o ejecutor de dicha conspiración. ¿Y cree vuestra excelencia que está comprobado en el proceso alguno de estos actos de conspiración? Veámoslo, señor, pasando revista a los fundamentos en que se apoya la precitada sentencia.

   El primer fundamento es que yo había negado en mi declaración indagatoria, y en mi confesión, que se tramaba aquella conspiración. Yo he dicho en mi declaración que el señor Florentino González había tenido conmigo una conversación, y he indicado los motivos que tenía para temer una revolución. Iguales indicaciones hice en mi confesión prestada el 22 y 30 de septiembre, es decir, 27 días después de habérseme arrestado y mantenido en incomunicación. Como testigo no podía hablar de la conspiración del 25 de septiembre, porque nada supe de ella, como que no ha habido ninguno de los conspiradores que declarase que yo tuviera noticia de lo que iba a practicarse aquella noche, y todos han convenido en que de antemano no estaba señalado día fijo para la revolución. No es, pues, tan cierto, como lo asegura la sentencia, que yo haya negado haber tenido conocimiento de que pensaba tramarse una conspiración contra el actual régimen político. Pero aun cuando yo lo hubiera negado, ¿esta negativa me calificaba por ventura de conspirador? Cuando el salvador celestial del mundo fue preguntado por el tribunal, cuáles y cuántos eran sus discípulos, y cuál la doctrina que enseñaba en las sinagogas y al pueblo, no respondió a lo primero, y se limitó a responder sobre lo segundo. Por otra parte, una cosa es decir mentira ocultando la verdad, otra es no declarar la verdad sin decir mentira. Santo Tomás y san Agustín, autoridades intachables en el particular, sostienen que quando oportet, et secundum oportet, es que se puede lícitamente no descubrir la verdad, aunque jamás sustituyéndole mentira. Digo y alego esto para hacer ver que ni aun en el orden moral he cometido delito, cuando me limité a hacer indicaciones sobre los motivos que tenía para esperar en Bogotá una conspiración.

   El segundo fundamento es que el comandante Silva, el teniente López y los capitanes Briceño y Mendoza tenían conocimiento último de que yo era el primer agente de la conspiración, y dirigía el plan, y que así lo habían oído a González, Carujo y Guerra. Este fundamento es falso, y me admiro cómo puede ser cargo contra mí la creencia privada de aquellos individuos, sin estar apoyada en hecho alguno, ni haber dado ellos razón de lo dicho, y cuando a mayor abundamiento, Guerra, Carujo y González han declarado todo lo contrario. Yo he visto las declaraciones de Silva, López, Briceño y Mendoza, porque con ellas me hizo cargo el juez de la causa, y las refuté victoriosamente en mi confesión. Silva dijo que no sabía que yo tuviese parte en la conspiración, y que sólo lo sospechaba, porque era amigo de Vargas Tejada y lo llevaba de secretario a los Estados Unidos; he aquí todo el fundamento de su creencia, y lo que la sentencia llama conocimiento íntimo. López dijo que tampoco sabía que yo tuviera parte en la conjuración, y que sólo sabía que como amigo y defensor de la constitución debería encargárseme del gobierno luego que se realizase el plan. Briceño declaró que tampoco sabía que yo tuviera parte en la dicha conspiración; pero que creía que yo era su agente principal, porque siempre había sido el jefe del partido constitucional, y porque Guerra le había asegurado que yo tenía conocimiento de la cosa, aunque la juzgaba prematura. Mendoza, en fin, declaró que Carujo le había afirmado que el general Páez y yo teníamos parte en el plan.

   No encuentro, en todas estas declaraciones, sino afirmaciones sin apoyo ninguno, y creencias o infundadas o apoyadas en hechos inconexos con la conjuración del 25 de septiembre. Silva y López nada saben contra mí, y lo único que aducen es una débil conjetura. Briceño se refiere a Guerra, y Guerra declaró que yo le había suplicado y aconsejado que hiciese desistir a cuantos estuviesen con ideas de revolución. Mendoza se refiere a Carujo, y Carujo no sólo me concedió parte a mí en el plan, sino también al benemérito general Páez, sin duda con ánimo de asegurar con nuestros nombres a sus prosélitos, y declaró además que yo no sólo había desaprobado el plan, sino que ofrecí a González oponerme a él mientras estuviera en Colombia. Agrégase a esto que el mismo Briceño ha declarado que cuando se propuso, en la junta del 25 por la noche, darme noticia de lo que se iba a ejecutar, él había sido uno de los que se opusieron a ello, porque temía que yo impidiera la ejecución. ¿Puede conciliarse el que por una parte estuviera Briceño persuadido de que yo era agente principal de la conspiración, y por otra que temiera el que me opusiese a ella? Si creía que yo era cómplice, no debía tener este temor, y si tuvo tal temor, era sin duda porque no me creía cómplice en la conjuración.

   Ultimamente, si las seguridades que Guerra, Carujo y González habían dado a Silva, López, Briceño y Mendoza, como lo afirma la sentencia, eran los motivos en que éstos fundaban su persuasión de que yo era agente de la conspiración, las declaraciones de Guerra, Carujo y González destruyen el fundamento. Ya he dicho, y lo repito, que Guerra declaró que yo no había aprobado sus ideas revolucionarias, y que manifesté deseos de que se destruyesen por medio de consejos útiles y oportunos. González dijo que yo desaprobé el proyecto por todas las razones que adujo en el careo tenido conmigo, y que aun protesté oponerme a él; y Carujo, refiriéndose a lo que había oído a González, ratificó lo mismo. ¿Cómo es, pues, que se alegan los dichos de estos testigos para fundar la sentencia contra mí? En todas las legislaciones del mundo, aun en la del mismo gobierno español, que hemos destruido por opresor e injusto, las aserciones de los testigos tanto valen cuanto están fundadas en hechos positivos que presentan con toda claridad el delito que se indaga, de otra manera no hacen prueba ninguna y quedan reducidos sus testimonios a débiles conjeturas, que en el caso de la conspiración del 25 de septiembre y con respecto a mí, son cargos que ha dictado el corazón y no el entendimiento. Por último, señor, si las declaraciones de Silva, López, Briceño y Mendoza se estimaban tan fuertes contra mí, ¿por qué no se han careado conmigo estos tres? En el careo hubiera yo hecho resaltar la verdad; mas se prescindió de esta diligencia, y de repente veo en la sentencia los dichos de ellos como pruebas irrefragables.

   El tercer fundamento de la sentencia consiste en que el ex coronel Guerra se sostuvo en el careo, que me había hablado de la conspiración y que yo me opuse a ella. Lo que Guerra expuso en la declaración lo reformó en el careo, como se lo hice observar al abogado doctor Pareja, que hacía de auditor de guerra en aquel acto, porque Guerra había dicho antes que me había hablado de la conspiración y de algunas personas que estaban en ella, y luego en el careo sostuvo que lo que me había dicho era que sería fácil o probable que se hiciese un bochinche (fueron las palabras), y que no se acordaba que hubiese nombrado a persona alguna. Yo comprendo que una cosa es tratar de una conspiración, y otra de un bochinche, porque a esta voz le hemos dado siempre la significación de una cosa despreciable y de poca entidad, y a la palabra conspiración se le ha dado la significación de una cosa más seria. La sentencia hace mérito de lo que Guerra expuso en su primera declaración, y calla lo que explicó después en el careo, de manera que se ha procedido con injusticia omitiendo esta circunstancia. Yo llamé la atención del doctor Pareja verbalmente sobre este particular en presencia del secretario, capitán Belmonte, porque no tenía otros medios de alegar este hecho en mi defensa ni se me ha permitido hacerlo en mi causa.

   El cuarto fundamento es cierto, aunque no está alegado en la sentencia conforme consta del careo de Carujo conmigo. Este testigo ha dicho que, deseando cerciorarse de si era verdad que yo me oponía al proyecto de conspiración, según se lo había asegurado González, había estado en mi casa una tarde al entrar la noche y que, viendo que efectivamente mostraba oposición a la conspiración, quiso hacerme entender la obstinación de algunos de los conjurados, diciéndome que pensaban hasta irse a Soacha a asesinar a vuestra excelencia. Así consta de los autos, y no sé por qué razón se haya creído el juez de la causa con derecho para alterar los términos precisos de las declaraciones en que debiera fundar su juicio. Indubitablemente forma un sentido muy diferente la frase como lo expresa la sentencia, de como consta en la diligencia del careo con Carujo; pues en la sentencia se deja traslucir que éste me comunicó el proyecto de asesinar a vuestra excelencia como si yo hubiera tenido parte en el proyecto de conspiración, y lo que verdaderamente resulta es que supe tan horrible designio por la casualidad de que se quiso hacerme desistir de mi oposición con participármelo, según lo ha declarado el mismo Carujo.

   El quinto fundamento es inconducente al negocio en parte, y en parte está conexionado con él; porque es verdad que Florentino González ha estado en mi casa a sondear mi opinión acerca del proyecto de restablecer la constitución del año de 21, y que le respondí que el proyecto era inoportuno, perjudicial y expuesto, y que lejos de mezclarme y tomar parte en él, me opondría con todas mis fuerzas. Esta es la declaración de González, a la cual añadió que mil veces le había yo protestado que de ninguna manera tomaría jamás el mando ni la dirección de los negocios públicos, porque estaba resuelto a irme de Colombia, con otras reflexiones que me favorecen para sacarme de la esfera de conspirador. También es cierto que le dije que sin conocer la opinión pública, no debía pretenderse el restablecimiento de la constitución, porque todavía no se conocían las reformas ofrecidas por vuestra excelencia ni se sabía si ellas contentarían a los pueblos o no, y que el modo de indagarla y proceder conforme a ella, era por medio de sociedades establecidas en los departamentos y provincias. Pero, señor excelentísimo, ¿esta opinión que manifesté a González produjo acaso la conspiración del 25 de septiembre, que era la que se estaba juzgando? ¿Consta, por ventura, que se establecieran tales sociedades y que ellas contribuyeran al suceso del 25? ¿Resulta, acaso, que este consejo tuviera alguna influencia en la conspiración por la cual se me había levantado un proceso? No, señor, nada de esto resulta, ni era posible que hubiera habido tiempo de llevar a efecto estas ideas. Además, ¿el consejo de formar las sociedades se dirigía a que ellas subvirtiesen la opinión pública, o trastornasen el orden establecido? Nada de eso. González ha declarado que dichas sociedades eran sólo para observar la opinión nacional, y para nada más. ¿Y en qué legislación está prohibido observar la opinión pública? ¿En cuál decreto de nuestro gobierno se ha calificado de delito el observar la opinión del pueblo? Ni aun en el llamado de conspiradores se lee semejante calificación. Tal es lo que yo he aconsejado, y es falso y absolutamente falso que hubiese yo dicho que las sociedades ganarían prosélitos, y el influjo de algunos generales adictos al actual régimen. No consta esto en la declaración de González, y si lo expuso así él, a mí por lo menos no se me ha leído esta parte de su exposición. Es, pues, tan claro como la luz que la declaración de González no me constituye reo del suceso del 25 de septiembre, y caso de que me constituyera, ella es única en el proceso, y jamás se ha condenado a nadie por la declaración de un solo testigo. Digo que es única, porque Guerra nada declara de lo que declaró González, y Carujo se refiere al dicho de González, que siempre es un solo testimonio.

   El sexto fundamento tiene menos conexión con mi proceso, porque nada tengo que hacer con que no hubiera día prefijado para la conspiración; pues lo que a mí me debía condenar era que se probase que yo la había promovido, aconsejado, auxiliado o ejecutado. Bien lejos de eso; las tres únicas personas que han asegurado haberme hablado del proyecto, deponen que lo desaprobé, sin que haya habido uno solo que diga que yo fuera su autor, director, aconsejador o auxiliador. González expresamente ha afirmado que yo ignoraba el proyecto hasta la noche en que quiso sondear mi opinión sobre la conveniencia de hacer algún esfuerzo por el restablecimiento de la constitución.

   Estos son los seis fundamentos en que se apoya la sentencia de la comandancia general, los cuales, según queda observado, carecen de aquella fuerza y evidencia que la recta razón, la eterna justicia, y las mismas leyes positivas requieren para imponer pena aflictiva a un hombre acusado de cualquier crimen. Y crece la injusticia de dicha sentencia al observar que los considerandos en que se funda la pena de muerte que se me impuso, no son una consecuencia directa y necesaria de los hechos y cargos que resultan del proceso. En el primer considerando se confiesa que me opuse a que se verificase la revolución y a que se asesinase a vuestra excelencia; pero al lado de esta confesión se altera la verdad cuando se expresa que mi oposición fue para mientras residía yo en Colombia. No es cierto que yo haya dicho tal cosa, o por lo menos no se me ha leído la declaración del que así lo hubiese afirmado; pues lo único que dije a González en el particular fue que mientras yo residiese en Colombia me opondría a toda conspiración, lo cual es muy distinto de lo que asegura la sentencia, porque estando fuera de Colombia no tenía ya medios de oponerme a lo que sucediese en este país, y mi obligación era no concurrir al trastorno del orden público. Pero del modo como aparece en la sentencia, quiere decir que sólo había pedido treguas a la conjuración. La especie de que ofrecí mis servicios está también desfigurada en la dicha sentencia, pues en ella se dice que se los ofrecí a los conspiradores para realizar su empresa, y lo que resulta del proceso es que el ofrecimiento era al gobierno que existiera en el país. En mi confesión respondí a este cargo manifestando que lo que me tocaba hacer, como colombiano, era no intervenir con mi opinión en las alteraciones que sufriera el sistema constitucional, y obedecer al gobierno que de hecho se estableciera, si la nación lo reconocía; que esto era lo que había practicado en mi vida política, pues de 1819 a 1821, que existía una clase de gobierno, serví bajo sus órdenes; que de 1821 a 1828, que rigió la constitución, también serví a mi país bajo su imperio, y que ahora que ella se había abolido y sustituido este otro régimen, ya se había visto mi obediencia admitiendo una legación a los Estados Unidos del Norte. No sé por tanto cuál sea el delito que haya cometido en ofrecer mis servicios al gobierno de hecho o de derecho que se estableciera en Colombia sobre la base de la independencia o de la libertad, cuando las doctrinas de todos los maestros del derecho político constitucional y del de gentes están de acuerdo en estos principios. Pero lo que en otros países se manda practicar a otros, a mí me debía servir en Colombia en 1828 de motivo para sufrir una sentencia de muerte con degradación de mi empleo militar y confiscación de bienes.

   En el segundo considerando se me declara reo de alta traición por no haber impedido la conspiración y denunciado el designio de asesinar a vuestra excelencia en Soacha, y al hacerse esta declaración se olvidó: 1° que no hay ley ninguna en la República que declare cuál es el crimen de alta traición, y así es que la sentencia no la cita ni se refiere a decreto alguno. 2° Que antes se había confesado que me había opuesto a la revolución, y ofrecido impedirla sin que hubiese día prefijado para verificarla. No habiendo día señalado, ni conocido yo el plan, podía impedirla entorpeciendo las tramas, o desanimando a los cómplices; y cabalmente resulta del proceso que les aonsejé (a Guerra, Carujo y González) que sobreseyesen en el proyecto, presentándoles las dificultades y obstáculos que lo hacían irrealizable. Así es como lo ha confesado la misma sentencia. Respecto a no haberla denunciado al gobierno, diré solamente cuatro cosas: 1a que en mi confesión no se me hizo cargo alguno sobre este punto para que hubiese podido responderlo, y por consiguiente no se me ha oído en el particular; 2a que el gobierno sabía que había un proyecto de conspiración desde que se arrestó al oficial Triana, que se dijo públicamente haber hablado de él antes de la noche del 25 de septiembre, y pudo por tanto haber tomado medidas de precaución y seguridad para impedirlo; 3a que yo manifesté en mi confesión haber indicado, en conversación antes del día 25, a dos amigos de vuestra excelencia, el señor intendente Herrán, y el señor José Ignacio París, que había riesgo de que de un día a otro hubiera un trastorno en la capital; y 4a porque se me había dado palabra de sobreseer en el proyecto de conjuración. Además, quizá serán pocas las personas que conocían el estado de agitación en que estaba Bogotá; quizá tampoco faltaban individuos del mismo gobierno que la veían, palpaban y temían un movimiento; ocultarse el disgusto y desazón que reinaba en Bogotá, sólo podía a los que cierran los ojos de intento para adormecerse sobre el cráter de un volcán.

   En el tercer considerando se me da el carácter de aconsejador y auxiliador de una revolución por medio del establecimiento de la sociedad republicana, aunque por otro lado la comandancia general confiesa que no he tenido parte en la conspiración del 25 de septiembre. Vuelvo a repetir que es falso que yo haya aconsejado establecer sociedades para hacer una revolución. Nada de esto consta en el proceso, pues el único que ha hablado de tales sociedades es González, y terminantemente ha dicho que ellas debían servir para observar la opinión pública. La acción de observar no es criminal, ni nunca se ha creído que observar y conspirar fuesen sinónimos. De tan falso dato dedujo la comandancia general que yo era cómplice en la conspiración del 25 de septiembre, y me admira tan peregrino modo de deducir consecuencias en asuntos tan delicados y tan arduos como el presente, en que se trataba de la vida y del honor de un antiguo y leal servidor de la patria, y sobre todo de un ciudadano que había prestado sus servicios para destruir el trono de la injusticia española y levantar el de las leyes protectoras de los derechos de los colombianos. Cuando las pruebas contra un acusado deben ser tan claras como la luz del mediodía para imponerle la última pena, veo en mi sentencia conjeturas débiles tomadas por pruebas evidentes, hechos desfigurados y aun alterados, y consecuencias absolutamente falsas. Si no me equivoco, me parece que la exposición, que presento respetuosamente a vuestra excelencia, así lo demuestra.

   La sentencia habla de lo más que resulta de autos, sin decir cuál es ese más, contentándose con afirmarlo bajo la palabra del que la redactó, y en ello se ha faltado a la justicia, que es una sola bajo toda clase de gobiernos, y contra la cual ningún pueblo debe ni puede legítimamente disponer de la vida de sus asociados. Condenar a un hombre por lo que se dice que resulta de autos sin expresar qué es lo que de ellos resulta, no se había visto en los tribunales españoles, y ni aun en los de la inquisición.

   Pero ya que se quiso agravar tanto los cargos que me resultaban, ¿por qué se omitiría hacer mención de todo lo que me favorecía? Yo reparo que en la sentencia no se mencionó la circunstancia de que los conjurados, según resulta del proceso, se opusieron a que se me participase lo que iba a ejecutarse en la noche del 25, porque temían que yo les impidiese que llevasen al cabo su plan. Temor justo y razonable, fundado en lo que González les había participado haberme oído, y que me excluye de la clase de cómplice en la citada conspiración. Reparo también que no se hizo mérito de que Carujo, luego que supo por González que yo desaprobaba el proyecto, se expresó diciendo estas formales palabras, "que con el general Santander, o sin el general Santander, se haría la revolución", y cuya respuesta me libra del cargo de aconsejador, director y auxiliador de la conspiración; reparo, así mismo, que se ha guardado silencio sobre la circunstancia agravante que resulta de autos, de que los conspiradores tenían las juntas, hacían los planes y se reunieron en la noche del 25, sin previa noticia mía, lo cual prueba que procedían sin mi conocimiento, anuencia y autoridad, como solos y exclusivos directores y ejecutores de sus proyectos; y puesto que discutieron si era conveniente darme noticia de lo que iban a ejecutar, visto es que yo no podía haber tenido noticia de sus reuniones. Reparo, últimamente, que no se ha tocado la especie importante de haber estado González conmigo en el campo siete días antes del 25 de septiembre, y no haberme hablado una sola palabra del consabido proyecto, cuyo silencio debía indicarme que ya lo habían abandonado, según los deseos que yo había mostrado. Esta creencia se refuerza considerablemente al advertir que el mismo González ha declarado haberme preguntado si llevaba oficial de legación a Norteamérica, con el designio de ser empleado e irse de Colombia; y de haberme respondido, pocos días antes de la conspiración, "que ya el proyecto se había enfriado" cuando le pregunté, de paso en la calle, si todavía insistían en llevarlo a efecto. Todos estos hechos favorecen mi inocencia en calidad de cómplice de la mencionada conspiración, y disminuyen la culpabilidad que podía resultarme; mas el juez de mi causa, levantando la balanza de la justicia en sus manos, quitó de un plato las pruebas que podían ser útiles a mi vindicación, y puso en el otro los cargos, reagravándolos, desfigurándolos y equivocándolos. ¿A quién me quejaré de este agravio, señor excelentísimo? ¿A dónde elevaré mi voz contra esta parcialidad? A ninguna otra persona sino a mi propia conciencia, y al infalible juicio del tiempo. A ellos, pues, apelo, siquiera por conservar una buena memoria y morir tranquilo.

   He hablado, señor, de los hechos en que está fundada la sentencia; réstame hablar del derecho, y suplico a vuestra excelencia que se sirva prestame nuevamente su respetable atención. La sentencia me declara infractor del artículo 26, título 10, tratado 8°, de la ordenanza general del ejército, que impone pena de muerte a los que emprendieren cualquier sedición, conspiración o motín, o indujeren a cometer estos delitos, y a los que, sabiéndolo, no los denunciaren; infractor del artículo 4° del decreto del año de 26, que prohíbe reuniones clandestinas, e infractor del artículo 4°del decreto contra conspiradores, de 20 de febrero de 1828. No comprendo, señor, cómo se aplica una pena decretada por la ordenanza, y no se me juzga conforme a la misma ordenanza, porque me parece el colmo de la irregularidad aprovecharse de una ley en cuanto a las penas, y desecharla para formar el proceso y seguir el juicio. No tengo noticia de que vuestra excelencia haya expedido antes del 25 de septiembre orden o decreto que así lo disponga; por el contrario, he leído en la gaceta del gobierno un decreto de vuestra excelencia, de los primeros días del mes de septiembre, en que dispone que la única ley por la cual deben ser tratados y juzgados los militares desde aquel día en adelante, sea la ordenanza general del ejército. ¿Cómo es, pues, que se me ha juzgado según el decreto de conspiradores de 20 de febrero de este año, y con sólo el sumario y sin defensa ninguna se me ha condenado a la última pena? Y si la ley que debió observarse era este decreto respecto del modo de proceder, ¿por qué se me impuso pena de muerte cuando en él no la tienen prefijada los que sólo tienen noticia de algún plan de conspiración? Difícil me es entender estas cosas, aunque sí comprendo que hay irregularidad en valerse a un mismo tiempo de dos leyes, que ni se sabe si la una está destruida por la otra, que tienen distinto modo de proceder en el juicio, y prefijan diferentes penas a un mismo delito. Me duele verdaderamente que ya que he prestado algunos servicios a esta mi querida patria para que fuesen asegurados el honor, la propiedad, y la vida de todos los colombianos, haya sido víctima de los partidos, juzgado por leyes opuestas, y condenado sin admitirse mi defensa a tres gravísimas penas.

   Analizando el artículo 26 de la ordenanza, siento la satisfacción de no creerme comprendido en él, ni por haber emprendido la conspiración del 25 de septiembre, ni por haber inducido a ella. Que no la emprendí, está comprobado en el proceso por las declaraciones de los conjurados, pues los que dijeron que sospechaban que yo era su agente, fundaron sus dichos en débiles conjeturas que quedaron destruidas por las declaraciones de Guerra, Carujo y González, que terminantemente expusieron que había desaprobado el proyecto y ofrecido oponerme a él. Que no induje a nadie a la conspiración, está también comprobado en los autos, ya con las declaraciones precitadas de Guerra, Carujo y González, y ya porque no ha habido un solo testigo que declare que yo le hubiese aconsejado o convidado a la conspiración del dicho día 25. Y no se alegue la especie de la sociedad republicana de que hablé a González, pues como tengo expresado anteriormente, ni esta sociedad llegó a formarse, ni la conspiración del 25 de septiembre fue efecto de ella, ni debió tener el objeto de conspirar o trastornar la opinión pública, sino sólo el de observarla para sacar en limpio si la nación estaba contenta con las reformas. Me refiero a la diligencia de careo entre González y yo. Quédame, pues, sólo el cargo de no haber denunciado el proyecto; pero ya he expuesto acerca de esto cuatro observaciones, que disminuyen bastante la culpabilidad y, por consiguiente, debían disminuir la pena.

   Para hablar del absurdo de igualar en las penas a los que no han cometido iguales delitos, prescindo de hacer alto en que el artículo 26 de la ordenanza, que se me ha aplicado, está modificado por posteriores cédulas y reales órdenes de 1774-1793 y 1800, en que se trata del desafuero en cierta clase de conspiraciones. Habría sido preciso aclarar este punto respecto a mí antes de pronunciarse sentencia, y quizá me habría librado del juicio sumario que sufrí. Pero no quiero entrar en esta materia. Respecto de la igualdad de las penas en desigualdad de delitos, hay ya una opinión general en todo país que o empieza o está civilizado. Ella reprueba el uso de unas mismas penas en delitos que tienen circunstancias más o menos agravantes, más o menos culpabilidad. ¿Será justo que a mí, que no estaba en servicio activo militar sino considerado como miembro de la lista diplomática, se me imponga la pena que se impuso al comandante de tropas y al jefe de una oficina militar, que se valieron de sus destinos para hacer la conspiración? ¿Será conforme a razón que yo sufra, sin ser director ni ejecutor de la conspiración, la pena que sufrieron los directores, emprendedores, y ejecutores de ella? ¿Había yo de sufrir igualdad con los que mataron y se batieron con las tropas del gobierno, yo, que no tuve noticia de lo que se iba a practicar la noche del 25 de septiembre? Yo, que sólo era sabedor, no de un plan de conspiración, porque nadie ha declarado que se me comunicase plan ninguno, sino sólo de un proyecto que empezaba a combinarse o tramarse; que ofrecí oponerme a él, y que no he tenido parte en su dirección y ejecución, puedo ser acreedor a la misma pena de los que fueron directores o ejecutores de la conspiración, o uno y otro? No, señor excelentísimo, en el siglo de la civilización, cuando se están desarrollando los conocimientos de lo que vale un hombre en sociedad, y difundiéndose los progresos del espíritu humano, y bajo el gobierno del general Bolívar, harto conocido por sus hazañas militares, no menos que por las doctrinas liberales que ha publicado desde su primera jornada de Tenerife en 1813, ser juzgado y condenado el que obtuvo la segunda magistratura de la República y la gobernó por de siete años, ser juzgado, digo, por leyes en desuso y contrarias entre sí, sin las fórmulas correspondientes, y con penas dignas sólo de los grandes malhechores, será un borrón que afeará sin duda ninguna la historia de nuestra patria.

   Mas al lado de este borrón resultará la página que menciona la indulgencia con que vuestra excelencia ha reformado la sentencia que llevo refutada, imponiéndome penas menos graves, salvándome la vida, mis bienes, y aun la esperanza de ser útil a mi patria alguna otra vez. Ha sido muy digna de vuestra excelencia esta conducta, porque habría mancillado la gloria y reputación del Libertador de Colombia la ejecución de una sentencia mal fundada y verdaderamente injusta. ¿Qué habría dicho el mundo culto, qué la historia imparcial, si vuestra excelencia hubiese mandado llevar a efecto la ejecución de la pena de muerte contra mí, cuya memoria, creo, no es posible sepultar? Prescindiendo de los partidos que han dividido a los colombianos en estos últimos desgraciados años, y de los motivos de desavenencia que, para desventura de nuestro país, han ocurrido entre vuestra excelencia y yo, bastaría, sólo para arrojar manchas sobre la ilustre vida política de vuestra excelencia, el saber que se me ha juzgado como en 1810 la Audiencia de Santafé a los jóvenes patriotas Rosillo y Cadena, de cuyo procedimiento habla el historiador Restrepo con indignación y bien merecido horror; que se han agravado en la sentencia los cargos sin hacer mérito de los descargos que resultaban del proceso; que se hizo uso para condenarme de una ley, y de otra para instruir la causa, sin haber disposición superior anterior al delito, que así lo prescribiese; que se han tergiversado los hechos dándoles un sentido, si no contrario, al menos muy distinto de lo que aparece en los autos; que lo mismo se han tratado las acciones de un estado de agitación y de partidos, que las que se ejecutan en el estado de paz y tranquilidad; en fin, que serían pocos los que no atribuyesen mi muerte más bien a venganzas y al deseo de castigar mi conducta legal en las diferencias que nos han agitado, que a crímenes positivos comprobados.

   Cualquiera de estas consideraciones habría hecho perder a vuestra excelencia una parte de la reputación que le han granjeado sus grandes servicios, y quizá Colombia no reportaría el menor bien de mi sacrificio. Las armas, señor, vuestra excelencia lo sabe mejor que yo, mantienen el orden por el terror; pero la generosidad y la indulgencia lo mantienen por el convencimiento, y ganando corazones y atrayéndolos con una fuerza irresistible. Después de que, aun hasta los usurpadores de la libertad romana fueron indulgentes con los verdaderos conspiradores, después de que ayer han dado pruebas de moderación y generosidad con los rebeldes y conjurados Luis XVIII en Francia, Nicolás I en Rusia y Polonia, y aun el mismo Fernando VII en España, ¿podía ni debía vuestra excelencia ser menos indulgente que estos soberanos? Pero qué digo... ¿podía, ni debía vuestra excelencia ser menos compasivo que Morillo, que llegó a conceder la vida a varios patriotas colombianos, de los cuales viven hoy algunos haciendo servicios a su patria? De ninguna manera. El Libertador de Colombia debiera ser en todo superior a los hombres comunes, porque su misión es mucho más ilustre, y mucho más digna del que está llamado a ser el benefactor de todo un mundo.

   No diré, señor, que estoy contento con mi suerte, porque la privación de mi país, y las penas consiguientes a una sentencia infamante, no pueden contentarme. Pero sí digo que estoy conforme, porque, creyéndome inculpable, este testimonio de mi propia conciencia me inspira conformidad y resignación. Aparte de esto, yo vivo en la persuasión de que he llenado mis deberes públicos, y mis comprometimientos con mis compatriotas durante las agitaciones políticas. Siempre he sido fiel a mi patria en 18 años de lucha por su independencia, y también le he sido fiel como magistrado constitucional. Jamás he obtenido puesto alguno por la intriga ni por revoluciones; cuantos he merecido, los he adquirido por los medios legítimos que reconoce el derecho político. No he empleado la amistad y confianza de vuestra excelencia para perder a nadie; al contrario, he usado de ellas para favorecer a cuantos he podido. En mis manos ha estado la suerte de los colombianos por algunos años; he procurado servirles, hacerles bien y respetar sus derechos. Todo lo he perdido por mi amor a la libertad de Colombia; este era mi deber, así lo prometí, y así se ha verificado. ¿Deberé, o no, estar conforme con mi actual suerte? Sí; lo estoy, señor, porque me lleno de orgullo al ver gozando de placeres y de tranquilidad a los que han trabajado menos que yo para adquirir estos goces en Colombia. Porque en la historia veo que hombres dignos de la veneración de los mortales han experimentado infortunios mayores que el mío, sin que por esto desmerecieran de la opinión imparcial del mundo, y porque siento un placer interior al considerar que el infortunio de un hombre de bien, que lucha cuerpo a cuerpo con el destino, si no es, como lo fingen los poetas, un espectáculo digno de la divinidad, es sin duda interesante y glorioso.

   Basta, señor, de observaciones, que no tienen más objeto que el de imponer a vuestra excelencia de la verdad, y llamar la atención de una patria a quien en nada he ofendido. No es mi intención quejarme de nadie ni molestar a persona alguna. Conténtome con que vuestra excelencia se persuada de que la vida que vuestra excelencia me ha dejado no ha sido concedida a un malvado ni a un criminal. Soy hombre de bien, y 18 años de servicios me han dado reputación. Dondequiera que me halle seré colombiano de corazón, y recordaré con gratitud la concesión de vida que vuestra excelencia me ha hecho. Reduzco, pues, el presente memorial a pedir a vuestra excelencia, encarecidamente, se sirva mandar llevar a efecto mi partida fuera de Colombia por todo el tiempo que el gobierno estime conveniente; pues estando lejos de mi país, no perteneceré a partido ninguno, viviré ya con tranquilidad, y mi nombre no servirá de pretexto para trastornar el orden público. La concesión de esta súplica aumentará en mi corazón los motivos de mi reconocimiento, respeto y consideraciones a vuestra excelencia. Y ¡ojalá que la publicación de este memorial la estimase vuestra excelencia conveniente! Mis deseos serían cumplidos suficientemente.

   Castillo de San Fernando de las fortalezas de Bocachica de Cartagena. Diciembre 13 de 1828. 18. Excelentísimo señor.

Francisco de Paula Santander


TERCERA

   Excelentísimo señor Libertador presidente de Colombia.

   Señor.

   Es la tercera representación que tengo el honor de elevar a manos de vuestra excelencia reclamando el cumplimiento del decreto de 12 de noviembre último, en que se me condenó a salir de Colombia. La primera la elevé el 7 de diciembre, cuando se me informó que había orden superior para detenerme indefinidamente en una de estas fortalezas. La segunda la dirigí sólo para poner de manifiesto a los ojos de vuestra excelencia la injusticia y severidad de la sentencia de mi condenación; y procuré extenderme en ella sobre todos los hechos y circunstancias que produjo el proceso formado a los conspiradores del 25 de septiembre. Esta la he hecho en momentos de estar preparándome para ser trasladado a Venezuela, sin duda a sufrir una nueva reclusión. Por impertinentes que se estimen estas mis exclamaciones a la suprema autoridad de vuestra excelencia, mi situación y la solemne palabra de vuestra excelencia son estímulos muy poderosos para ocurrir todas las veces que me sea permitido en busca de una suerte mejor, y suficientes motivos para disculpar mi procedimiento. Reducido a una condición penosa y desgraciada, y ansioso de trocarla por la que vuestra excelencia mismo me señaló en su precitado decreto del 12 de noviembre, ¿a quién debo ocurrir sino a la misma fuente del poder, y siempre como suplicante?

   Señor, cuando vuestra excelencia conmutó en vida la injusta sentencia de muerte pronunciada contra mí el 9 de noviembre, vuestra excelencia hizo una nueva creación. Pero esta obra de la justicia, permítaseme decirlo, se desmejoró y quedó desfigurada desde que fui detenido en estas fortalezas y reducido a sufrir los rigores de una prisión. Sí: prisión ha sido mi detención, y prisión grave, ora se mire su propia naturaleza, ora se considere que vuestra excelencia no la prefijó en el decreto ya mencionado. Tres meses ha que sufro reclusión en este castillo insalubre y situado lejos de toda comunicación; mi habitación ha sido una pieza excesivamente húmeda, rodeada de centinelas, donde me ha sido prohibido comunicarme con persona alguna, y he tenido que alimentarme con víveres poco análogos a mi complexión enfermiza. Nunca he recibido una carta de mi familia; las que yo he podido escribirle han pasado abiertas por el conducto del comandante que me custodia, y una visita semanal de mi hermano político el coronel Briceño, ha tenido siempre de testigo al mismo comandante. Una prisión semejante, acompañada de todos los males accesorios y negativos que le son consiguientes, es una verdadera pena, a la cual ni yo he sido condenado, ni puede estar en la intención de vuestra excelencia hacérmela sufrir, con mengua de su gloria y riesgo de la misma vida que vuestra excelencia ha querido conservar. Vuestra excelencia no puede ignorar todas las penas que se sufren en este estado, aunque la fortuna jamás lo haya reducido a experimentarlas. Vuestra excelencia no puede desconocer que en una prisión se padece privación de todos los placeres de los sentidos, de los ejercicios útiles a la salud o agradables a la vida, de los goces de la sociedad, de la dulzura de la amistad y de los encantos de la familia; se padecen enfermedades, escaseces de alimentos, falta de correspondencia, carencia de medios de escribir sus propias observaciones, y sobre todo, se siente la pérdida de la libertad natural. Estos sufrimientos son en mí tanto más graves y terribles, cuanto ha sido más distinta mi vida pasada y más elevada mi condición, y cuanto que ya he sufrido la privación de los empleos adquiridos a costa de continuos servicios a la patria, la pérdida de mis derechos políticos y de la libertad de disponer de mis bienes raíces, la esperanza de morir en el seno de mi familia, y lo que es más, la difamación. ¡Quién había de decirme en 1820 y 21, cuando yo me desvelaba por asegurar el triunfo de las armas colombianas sobre la importante plaza de Cartagena, que un día había de estar encerrado como criminal en una de las fortalezas, que tánto anhelaba arrancar del poder español! ¿Y quién podría presagiar que había de verme condenado a muerte en Colombia sin derechos, sin patria y recluso en prisiones, yo que tánto he trabajado por merecer la vida con honor, por adquirir y asegurar los derechos del ciudadano, y por conquistar una patria donde jamás se eclipsase el resplandor de las leyes? Pero los juicios de la providencia son verdaderamente inescrutables, y es menester reverenciarlos con temor y sufrirlos con fortaleza y resignación.

   A los ojos de la parcialidad y del encono, todos mis padecimientos serán estimados pequeños, al lado de la consideración de que debí perder la vida, porque un gran criminal, dirán ellos, debiera sufrir todavía más. Prescindo de examinar si esta manera de discurrir ofende a la humanidad, tanto como ultraja a la filosofía, y me limito a decir que ni el testimonio de mi conciencia, ni el proceso formado contra mí me colocan en el número de los criminales. Yo no he sido conspirador; yo no he dirigido, aconsejado, auxiliado, ni ejecutado la conspiración del 25 de septiembre; y yo he reprobado el proyecto cuando apenas lo conocí en embrión; yo he procurado frustrarlo disuadiendo a los que sabía que pertenecían a él; yo he ignorado lo que iba a suceder el 25 de septiembre, y yo, en fin, y es lo que me llena de satisfacción y de gloria, yo he salvado la vida de vuestra excelencia del fatídico puñal de los conspiradores. ¿No consta todo esto del proceso? ¿Hubo contra estos hechos notorios otra cosa que dichos infundados, conjeturas débiles, y miserables inferencias deducidas por el espíritu de partido? Pues si todo esto es así, según lo manifiesta el proceso, si no hay delito sino donde ha habido ánimo deliberado de quebrantar la ley, ¿por qué me he de juzgar criminal ni merecedor de las penas que padezco?

   Comoquiera que sea, señor, cuando yo me prometí de la sensibilidad del corazón de vuestra excelencia y del escrupuloso celo con que debe conservar ilesa su alta reputación, que alzase mi detención y me permitiese salir de Colombia, estoy próximo a partir para Venezuela a sufrir quién sabe cuántas otras penalidades. No dudo que los jefes allá no se apartarán de las órdenes de vuestra excelencia en cuanto al modo de tratarme. Pero ¿cómo disminuir la larga distancia que va a separarme de mi familia residente en Bogotá, y de mis intereses arraigados allí, ni cómo embonar lo mortífero del clima de La Guaira, Puerto Cabello y demás puntos de la costa, ni aplacar la odiosidad que con tanto arte se ha sabido sembrar contra mí en aquellos lugares? ¿Ah!, señor. Si vuestra excelencia como fue afortunado para librarse de la saña de sus enemigos en las ocasiones en que pudo, o le fue permitido dejar nuestras playas para volver a servir al país en mejores días, se hubiera alguna vez hallado en mi situación, poco tendría yo que inculcar sobre lo que sufro y puedo sufrir todavía, entonces bastaría un simple recuerdo, y su imaginación exaltada repasaría en un instante todas las amarguras de que vive un hombre perseguido, difamado y preso lejos de los suyos.

   Baste, pues, ya de persecuciones. Si la patria de los colombianos ha recibido en el período de mi vida pública algunos males que no puedan ser excusados con mi inexperiencia y falta de luces en la difícil ciencia del gobierno, ya están bien purgados con dos años de ultrajes y de calumnias, con seis meses de rigurosa prisión, con la pérdida de los destinos que la nación y el gobierno me confirieron, de mis derechos, de mis goces sociales, y hasta de mi misma patria. Y si mis enemigos aspiraban a verme sumido en una prisión, despojado de cuanto la voluntad nacional, las leyes y vuestra excelencia por su autoridad me concedió, ya deben estar completamente satisfechos. Yo no exijo de vuestra excelencia que obre ahora como obró Augusto con el conspirador Cina, para que pudiera decir como él: "Mi corte ha sido tu prisión, y mis favores tus cadenas; te he detenido para colmarte de bienes". No, señor; yo no quiero sino ausentarme de las riberas colombianas; nada apetezco sino vivir con alguna tranquilidad en un país extranjero, y morir haciendo tristes memorias de mi adorada patria. Toda mi ambición, mientras que fui servidor, estribó en servirla con fidelidad y obrar de consuno para asegurarle sus derechos; mi ambición ahora que soy extranjero en mi propia patria, es vivir lejos de ella y hacer fervorosos votos por su prosperidad. Súbdito de vuestra excelencia, mi satisfacción era obedecerle sin vacilar; su amigo, mi delicia era complacerle, segundar sus justos y benéficos proyectos y elevar su gloria sobre la de todos los mortales; magistrado supremo, he sido independiente en mis opiniones y constantemente guiado por la lealtad más acendrada, porque la verdadera lealtad, según la opinión de un profundo filósofo, es una firme y leal adhesión a la constitución y leyes de la sociedad de que uno es miembro. No tema vuestra excelencia que me ocupen nuevamente los negocios de Colombia. Un deber imprescindible me ha hecho ocupar de ellos con firmeza: mi honor estuvo comprometido, y de acuerdo con mi conciencia, me he conducido por la senda por donde he marchado con tanta más seguridad cuanto que la nación daba muestras de aprobar mi conducta.

   Hoy estoy ya libre de estos comprometimientos, y persuadido como estoy de que he hecho todo lo que el deber, mi honor, mi puesto y mi fe política me dictaban, mi conciencia está tranquila, suceda lo que sucediere; reduciéndome a vivir en un país extranjero, ya no temo el juicio severo de la nación, de la historia, ni de la posteridad. Lo que yo he expuesto, y me he sometido a perder por ser fiel al país y a mis principios, por ser hombre de bien, no ha merecido iguales sacrificios de tantos otros que los habían prometido a la libertad.

   ¿Hasta cuándo, señor, quiere vuestra excelencia tenerme detenido, sufriendo penalidades y privaciones? ¿No está ya tranquilo el departamento del Cauca, cuyo trastorno se dice que aconsejó mi detención en noviembre pasado? ¿Los preparativos que se hacen para la guerra del Perú no destruyen cualquier recelo de que el éxito sea contrario a las miras de vuestra excelencia? ¿La tranquilidad interior del país no da bastantes seguridades al gobierno contra cualquier injusto y mal fundado temor de que yo la turbase desde Europa? ¿Soy yo acaso tan temible o tan poderoso que con sólo una voz, o con un arqueo de cejas, conmoviese a Colombia? Compadézcase vuestra excelencia de mi presente estado; y no quiera por más tiempo hacer depender mi prisión de los diversos acontecimientos que, en el curso ordinario de las cosas, puedan sobrevenir al país. No me haga aguardar sin esperanzas, como aguardaba el paisano de Horacio sentado a la orilla de un río a que acabase de correr para pasarlo en seco. Pronuncie vuestra excelencia por generosidad, o por compasión, una sola palabra, y mi dicha es hecha. Diga vuestra excelencia que se me deje salir del país para Europa, y en el momento me restituye vuestra excelencia el precioso don de mi libertad natural. ¡Qué obra tan aceptable a los ojos del mundo moral! ¡La libertad de un antiguo colombiano que gobernó su país, que dio ensanche y vuelo al progreso de la ciencia y de la educación común, que derramó su sangre en los campos de batalla, que le sirvió durante 19 años con fidelidad y desinterés, que ha cooperado más o menos eficazmente a cuantos sucesos gloriosos, militares y políticos, le han dado existencia y gloria, y que hoy se ve en infortunio por un acontecimiento casual e inevitable! Ruego a vuestra excelencia que se sirva expedir esta deseada orden de mi partida fuera de Colombia, con todas las pruebas y seguridades que quieran exigírseme.

Esta orden es una nueva vida para mí, o más bien, es el complemento y perfección de la que vuestra excelencia me ha dejado el 12 de noviembre. Haga vuestra excelencia expedirla, como encarecidamente se lo suplico.

   Castillo de San José de Bocachica, 24 de febrero de 1829.

   Excelentísimo señor,

Francisco de Paula Santander


APENDICES AL PROCESO

1. DECRETO DEL PODER EJECUTIVO

Domingo Caicedo, general de brigada de los ejércitos de Colombia, vicepresidente de la República, encargado del poder ejecutivo, etc.

   Considerando: que el general de división Francisco de Paula Santander es uno de los ciudadanos más beneméritos de Colombia, que desde sus primeros años empleó sus talentos y servicios en favor de la causa de su independencia, y que después la gobernó un largo período en calidad de segundo magistrado encargado del poder ejecutivo, con acierto, reputación y gloria;

   Considerando: Que después de una carrera sembrada toda de merecimientos y llena de servicios eminentes, fue solamente por la inflexibilidad y denuedo con que defendió los fueros y libertades del pueblo, que se le despojó de los grados y honores adquiridos en premio de sus servicios, y se le condenó a los tormentos de la expatriación;

   Considerando: Que habiendo por fin triunfado la causa de los pueblos, es uno de los primeros deberes, no menos de justicia que de gratitud nacional, reparar tanto agravio y dar una satisfacción pública al que ha sido víctima de esta santa causa;

   Considerando: Que los propios motivos de justicia y de gratitud deben obrar respecto de todos los otros ciudadanos beneméritos que han sufrido proscripciones en consecuencia de su consagración a la causa de la libertad, o de sus esfuerzos para resistir a la opresión, y respecto también de los que se han visto en la necesidad de abandonar su patria por temor a la tiranía; Decreto:

   Artículo 1° El general de división Francisco de Paula Santander queda restablecido a sus grados y honores militares, y a todos los derechos de la ciudadanía, en los propios términos que los gozaba en el año de 1828 antes de su injusta proscripción, que sólo ha sido y será para él un nuevo título de gloria.

   Artículo 2° En consecuencia, será invitado a restituirse al seno de la patria y se darán las disposiciones convenientes para su pronto retorno.

   Artículo 3° Todos aquellos ciudadanos que han sido condenados a presidios, a la confinación en alguna isla o provincia, o expulsados de la República, en castigo de sus opiniones o de sus esfuerzos por la libertad, quedan igualmente restituidos a todos sus derechos y honores, y las respectivas autoridades les facilitarán los socorros que necesitan para que puedan cuanto antes restituirse a sus domicilios.

   Artículo 4° El gobierno cuenta con la cooperación de todos los hijos de la patria, para trabajar en la consolidación del glorioso imperio de las instituciones liberales; y espera por lo mismo que se restituyan al territorio cualesquiera otros ciudadanos que hubiesen emigrado de él huyendo de la opresión.

   Artículo 5° El ministro secretario de estado en el departamento del interior y justicia queda encargado de la circulación y ejecución de este decreto.

   Dado en Bogotá a 10 de junio de 1831 21°. Domingo Caicedo.

   Por su excelencia el vicepresidente de la República. El ministro de guerra y marina encargado ocasionalmente del despacho del interior y justicia.

José María Obando1

2. REPUBLICA DE COLOMBIA

Ministerio de estado en el departamento de guerra y marina. Ramo de guerra. Sección central. Bogotá, a 14 de junio de 1831 21°. Al benemérito señor general Francisco de Paula Santander.

Señor general

   La heroica transformación que acaba de verificarse en casi toda la extensión de la República, restableciendo el imperio de las insituciones liberales, ha puesto al hombre en el pleno goce de todos sus derechos.

   Vuestra excelencia, una de las ilustres víctimas de los furores del despotismo; vuestra excelencia despojado de sus derechos y honores; vuestra excelencia arrojado del suelo de su nacimiento; vuestra excelencia, en fin, injustamente proscrito, ha sido todavía más grande que cuando al frente de la nación rigió tan sabiamente sus destinos. Hoy su excelencia el vicepresidente, expidiendo el adjunto decreto de 10 de los corrientes, ostenta al mundo civilizado la justicia que arregla su conducta, los principios que sostiene y el temple de la pública opinión.

   Vuestra excelencia, doctrinado ya en la escuela de la adversidad, regresará a su patria lleno de experiencia a cooperar con sus demás conciudadanos a la consolidación de las mismas instituciones que han costado tánta sangre y tántos sacrificios. El gobierno y la patria se lo mandan; obedezca vuestra excelencia y venga a ayudarla con sus consejos y sus luces.

   Yo, al ser el órgano por donde se comunica a vuestra excelencia el citado decreto, recibo una satisfacción que sólo puede compararse con la grandeza del objeto.

   Esta feliz oportunidad me ofrece la de presentar a vuestra excelencia los sentimientos de distinguida consideración y respeto con que soy de vuestra excelencia muy atento y muy obediente servidor.

José María Obando2

3. REPRESENTACION

   Excelentísimo señor.

   Hoy se presentan a vuestra excelencia los vecinos y residentes de la ilustre villa de San José, cabecera del circuito de Cúcuta, que tienen el honor de firmar esta reverente exposición. Que el gobierno único legítimo del país, como que ha sido obra de la voluntad general, la reciba con la benignidad propia del primer magistrado de un pueblo republicano, y que en consecuencia obre con la rectitud que demanda la más exacta justicia, que es inseparable del bienestar universal.

   Dos son, señor, los objetos que se proponen los suscritos al levantar su voz hasta el gobierno; y ambos son igualmente laudables y tal vez necesarios.

   El primero y más indispensable de todos es el rendir homenaje al gobierno de vuestra excelencia como el encargado exclusivamente legal del poder ejecutivo. Vuestra excelencia es el hombre afortunado que merece la confianza del pueblo, el varón constante que no quiso degradar su dignidad propia y la de sus conciudadanos prestando su nombre para cohonestar un horroroso crimen, que los suscritos quisieran borrar de la memoria de los siglos, así como hacen repetidos esfuerzos para que su voluntad no reclame nunca el castigo severo que debiera imponerse a sus autores. Y esta cordial adhesión que profesan a la persona de vuestra excelencia y aquella sumisión espontánea al gobierno legítimo son tanto más sinceras cuanto San José de Cúcuta mostró con hechos positivos, en los aciagos meses de agosto y septiembre del año pasado, que sabe cumplir sus comprometimientos y deshacer a los conspiradores; y ha mostrado posteriormente que la fuerza física podrá oprimirlo, pero nunca pervertir la razón ni dominar la voluntad de los habitantes. Los suscritos, pues, esperan que vuestra excelencia habrá de aceptar esta manifestación, y además persuadirse de que en San José de Cúcuta debe siempre contar el gobierno legítimo con un pueblo que no puede transigir nunca con la tiranía ni con la usurpación.

   Sería también esta la ocasión oportuna de exponer a vuestra excelencia hasta dónde llega la gratitud que habían de profesar a los ínclitos varones, a los verdaderos republicanos, como los Obandos y Morenos, los López y Gaitán, los Córdovas y los Vargas, si el corazón de los suscritos no la hubiese consagrado de preferencia al pueblo granadino, que es el que se ha levantado en masa contra la opresión y la tiranía; a este pueblo virtuoso, que si pudo en una parte suya ser engañado momentáneamente, luego que salió de su letargo, rompió las cadenas que le había impuesto la ambición doméstica, con más presteza y energía que había desplegado para despedazar la coyunda española. Al pueblo, pues, ofrece Cúcuta los sentimientos de su eterna gratitud, y se atreve a ofrecerla por medio de vuestra excelencia como su legítimo representante.

   Mas la sublime obra del restablecimiento de la libertad de las leyes no quedaría concluida, tal vez apenas sería principiada y nunca llegaría a su término, si un solo individuo, por despreciable que fuera, continuase padeciendo los horrendos trabajos que trae consigo una proscripción tan injusta como cruel; y el remedio de este mal gravísimo es el que reclama la justicia más notoria, y el segundo interesante objeto de esta exposición. Fuera de nuestra tierra, señor, existen víctimas de la tiranía extinguida, y estos desgraciados han de regresar a su patria con honor, y no con salvoconductos y cortapisas, como si fueran o hubiesen sido criminales. Que el gobierno, pues, dicte un decreto de salud para esos desgraciados ciudadanos, que les convide a volver al seno de su patria, y les conserve la reputación que tan justamente merecen.

   Entre esas víctimas inocentes aparece el nombre ilustre del virtuoso republicano, el general Francisco de Paula Santander. No se quiere, señor, que se declare su inculpabilidad. En todos los ángulos de la antigua Colombia está reconocida su inocencia; los países extranjeros también han hecho justicia a su mérito. Desde que en ellos se tuvo noticia de que había sido juzgado por una comisión especial, y con todos los vicios insanables que no pudo ocultar la sagacidad de sus perseguidores, desde entonces todo el mundo culto en América y en Europa lo han preconizado el mártir de la libertad. Sólo se pide que en el decreto indicado se haga expresa mención de tan ilustre proscrito, y se añada que la restitución del general Santander al suelo de Colombia, a la patria que tan eficazmente ayudó a formar, será un motivo de satisfacción y regocijo para los buenos patriotas, y una expiación ofrecida a la justicia que tan inicuamente fue ofendida en su bárbara proscripción.

   Tal es la confianza que tienen los vecinos y residentes de San José en la justificación de vuestra excelencia, que al dirigir esta sumisa exposición no han pretendido indicar siquiera la conducta noble de este pueblo en la pasada época; que han omitido de intento hacer mención del heroico valor que desplegó la villa la noche del 5 al 6 de septiembre, cuando rescató el cuartel de que se había apoderado un conspirador forastero apoyado en otros forasteros; y que no se detiene a expresar minuciosamente las razones que apoyan su santa solicitud. Los suscritos reconocen que el gobierno ha de ser justo, para que pueda sostenerse y sostener la libertad de los ciudadanos; y por lo mismo aguardan que aceptando vuestra excelencia la expresión de su inviolable fidelidad, acuerde la providencia que han reclamado, porque sin justicia no hay patria, y no puede ser justicia el tolerar pacientemente la desgracia, la ruina de los inocentes, que sólo fueron proscritos como una medida indispensable para asegurar la usurpación.

   San José de Cúcuta, 30 de mayo de 1831 21.

   Excelentísimo señor.

   El alcalde primero municipal y jefe político interino José Silverio Pérez, el alcalde segundo municipal Juan Bautista Ramírez, el síndico personero municipal Román Jordán, el cura Francisco J. de la Estrella, el alcalde parroquial Toribio Camacho, Francisco Ramírez Ranjel, Santos Frases, primer comandante; Joaquín Castro, Francisco Soto, Juan Luciani, J. M. Ramírez, Manuel G. Herreros.

   Siguen cincuenta firmas.


OTRA REPRESENTACION

   Excelentísimo señor.

   Los ciudadanos infrascritos, respetuosamente hacemos presente a vuestra excelencia que la más ilustre de las víctimas sacrificadas a la usurpación de los santos derechos del pueblo, y a los proyectos insensatos del establecimiento de un gobierno absoluto en este suelo, ha sido el muy benemérito general Francisco de Paula Santander. El respira aún lejos de sus conciudadanos y de sus amigos, y el gobierno debe apresurarse a lavar esta injusticia del despotismo.

   Este hombre inmortal, consagrado desde su primera juventud al servicio de su patria en la carrera de las armas, después de haber tenido una parte muy principal en la gloriosa y suspirada redención de la Nueva Granada en 1819, dirigió sus destinos con sabiduría y firmeza. En calidad de vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo de Colombia, tuvo la felicidad de plantear el célebre pacto social firmado en Cúcuta; y en el brillante período de 1821 a 1826 su acertada administración obtuvo el reconocimiento de la República por dos de los primeros pueblos en la escala de las naciones, y elevó el nombre y la gloria colombiana al punto más lisonjero.

   Pero el honor singular de este distinguido colombiano consiste en que cuando hubo de elegir entre su propio engrandecimiento y la libertad de su patria querida, él no vaciló un momento. Su respeto a Bolívar llegaba casi a la adoración; poseía toda su confianza, y conocía bien que bajo el nombre de aquél él hubiera sido siempre el jefe supremo del país; pero nada pudo vencer su resignación generosa por los fueros de sus conciudadanos.

   El fue víctima inocente del desenfrenado dictador y de sus ingratos agentes. Sólo acontecimientos y temores extraordinarios pudieron imponer a la tiranía, y salvarle la vida; mas no pudo escapar de que la cruel expatriación fuese la recompensa de sus fatigas y servicios y de su virtuosa consagración a la causa de sus compatriotas. Su mismo proceso, su misma sentencia son el documento más irrefragable de la pureza de sus intenciones, y el más ignominioso de la perfidia y crueldad de sus enemigos.

   Su patria, su familia, sus amigos, todos sus conciudadanos; la justicia, la gratitud, la necesidad urgente de sus talentos, sus consejos y sus servicios, todo exige que vuestra excelencia se sirva dictar las órdenes más eficaces para su pronto llamamiento y retorno; y los infrascritos así lo suplicamos ardientemente y nos atrevemos a esperarlo de la rectitud del presente gobierno, implorando también la misma justicia, y añadiendo los propios ruegos respecto de todos los demás desgraciados y beneméritos proscritos por el terrorismo de los usurpadores.


   Bogotá, junio de 1831.

   Excelentísimo señor.

   El general en jefe del ejército del centro J. Hilario López, el general segundo jefe del ejército del centro A. Obando, A. María Rosillo deán de esta metropolitana, el párroco y vicario superintendente de la villa de Soatá doctor Juan N. Azuero, el general Juan N. Moreno, José M. Gaitán, el coronel J. Manuel Montoya, Vicente Azuero, Diego F. Gómez, el general José María Mantilla, José J. Suárez, el coronel Tomás Herrera, el coronel Ramón Espina, M. Benítez, José M. Romero, Manuel Restrepo Sarasti, Manuel Fernández, José M. Franco Pinzón, Pascual A. Guerra, Telésforo Sánchez Rendón, José F. Merizalde, R. Vargas, J. Leandro Cabrera, Francisco Martínez, J. Duque Gómez, Francisco M. Valenzuela, Rafael de Paul, J. Asunción Silva, Eladio Manrique.

   Siguen doscientas sesenta y seis firmas.


   Bogotá, junio 13 de 1831.

   Resuelto que el vicepresidente de la República, animado de los mismos sentimientos que han guiado a los ciudadanos que suscriben esta representación, y juzgando uno de sus más sagrados deberes poner pronto término a la injusta proscripción en que han gemido en una tierra extranjera tantos colombianos beneméritos, entre ellos el digno y sostenido republicano general Francisco de Paula Santander, se había adelantado ya el objeto de esta petición, decretando la restitución de los derechos y honores de todos aquellos que fueron expulsados del territorio de la República, únicamente por causa de sus opiniones políticas, o por hechos que no han tenido por objeto sino el sostenimiento de las libertades públicas, el imperio de las instituciones, y el régimen de las autoridades legítimas; que en consecuencia, tanto el benemérito general Santander como todos los demás ciudadanos envueltos en estas odiosas proscripciones políticas, tienen libre la entrada a nuestro territorio para regresar al seno de la patria que los convida a volver a prestarle sus servicios, y para venir a enjugar las lágrimas de sus familias desoladas.

   Publíquese con la representación en la Gaceta del gobierno.

   El ministro del interior,

Doctor Restrepo3


4. GENERAL SANTANDER AL SEÑOR REDACTOR DE EL CONSTITUCIONAL

   Señor. Habiendo leído en algunos diarios que yo me disponía a regresar a Colombia, creo deber a mi país y a mi honor declarar que no tengo tal intención en el momento en que la muerte del Libertador Bolívar comienza a dejar que se manifieste la verdadera opinión nacional. Temería que mi regreso en medio de estas circunstancias, lejos de ser útil a mi país, contribuyera a prolongar las disensiones anteriores.

   He sufrido una persecución encarnizada por haber, como vicepresidente, sostenido vigorosamente la constitución de 1821, por haberme opuesto a su trastorno, a la dictadura militar, a la constitución boliviana y a todos los otros proyectos que entonces, como hoy, he creído contrarios a la libertad de mis conciudadanos, y absolutamente opuestos a mis principios, a mis deberes y a mis juramentos. Esta persecución se redobló al tiempo de la convención de Ocaña, en donde di mi voto por el gobierno federativo. Si me presentara en Colombia actualmente cuando las pasiones parecen querer ceder a la razón, alarmaría el partido de Bolívar, que no dejaría de imputarme deseos de venganza y pretensiones al poder, y que, en consecuencia, podría arrojarse a nuevas agitaciones.

   Si, al contrario, continúo permaneciendo aún en Europa, estos temores serán disipados y se me hará la justicia de creer que estoy pronto a sacrificar, a la paz y a la felicidad de mi patria, todo resentimiento por las horrorosas persecuciones que he sufrido. Por otra parte mi honor, fuertemente atacado en un proceso arbitrario y escandaloso, exige de mi parte esta conducta. Mis enemigos han atribuido a la ambición y a la rivalidad todo cuanto he hecho por defender la constitución de 1821 y las libertades públicas; si me abstengo de presentarme en Colombia cuando Bolívar ha desaparecido de la escena, cuando sus amigos y partidarios comienzan a dividirse entre sí, aun por rivalidades anteriores, y que algunas provincias de la Nueva Granada no han querido reconocer las autoridades sustituidas en Bogotá al gobierno constitucional y legítimo de Mosquera, ¿aún tendrán un pretexto para asegurar que el móvil de mi conducta ha sido la ambición y la rivalidad contra el Libertador Bolívar?

   Yo deploro vivamente la suerte actual de un país que estaba llamado a la más grande felicidad posible, y que realmente gozó de libertad y tranquilidad durante los primeros años del régimen constitucional. Deploro también la imperiosa necesidad que me condujo a oponerme al general Bolívar, de quien había sido amigo íntimo y compañero en el ejército y en el gobierno, y a quien haré siempre justicia por los importantes servicios que ha hecho a la causa americana. Pero no negaré jamás que, en tiempo de mi vicepresidencia, he estado a la cabeza del partido constitucional contra el proyecto de desnaturalizar el sistema político y de engañar las esperanzas del país, fundadas sobre tantas promesas solemnes, juramentos y sacrificios. Quizás soy yo uno de aquellos a quienes se acusa de no haber sabido comprender y apreciar las miras sublimes y patrióticas del general Bolívar; así será. Pero es fuera de duda que habiendo prometido a la nación colombiana observar y sostener la constitución de 1821, que habiendo prestado juramento de defenderla y de someterme a las sabias disposiciones que ella contenía para proveer a su reforma, he sabido comprender y apreciar mis deberes sin que me fuese permitido discutir y decidir si ella convenía o no a los colombianos. Sobre esto nada tengo que vituperarme. Yo tenía reglas fijas que seguir y deberes sagrados que llenar, y traté de cumplirlos con riesgo de la vida, sacrificándoles empleos, honores, fortuna, tranquilidad, afecciones y el derecho de vivir en mi patria.

   Debo a mi honor hacer la presente declaración, que es absolutamente conforme a las seguridades que he dado a personas respetables de Alemania y de Italia.

   Quered, señor, insertarla en vuestro estimable diario, y aceptar, etc.

Francisco de Paula Santander

   París, 21 de abril de 1831. (Le Constitutionnel de Paris)4


5. SESION DE LA CONVENCION GRANADINA DEL DIA 22 DE OCTUBRE DE 1831

   Abierta la sesión con 55 diputados, y leída y aprobada el acta de la anterior, se dio cuenta de una representación de los electores de la provincia del Socorro, en la cual indican las reformas que en su concepto deben hacerse en la República, y se mandó reservar para cuando se nombre la comisión que ha de redactar la constitución del Estado y la en que el general Francisco de Paula Santander pide la publicación del proceso que se le siguió después de la conjuración del 25 de septiembre...5


6. SESION DE LA CONVENCION GRANADINA DEL DIA 25 DE OCTUBRE DE 1831

   Abierta la sesión con cincuenta y siete diputados, y leída y aprobada el acta de la de ayer...

   El secretario dio cuenta de un informe de la comisión nombrada para examinar la representación en que el general Santander pide la publicación de su proceso, y de un proyecto que con aquél acompaña, relativo a los fallos pronunciados después de la conjuración del 25 de septiembre, el que a la letra es como sigue:

   Los representantes de las provincias de la Nueva Granada, reunidos en convención, teniendo a la vista el decreto expedido por el vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo, con fecha 10 de junio de este afio, y

   Considerando: 1° Que al declarar el gobierno que el general Francisco de Paula Santander queda restablecido a sus grados y honores militares, ya todos los derechos de la ciudadanía, en los términos que los gozaba antes de su injusta proscripción, la cual ha sido y será para él un nuevo título de gloria; y al invitarle para que se restituya al seno de la patria, sólo ha sido órgano de la Nueva Granada, expresando los sentimientos que animan a todos los amantes de la libertad que habitan sus diversos pueblos; sólo ha procurado cumplir el deber sagrado que le imponía la más estricta justicia, violada escandalosamente en el procedimiento del gobierno dictatorio contra el referido proscrito; y sólo, en fin, ha querido hacer la expiación posible en las actuales circunstancias del crimen cometido entonces;

   Considerando en segundo lugar, que cuando el mismo gobierno, guiado por iguales principios, ha declarado que todos aquellos ciudadanos condenados a presidio, a la confinación en alguna isla o provincia, o expulsados de la República en castigo de sus opiniones o de sus esfuerzos por la libertad, quedan igualmente restituidos a todos sus derechos y honores; ha ejercido también un acto de la más rigurosa justicia, reclamado por la opinión nacional;

   Considerando tercero, que por una desgracia verdaderamente lamentable, todavía existen fuera del territorio de la República algunos generosos extranjeros, víctimas de la proscripción de los tiranos, y respecto de los cuales no se han declarado insuficientes las órdenes de su confinación, destierro o expulsión;

   Considerando, en fin, que todavía no ha sido oficialmente rehabilitada la memoria del ilustre general Padilla y los demás individuos asesinados judicialmente, con motivo de la conjuración del 25 de septiembre, sin embargo de que cada uno de los granadinos reconoce en su conciencia la arbitrariedad del procedimiento;


Decretan

   1° Se ratifica en todas sus partes, a nombre de la nación, el decreto de 10 de junio de este año, acordado por el vicepresidente de la República, y se invita al general de división Francisco de Paula Santander para que se restituya al seno de la patria, a continuar prestando sus importantes servicios en defensa de la libertad y sostenimiento de las leyes.

   2° Se declaran insubsistentes, a nombre de la nación, las órdenes de proscripción expedidas contra los virtuosos extranjeros que generosamente expusieron su vida y sus propiedades en defensa de la libertad de la patria, o que por sus opiniones políticas fueron el blanco de la persecución de los tiranos.

   3° Se rehabilita, a nombre de la nación, la memoria del ilustre general José Padilla, y de los demás individuos que fueron asesinados judicialmente a virtud de las sentencias dictadas con motivo de la conjuración de 25 de septiembre de 1828.

   El señor presidente señaló el día de mañana para debatirlo por primera vez.

   Y como el informe expresado contuviese una resolución, sobre la cual podía resolver la convención sin sujetarse a las reglas prescritas para la discusión de los proyectos de ley, a saber: que en conformidad de la ley, para satisfacción del ofendido y lección de las generaciones futuras, deben concederse al general Santander, por las autoridades competentes, todas las copias que pida de la causa que se le siguió a pretexto de la conjuración del 25 de septiembre de 1828, y de la representación que dirigió desde las bóvedas de Bocachica reclamando su publicación; propuso el señor Soto, apoyado por el señor Cañarete, se procediese a determinar sobre esta proposición sin necesidad de tres debates. Votóse ésta, y siendo aprobada, quedó abierta la discusión sobre aquélla. Como ningún señor diputado hiciese observación alguna, se sujetó a votación, y resultó igualmente aprobada6


7. COMUNICACION

   Bogotá, 2 de noviembre de 1831.

   Señor.

   El general de división Francisco de Paula Santander representó desde París a la convención granadina, pidiendo se ordenase la publicación del proceso que se le siguió después de la conjuración del 25 de septiembre; y aquélla, animada de los más vivos deseos de que este ilustre ciudadano vindique ante el mundo su reputación inicuamente ultrajada, ha resuelto, en la sesión del 25 del pasado, lo que sigue: que en conformidad de la ley, para satisfacción del ofendido y lección de las generaciones futuras, deben concederse al general Santander, por las autoridades competentes, todas las copias que pida de la causa que se le siguió a pretexto de la conjuración del 25 de septiembre de 1828, y de la representación que dirigió desde las bóvedas de Bocachica, reclamando su publicación.

   Tengo el honor de comunicarlo a vuestra excelencia a fin de que, poniéndolo en conocimiento del poder ejecutivo, se den las órdenes necesarias para que esta resolución tenga su debido cumplimiento.

   Soy de vuestra excelencia, con consideración y respeto, su atento y obediente servidor,

Florentino González

   Al señor secretario de estado del despacho en el departamento del interior7.


Comunicaciones

8. MINISTERIO DE ESTADO EN EL DEPARTAMENTO DEL INTERIOR

   Bogotá, noviembre 7 de 1831. Al señor secretario de la convención granadina.

   Aunque antes de ahora el poder ejecutivo había mandado franquear a la parte del señor general Francisco de Paula Santander, los documentos que pidiera del proceso que a éste se siguió en 1828, proceso que en consecuencia de aquella orden ha podido correr impreso en el público, sin embargo he transcrito al ministro de la guerra, en cuyo archivo obran aquella causa y las representaciones del referido general, la comunicación de vuestra excelencia de 2 de este mes, para que se den las copias de estas piezas que solicita el interesado.

   Tengo el honor de decirlo a vuestra excelencia, en contestación a su citada nota.

   Soy de vuestra señoría, muy obediente servidor,

J. Francisco Pereira8


9. DECRETO

   La convención, teniendo a la vista el decreto expedido por el vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo, con fecha 10 de junio de este año, y

   Considerando: 1° Que al declarar el gobierno que el general Francisco de Paula Santander queda restituido a sus grados y honores militares, y a todos los derechos de la ciudadanía en los términos que los gozaba antes de su injusta proscripción, la cual ha sido y será para él un nuevo título de gloria, y al invitarlo para que se restituya al seno de la patria, sólo ha sido órgano de la voluntad de la nación, expresando los sentimientos que animan a todos los amantes de la libertad que habitan sus diversos pueblos; sólo ha procurado cumplir el deber sagrado que le imponía la más estricta justicia, violada escandalosamente en el procedimiento del gobierno dictatorio contra el referido proscrito; y sólo, en fin, ha querido hacer la expiación posible en las actuales circunstancias del crimen cometido entonces.

   Considerando, en segundo lugar, que cuando el mismo gobierno, guiado por iguales principios, ha declarado que todos aquellos ciudadanos condenados a presidio, a la confinación en alguna isla o provincia, o expulsados de la República en castigo de sus opiniones o de sus esfuerzos por la libertad, quedan igualmente restituidos a todos sus derechos y honores; ha ejercido también un acto de la más rigurosa justicia, reclamado por la opinión nacional.

   Considerando lo tercero, que todavía existen fuera del territorio de la República algunos generosos extranjeros, víctimas de la persecución de los tiranos, y respecto de los cuales no se han declarado insubsistentes las órdenes de su confinación, destierro, o expulsión.

   Considerando, en fin, que todavía no ha sido oficialmente rehabilitada la memoria del ilustre general Padilla y de los demás individuos asesinados judicialmente con motivo del acontecimiento del 25 de septiembre, sin embargo de que cada uno de los individuos de la nación reconoce en su conciencia la arbitrariedad del procedimiento.

Decreta

   1° Se ratifica en todas sus partes, a nombre de la nación, el decreto de 10 de junio de este año, acordado por el vicepresidente de la República, y se invita al general de división Francisco de Paula Santander para que se restituya al seno de la patria, a continuar prestando sus importantes servicios en defensa de la libertad y sostenimiento de las leyes.

   2° Se declaran insubsistentes, a nombre de la nación, las órdenes de proscripción expedidas contra los generosos extranjeros, que magnánimamente expusieron su vida y sus propiedades en defensa de la libertad de la patria, o que por sus opiniones políticas fueron el blanco de la persecución de los tiranos.

   3° Se rehabilita, a nombre de la nación, la memoria del ilustre general José Padilla, y de los demás individuos que fueron asesinados judicialmente a virtud de las sentencias dictadas con motivo del acontecimiento del 25 de septiembre de 1828.

   Dado en Bogotá a 9 de noviembre de 1831 21° de la independencia.

   El presidente de la convención. 

José Ignacio de Márquez

   El secretario,

Florentino González

   Bogotá, a 10 de noviembre de 1831 21° Ejecútese,

Domingo Caicedo

   Por su excelencia el vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo, el ministro del interior y justicia,

J. Francisco Pereira


CONVENCION NACIONAL

Sesión del día 9 de noviembre de 1831.

   Se abrió la sesión con número suficiente de representantes, se leyó y aprobó el acta de la de ayer, y se dio cuenta de las comunicaciones siguientes: 1a, del vicepresidente de la República recomendando a la convención los servicios de los jefes que fueron ascendidos por el general Moreno, y de los demás que en oficio anterior fueron mencionados por el secretario de la guerra, y pasó a la comisión de negocios militares: 2a, del secretario del interior dando cuenta de la reclamación que el gobernador de Pamplona hace del edificio del convento de San Agustín de aquella ciudad; y se mandó pasar a la comisión de instrucción pública: 3a, del mismo ministro elevando un expediente promovido por el escribano del cantón de Santa Rosa, en la provincia de Tunja, sobre que no se permita otorgar instrumentos públicos ante los alcaldes parroquiales y testigos; y se mandó pasar a la comisión de negocios judiciales: 4a, del secretario de la guerra dando cuenta de la propuesta que ha hecho el coronel graduado Pedro Carrasquilla, sobre que se le entreguen las fábricas de pólvora y nitro de esta ciudad, y la de nitro de Tunja, para elaborar de su cuenta aquellos artículos, y dar al gobierno las utilidades que en ella expresa; y se pasó a la segunda comisión de hacienda: 5a, del mismo secretario acompañando una representación en que el coronel Francisco Javier González pide se le ascienda a general de brigada; y se pasó a la comisión de negocios militares: 6a, del mismo ministro representando la necesidad de llamar, al seno de la patria, a los militares que fueron proscritos por la dictadura por haber pertenecido a la división auxiliar que hizo en Lima la revolución de 26 de enero de 827, y se pasó a la comisión de negocios militares; y 7a, del secretario de relaciones exteriores, trasmitiéndole la propuesta que ha hecho el vicecónsul encargado del consulado general de los Países Bajos, contra aquella parte de la memoria de aquel departamento en que se habla del tratado celebrado con la Holanda; y se mandó pasar a la comisión de negocios extranjeros.

   En seguida se ocupó la convención de los negocios que siguen:

   1° Se leyó, para debatirlo por segunda vez, el proyecto de decreto sobre establecimiento de un gobierno provisorio; y el señor Flores, apoyado por el señor Liévano, hizo moción que se rechazase. Iba a votarse, pero habiendo el señor Gómez Plata, autor del proyecto, pedido permiso para retirarlo, y concedídoselo la convención, no tuvo lugar aquélla. Los señores Juan N. Azuero, Miguel S. Uribe y García Munive pidieron que se expresase en el acta haber estado por la negativa cuando se concedió dicho permiso.

   2° Se discutieron por tercera vez y aprobaron los artículos 2° y 3°del proyecto de decreto sobre supresión de prefecturas y departamentos, con sola la sustitución, en el 2°, del adverbio "inmediatamente" en lugar de este "exclusivamente"; y quedó así concluido el expresado proyecto, cuya aprobación había comenzado en la sesión del 7 de este mes.

   3° Se abrió el tercer debate sobre el artículo 1° del proyecto de decreto, ratificando el que en 10 de junio expidió el poder ejecutivo llamando al seno de la patria a los individuos que fueron proscritos por consecuencia del acontecimiento del 25 de septiembre. Varios honorables diputados tomaron la palabra; y para demostrar la necesidad de expedir el decreto que se discute, se trajeron a la memoria los atentados cometidos por el gobierno dictatorial, la violación de todas las fórmulas que tuvo lugar cuando se juzgó a los procesados, y todos los escándalos que por demasiado conocidos es inútil mencionarlos, y se leyó un documento presentado por el señor López, en el cual consta que varios individuos fueron proscritos, aun confesando el dictador que contra ellos no resultaba cargo alguno. En el progreso de la discusión se hicieron estas modificaciones: 1a, del señor Vicente Azuero, apoyada por el señor Cañarete: Que se suspenda la discusión del proyecto que está sobre la mesa, y se pidan las causas del general Santander, del general Padilla, y de los demás procesados por consecuencia del acontecimiento del 25 de septiembre de 1828, para que, pasándose a la comisión respectiva, haga méritos de ellas en el proyecto de decreto; 2a, del señor Márquez, apoyada por el señor Merizalde: Que se suspenda la discusión del decreto hasta que se decida si se piden las causas de los procesados por el acontecimiento del 25 de septiembre. Discutíanse estas proposiciones cuando el señor presidente advirtió que hoy debían pasarse al poder ejecutivo varios decretos sancionados ya por la convención, y que ésta debía ocuparse de examinar si su redacción era exacta. Suspendióse, pues, el debate y se leyeron dos decretos, el uno sobre expresión de gracias a los militares estacionados en esta capital, y el otro sobre la inmunidad de que gozan los diputados a la convención. Esta aprobó su redacción, y siendo de naturaleza reservada otro de los que debían examinarse, se mandó despejar la sala y pasó a sesión secreta.

   4° Restituida a la pública, se resolvió que dichos decretos y los demás que en adelante se expidan, se envíen al poder ejecutivo por medio de una diputación del seno de la asamblea, y se nombró a los señores Gutiérrez, Cuenca y José Vargas para conducir los ya aprobados.

   5° Continuó la discusión interrumpida, y habiéndose votado y negado las mociones de los señores Márquez y Azuero, la convención aprobó el artículo 1° en los términos en que se halla en el proyecto.

   6° Se debatió y aprobó el artículo 2° del proyecto, variando solamente, a moción del señor Gómez Plata, apoyada por el señor Flores, las palabras "virtuosos" y "generosamente", en éstas, "generosos" y "magnánimemente"; y quedó en esta forma: "Se declaran insubsistentes, a nombre de la nación, las órdenes de proscripción expedidas contra los generosos extranjeros que magnánimemente expusieron su vida y sus propiedades en defensa de la libertad de la patria, o que por sus opiniones políticas fueron el blanco de la persecución de los tiranos".

   7° Se discutió y aprobó, por 26 votos contra 19, el artículo 3° y último del mismo decreto, negándose antes las dos mociones que siguen: 1a, del señor Suárez, apoyada por el señor Esteves: Que se sustituya la palabra, sacrificados, a éstas: "asesinados judicialmente", y 2a, del señor ñor Soto, apoyada por el señor Merizalde: Se rehabilita, a nombre de la nación, la memoria del ilustre general José Padilla, y de los demás individuos que fueron sacrificados con motivo del acontecimiento del 25 de septiembre de 1828. Cuando se votó el artículo pidieron que se expresase que habían estado por la negativa los señores Márquez, Merizalde, Velasco y Miguel Tobar; y por la afirmativa los señores José Vargas y Toscano. El señor Malo pidió también que se expresase haber estado por la negativa en cuanto al segundo inciso del artículo 3°.

   Ultimamente se votaron y aprobaron los artículos de la parte motiva, suprimiendo solamente en el tercero las siguientes palabras: "por una desgracia verdaderamente lamentable". Los señores Sotomayor, Márquez y Rienz pidieron que se dijese en el acta haber estado por la negativa en estas votaciones; y el señor Merizalde en la del último artículo. En seguida se levantó la sesión por ser llegada la hora9.

FUENTE EDITORIAL
   Edición facsimilar publicada por la Academia Colombiana de Historia. Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1978. 72 p.

NOTAS
1 Inútiles han sido las activas diligencias que se han practicado por conseguir esta declaración indagatoria, que no ha sido hallada en el archivo por más que se ha buscado escrupulosamente. Probablemente habrá sido extraída por los enemigos de la causa nacional y del general Santander. Pero es un hecho notorio que aquella noche la pasó dicho general, con algunas personas, en casa de una hermana suya, la señora consorte del coronel J. M. Briceño, que estaba de parto.
NOTAS DEL APENDICE
1 Gaceta de Colombia No. 521, 19 de junio de 1831.
2 Gaceta de Colombia No. 521, 19 de junio de 1831.
3 Gaceta de Colombia No. 521, 19 de junio de 1831.
4 Gaceta de Colombia No. 527, 31 de julio de 1831.
5 Gaceta de Colombia No. 547, 30 de octubre de 1831.
6 Gaceta de Colombia No. 550, 3 de noviembre de 1831.
7 Gacela de Colombia No. 551, 6 de noviembre de 1831.
8 Gaceta de Colombia No. 553, 13 de noviembre de 1831.
9 Gaceta de Colombia No. 554, 17 de noviembre de 1831.

DOCUMENTOS RELACIONADOS CON LA CONDENA A MUERTE, PRISION Y VIAJE HACIA EL EXILIO. 1828 (28/9) A 1829 (10/11)


   • Correspondencia íntima y comunicaciones oficiales del Libertador, del consejo de gobierno y del comandante de armas de Bogotá sobre la conducta del reo.

   • Cartas y memoriales del general Santander relacionados con el proceso.



AL GENERAL MARIANO MONTILLA 1828 (28/9)

Bogotá, septiembre 28 de 1828

   Mi querido amigo:

   En medio de las graves ocupaciones de que me encuentro rodeado, y que me privan de despachar lo que hay de oficio para usted, tomo la pluma para darle una rápida noticia del terrible y espantoso acontecimiento que tuvo lugar la noche del 25 del corriente. Una miserable facción dirigida por algunos oficiales y paisanos descontentos, se propuso poner en libertad al general Padilla y a los demás presos por la revolución de esa plaza, y asesinar a su excelencia el Libertador presidente para poner en planta sus ruinosos planes.

   Con tan criminal fin, lograron seducir la media brigada de artillería, habiéndose antes ganado al capitán comandante accidental de ella, Rudecindo Silva. Apoyados con esta fuerza se dirigieron a un tiempo a la casa de gobierno y a la del general Padilla. Cerca de la primera fue asesinado el coronel Fergusson, y en la segunda el coronel Bolívar, que estaba de servicio. El mismo palacio fue convertido en teatro de matanza, y gracias a la Providencia y a la sagacidad del Libertador, su persona, por un extraordinario prodigio, se salvó arrojándose a la calle por una ventana. A la primera señal de alarma, salí yo con otros oficiales de todas graduaciones, y habiendo logrado reunir el tan valioso como fiel batallón Vargas y el escuadrón de Granaderos, opusimos una resistencia completa a los rebeldes, bastando una ligera refriega para ponerlos en completo desorden. Hubo de una y otra parte algunos muertos y heridos; han caído ya muchos de los comprendidos en la conspiración, y se toman las más eficaces medidas para la aprehensión del resto.

   En la causa se actúa con la mayor celeridad y al presente hay ya pruebas bastantes contra Padilla, el coronel Ramón Guerra, el comandante de artillería Silva, el extranjero Horment y otros; y el gobierno, queriendo ejecutar un acto de justicia que librará a la República de los incalculables males que la amenazan si no contiene en su principio a los revoltosos, se verá en la necesidad de acordar que hoy mismo sean puestos en capilla los cuatro individuos de que he tratado, sin perjuicio de continuar el seguimiento de la causa, en que he sido nombrado director, para la aplicación de las penas correspondientes. Todos los habitantes de esta ciudad han desaprobado tan horrenda conspiración y recíprocamente se han felicitado por la conservación del Libertador, íntimamente convencidos de que si los revoltosos hubieran conseguido privarlo de su existencia, identificada con la de la República, estaríamos hoy envueltos en la más espantosa anarquía.

   Soy de usted de corazón,

Rafael Urdaneta

FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio. Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 176-177.


AL GENERAL MARIANO MONTILLA. 1828(21/10)

Bogotá, octubre 21 de 1828

   Mi querido amigo:

   Desde la maldita conspiración no he podido escribir a nadie, y cuando no lo he hecho a usted, figúrese cuál será mi estado. Estoy de conspiración hasta los ojos; y ahora mismo se está confesionando a Florentino González, quien me parece que irá al palo antes de cuatro días, negando todo, porque se ha propuesto que este es el medio de salvarse. Este hombre y Vargas Tejada son el todo del negocio. El segundo no ha sido aprehendido, y se le busca con esmero. El capitán Briceño y el capitán Mendoza han dicho cuanto saben, pero refiriéndose a Carujo, que era el jefe de su sección, el cual tampoco ha sido aprehendido. Estos dos oficiales no niegan su delito y en esta parte no se necesita prueba, pero como ellos dicen de otras personas de importancia, es necesaria la aprehensión de Carujo por la prueba contra éstas. Santander continúa privado de comunicación, quejándose de enfermedad, y aunque nadie duda que él es el alma del negocio, como el plan era tal que casi no se conocían entre sí los agentes, todas las declaraciones son referentes a Carujo y Vargas que han fugado, y a González que todo lo niega. No dude usted que todos los antioqueños están comprendidos; el que menos, lo sabía. Allá le han mandado a usted algunos; no los juzgue usted inocentes, y sóplelos en Providencia. La tropa fue engañada por sus oficiales; yo le he dado mil vueltas a su causa y no pude condenar más que a cinco. Si el término de la causa de conspiración no fuere el que yo espero, es preciso prepararnos para nuevos asesinatos. Hay hombres que todavía piensan que las cosas se componen con palabras y que quieren ponerse a cubierto para otro lance, mostrándose ahora compasivos; hay hombres que pertenecen al gobierno, a quienes todavía no les ha salido el susto del cuerpo, y usted verá por el curso que ha tenido la causa, que sólo yo me he presentado de frente. El día en que yo vea que no se aplica el remedio en donde debe ser, me voy de aquí, porque si esta vez escapé, no sucederá así en otra. Yo era uno de los siete que debieron ser asesinados el 25. Hemos tenido la fortuna de escapar y sería necedad soltar de la mano a los asesinos. Mi sistema es que o ellos o nosotros, y no veo un término medio.

   Los oficiales de la conspiración de Cartagena fueron juzgados en consejo que yo presidí y se condenaron siete a muerte. El gobierno ha minorado la pena y sólo Herrera va a presidio. Los demás van confinados a sus casas por dos años, depuestos de sus empleos. ¿Ve usted cómo siempre me tocó la causa de Cartagena? Padilla fue convencido de haber tomado parte en la conspiración del 25; también me tocó.

   Veo inevitable la guerra con el Perú; ya ha habido hostilidades con una corbeta, y la situación de nuestro ejército del sur no da espera. Mucho temo los resultados.

   Tres borrones lleva esta carta hasta aquí, prueba que ando de prisa. He hablado a Córdova sobre el estado mayor del Magdalena y está de acuerdo en que quede Rodríguez. En lo de Lanceros ya el Libertador había resuelto cuando le hablé. Luego que pueda me iré a la secretaría a arreglar con Córdova ese estado mayor y a despachar lo de Reimboldt y Freites.

   Soy de usted siempre amigo de corazón,

Rafael Urdaneta

FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio. Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 177-178.


AL GENERAL MARIANO MONTILLA. 1828 (7/11)

Bogotá, noviembre 7 de 1828

   Mi querido amigo:

   Recibí su carta del 10 y en ella he encontrado los mismos sentimientos que esperaba, y de que nunca he dudado. Por mi parte, usted habrá visto que he cargado con toda la conspiración, y que si yo no lo hubiera hecho, se habrían quedado impunes todos los más criminales. Hoy he pasado al gobierno la causa de Santander sentenciada; el Libertador la ha pasado al consejo de ministros para que le dé su opinión. Yo he condenado a muerte, arreglándome al proceso, porque Carujo y Florentino González han declarado cuanto podía ser necesario para probarle su delito. Sé que el consejo tiene miedo y aun que están dispuestos a conmutar la pena; lo sabía antes de dictar la sentencia, lo dije al Libertador y he tenido un fuerte debate con él, no porque él tenga la misma disposición que los ministros, sino porque va a tener que conformarse con su dictamen, y porque no quiere persuadirse de que su ministerio no está identificado con él; que sólo yo presento el pecho, y que los demás quieren vivir.

   Después que yo vea si aprueban o reforman la sentencia, referiré a usted lo que pasó en una junta de ministros que quiso el Libertador que hubiese en casa de Castillo, y a que yo concurrí, para que me diesen su opinión privada, para sentenciar a Santander, y se negaron a darla. ¡ Ah, mi amigo! Si la conspiración no aborta y hubieran triunfado, como ha podido suceder, ¡cuántos estarían hoy sirviendo a los conspiradores, en esta capital, de los que están en puesto!; y ¡qué pocos hubiéramos sido víctimas! Aun pasado el lance todavía temen, o diré más bien, quieren seguir jugando su doble papel, y yo sólo llevo la odiosidad; y ¿no será esta una lección para mí, ya que el Libertador no quiere servirse de ella? ¿Cómo he de estar contento al lado de quien no se identifica con mis ideas respecto del gobierno? No es posible, no es posible.

   Dispense usted mi mal humor; en el otro correo hablaré a usted largamente de estas cosas porque ya se habrá resuelto el nudo. A propósito. Detenga usted preso a Benito Santa María porque ya hay pruebas de haber sido uno de la partida que entró en casa del Libertador. Esto lo advierto por si no tuviese lugar de decirlo de oficio.

   Soy de usted siempre amigo de corazón,

Rafael Urdaneta


FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio. Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 178-179.


AL GENERAL MARIANO MONTILLA. 1828 (14/11)

Bogotá, noviembre 14 de 1828

   Querido amigo:

   Hoy hemos recibido la correspondencia de esa que debió llegar hace nueve días. La de hoy aún no ha llegado. Tengo a la vista su carta de 8 del pasado, y en mi actual posición me ha servido de lenitivo y me tomé la venganza de leérsela al Libertador.

   El desenlace de la causa de conspiración ha sido el que usted menos podía esperar y el que me ha quitado la gana hasta de ser colombiano, mucho más de continuar en los negocios públicos.

   Usted está al corriente de los progresos de la causa, sabe cuánto se ha hecho por descubrir los principales cómplices, y debe suponer cuántos desvelos e incomodidades he sufrido. En una palabra, he cargado con cuanto tienen de odioso las dos conspiraciones, creyendo que un ejemplar castigo daría la paz a Colombia, y que el gobierno actual quedaría vengado y triunfante. Mas todo ha sido en vano, y mi trabajo se ha perdido; se han fusilado cuatro miserables, el gobierno queda con la enemistad que producen las proscripciones y las medias medidas, Colombia expuesta a nuevos alborotos, y yo desengañado de la necedad que es meterse a redentor.

   Hasta el 20 del mes pasado no se había hallado una prueba contra Santander, sólo había fuertes indicios, y la convicción íntima en que estábamos todos de que él y sólo él era el autor.

   Los capitanes Briceño y Mendoza, obligados por algunos actos míos en su prisión y mirándome como el único de quien podían esperar algo en los pocos días que les restaban de vida, quisieron darme prueba de reconocimiento, y me dijeron que aunque habían estado negativos en sus confesiones, estaban ya resueltos a declarar cuanto sabían de la conspiración, no por bajeza, no por temor, ni por deseo de un perdón que no merecían, sino sólo por mí. En efecto, sus declaraciones son las que verdaderamente han dado una idea clara del plan; pero como todo era referente a Carujo, que era el jefe de la sección a que ellos pertenecían, aún quedábamos sin pruebas contra Santander; propuse al gobierno la conveniencia de ofrecer a Carujo un salvoconducto si se presentaba y declaraba la verdad, conforme a las citas que se le hacían en la causa; se aprobó mi indicación y yo me valí, para hallarlo, de algunos indicios que me había suministrado el capitán Briceño.

   Mientras esto pasaba, el ministerio decía al Libertador que la opinión de la ciudad reclamaba una decisión en la causa de Santander, porque hacía muchos días que estaba privado de comunicación, etc. El Libertador quiso que yo presentase la causa al consejo, y que éste me diese su opinión privada, para que mi sentencia se arreglase a ella; mas esto suponía que yo no podía condenar por el proceso, y que el consejo me indicaría algunas medidas que debían adoptarse, más fuertes aún que lo que yo pudiera pedir. Tal parecía ser el espíritu del consejo en esos días. Se vio, pues, la causa; ninguno de los ministros manifestó repugnancia a verla, y todos dijeron: "No hay pruebas; es preciso aguardar a Carujo para resolver; suspenda usted el curso de ella".

   Tenga usted presente esta conducta para que la compare con el desenlace.

   Aparece Carujo, lo confesiono, hace una exposición en que empleamos cuarenta y ocho horas el auditor y yo, y casi nada dice de importancia. Lo amenazo y me contesta que sufrirá la muerte antes que decir más, porque no sabe más. Doy cuenta al Libertador, preguntando o pidiendo que se declarase si Carujo había llenado las condiciones bajo las cuales se le concedió el salvoconducto. El Libertador consulta al ministerio; y este cuerpo se desata contra Carujo; aconseja que se le interrogue de nuevo, y que si no confiesa más, se declare que el gobierno no tiene obligación de cumplir su oferta. Que Carujo todo lo que había hecho era condenarse a sí mismo, y que maliciosamente ocultaba lo esencial, que era el origen de la conspiración, etc.; que esto era lo que convenía averiguar, porque de otro modo el gobierno se vería en la necesidad de castigar a muchos inocentes por meras sospechas, o de perdonar a los insignes criminales por no conocerlos. Notifico a Carujo, se obstina; lo encierro en un calabozo con un par de grillos, y cuando iba a pronunciar sentencia, me manda llamar para decirme que estaba resuelto a confesar lo más que sabia y que había callado porque no se creía obligado a decirlo. Aquí se hallaron las pruebas contra Santander. Carujo declara todo lo que había hablado con Santander de la conspiración, y cita a Florentino González como órgano de comunicación. Se trae a González a careo, y cuando hasta entonces había estado negativo, aun de su mismo delito, se presenta declarando toda la culpabilidad de Santander. Pasamos al careo con éste, se conforma en lo general con las declaraciones y niega algunos pormenores. Carujo se ratifica, y González, por los respetos que debe a Santander, debilita en parte su confesión pero deja vigentes los cargos principales. Existía desde el principio el careo de Santander y Guerra, estando éste en capilla.

   En este estado le aviso al Libertador que voy a pronunciar sentencia, y me ordena que presente nuevamente la causa al consejo.

   Naturalmente se había difundido en el público la culpabilidad de Santander ya probada, y había una expectativa general sobre cuál sería el resultado.

   Ahora es cuando va usted a asombrarse. Me presento al consejo, y cuando Castillo iba a mandar que se leyese el proceso, pide la palabra un ministro, pero ¿quién? Restrepo, y dice: "Yo desearía que el señor presidente me dijese cuál es el objeto de esta reunión". "La continuación del proceso contra el general Santander", respondió Castillo. "Pues, señor, continuó Restrepo, me parece que no debemos ocuparnos de esto, (estaba trémulo, y las palabras interrumpidas) porque ni somos jueces para sentenciar, ni somos asesores de la comandancia general; es preciso que en un negocio de la gravedad de éste, guardemos la circunspección que nos debe caracterizar, es preciso que procuremos conservar nuestro buen nombre, y que evitemos la execración con que han pasado a la posteridad los de algunos ministros de otros gobiernos por haber conocido en causas de estado. Nosotros daremos nuestra opinión al Libertador cuando el comandante general haya fallado".

   Se extendió mucho en consideraciones de poca importancia, y yo, que para entonces estaba como azogado en el asiento, escuché su última palabra ya de pie para contestar. "Señor presidente, dije, aseguro al consejo que si estoy aquí, es porque se me ha ordenado que viniese; conozco mis deberes y los del consejo; su excelencia ha querido que se refundiese en la sentencia contra el general Santander la opinión del consejo; 1° porque ha querido evitar la necesidad de reformar la que yo dictare si ella no era del todo justa, y a ningún juicio más recto que al de su consejo podía fiar el examen de la causa; 2° porque su excelencia quiere manifestar, aun a ustedes mismos, su imparcialidad en el asunto. No desconozco que ustedes no son jueces y mucho menos asesores del comandante general; pero tampoco veo la causa porque pueda el consejo negarme su opinión privada. El Libertador la ha exigido para que no haya divergencia entre el tribunal de primera instancia y el gobierno que ha de aprobar; y hay la circunstancia de que el actual comandante general es un miembro de este cuerpo que no ha deshonrado su asiento en él, y que sólo por conveniencia pública y por interés del gobierno, está conociendo la causa de conspiración. Recuerdo a ustedes que cuando no había más que indicios contra el acusado, el consejo ha oído leer el proceso y nadie ha hecho la menor observación, y ahora que hay pruebas, se encuentran motivos que lo impidan. Esto me hace creer que hay temor de entrar en la cuestión. Yo no temo nada, porque nunca he servido a la República a medias. Yo fallaré con mi auditor, como lo hubiera hecho antes si no se me hubiera mandado venir aquí: fallaré en justicia y no temo el juicio de la posteridad". Estaba caliente, y les dije qué sé yo qué más.

   Sin embargo, resolvieron no dar su opinión. Di cuenta al Libertador, quien me contestó incomodado y me aseguró que si mi sentencia era justa, la aprobaría, a pesar del consejo.

   Ya usted puede conocer que estos hombres habían formado su plan de salvar la vida a Santander, cosa que era muy conocida en el público, y yo lo sabía. Y que su firmeza y el temple con que le escribe a usted el señor Restrepo no es más que contra la gente de poco valimiento. Así fue como en los calores de ese día, lleno de rabia y de asco a tales hombres, me ocurrió la idea de presentar en mi sentencia todos los cargos contra Santander y concluir absolviéndolo. De este modo la presentaba notoriamente injusta, y obligaba al consejo a reformarla y a condenar para darles el chasco; pero después reflexioné que nunca lo habían de condenar a muerte, y que tal vez se apoyarían en mi absolución para imponerle una pena leve. Pudo más en mí, para no hacerlo, la consideración de que mis amigos, poco instruidos del motivo, creyesen que yo había temido, o que algunas otras consideraciones me habían impedido fallar de muerte contra el señor Santander; porque aquí sus partidarios han estado amenazando por detrás.

   Dicté, pues, la sentencia de que remito a usted copia, y pasé la causa. Fue al consejo, y el 11 la devolvieron al Libertador, con la opinión que también remito, la cual ha sido aprobada en todas sus partes. En la Gaceta del domingo saldrán una y otra por orden del gobierno. Yo no la analizo, porque usted al leerla le ha de descubrir el único designio que se propusieron, —salvar a Santander. Verá usted que confiesan que mi sentencia es justa, y esta es la prueba de la debilidad de ellos. Verá usted que han dispuesto a su antojo de las vidas y de los presidios, avaluando aquéllas como han querido, pues a dos cuyas sentencias han encontrado duras (porque no han leído bien el proceso) los condenan a igual pena que a otras cuyas condenas las han hallado del todo justas. En fin, han acabado en bamba; pero tienen razón; este es el camino para quedar en puesto si alguna vez Santander vuelve. Yo he cargado con la odiosidad de los conspiradores y de los emplastadores; no lo siento, porque mi conciencia ha quedado cubierta, y porque mis amigos me harán justicia. Si alguna vez Colombia sufriere por consecuencia de este funesto desenlace, estaré libre de remordimientos.

   En consecuencia de este indulto, han salido hoy para ésa 12 o 14 presos. Mañana saldrá Santander. Algunos de los presos me han pedido cartas para usted, pero aunque las he dado sólo recomiendo a Briceño y Mendoza y al comandante Durán; las demás no valen. Los dos primeros merecieron el indulto mejor que Carujo, porque espontáneamente han dicho la verdad. Son oficiales valientes, y los creo arrepentidos de corazón. El otro es inocente en esta causa.

   Dígame usted ahora, ¿cómo podré yo continuar al lado de estos hombres? Ellos le hacen creer al Libertador que este indulto conviene a su gloria y a su reputación. Si ellos hubieran procedido por este sentimiento, yo les perdonaría el error, pero sepa usted que es intriga, es picardía; a usted le escribirán lo mismo.

   El Libertador ha estado muy disgustado del negocio y en su primer momento me dijo que yo no debía vivir aquí; que debía irme; yo que había formado un plan de separarme del gobierno, le contesté que estaba de acuerdo, y que dispusiera de la secretaría, no porque temiese compromisos, sino porque no quería pertenecer a un ministerio que no estaba identificado con el gobierno. En consecuencia, he dispuesto mis cosas para irme la semana entrante a Casanare a ver una hacienda de ganado que tomé en arrendamiento, y que si la asisto me dará de qué vivir. Después le ha pasado la rabia; ya le han pasado la mano los señores esos, y ayer tarde me llamó para decirme que los ministros estaban muy disgustados por mi salida del ministerio; que no había quién me reemplazara, que Córdova no tenía ascendiente, ni aun merecía la confianza (esto muy en reserva). Que si no me era muy urgente ir a Casanare, dejara el viaje y volviera a la secretaría. Yo le dije que mi viaje era absolutamente necesario, y que así usaría de una licencia de dos o tres meses, y que después de ese tiempo contestaría sobre mi vuelta a la secretaría. ¿No me da usted la razón para separarme? No quiero ser más cabrón. Ni aun siquiera tengo el gusto de poder servir a mis amigos en mi puesto, porque el Libertador, de cuenta de confianza, me niega todo, al paso que estos... justa o injustamente hacen cuanto les da la gana. Después de todo, ¿qué esperanza de mejoría para la República nos queda? La ocasión se nos vino a las manos y la despreciamos, ¿qué hay más que hacer? Toda la vida no ha de ser uno virote. Dejemos este asunto.

   Se ha dado orden para que usted proponga las vacantes de Tiradores, y en cuanto a las reformas de hacienda me dijo el Libertador que sería bueno que usted mandara su plan.

   Agradezco mucho los habanos, aunque no han llegado; avisaré a usted si son buenos, y no irá el cajón vacío.

   Dígale a Lima que como usted le ha de imponer de esta carta no le escribo; que si se ofrece escriba algo sobre mi conducta y la del consejo, y que no olvide que el capitán Gómez y Arrubla fueron absueltos por mí por falta de pruebas, pero que los indicios eran exactamente iguales, acaso más débiles por parte de Gómez y, sin embargo, a éste lo declararon sospechoso, y a Arrubla no, y que no le obste la causa.

   No me escriba usted por la secretaría de guerra, más bien mándele las cartas a la secretaría del exterior, que yo recomendaré a Miranda.

   Esta carta va ya demasiado larga, y cuanto contiene es desagradable. Tendré el gusto de volver a escribir a usted antes de irme.

   Me repito, siempre su amigo de corazón,

Rafael Urdaneta

   Con Montebrune, que conduce a Santander, remito a usted una arroba de bocadillos en dos cajitas.

   Le remito la adjunta para La Habana, que es de un oficial para su padre.

FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio, Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 180-185.


AL CORONEL JOSE DOMINGO ESPINAR. 1828 (24/12)

Bogotá, diciembre 24 de 1828

   Mi apreciado amigo:

   ¡Qué bonita está su cartita de hoy! Pero ¡qué mal pegan palos en el nido, después del conejo ido! Usted me dirá que eso no es con usted, es verdad; pero el refrán se me vino y alguien ha de oírlo. ¿Cómo quiere usted que haya energía en los agentes subalternos, si el gobierno ha sido compasivo? Trabajo nos ha de costar poner otra vez la gente en camino después de la derrota que nos plantó el consejo. Es menester que nos convenzamos de que no todos los hombres son ciegos adoradores del Libertador y de su causa. Algunos (y son los más) quieren conservar su puesto y las consideraciones a su sombra; otros dudan cuando ven dos caminos; esto es, cuando ven al gobierno débil. Tal ha sucedido en los negocios de conspiración. Si del foco de la conspiración hubiera salido el rayo de la justicia, los malvados temerían y los hombres en puesto tendrían vigor. No fue así; el resultado debe ser contrario. ¿Aquí mismo no ve usted el desaliento que produjo ese negocio? Pues por fuera es peor. Se ven las cosas en abstracto. El gobierno, dicen, no quiere más sangre o teme; y todos imitan al gobierno temiendo, o siendo clementes. Hay otros hombres que quieren ganar partido, y creen que lo ganan dispensando favores a los enemigos; se los dispensan, y no ven que después los han de asesinar. Yo no culpo a Carreño ni a nadie de timidez; están amortiguados y esto debía suceder. Quiera Dios que nos sirva esta lección para otra vez.

   En cuanto a mí, nada temo. El Libertador me ordenó que entrase nuevamente a la secretaría; no vacilé, porque siempre estoy dispuesto a lo que él manda. Desde ese día sé que o me asesinan en este brollo, o echo al palo cuantos pueda haber a las manos; esto se entiende, ausente el Libertador. Si logro reanimar a los amigos y ponerlos en vía, arderá Troya; si no lo logro, terminaré mi carrera. Cuidado que escribo a usted en noche que diz que ha de haber revolución.

   Van 1.000 onzas de oro; van varios chismes de oficina, como papel, plumas, lacre, tinta; y aunque usted no me los pidió, van 150 despachos en blanco para la secretaría general; yo llevaré otros 150 porque ha de ofrecerse a ustedes dar ascensos por esos mundos. Vea usted si se ofrece algo más, que no sea plata, porque es mucho trabajo lidiar a Tanco y a Olano.

   El viernes tendré el gusto de ver a ustedes y darles mis adioses. Saludo al señor capitán Martel y me repito de usted siempre amigo,

Rafael Urdaneta

FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio. Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 185-186.


AL CORONEL DANIEL FLORENCIO O'LEARY. 1829 (8/3)

Bogotá, marzo 8 de 1829

   Mi querido amigo:

   Esta es la segunda carta que escribo a usted después de la conspiración. Varias causas me han obligado a guardar silencio, y las principales han sido: primera, el fastidio de que yo me encontré cargado con los resultados de un negocio que debió servirnos para sacar muy buenas consecuencias, y que por desgracia se convirtió en daño, no habiéndose castigado a los conspiradores. Después la comunicación se interrumpió y yo no quería dar cartas que imprimir a los facciosos; y últimamente, el Libertador se puso sobre esa ruta y yo resolví no escribir al sur hasta que no tuviese más seguridad la marcha de los correos.

   Va, pues, ésta sin más que dos objetos importantes; el primero, saludar a usted y a todos mis amigos por su conducto; el segundo, incluirle una carta de su señora y avisarle que por la secretaría general le he remitido todas las anteriores desde la salida del Libertador, recomendadas a Espinar. Otras envié por Cartagena recomendadas al general Montilla; es probado que usted haya recibido algunas con atrasao, pero quizá habrá recibido muchas a un tiempo.

   Como en el día los negocios importantes están por ese lado, mis cartas no pueden importar más allá de la amistad, pues aunque yo no he conversado con usted de las cosas pasadas, es materia que no me gusta tocar. Lo que me importa solamente es tener una buena noticia de ustedes, pues en triunfando ese ejército, las cosas pueden componerse, mas si ustedes no triunfan, ¡pobre Colombia! ¡Y pobres los que como usted y yo hemos presentado el pecho a las dificultades!

   Por acá se cree que hemos ganado mucha opinión con haber perdonado a Santander, etc. Yo creo que lo que se ha hecho es manifestar debilidad y entregarnos. Llaman ganar opinión la aparente tranquilidad en que estamos hoy. El señor Castillo es corto de vista, y sus compañeros son ciegos, (haciéndoles mucho favor). Yo creo que veo más. La conspiración está viva; y si no obra es por falta de medios. Santander existe y es siempre un apoyo, esté donde estuviere. El consejo está desconceptuado entre los amigos y nadie confía de él. Los enemigos lo aborrecen a pesar del indulto de Santander; y todo esto está parado solamente por la expectativa de las cosas del sur. Si ustedes sufren un revés, todo renace, y hemos de tener trabajos para aquietar las facciones. En el norte hay un nublado que si revienta nos inunda, y la gracia es que hacen el juego viejo: sumisión y obediencia en palabras, pero los hechos son otra cosa. Nuestros amigos por allá se contentan con mandar recados, porque ni valor tienen para escribir y son fríos espectadores de lo que pasa, sin mostrar siquiera desaprobación. Tal conducta no está de acuerdo conmigo, y creo que tales amigos tienen diferente organización que yo. Nunca he sido exaltado en palabras, pero siempre he presentado el cuerpo. Usted tiene bastante capacidad para juzgar de las cosas, y lo poco que he dicho le hará conocer nuestra posición. Usted, Montilla y yo, es cuanto veo en disposición a sacrificarlo todo. Lo demás anda a medias. Esta es la verdad desnuda. Si ustedes triunfan, habremos ganado, y entonces todo estará con nosotros. Si es al contrario, no cuenten ustedes sino con Montilla y conmigo. Este es el resultado de la conspiración.

   El consejo ha dado un golpe de muerte a Colombia y se jacta de que ha salvado la gloria del Libertador, pero yo, que veo perecer esta gloria toda vez que Colombia perezca, opino que la han asesinado. Su argumento favorito es que la causa de conspiración era personal, y que su castigo sería mirado como venganza del Libertador. Yo no convendré jamás en que el ataque a la persona del que gobierna no sea un ataque al gobierno, mucho más cuando en la persona se ataca al sistema existente; ¿y puede caber personalidad en el castigo de los que atacan el gobierno existente?

   Insensiblemente me he deslizado en una materia de que antes me propuse no hablar, pero las ideas se agolpan y la pluma corre sin sentirlo. La gloria del Libetador en manos poco fieles, o poco interesadas en conservarlas, o acaso poco expertas, nunca puede serme indiferente. Yo me separé del ministerio en noviembre y el Libertador conoció que debía hacerlo. Mis razones eran de mucho peso y algún día lo conversaremos. Debo, sin embargo, indicar a usted ahora que no fue el temor de la falsa posición en que yo quedé, habiendo condenado a muerte a Santander, lo que me obligó a separarme. Usted me hará la justicia de creerme capaz de no tener miedo. La causa de mi separación consistía esencialmente en no alternar con unos ministros que se habían identificado con el gobierno a quien sirven, y unos ministros con quienes yo nunca podré estar en armonía. Los sucesos de Popayán hicieron que el Libertador me llamase nuevamente y no pude resistir. Ahora estoy colocado como un miembro extraño de este cuerpo que se llama consejo, y sufriendo los inconvenientes que lleva consigo su desopinión y más que todo su apatía. Usted no puede imaginarse lo que me cuesta conseguir lo necesario para el ejército, cuando el Libertador me ha dejado tantas órdenes importantes que cumplir. A otra cosa.

   Salió la Colombia por segunda vez el 4 de febrero en muy buen estado. En Puerto Cabello habrá encontrado todo listo, pues yo escribí a todos con anticipación y recomendando mucho el negocio. Por el correo que llegó anoche me avisa Montilla que ha empezado el apresto de la Cundinamarca. En un mes más estará fuera de Cartagena. Yo le hice enviar 40.000 pesos para este gasto y puedo decir a usted que fue un triunfo que alcancé.

   Adiós, mi querido amigo, cuánto gusto tendría en estar con usted más bien que enredado aquí en esta diplomacia y en esta inercia vitalicia.

   Recomiendo a usted mis recuerdos para Flores y demás amigos y me repito su amigo invariable,

Rafael Urdaneta

FUENTE EDITORIAL
   O'Leary, Daniel Florencio, Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, v. 6, pp. 186-188.

10
AL SEÑOR MINISTRO SECRETARIO DE ESTADO EN EL DESPACHO DE GUERRA. 1828 (10/11)

Bogotá, noviembre 10 de 1828

   ...El general Francisco de Paula Santander ha sido condenado a la pena de muerte y confiscación de bienes, previa degradación de su empleo. La sentencia que lo condena es justa y está arreglada al decreto de 20 de febrero de este año, por cuanto resulta bien probado que ha tenido conocimiento de una conspiración muy meditada, que la aprobaba, que ha dado sus consejos y opiniones sobre ella, y que siempre quiso tuviese su efecto después de su salida del territorio de la República; pero como no está bien probado que tuviese igual parte en el suceso específico del 25 de septiembre, en cuya noche abortó la conjuración en que por mucho tiempo aparece que se ocuparon los facciosos, o porque no tuvo noticia de él, o porque no quiso prestarse a apoyarlo o aprobarlo, el consejo opina que pudiéndose justificar por esta circunstancia el indulto de la pena ordinaria o la conmutación de ella, conviene tener en consideración el tiempo que ha pasado desde el 25 de septiembre, suficiente para que se haya convertido en sentimientos de compasión el horror que produjo el crimen que se trató de cometer aquella noche, y las circunstancias que han precedido a las personales del mismo reo. Este ha gobernado la República por algunos años, y después de algún tiempo se ha ostentado en ella el defensor de la libertad, y se ha reputado el rival del Libertador, aunque la causa, los antecedentes y la sentencia misma podrían justificar, a los ojos de los imparciales, la pena a que ésta lo condena, los descontentos, los poco advertidos, los malignos y los que en tales casos juzgan siempre contra el gobierno, mirarían la ejecución como injusta, como excesivamente severa, y tal vez como parcial y vengativa.

   Después que la enormidad misma del crimen debe haber desengañado a muchos ilusos, cuando por fortuna se han podido asegurar los principales agentes y tomar las precauciones necesarias, y habiendo ya expiado su culpa en el patíbulo algunos de los más feroces autores o ejecutores del crimen, el interés del gobierno es poner a los demás en la incapacidad de repetirlo, y en la situación de que su suerte sirva de escarmiento a otros.

   El crimen meditado y comenzado a ejecutar ha sido de una gravedad imponderable, pero no habiéndose consumado ni tenido las funestas consecuencias que hubiera producido, el derramamiento de más sangre no produciría ya ningún efecto saludable, sino que antes bien ocasionaría tal vez más horror a la pena que al mismo crimen. En tal caso, la justa moderación del gobierno, la clemencia, el vivo deseo de restablecer la paz y la confianza, y tantas otras consideraciones que no se ocultan al Libertador, deben templar la severidad de la justicia, y presentar al mundo el contraste de la clemencia de un gobierno, altamente ofendido, con la enormidad del crimen de sus ofensores. Si contra el general Santander existieran las pruebas de su cooperación en la noche del 25, como existen contra el difunto ex general Padilla, el consejo no titubearía en aconsejar al Libertador presidente que mandase ejecutar la sentencia pronunciada en 7 de este mes por el juzgado de la comandancia general; pero no existiendo estas pruebas, teniendo lugar las consideraciones indicadas, y no perdiendo de vista que el general Santander ha manifestado que impidió el asesinato del Libertador que se intentó cometer en el pueblo de Soacha el día 21 de septiembre, asesinato que consta haberse proyectado y que en realidad no se cometió aquel día, es de opinión que el gobierno obraría mejor conmutando la pena de muerte en la de destitución del empleo de general y extrañamiento de la República, con prohibición de volver a pisar su territorio sin que se lo permita una gracia especial del supremo gobierno; con calidad de que si contraviniese en cualquier tiempo a esta prohibición, será ejecutada la sentencia de muerte por cualquier juez o jefe militar del lugar en que sea aprehendido; y que sus bienes raíces se conserven, como en depósito, sin poder ser enajenados, grabados ni hipotecados para que sean una prenda de seguridad de que no se quebrantará la prohibición, y un objeto en que pueda ejecutarse la confiscación en el caso contrario, para que entre tanto pueda el reo vivir con los productos de dichos bienes. De este modo opina el consejo que se satisface a la venganza de justicia y que se concilia el gobierno el amor, la admiración y el respeto de los gobernados y, por consecuencia necesaria, se logra la paz y la confianza de los ciudadanos...

   Sírvase vuestra excelencia presentar al Libertador presidente este dictamen del consejo de ministros, para que su excelencia en su vista resuelva como tenga a bien; manifestándole que el consejo no ha sido guiado por otros sentimientos que los que expresa, ni ha tenido otro objeto, al expresarlos, que asegurar el crédito del gobierno, la estabilidad de éste y el amor de todos los colombianos al mismo.

   Dios guarde a vuestra señoría,

José M. del Castillo
Estanislao Vergara
Nicolás M. Tanco
José María Córdova1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 77-79.

NOTA
1 Documentos y piezas justificativos para servir a la historia de la conspiración del 25 de septiembre del año de 1828. Bogotá, Impreso por Andrés Roderick. Año de 1829.

11
A LOS COLOMBIANOS. 1828 (12/11)

   Simón Bolívar, Libertador presidente de la República de Colombia, etc.

   ¡Colombianos!

   Ya el escándalo os habrá instruido de la noche del 25 de septiembre: algunos desgraciados recibieron la muerte y otros se han salvado por un perdón generoso. No he podido desoír los consejos de la clemencia aun en favor de mis asesinos.

   Los peligros a que expuso la República aquel atentado me han instado a acelerar la convocatoria de la representación nacional que debe establecer un gobierno que no esté pendiente de un hilo, como mi vida, ¡blanco de odios implacables!

   Se ha mandado formar el reglamento de elecciones, a fin de que, a mediados del año próximo, fijéis vuestros destinos. Ruegoos que no penséis más en mí para la presidencia del Estado porque mis enemigos darán muerte a la patria por arrancarme la autoridad. El último suceso nos ha probado que no ahorran medios para alcanzar mi destrucción: ellos habían contado, sin duda, con los españoles para que hicieran frente a Venezuela; con los peruanos, para que destruyeran nuestro ejército del sur y ocuparan nuestros departamentos; ¡y ellos, en fin, iban a encender la negra tea de la discordia en el Magdalena! Todo esto, y mucho más, era necesario para que muerto yo, triunfara la traición.

   ¡Colombianos!, contemplad la nube de horrores que ha amenazado vuestras cabezas y esta amenaza y estos horrores me seguirán hasta el sepulcro, si persistís en continuarme vuestro favor. Sí, yo lo sé; vosotros todos pereceréis conmigo en las aras de la ambición y de la venganza.

   Evitad, colombianos, tan espantosa catástrofe nombrando un magistrado que reúna los espíritus discordes y que funde la estabilidad de la República sobre las leyes que dicten los representantes del pueblo.

   Bogotá, a 12 de noviembre de 1828.

FUENTE EDITORIAL
   Proclamas y discursos del Libertador. 1811-1830, compilación, estudios y notas de Vicente Lecuna, Caracas, diciembre 1982. No. 182, pp. 386-387 del borrador1.

NOTA
1 Este borrador no tiene fecha. El proceso de los asesinos del 25 de septiembre terminó el 10 de noviembre con la conmutación de las penas, y la participación correspondiente a los reos tuvo lugar en los días 11 y 12. El día 16 escribió el Libertador a Páez lo siguiente:
"Aunque yo he deseado que se forme el reglamento de elecciones, el Consejo no ha tenido a bien que se tome esta medida".
Por estos datos atribuimos al borrador la fecha indicada.
A la sazón regía el decreto orgánico de 27 de agosto de 1828, cuyo articulo final expresa que el congreso constituyente se reuniría el 2 de enero de 1830. La convocatoria fue decretada por el Libertador el 24 de diciembre de 1828.

12
AL SEÑOR GENERAL JEFE SUPERIOR DEL MAGDALENA. 1828 (14/11)

Bogotá, a 14 de noviembre de 1828

   República de Colombia

   Ministerio de estado en el departamento de guerra. Sección central

   Al señor general jefe superior del Magdalena.

   Su excelencia el Libertador presidente me manda recomendar a vuestra señoría procure que el buque en que haya de embarcarse el ex general Francisco de Paula Santander, al hacerle salir del país, sea de los que salgan de este puerto con dirección a Europa, pues su excelencia no cree conveniente que este sujeto vaya a los Estados Unidos del Norte o a algún punto de la América meridional.

   Lo digo a vuestra señoría para los fines indicados.

   Dios guarde a vuestra señoría,

José Ma. Córdova1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 91.

NOTA
1 Archivo Nacional de Colombia. Fondo Enrique Ortega Ricaurte. Secretaría de guerra. Documentos sueltos. Caja número 354. Moreno de Angel, Pilar. Correspondencia y documentos del general José María Córdova. 1974. Editorial Kelly, t. 3, p. 199.

13
INSTRUCCION AL SEÑOR JUAN MANUEL ARRUBLA PARA LA ADMINISTRACION DE SUS BIENES DURANTE EL TIEMPO DE SU DESTIERRO. 1828 (12/11)

   Instrucción que deja el infrafirmado al señor Juan Manuel Arrubla para la administración de sus bienes durante el tiempo de su destierro fuera de Colombia.

   1° Los bienes raíces no pueden enajenarse ni gravarse conforme a la providencia del gobierno supremo.

   La casa alta y baja sita en la esquina de la iglesia de la Tercera Orden, pertenece al infrafirmado y a su cuñado, el coronel José María Briceño. Dicho coronel lo hará así presente al gobierno para que se le permita enajenarla en el presente estado de ruina en que se halla. De ninguna manera se le hará composición ninguna, pues no puede refaccionarla sino es que con el arrendamiento de las tiendas pueda hacerse lo más preciso e indispensable. Son cuatro tiendas, y la casa no tiene gravamen ninguno.

   La hacienda de Hatogrande tiene un censo de dos mil cuatrocientos pesos en favor del convento de Santa Clara de esta ciudad, y su rédito se paga por diciembre de cada año. Están satisfechos todos los réditos hasta diciembre del año pasado. Tiene además otro censo de ocho mil seiscientos pesos en favor de una obra pía.

   a. Gutiérrez, cuyos réditos cobra el señor obispo de Mérida, son cuatrocientos diez pesos de réditos que se pagan por junio de cada año, y están ya pagados hasta el junio del presente año. Debe escribírsele al señor obispo para que sepa quién queda encargado de pagarlos.

   El señor Gabriel Rosales, vecino de esta ciudad, me reconoce un censo de cuatro mil pesos en su casa de esta ciudad, y me debe pagar el rédito por septiembre de cada año; está pagado ya el correspondiente al presente mes.

   La casa del frente de San Juan de Dios, en que he vivido, pertenece a mi señora Nicolasa Ibáñez como consta de la escritura pública otorgada ante el escribano público. Los muebles y el servicio de ella son míos, y dispongo que todos se vendan como fuere posible.

   El señor Ignacio Morales pretende instalar un pleito sobre la propiedad de la hacienda de Hatogrande; según el consejo de una porción de abogados es injusto. Encargo al señor Arrubla que ponga todos los medios posibles a defenderlo, valiéndose de todos los competentes y legales. El doctor Joaquín Suárez conoce el negocio, y el señor José Vargas.

   Dejo al señor Arrubla el legajo correspondiente de recibos, escrituras y negocios concluidos para que sirvan de medios de defensa en cualquier evento. Queda en él mi testamento cerrado, que en caso de muerte se entregará a mi hermana Josefa Santander, a su marido, o en defecto suyo a alguno de mi familia.

   Le dejo en vales reconocidos por la comisión del crédito público el valor de dieciocho mil setecientos pesos para que a su debido tiempo se cobren los réditos. Quedan también otras obligaciones de la misma comisión que cuando fuere tiempo deberán cobrarse, lo mismo que lo que conste deberme el tesoro nacional. Dejo algunas libranzas contra varias personas que me son deudoras de varias cantidades que les he dado en dinero en empréstito.

   La hacienda de Hatogrande debe continuar administrándose por el método que se ha acostumbrado, y queda en ella en calidad de mayordomo el ciudadano Tadeo Cuéllar, es decir, que no debe comprarse ganado para cebas, sino que del mismo producto de ella y de vacas viejas debe ponerse cada año la ceba; debe seguirse la fábrica de quesos y manteca y la cría de ovejas. Respecto de sementeras en el potrerito que siempre se ha solido sembrar, dejo a discreción del mayordomo el elegir lo que haya de sembrarse. Siempre debe haber en la hacienda una monta de setenta a ochenta reses por lo menos, pues de otro modo o si se enajenara todo el ganado, no podría plantearse el método de administración que queda dicho. Los caballos míos de silla deben venderse, pues sólo deben quedar en la hacienda los caballos y mulas que el mayordomo dijere ser necesarios para el servicio de ella.

   No debe hacerse obra nueva ninguna en la hacienda sino sólo lo muy preciso para conservarla, como es refacción de las cercas viejas que formen portillos, u otra cosa muy indispensable.

   El mayordomo Cuéllar queda en todo sujeto al señor Arrubla como a mí mismo. A él entregará cuentas cada cuatro o seis meses, y el dinero que produzca la hacienda. Ruego al señor Arrubla que mire por la conservación de mis bienes y los trate como propios.

   En la hacienda tengo un esclavo llamado Tomás, y un segundo mayordomo llamado Miguel Fontana, que merece toda mi confianza, y debe continuársele con paga y mantenérsele en su destino.

   De los productos de la hacienda, y de cualquiera otra finca mía pagados que sean los réditos de los censos expresados, se darán a mi tía Nicolasa Omaña diez pesos mensuales, y a mis primas Rita y Juana Santander ocho pesos a cada una. Esas tres señoras probablemente irán a vivir a Cúcuta. Dejo al señor Arrubla las últimas cuentas de la hacienda, que alcanzan hasta 30 de junio del presente año, para que le sirvan de gobierno.

   Al mayordomo Cuéllar por su trabajo, y según la eficacia de su comportamiento, se le darán trescientos pesos anuales.

   En caso de ausencia del señor Juan Manuel Arrubla, o de grave enfermedad, puede sustituirle su hermano el señor Manuel Antonio, en quien por la amistad con que me ha distinguido tengo la más completa confianza.

   Le acompaño un poder general para que él pueda judicialmente hablar por mí en cuanto tenga relación con mis intereses. Y la orden para mi mayordomo para que se entienda con él.

   Cuartel de Granaderos. Bogotá, 12 de noviembre de 1828

Francisco de Paula Santander

   Toda mi librería puede venderse.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 88-90.

14
AL SEÑOR JOSE MARIA DEL CASTILLO. 1828 (14/11)

Bogotá, noviembre 14 de 1828

   Mi apreciado señor Castillo:

   He sido amigo de usted con todo mi corazón y me he portado siempre como tal. He sabido los oficios de usted en mi favor en esta desgracia, y debo manifestarle mi reconocimiento.

   En mi adversidad es inútil cualquier ofrecimiento mío; mas, yo debo hacerlos. No me queda más que fortaleza y serenidad para resistir los golpes de una fortuna adversa, y es lo único de que no me han privado después de 19 años de constantes servicios a la patria. Créame usted, señor don Pepe, que no olvidaré jamás los oficios de usted en esta calamidad.

   Hágame el favor de expresar al señor Restrepo iguales sentimientos, y de asegurar a mi señora Teresita de todo el afecto que le profeso. Sea usted feliz y reciba las más afectuosas protestas de su obediente servidor y antiguo amigo que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 84.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Restrepo. t. Castillo, Correspondencia política y privada.

15
AL SEÑOR JOSE MANUEL RESTREPO. 1828 (14/11)

Bogotá, 14 de noviembre de 1828

   Señor Restrepo, mi apreciado amigo.

   Al dejar el país de mi corazón debo manifestar a usted todo mi reconocimiento por los oficios que sé le he debido en esta calamidad. He sido amigo de usted muy de corazón, ahora soy muy agradecido. Deseo a usted felicidades, y a mi señora Mariana (c. p. b.) hago las insinuaciones de todo mi afecto y respeto. Nada me abate, señor Restrepo; mi corazón es el mismo que cuando mandaba a Colombia.

   Soy de usted muy obediente, humilde servidor que besa la mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio, Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 84-85.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Restrepo, t. 3.

16
AL GENERAL JOSE MARIA ORTEGA. 1828 (14/11)

Bogotá, noviembre 14 de 1828

   Mi apreciado general:

   Resignado con mi suerte, porque me sobra corazón para sufrirla, es de mi deber manifestar a usted todo el reconocimiento de que soy capaz por su comportamiento conmigo, y protestarle de que, aunque lejos de mi patria y reducido a nulidad, siempre debe usted creerme su amigo. Si algún día se cambiare la rueda de la fortuna, mi protesta es inalterable. Tengo bastante filosofía para recibir con serenidad los golpes de un destino adverso, y no soy el único en la historia que lo sufre justa o injustamente.

   Sírvase usted saludar a su padre, a toda la demás familia y al general Vélez. Me despido de usted con sentimientos de perfecta amistad como su obediente servidor que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

   Para el benemérito general José María Ortega.

FUENTE EDITORIAL
Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 85.

NOTA
Es fiel copia tomada de El Espectador, de Bogotá, suplemento del lunes 6 de mayo de 1940, p. 2.

17
DE JOSE DE ESPINAR A MARIANO MONTILLA. 1828. (13/11)

Bogotá a 13 de noviembre de 1828

   Señor general Mariano Montilla

   Mi respetado general y distinguido amigo:

   Ya ha terminado el tremendo juicio de conspiración, y una general clemencia se ha derramado sobre todos ellos. Si esta medida hubiese emanado franca y espontáneamente del Libertador, le habría aumentado algunos quilates a la pureza de su corazón. Más claro: su clemencia debió recaer sobre la aplicación de la pena que con rectitud debió imponerse. Desde luego el tribunal militar cumplió con su deber; mas el consejo de ministros... ¡ah!... callemos. Montebrune, que pondrá en manos de usted esta carta, le hará una exacta narración histórica de los sucesos acaecidos desde el 25 de septiembre, su desenlace, sus consecuencias próximas, y el estado actual en que nos hallamos.

   Hablaré a usted, pues, de la marcha que me prometo seguiremos en adelante. La representación nacional será convocada para mediados del año próximo a más tardar. Entre tanto el Consejo de Estado sólo se ocupará de aquellas reformas que sean absolutamente indispensables, tales como las de administración de justicia y de rentas públicas. Lo demás debe hacerlo el congreso, porque, mal que pese a los pueblos, el Libertador no debe quedar expuesto por más tiempo a los ataques del espíritu demagógico ni a las maquinaciones de los que sólo miran en la actual administración un gobierno de hecho. Las declaraciones de los conspiradores no suministran bastantes datos para predecir cuál sería la suerte de Colombia no constituida popular y representativamente. Esta es la moda, esta la manía de nuestros filósofos a la violeta. Démosles gusto; alejemos hasta las apariencias de un poder absoluto; y los hombres encargados de conducir a los pueblos y dirigir la opinión pública trabajen indefensos en hacer sanas elecciones. Recaigan éstas, no en jacobinos sans culotte y proletarios, sino en hombres propietarios, de buen sentido y de un verdadero patriotismo. No digo a usted esto porque usted lo ignore, ni porque quiera hacer de pedante, sino porque deseo transmitir a usted mis opiniones con la sinceridad y buena fe con que las concibo. Si con todo esto vuelven a excandecerse las pasiones, si cada diputado no se despoja de sus mezquinos intereses y de sus miserables pretensiones, entonces, y cediendo sólo a las circunstancias, acordaremos la nueva senda que debamos escoger y seguir. Por mi parte protesto a usted que después de la felicidad de Colombia a nada aspiro sino a la vida privada y aun oscura; pero sacrificaré mis sentimientos si siquiera puedo auxiliar al que se ocupe de hacer el bien.

   Concluyo tomándome la libertad de recomendar a usted muy particularmente al comandante G. Montebrune; se ha conducido con bastante firmeza; es un fiel amigo del Libertador; ha trabajado con buen éxito en todo, y tiene por usted un alto respeto y estimación, ¡dejara de ser amigo mío!

   Adiós, mi querido general; se repite de usted fiel amigo, obsecuente servidor,

José de Espinar

FUENTE EDITORIAL
   Revista de América, Bogotá, Editorial Antena 1945. No. 1, v. 1, pp. 62-63.

18
A LA SEÑORA MANUELA SAENZ. 1828 (19/11)

Guaduas, noviembre 19 de 1828

   Comadre y muy estimada señora mía:

   Ayer tarde, a las cinco y media de ella, llegué a ésta, sólo con la novedad de traer al hombre algo enfermo; sus cargas quedaron atrás, y ahora, que son las diez de la mañana, aún no parecen. El portador de ésta, que es el comandante Sornoza, entregará a usted un pliego que tal vez podrá ser interesante, porque contiene las cartas que anoche mismo se escribieron aquí por el hombre, por su cuñado y por un galifardito que lo acompaña.

   Puedo asegurar a usted que él va muy abatido; no quiere ver a nadie, y dice que nunca más volverá a Colombia. Yo procuro tratarlo lo mejor que puedo para inspirarle confianza; así es que él dice que va muy contento y muy agradecido. Mañana seguimos a Honda, y pasado mañana nos embarcamos; llevo un diario exacto de cuanto me sucede y apunto lo que oigo decir.

   Adiós, comadre y señora mía; le recomiendo a Mercedes y le suplico tenga la bondad de recordarme a la memoria de mi adorado Libertador.

   Dígnese aceptar el sincero homenaje de los sentimientos de afecto y veneración que le profesará eternamente.

   Su humilde servidor y compadre, que besa sus pies,

Genaro Montebrune

   P.D. Me ha dicho el hombre que al capitán de Granaderos, Escárate, le regaló una caja de oro con el busto de su excelencia, única tal vez que hay en Colombia; procure indagarlo, porque no sé con qué objeto ha podido hacerle tal regalo; me ha dicho otras mil cosas, que desde Honda referiré a usted, porque hacen parte de los apuntes que formo.

   A las siete de la noche.

   Las cargas han llegado muy tarde; hace una hora que el hombre se ha acostado con calentura, y le he hecho tomar una taza de amapola. La adjunta es para Espinar; la mando abierta para que usted la lea, y, si lo cree oportuno, le dice a su excelencia el contenido. Yo, en Cartagena, pienso insertar un artículo muy fuerte contra los señores indulgentes.

   Me olvidaba decirle que, dilatándose Sornoza, he rotulado el pliego a usted con el mote (para que lo entregue a la señora Rosa Cornejo), y en el correo debe hallarlo.

   Suyo, suyo y siempre suyo.

   Estos señores rotulan sus cartas al señor Tomás Gómez de Coz, administrador de Correos de ésa; parece que este sujeto es el alcahuete que ha dejado1.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 95-96.
FUENTE DOCUMENTAL
   Academia Colombiana de Historia. Sección de archivo y microfilmación. Bogotá.

NOTAS
1 Carta inédita. Cortesía del doctor Guillermo Hernández de Alba.
Cordovez Moure, José María. Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Serie 3. Librería Americana. Bogotá, 1900, pp. 72 y 73.

19
APUNTE Y EXTRACTO DE MIS CONVERSACIONES CON EL SEÑOR SANTANDER EN EL CAMINO DE BOGOTA A CARTAGENA, EN FORMA DE DIALOGO. 1828 (5/10)

Miércoles 19 de noviembre
en Guaduas

   Santander. Esta maldita conspiración no hubiera tenido efecto si el Libertador hubiera hecho caso a la carta anónima que le escribí el día 21 de septiembre y yo mismo puse en el correo, pues aunque disfracé mi letra, él no pudo menos que conocerla; en ella le aconsejaba y le rogaba que no saliese solo al campo, pues positivamente se intentaba contra su vida, y esto era decirle bastante.

   Montebrune. ¿Cuáles son las razones que tiene usted para probarme que debe hacerse caso de anónimos, y cómo sabe usted si su excelencia recibió aquel que usted confiesa?

   Santander. Cierto, ni una de estas preguntas puedo contestar.

   Montebrune. ¿Cree usted que la existencia política de Colombia está identificada con la vida de su excelencia?

   Santander. En partes sí y en partes no.

   Montebrune. Explíquese usted.

   Santander. Cuando los pueblos (que hoy forman Colombia)...

   Montebrune. Alto. No me hable usted de pueblos, pues los pueblos, quiero decir, la masa que verdaderamente merece el nombre de pueblo... usted ni llamará pueblo a 2 o 3, 5, 10, ni 100 individuos de una parroquia, lugar, villa o ciudad, el pueblo de ella; pero no entremos en definiciones, pues yo ya olvidé las fórmulas del ergotismo; en lugar de decir los pueblos diga usted la insignificante fracción de cada uno de ellos y cuya suma total está al entero de la sociedad colombiana, menos que 1 a 100; de consiguiente tenga usted la bondad de hablarme de esta muy ínfima fracción llamada pensadora y deje usted a los 99/100 partes de la familia, pues que ésta ha seguido el impulso de las circunstancias, y ella ha probado con hechos incuestionables que idolatra a su Libertador y padre; ¡cuántas, cuántas veces lo ha palpado usted!

   Santander. No estamos de acuerdo.

   Montebrune. Si seguimos discutiendo este punto en toda la extensión de que es susceptible, nos engolfaremos en razones metafísicas, y hoy y siempre los hechos y las cosas deben ser considerados con preferencia, pues que las teorías y las razones abstractas en nada se asemejan a ellas, quiero decir que en Colombia no son de ninguna manera aplicables, porque usted conoce y cree que hay razones pro y contra para persuadirse de que la existencia de Colombia esté identificada con aquella de su excelencia. Dígame, le ruego, ¿cuáles de estas razones hacen más peso en su conciencia desnudándola previamente de todo resentimiento personal?

   Santander. Por ahora las de conveniencia, que son las primeras.

   Montebrune. No tratemos del año de 40, pues que vivimos en el de 28; luego por ahora usted conoce que conviene la existencia de su excelencia para que Colombia exista.

   Santander. Cierto.

   Montebrune. Y sabiendo usted que se intentaba contra ella deduzco que conocía fácilmente que se seguiría la destrucción del edificio; era, pues, un deber de usted delatar claramente al gobierno el plan que se formaba para lograr su exterminio, y este deber es tanto más positivo cuanto que usted, además de ser un general, acababa de recibir de su excelencia las pruebas de la más alta confianza con el destino que se le había conferido.

   Santander. Siempre he creído que todo delator se envilece.

   Montebrune. Mas no se envilece aquel ciudadano que salva a su patria; además yo, en lugar de usted, nunca aduciría o diría tal cuento de anónimo, porque usted sabe que en el reglamento de correos hay un artículo, y creo que no está anulado, por el cual se previene que todas las cartas que se introducen en el buzón y son dirigidas a individuos que habiten el lugar, deben quemarse y no dárseles curso; ahora mucho menos a una dirigida a su excelencia, por mil razones que no acabaría nunca de explicar si me pusiese a detallarlas.

   Santander. Yo ignoraba tal cosa, y como observé el silencio de París que me invitó la noche del 23, toqué el mismo negocio aunque en términos generales y Herrán estaba presente.

   Montebrune. ¿Usted dijo a Herrán y a París el contenido del anónimo?

   Santander. No, pero les hice entender que estábamos amenazados de una revolución, y París despreció mi proposición, riéndose de ella, sabiendo sin embargo yo que hablaba de buena fe.

   Montebrune. Señor, todas estas razones lo hacen a mis ojos más criminal; usted perdió la ocasión de probar a Colombia que desea su felicidad; usted tuvo en sus manos los medios de destruir la larga serie de cosas que se han escrito sobre usted y de dar pruebas al Libertador de que era digno de su confianza.

   Santander. Yo jamás creía que los conspiradores fueran capaces de llevar adelante tal locura.

   Montebrune. ¿Y por qué les daba consejos?

   Fuimos interrumpidos con la llegada de la señora del español Molina.

Noviembre 26,
a la noche

   Estábamos varados en un playazo; me dijo que nos paseáramos y comenzó a hablar à peu près, en estos términos:

   Santander. ¿Sabe usted si el señor Mosquera va al Perú de comisionado después que regrese O'Leary?

   Montebrune. Lo ignoro y nunca lo había oído decir.

   Santander. Sí, él me lo dijo y yo le rogué que dijese al Libertador que iría de su segundo, pues mi presencia en el Perú puede ser útil, visto que no me faltan amigos. El general Lamar es mi amigo, a pesar de que yo le he increpado su conducta para con Bolivia, pues es una agresión inaudita; se parece al acto de intervención armada que adoptó el emperador de Austria en los negocios de Nápoles.

   Montebrune. ¿Usted tiene correspondencia con Lamar?

   Santander. Hace mucho tiempo que no nos escribimos.

   Montebrune. Siendo colombiano de nacimiento, ¿quién le dio licencia para que aceptara la ilegal presidencia del Perú?

   Santander. ¿Y por qué la llama usted ilegal?

   Montebrune. Sírvase decirme quién le dio permiso y después explicaré en qué fundo la voz ilegal.

   Santander. Yo no sé, se la tomaría.

   Montebrune. Ya se ve, después que se le aprobaron los escondites de Guayaquil, no es extraño que él abuse sua voluntate; he dicho ilegal, porque el Libertador era el presidente del Perú cuando la 3a división se sublevó.

   Santander. ¿Y el Libertador podía ser presidente legal del Perú?

   Montebrune. Sí, porque el congreso le había concedido que permaneciese en aquella República el tiempo que creyese conveniente para dejarla constituida sólidamente, y sea con el nombre de dictador o con el de presidente, su autoridad era legítima, porque emanaba de fuente muy legítima; pero aquella que ha usurpado su amigo Lamar... ¡Ojalá que mis penas durasen tanto como ella va a durar!

   Santander. ¿Y por qué?

   Montebrune. Porque los colombianos y usted el primero no hemos de ser sordos a la voz del honor nacional ultrajado.

   Santander. Usted carece de ideas exactas sobre este negocio.

   Montebrune. Puede ser, pero no ignoro cuanto ha sucedido, porque he leído cuantos papeluchos hay y hasta hoy nadie los ha desmentido.

   Santander. ¿Usted cree que O'Leary logra algo?

   Montebrune. No sé, pero poco importa, el genio del Libertador y las bayonetas lo lograrán todo.

   Santander. Siempre es guerra entre americanos.

   Montebrune. Guerra entre americanos y de una misma familia intentaban encender los conspiradores de la noche del 25 y todos los que asistían a ciertos conciliábulos que nunca olvidaré.

   Santander. ¡Ah! Montebrune, voy a confiar a usted una cosa: a mí me echan la culpa de todo y yo he sido el que menos la ha tenido y la tengo; se han aprovechado de mi inexperiencia muchos que ahora rodean al Libertador y le hacen creer que son sus amigos; podrán serlo ahora, pero nunca lo fueron antes; mi desgracia principal es originada de la vicepresidencia y de la reelección. Si el Libertador me hubiera hecho la gracia que le pedí con encarecimiento de eximirme de la maldita vicepresidencia, yo como general y soldado hubiera sido el más fiel, el más adicto y el más obediente; hubiera derramado mi sangre porque se cumplieran sus deseos (¡pícaro!), pero vicepresidente y con un código existente, mi posición ha sido espinosísima y todo el mal se me ha achacado a mí. Desde fines del año 26 sucesivamente había reuniones secretas en casa del señor C. Yo iba todas las noches a jugar ropilla y fingía ignorarlo todo, pero Soto me daba cuenta de lo que pasaba; ellos trataban de oponerse a las miras del Libertador, y este mismo señor C., que hoy está alucinando a muchos, era el apóstol del club. Yo no creo que él pueda ser amigo del Libertador de buena fe. Después de la batalla de Ayacucho todos los ministros felicitaron al Libertador por medio de cartas que le escribieron, y aunque yo insté al señor C. para que lo hiciera también, se negó y no escribió. Mariano Escobar, al cabo de muchas sesiones, hizo la moción de que se me debía consultar y debía conocerse mi opinión sobre la materia que formaba el punto cardinal de la reunión; el señor C. se opuso diciendo que estaba seguro de que yo no podría consagrar con aquellas ideas y, en efecto, así se lo mandé decir con Soto; les hice saber que yo no era otra cosa sino lo que el Libertador quería que fuese, y cuando la maldita Lira comenzó a rasguearse injustamente, creyéndome algunos militares que hoy en el día son generales, que era llegado el momento de hacerme decidir por el plan del señor C., me propusieron emplear provechosamente los 20.000 fusiles que había a mi disposición, atendiendo al gran partido con que se contaba desde el Táchira hasta el Juanambú, y seguros de que Cartagena consagraba, pues el señor C. contaba con la opinión de todos, menos, sí, con aquella del señor Montilla, pues eran enemigos acérrimos, y de la tal enemistad estoy participando yo también. Yo me opuse a cuantas proposiciones me fueron hechas y entonces aquellos señores comenzaron a trabajar de otro modo y desconfiaron de mí. Viéndome yo abandonado del Libertador, ¿qué he debido hacer?

   Fuimos interrumpidos por su cuñado y en presencia de éste me dijo:

   "Al momento de dejar las playas de Colombia yo escribiré al Libertador y le diré cosas que él ignora y es necesario que sepa; no lo he hecho antes porque no se dijera que yo me valía de este medio para agraciarme, pero aseguro a usted que el Libertador ignora muchas cosas y yo las diré y tal vez podré retribuir de este modo la generosidad que conmigo ha usado, a pesar de que en el mundo aparece que fui aconsejado por ella".

Noviembre 30,
en Barranca, a la noche

   Nota. El lenguaje del señor Santander y la oferta hecha de escribir a su excelencia cosas sumamente interesantes, me inducen a inspirarle toda la confianza posible; le he hecho entender que su excelencia me había dicho que dijera al general Montilla que lo tratara con consideración, a lo que me contestó que él no esperaba nada bueno de don Mariano, que debíamos apresurar la marcha (y a pesar de hallarse malísimo) para llegar a tiempo de aprovechar el paquete, pues no quería detenerse ni una hora si fuese posible en Cartagena.

   Santander. El Libertador cree y todos creen que el horrible proyecto de asesinarlo es obra de colombianos; no, no lo es. Villa vino con mucho dinero y sólo Dios sabe cómo lo ha empleado.

   Montebrune. ¿Luego usted sabía que Villa pudiera traer comisión?

   Santander. No, pero tengo fundados motivos para sospecharlo, pues porque todo lo malo debe esperarse de los peruanos, y López Méndez me aseguró que aquel gobierno se había propuesto no excusar ni perdonar medios para destruir al Libertador.

   Montebrune. A propósito de López Méndez, yo supe que usted le dio dinero para que regresara al Perú.

   Santander. Me pidió 500 pesos y se los presté para que los devolviera a Armero, a mi disposición.

   Montebrune. ¿Y por qué motivos le dio usted pasaporte para el Perú?

   Santander. Porque me lo pidió.

   Montebrune. No me satisface la razón, mucho más cuando nadie en Colombia ignora que él vino con la 3a división a insurreccionar el sur, y que Flores lo mandó en calidad de preso a Bogotá.

   Se calló y no habló más.

   Al cabo de un rato dijo:

   Santander. Me alegro mucho tener la Gaceta del 16; tengo argumentos vigorosísimos para refutar los considerandos y los motivos en que se fundó la pena de muerte pronunciada contra mí por la comandancia general, y yo no sé cómo el consejo de ministros ha podido decir que es justa.

   Montebrune. ¿Conque usted la cree injusta? Se calló.

Diciembre 3,
en Triana

   Ha escrito una carta (muy interesante por el lenguaje) al general Montilla y me la ha hecho leer; ha comenzado a escribir a su excelencia el Libertador. El coronel Briceño, que ha regresado de Cartagena, lo ha persuadido de que su ida a Puerto Cabello es necesaria y prudente, pues así lo ha asegurado el general Montilla; le ha asegurado que le tiene buque listo para Liverpool, en Inglaterra, y que quedaría en Bocachica solamente un par de días mientras se despachase el buque; que el señor Bunch ha recibido por el correo el dinero que le han mandado de Bogotá; que el general Montilla le permite embarcar la vajilla de plata, y que los derechos que debiera pagar por ella y el dinero se los hará descontar de los sueldos devengados.

HA DICHO

   Santander. Montilla era mi amigo; C. tiene la culpa de que nos hayamos enemistado; siempre estaba en contienda con Padilla, y aunque yo hacía siempre el oficio de mediador entre ellos, al cabo y al fin Montilla se ha declarado mi enemigo; aseguro a usted que lo que se ha escrito en los papeles públicos no es obra mía; ahora C. es amigo de Montilla y toda la culpa me la echan a mí. Milagro sería que no me la echasen también por los negocios de Popayán, a pesar de ser público que yo increpé a López cuando dijo en Ocaña que él podía insurreccionar el departamento del Cauca. Yo no sé si el Libertador sabe que dije también que estaba pronto a jurar la constitución boliviana con referencia a aquella que quiere C.

   O'Leary, lejos de haber hecho bien en Ocaña, ha causado males. Si el Libertador hubiese venido a Río de Oro, yo me hubiera echado en sus brazos, pues Perucho me había asegurado que yo no debía temer la enemistad de Páez; sí, yo estaba decidido y lo estoy todavía y ojalá que me fuese posible dar pruebas de ello; estaba decidido a que con ciertas pequeñas modificaciones adoptásemos la boliviana, porque tiene realmente cosas muy buenas, pero el tono dogmático de C., de ese hombre que yo y todos los que se conocían ser de opinión, sabíamos que pocos meses antes era otra cosa y hablaba de otro modo; no, no, no lo pudimos sufrir; yo escribiré al Libertador, sí, le escribiré cosas que deben hacerle abrir los ojos, y si piensa ir al Perú con más razón.

   Al Perú es preciso ir con grandes masas. Yo haría la campaña como aventurero y manifestaría en todos lances que no soy, ni nunca he sido, ni podré ser enemigo del Libertador. Yo no creo a Urdaneta enemigo mío; siempre nos hemos querido, ha sido siempre mi jefe y crea usted que, en mi concepto, es el único que debe mandar Colombia en ausencia del Libertador; a Córdova tampoco creo mi enemigo, no le he hecho sino bien. Nada diré de los demás generales, pues con todos tengo amistad; de suerte que, lograda la reconciliación con Páez y con Montilla, juro a usted que se acabarían los partidos en Colombia y todos reunidos consagraríamos nuestros desvelos al Libertador, porque sepa que su generosidad que acaba de tener conmigo le ha granjeado multitud de amigos que antes no lo eran.

   Santander manifestaba una repugnancia decidida de ir a Inglaterra; dice que allá le caerían los del empréstito; que Montoya es rico, sin objeción; que Hurtado debe ser responsable por el dinero que dejó en la casa de Goldschmidt, pues no tenía órdenes para ello, y que a él le achacan la mala versación del empréstito cuando el señor C. lo ha manejado como ha querido, y la prueba es que él vino a saber que se giraban letras contra el empréstito al cabo de mucho tiempo y cuando ya se había girado por un millón de pesos.

   Habla con mucho respeto y entusiasmo siempre que se nombra a su excelencia el Libertador y a los excelentísimos señores generales Urdaneta y Sucre.

   Dice que el general Soublette era su mejor consejero y al mismo nunca, nunca ocultó nada; que el señor Soublette sabía también las reuniones que se hacían en casa del señor C. y que él le comunicaba todo lo que Soto le decía; que más de cuatro cosas ha propuesto al congreso a instancias del mismo Soublette.

   Que si el Libertador le hubiera mandado (como se lo ofreció) de Tunja el proyecto de reforma cuando marchó a Venezuela, él lo hubiera ido adaptando poco a poco y la constitución se hubiera enterrado sin escándalo; que esta esperanza fue el principal motivo que tenía para no prestar el juramento a que lo obligó el congreso de 27; pero todo, todo se ha perdido, y ya por él no hay otro remedio que irse a sepultar en un rincón de Europa, adonde nadie sepa del tal Santander. Dice que si tuviera ambición podría irse a Méjico, seguro de que sería admitido como general en represalia de la acogida que se ha dado al señor Bravo; que al Perú no iría nunca, a pesar de tener allí muchos amigos; pero él desea dar a Colombia, estando ausente de ella, pruebas de que no es indigno de ser su hijo, para lo cual desea permanecer en un punto adonde Colombia tenga ministro para que sea testigo de su conducta futura.

   En Pasacaballo me dijo que escribiría la carta consabida a su excelencia y me la mandaría a Cartagena con su cuñado, que debería acompañarlo a bordo del buque en que debía embarcarse para Inglaterra. Ha confesado que las últimas comunicaciones de Lamar las recibió en Ocaña por el conducto de Villa; que no extrañará que Villa esté en comunicación con Obando, pues sabe que Villa iba a esperar en la Buenaventura buque para regresar al Perú, lo que el gobierno no debía haber consentido, porque debió haberlo hecho acompañar con un oficial de su comparsa.

   Yo le contesté que el gobierno no había tomado esta medida porque jamás pudo persuadirse de que Villa obraba con tánta mala fe. Se sonrojó y después respondió: esto quiere decir que mejor sé yo las cosas de Lima que el Libertador. Yo le contesté que no sería extraño. Dijo: también tengo amigos en Bolivia. Urdineira es uno de ellos.

   Si Lamar obra con juicio puede hacernos un hijo macho; temo mucho que lo llamen de Panamá, y crea usted, replicó, la demora de Villa en la Buenaventura es un enigma que muy pronto se verá resuelto.

   La insurrección de la 3a división fue obra de la terquedad del general Lara, porque maltrataba mucho a los granadinos.

   El general Santacruz es su buen amigo y también son sus amigos generales y jefes peruanos, y en esta confianza habló de él con el señor Mosquera para que se empeñara con el Libertador de que en lugar de mandarlo al norte lo enviara de su segundo al Perú. Cartagena, octubre (sic) 5 de 1828,

G. Montebrune

   Es copia del original que reposa en la biblioteca de obras nacionales. Marzo 12 de 1829,

S. Vergara

FUENTE EDITORIAL
   Ortega Ricaurte, Enrique. Documentos sobre el proceso de la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Bogotá, Biblioteca Nacional, 1942, pp. 309-317.

20
EL SEÑOR GENERAL JEFE SUPERIOR DEL MAGDALENA. 1828 (30/11)

Barranca, noviembre 30 de 1828

   Señor general:

   Por el adjunto oficio del señor secretario de estado en el despacho de la guerra se impondrá que vengo encargado de poner a disposición de vuestra señoría al exgeneral de división Francisco de Paula Santander; y habiendo llegado a este punto a las once de la mañana, estoy ocupándome en conseguir los bagajes necesarios para seguir viaje por la madrugada de mañana.

   Dígnese vuestra señoría tener la bondad, si lo cree oportuno, de prescribirme las instrucciones convenientes para llegar a la presencia de vuestra señoría con el mencionado individuo del modo que fuese de su agrado.

   Aprovecho este momento para ofrecer a vuestra señoría el homenaje de mis respetuosos sentimientos con los que me suscribo de vuestra señoría, señor general,

   Muy obediente súbdito,

Genaro Montebruc1

FUENTE EDITORIAL
   Rodriguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 116.

NOTAS
1Archivo Nacional de Colombia, Secretaría de guerra y marina, tomo 1.452, folio 123r.

21
AL SEÑOR GENERAL MARIANO MONTILLA. 1828 (26/11)

Bogotá, 26 de noviembre de 1828

   En consecuencia de los acontecimientos de Popayán ha salido el general Córdova con 1.800 hombres para allá. Se han mandado buscar 1.000 hombres al Magdalena y 4.000 a Venezuela. Se ha ordenado también que al general Santander se le tenga en Bocachica y que esa gente sospechosa la mande usted a Puerto Cabello para evitar que vuelvan a hacernos una guerra civil. Los que están destinados a presidio sólo sufrirán la pena que antes se ha decretado,

Bolívar1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 199.

NOTA
1 Bolívar, Simón. Obras completas. T. 3. Editorial Lex. Habana 1950, p. 57. Carta N° 1854.

22
AL SEÑOR GENERAL JEFE SUPERIOR BENEMERITO MARIANO MONTILLA. 1828. (4/12)

Pasacaballos, 4 de diciembre de 1828

   Señor general:

   Próximo a dejar las playas de mi patria para sufrir lejos de ella mis infortunios, espero que los sentimientos que exprese en esta carta serán estimados en su justo valor. Mi hermano político el coronel Briceño me ha informado que ha encontrado en usted toda la benevolencia digna de un agente del gobierno, y de un caballero por cuyo medio pueden aliviarse algún tanto mis penas. No podía prometerme yo otro género de conducta, ni imaginarme que usted fuera capaz de complacerse en la desgracia de un antiguo servidor de Colombia. Doy a usted las debidas gracias por ello, y protesto agradecer siempre los oficios generosos de usted. He de prometerme, señor general, que durante mi residencia bajo la jurisdicción de usted no recibiré ninguna otra especie de tratamiento, y que me servirá la autoridad de que usted está investido, y de la confianza que merece al gobierno, para obtener del mismo gobierno supremo cualquier beneficencia que sirva para llevar al cabo la providencia que dictó para expulsarme de este territorio. No deja de serme muy satisfactorio el considerar que la conservación de mi vida y mi salida de Colombia sirven para que la gloria del Libertador no se mancille, y para que la honra de sus agentes no sufra la menor mengua, porque sean cuales fueren las causas de mi infortunio, nadie puede privarme del derecho que tengo a las consideraciones debidas a un antiguo colombiano que ha gobernado por algunos años a Colombia, y figurado al lado de sus más ilustres generales.

   Yo he recomendado al señor comandante Montebrune corone su noble comportamiento conmigo entregando a usted la presente carta, que espero se sirva usted admitir con la misma benevolencia con que ha respondido a las demandas del coronel Briceño.

   Yo dejaré a mi patria dirigiendo constantemente mis votos por su prosperidad y por el bien de todos sus servidores. Respecto a usted recuso hoy los votos de mi reconocimiento y gratitud por lo que espero merecerle según los informes de Briceño.

   Con sentimientos de consideración me digo de usted, señor general, su obediente servidor, que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2740, v. 7, pp. 443-444.
FUENTE DOCUMENTAL
   Lecuna, Vicente, compilador. Cartas de Santander. Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio, 1942, pieza 329, t. 3, pp. 149-150. Del original del Archivo de Montilla.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 117-118.

23
AL BENEMERITO SEÑOR GENERAL MARIANO MONTILLA, JEFE SUPERIOR DE ESTE DISTRITO. 1828. (7/12)

Fortaleza de Bocachica, diciembre 7 de 1828

   Señor general:

   Si usted está dispuesto, como lo creo al ver su estimable carta del 5, a contribuir al alivio de mis infortunios, ruego a usted se sirva interesarse vivamente por el correo inmediato con su excelencia el Libertador a fin de que no se impida ni detenga mi salida de este país. Ya una vez lo ha ordenado así, y no es decoroso volver atrás mientras yo no dé motivo para ello. He salido de Bogotá enfermo, he venido enfermo por el camino, y estoy enfermo; la humedad de estas bóvedas, combinada con el excesivo calor, me arruina sin remedio y sin utilidad para Colombia ni para el gobierno. Mi vida y mi partida de aquí interesan a la gloria del general Bolívar y a la tranquilidad pública. Tengo espíritu y resignación para todo; mas ya me han hecho concebir la esperanza de alejarme quizá para siempre de los negocios políticos de Colombia.

   Envío una representación para su excelencia el Libertador, que si usted la cree conveniente, espero se sirva apoyarla y remitirla por el próximo correo. Perdone usted esta libertad a quien tiene que valerse de su autoridad y de la sensibilidad de su corazón.

   He recibido aquí un tratamiento decoroso, y creo no haber dado motivo para que se arrepientan de ello.

   Quedo de usted, señor general, con sentimientos de consideración, humilde, obediente servidor que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2741, v. 7, p. 444.
FUENTE DOCUMENTAL
   Lecuna, Vicente, compilador. Cartas de Santander. Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio, 1942, pieza 330, t. 3, p. 151. Del original del archivo de Montilla, II.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 119-120.

24
AL BENEMERITO SEÑOR GENERAL MARIANO MONTILLA, JEFE SUPERIOR DEL DISTRITO. 1828 (7/12)

Fortaleza de Bocachica, diciembre 7 de 1828

   Señor general:

   Suplico a vuestra señoría se sirva elevar al gobierno por el próximo correo el adjunto memorial.

   Tengo el honor de decirme de vuestra señoría con sentimientos de respeto y consideración, humilde, obediente servidor. Señor general,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2741, v. 7, pp. 444-445.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Nacional. Secretaría de Guerra y Marina, t. 1048, folio 630.

25
AL SEÑOR GENERAL JEFE SUPERINTENDENTE. 1828 (13/12)

Castillo de San Fernando de Bocachica, diciembre 13 de 1828

   Señor general:

   Dieciocho años de no interrumpidos servicios a Colombia y las muestras de confianza que de ella he recibido, con otros motivos que no pueden ocultarse a la penetración menos perspicaz, me obligan a dirigir al gobierno supremo la adjunta representación. Ruego a vuestra señoría, señor general, se sirva darle el curso correspondiente en obsequio de la justicia y de la humanidad afligida. Si mi representación llega a oídos del Libertador presidente, recobraré un nuevo motivo de consuelo y tranquilidad en mis infortunios.

   Señor general,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, Carta N° 2743, v. 7, p. 446.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Nacional. Secretaria de Guerra y Marina, tomo 1048, folio 631.

26
A SU EXCELENCIA EL SEÑOR GENERAL RAFAEL URDANETA. 1828 (14/12)

Bojacá, 14 de diciembre de 1828

   Mi querido general:

   He recibido la apreciable carta de usted en que me dice lo de la declaración de los ministros por escrito sobre la retención de Santander. Yo lo haré mejor aún consultándoles sus opiniones sobre el tiempo que debe quedar en Bocachica, así que sepamos que está allí; pues es posible que se haya ido. Para esto será bueno que usted prevenga al señor Vergara, que yo deseo retener a Santander hasta que se arreglen los negocios del sur y del Perú, pues la insurrección de los Castillos indica lo que debemos temer de Santander y de los convencionistas. Mientras el Perú tenga esperanzas en Santander, no hará la paz con nosotros, pues me consta por noticias fidedignas que el edecán Márquez llevó a Lima la seguridad del gobierno de Colombia de que no haría nada contra el Perú si atacaba a Bolívar, lo que decidió su invasión. Lea usted a los ministros los papeles que han venido de Cumaná, y allí se verá que han invitado al mismo Bermúdez a que siga el partido de Santander y se ponga a la cabeza de la guerra civil en Venezuela. Esto lo hacen los de la convención, que cuentan con todo el mundo que es desafecto o puede serlo, aunque sea del partido de Castillo, que sabe usted cuál era. Todo para poner a este malvado a la cabeza del gobierno y establecer una guerra civil muy formidable que traerá por resultado la anarquía. Cada día me parece más imprudente haber salvado a Santander: este hombre será la última ruina de Colombia, el tiempo lo hará ver...

Bolívar

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 200.

27
AL EXCELENTISIMO SEÑOR LIBERTADOR DE COLOMBIA. 1828 (18/12)

Fortalezas de Bocachica, 18 de diciembre de 1828

   Ruego a vuestra excelencia pase la vista por esta carta que le dirige un colombiano. Había pensado escribir a vuestra excelencia al punto de dar la vela para Europa, para expresarle los sentimientos de gratitud que llevo en mi corazón por la conducta benigna con que vuestra excelencia reformó la injusta sentencia pronunciada contra mí, y había escogido aquella ocasión como la que no podía servir de motivo para que se dijese que el vencido se veía obligado a entonar, en despecho suyo, las alabanzas del vencedor. Por hoy me veo forzado a dirigirle la presente, con motivo de estar detenido indefinidamente en estas insalubres y solitarias fortalezas.

   Señor, ¿por qué causa sufro esta detención, cuando se ha dicho a la faz del mundo que vuestra excelencia me desterraba de Colombia en conmutación de la pena de muerte? ¿Se teme que yo me vaya al Perú, y que perjudique al gobierno fuera de Colombia? ¡Injustos temores! El gobierno de vuestra excelencia ya dijo una vez que saliera de Colombia, y retractar esta palabra ni hace honor al gobierno ni a vuestra excelencia mismo. Esto no necesita de explanaciones para comprenderse. Vuestra excelencia lo comprende perfectamente. Mas, permítame vuestra excelencia recordarle la fidelidad con que Monteverde cumplió con vuestra excelencia la palabra de darle pasaporte en Caracas, aun cuando temía que volaría de cualquier punto a libertar a sus compatriotas; la fidelidad con que Morillo cumplió su indulto con el general Arismendi, con el señor Castillo, el señor Restrepo, el señor Madrid y otros varios, y la fidelidad con que el rey Fernando VII dio pasaporte para sus casas a los colombianos que estaban presos en la península o tratados como rebeldes. He escogido de propósito estos ejemplos para libertarme de la pena de entrar en comparaciones. Ni Colombia, ni nuestro gobierno, ni vuestra excelencia mismo deben ser puntos de comparación, porque Colombia, el gobierno y vuestra excelencia están llamados a un grado de honor, de reputación y de gloria muy superiores y elevados. Mi vida, señor, mi existencia, y el cumplimiento de la providencia de vuestra excelencia de 12 de noviembre sobre mi salida de este país interesan mucho a la gloria de vuestra excelencia y a la tranquilidad de la República.

   Juro a Dios y prometo a vuestra excelencia no tener ánimo de salir de Europa o de los Estados Unidos para parte alguna de América. Protesto no venir a Colombia mientras el gobierno no me llame; protesto igualmente no mezclarme en los partidos que nos devoran actualmente. Ahí quedan mis bienes para que se confisquen, si yo tuviere la locura de irme al Perú. No deseo, señor, más que tranquilidad y vivir algún tiempo en quietud; nada más apetezco, y por eso había pensado establecerme en los Estados Unidos, como un país más barato o más cerca de aquí para recibir recursos.

   Esta ha sido mi intención desde que salí de Ocaña, y por eso he reprobado toda revolución. Si resulté complicado en el suceso del 25 de septiembre, no ha sido porque tuviese ánimo de conspirar contra el orden establecido. En una larga representación que he dirigido a vuestra excelencia lo habrá visto muy demostrado.

   En resumen, señor, le suplico encarecidamente me permita salir de Colombia, conforme vuestra excelencia lo determinó el 12 de noviembre. Hágalo por su propia gloria o por amor a la humanidad, ya que yo no sea acreedor a esta consideración y gracia. Hágalo siquiera por recompensa de que me opuse al asesinato de vuestra excelencia y que con lágrimas en los ojos supliqué a Carujo que no pagasen tan vilmente los servicios de vuestra excelencia a la patria. Hágalo por esta patria tan querida de su corazón. La insalubridad de estos castillos y mi habitual enfermedad de cólico me arruinan sin remedio, y lo peor es que moriré padeciendo crueles dolores, sin fruto ninguno para Colombia y con demérito de su inmarcesible gloria. No me haga vuestra excelencia dar la importancia que no tengo; reducido a estas prisiones y privado de una porción de goces, me hacen creer que estoy como el proscrito de Santa Elena a quien las potencias redujeron a tanta estrechez por un desmesurado temor. Y ya vuestra excelencia ve cuánto se aumenta mi orgullo con esta idea. Pensar que mi partida de Colombia había de impedir la marcha del gobierno de vuestra excelencia es creerme con un influjo y poder moral superiores a lo que realmente es.

   Reservo cumplir mis votos de escribir a vuestra excelencia para cuando logre estar a bordo para salir de Colombia. No desconfío de que vuestra excelencia dé esta orden; conozco su corazón y sé que su alma es generosa y compasiva. ¡Cuántas veces le he oído decir que temblaba de horror de pensar solamente en las proscripciones de Sila! Señor, más amigos ha ganado vuestra excelencia por su generosidad o indulgencia que por medidas severas. No cabrían aquí sus nombres si yo quisiera mencionarlos. Santander jamás ha sido enemigo del general Bolívar ni lo será nunca.

   Con sentimientos de respeto y consideración, me digo de vuestra excelencia su más obediente servidor,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, carta N° 2745, v. 7, pp. 462-464.
FUENTE DOCUMENTAL
   O'Leary, Daniel Florencio, Memorias del general O'Leary. Caracas: Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880, t. 3, pp. 393-394.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio, Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 136-138.

28
AL EXCELENTISIMO SEÑOR PRESIDENTE LIBERTADOR. 1829 (7/1)

Bogotá, enero 7 de 1829

   Después de ofrecer a vuestra excelencia mis respetos y mi profunda estimación hacia la persona de vuestra excelencia, de que siempre he hecho un deber manifestarlo, vuestra excelencia me permitirá que en la calidad de amigo, en la calidad de apoderado del señor Francisco de Paula Santander, me dirija a vuestra excelencia implorando una gracia que espero conseguir, porque tal es el carácter, tal la clemencia de vuestra excelencia que siempre se ha ejercido aun con sus más declarados enemigos. La historia de su excelencia, de su vida pública como guerrero y como magistrado, es una prueba de esto, y para no alejarse más de esta idea que vuestra excelencia se merece, ella se encuentra en los desgraciados acontecimientos del año pasado. Vuestra excelencia perdonó la vida a varios que conspiraron contra su persona. ¿No accederá vuestra excelencia a una petición que realzará más y llevará a un completo apogeo su generosidad?

   Vuestra excelencia conmutó la pena que se impuso al señor Francisco de Paula Santander en un destierro fuera de Colombia; más: dispuso que fuese a Europa precisamente. Esta disposición de vuestra excelencia ha quedado suspendida; y el desterrado por quien represento, permanece en Colombia, permanece dentro de bóvedas, sufre los rigores todos de un condenado y los que son consiguientes a enfermedades en climas malsanos. La consideración de los males que sufre, los llantos de su familia y la amargura que estos padecimientos causan a los amigos (yo entre ellos) me mueven a hablar a vuestra excelencia. Yo le representaría a vuestra excelencia que desterrado el señor Santander fuera de Colombia, retenerlo más tiempo dentro de ella, cedería en descrédito del gobierno. Me abstengo de esto y no quiero molestar a vuestra excelencia con reflexiones que pudiera hacerle y que vuestra excelencia mismo habrá hecho ya. Dispuso vuestra excelencia que saliese; pero la resolución no se ha llevado a efecto. ¿Querrá vuestra excelencia presentar a Colombia, al mundo civilizado que todo lo observa, una contraorden semejante? Vuestra excelencia en los consejos de su sabiduría resolverá esto.

   Comprendo que por medidas que la política acaso permite, pero que generalmente se confunden sus ideas siguiendo los intereses de los que intervienen en los consejos, ¿que se convierta lo que es un destierro en un verdadero presidio? Pero, señor excelentísimo, ¿pueden tomarse bajo medidas (en política) precautorias la muerte misma? ¿Y será honroso a vuestra excelencia hacer expirar en una bóveda al hombre que pudo hacer vuestra excelencia pagase en un patíbulo un crimen cualquiera de que fuese convencido y cuya vida salvó vuestra excelencia?

   Señor excelentísimo, si pues es una nueva medida en política, hacer que por vuestra excelencia desempeñó por muchos años el ejecutivo de Colombia —al que vuestra excelencia prodigó elogios que lo harían inmortal—, si el genio perverso de la discordia no hubiese pisado este suelo, es, repito, causa para condenarlo a una muerte lenta, a una muerte infalible, a una muerte... yo, como su apoderado me atrevo a proponer a vuestra excelencia que permita que el señor Santander sea embarcado para Europa y, si más se quiere, que se le fije la nación en que debe residir.

   En garantía al cumplimiento que hago por el señor Santander, ofrezco mi vida y mi fortuna toda, ofrezco más: la fortuna de varios amigos míos, que son también del señor Santander. El señor Santander, estoy seguro, no comprometerá a sus amigos.

   Al interesarme por la suerte del amigo por quien represento, me intereso más que todo por la gloria de vuestra excelencia. Jamás me será indiferente haya una nueva que la oscurezca. Me he reputado amigo de vuestra excelencia. Creo que lo soy y esta persuasión en que estoy me anima a esta representación, a desearle nuevas glorias y la salvación de nuestra patria.

   De vuestra excelencia muy humilde, obediente servidor,

Juan Manuel Arrubla1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez, Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 142-144.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, pp. 101-103.

29
AL SEÑOR COMANDANTE DE LAS FORTALEZAS DE BOCACHICA. 1828 (19/1)

   Estado mayor departamental. Cartagena, enero 19 de 1829

   Se ha dado dirección después de selladas las cartas del preso Santander que para el efecto incluyó usted a esta oficina con oficio del 16 del corriente, y no ha podido hacerse lo mismo con un papelito que también se recibió, rotulado al señor coronel Briceño, por no haberse encontrado a dicho señor.

   Dígolo para su inteligencia y en contestación.

   Dios guarde a usted,

P. Rodríguez

   Adición. Fue entregado el papelito1.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio, Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 144.

NOTA
1 Archivo Santander, v. 18, p. 103.

30
AL SEÑOR FRANCISCO DE PAULA SANTANDER. 1829 (30/1)

Comandancia de las fortalezas de Bocachica. San José, enero 30 de 1829

   En oficio fecha 23 del corriente el señor jefe del estado mayor departamental me dice lo que copio.

   El señor ministro de la guerra, en orden de 4 del corriente, dice al señor general jefe superior del distrito lo siguiente:

   Su excelencia el Libertador presidente no ha tenido a bien acceder a la primera representación del ex general Francisco de Paula Santander solicitando se llevase a efecto su expulsión del país, y que me acompañó usted con oficio de 9 de diciembre último. Luego que su excelencia haya resuelto sobre la segunda, lo comunicaré a usted.

   Y lo transcribo a usted para su inteligencia y demás fines.

   Dios guarde a usted,

D. Egan1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 144-145.

NOTAS
1 Archivo Santander, v. 18, p. 104.

31
AL SEÑOR JOAQUIN MOSQUERA. 1829 (30/1)

Castillo de San José de Bocachica, enero 30 de 1829

   Mi apreciadísimo señor y siempre mi distinguido amigo:

   Cuando me prometía escribir a usted desde Europa manifestándole toda la gratitud de que soy capaz por los oficios amistosos, generosos y oportunos que usted empleó en mi inesperada desgracia, se va usted a hallar con esta carta escrita desde el fondo de una de las fortalezas de Bocachica. ¿Y cuál puede ser el objeto sino expresarle primero, de una manera poco suficiente, los sentimientos de mi corazón por su generosa y bien esperada conducta, y suplicarle después que tome el mayor interés porque se me permita irme de este país, en conformidad de la providencia dictada por el Libertador el 12 de noviembre? Sí, señor; este nuevo servicio espero de usted con entera confianza, bien persuadido de que usted no es capaz de desconocer la justicia y la necesidad con que lo exijo. Usted va a interesarse con el Libertador por un hombre que ha empleado toda la mitad de su vida en servir a Colombia, que se ha acarreado infortunios por servir a su patria, consecuente con sus principios, leal a sus promesas y constante en hablar —en todas circunstancias— un mismo lenguaje; que no ha sido conspirador ni sedicioso, y que, además, ha tenido la generosidad, o si quiere, ha cumplido con el deber de salvar la vida al general Bolívar. Al hacerme usted un servicio tan señalado, sirve también a nuestro país, pues contribuye a salvar el honor, la buena fe y la moral del gobierno, comprometidos altamente en llevar a efecto mi destierro, ya publicado y anunciado con solemnidad al mundo culto. ¡Cuántos motivos para que un hombre de sus circunstancias admita y desempeñe eficazmente la súplica de un colombiano desgraciado! No me quejaré de los padecimientos que sufro aquí porque usted sabe lo que puede ser un encierro en una fortaleza; diré solamente que el gobierno se hace un perjuicio conservándome aquí, porque, o manifiesta que su sistema es débil, una vez que me teme, o que yo soy muy poderoso, y ambas cosas, lejos de contribuir a la estabilidad de la República, contribuyen a mantener los ánimos inquietos y discordes. Si me hubiera ido para Europa desde diciembre, nadie se acordaría ya de mí, en vez de que estando preso en esta fortaleza, a despecho de una providencia contraria, solemnemente publicada en la Gaceta, me atraigo las miradas de todo el mundo.

   Usted es demasiado perspicaz para pesar las consecuencias.

   No quiero hablar de mi proceso ni de la injusta sentencia pronunciada por el tribunal de la comandancia general. Baste decir que me pareció que se representaba la escena de Ambrosio Lamela y Gil Blas, cuando procesaron por judío a Simón Manuel. Mi conciencia y el mismo proceso testifican que no he sido agente ni cómplice de la conjuración del 25 de septiembre en Bogotá, y esto basta para que algún día se me haga alguna justicia. Yo no pretendo vivir en Colombia, ni volver a figurar en ella; quiero sólo irme lejos de este país, a vivir tranquilo y sosegado, bendiciendo a la Providencia que me ha salvado, y a los hombres que han sido sus instrumentos. Cuando yo supe que el Libertador había conmutado la injusta sentencia pronunciada contra mí, en destierro y privación de empleo, dije entre mí: vaya, el general Bolívar puede decir como Tito, que no ha perdido este día, porque él salva la vida a un hombre y a un antiguo, fiel y constante servidor de la patria; pero después que me veo aquí preso, he exclamado: la obra del general Bolívar se ha desperfeccionado, o más castellanamente, ha quedado incompleta.

   Pero, ¿deberé yo esperar que ella permanezca, casi con detrimento mío y deshonra del jefe de Colombia y de Colombia misma? No, no debo esperarlo, ya porque hay de por medio motivos de mucho peso para que se lleve a efecto mi destierro, y ya porque interpongo la amistad y respetos de usted.

   No quiero ser más molesto ni abusar del permiso que se me ha concedido de escribir. Lo dicho basta para interesar un corazón tan próvido, tan humano y tan caballero como el de usted. Pero permítame que desahogue en conclusión los sentimientos colombianos de que está poseído mi corazón; porque yo soy siempre colombiano, al través de todas las desgracias imaginables. Permítame que le diga lo que un elocuente escritor del siglo nos ha dirigido, y se lo diga a usted, que por sus luces, genio y servicios debe ocupar un lugar distinguido en nuestra patria:

   ¡Oh legisladores americanos —dice—, legisladores de un continente recién liberado, haced leyes para los ciudadanos y no para el poder; para corregir, y no para castigar! Seguid o imitad a Seleuco y no a Dracón. No olvidéis que la crueldad de los castigos ni inspira más terror a los súbditos, ni da más seguridad a los gobiernos. Que los crímenes de los estados despóticos no sean lecciones perdidas para vosotros, como lo han sido para los legisladores europeos. Acordaos que sois hombres, y que vuestras leyes tendrán que responder del destino de los otros hombres.

   Perdone usted este exceso de franqueza, y atribuyala al anhelo ardiente que me devora por la felicidad de los colombianos. Perdone también que le dé la molestia de la comisión que tan encarecidamente le encargo, molestia honrosa, y de muy gran precio a los ojos de la humanidad y de la filosofía, si usted, como no lo dudo, llega a obtener un feliz resultado.

   Deseo a usted felicidad en unión de su señora y del señor Mosquerita.

   El nombre de usted estará siempre en la memoria y en el corazón de su reconocido amigo y muy obsecuente humilde servidor, que besa su mano,

Francisco de Paula Santander1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio, Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 149-152.

NOTA
1 Cordovez Moure, José María. Reminiscencias... Aguilar, Madrid 1957, pp. 762-763.

32
AL SEÑOR GENERAL JEFE SUPERIOR. 1829 (7/2)

Castillo de San José de Bocachica, febrero 7 de 1829

   Señor general:

   F. P. Santander, colombiano de nacimiento, a vuestra excelencia respetuosamente hago presente: que se me ha comunicado la superior resolución de su excelencia el Libertador a mi primera representación en que supliqué se llevase a efecto mi destierro de Colombia, en la cual su excelencia ha dicho que no tenía a bien acceder a mi súplica. Está pendiente todavía la segunda representación que le dirigí concluyendo con la misma petición, fundada en razones de justicia, de equidad, de honor y de conveniencia, que a mi parecer eran poderosas pero que quizá tampoco surtirán efecto alguno en el ánimo del gobierno, porque es probable que mi mala fortuna no haya agotado todavía el manantial de sus adversidades. No me es lícito penetrar en el santuario del gobierno ni indagar los fundamentos de esta inesperada detención a que estoy sometido dos meses ha; bástame sufrir sus efectos y someterme con resignación, aunque siempre revestido del derecho imprescriptible de buscar el alivio y el consuelo. Por esta razón, y temiendo que mi detención se prolongue demasiado, con peligro evidente de mi vida, me atrevo a elevar a vuestra excelencia este memorial en que pido se me concedan los alivios que voy a expresar.

   La distancia a que estoy colocado de esa plaza, depósito de los recursos más necesarios para la vida, la próxima partida de mi hermano político el coronel Briceño para su casa, una vez que se demora mi viaje, la aproximación de las aguas, la insalubridad de estas fortalezas y mis habituales enfermedades, todo concurre a hacerme temer que mi vida está amenazada y que bien poco se hizo en salvármela de una muerte pronta y sin dolores, si la he de perder acosado de penas, aflicciones y angustias. Agrégase a esto que hace cuatro días que no me desampara una calentura, y que casi no hay semana en que no esté acometido del dolor cólico. Dejo a la humana consideración de vuestra excelencia contemplar cuál es mi situación, y hacerme la justicia de considerar con cuánta razón imploro, la indulgencia y benignidad del gobierno supremo y de vuestra excelencia mismo, que ya ha dado pruebas de ello. Mi súplica, pues, en vista de los antecedentes que quedan indicados y en el supuesto de que el Libertador presidente todavía no tenga a bien permitirme salir de Colombia a cumplir mi condena, se reduce a que se me traslade a otro puesto más inmediato a la plaza, desde donde pueda ocurrir prontamente por los recursos correspondientes en cualquier lance, y donde pueda mejorar en salubridad y medios de vivir. No temo que falte algún otro lugar en donde, aplicada la vigilancia conveniente respecto a la seguridad de mi persona, goce de salud, de otros recursos para vivir con menos penas y del consuelo de un médico en mis enfermedades. A mi imaginación se presenta la concesión de esta súplica enteramente compatible y conciliable con cualquiera que sea el objeto de mi detención bajo una severa custodia, y no puedo creer que el gobierno supremo, ese mismo gobierno que me salvó la vida y mis bienes y que provocó la venida de mi cuñado para acompañarme hasta Cartagena, tenga algún placer en verme, no sólo infamado y preso, sino sujeto a una porción de privaciones rigurosas y perjudiciales a mi salud. Absolutamente tengo una idea muy distinta de las intenciones del gobierno, y es apoyado en ella como me he atrevido a hacer ésta y mis anteriores representaciones.

   En consecuencia, señor general, sin pretender que se disminuya la seguridad con que se me custodia, ni que se alce la incomunicación, suplico solamente que se me cambie el lugar de la detención acercándoseme a una plaza con el fin y objeto que he expuesto, todos fundados en justicia, equidad y razón. En otro lugar quedo conforme con gozar de las pocas concesiones de que gozo aquí bajo la vigilancia prudente y avizorada de este señor comandante, y con someterme a las restricciones que sufro hasta que llegue el día de una mejor fortuna, o más bien de una suerte menos adversa.

   No dudo conseguir de vuestra señoría la demanda que tengo hecha; pero si por desgracia no estuviere al alcance de sus facultades cambiar este lugar, suplico a vuestra señoría se sirva elevar mi representación a la autoridad correspondiente con el informe del caso, que me prometo sea favorable a mis deseos. En ello, señor general, cumplirá vuestra excelencia con un acto de humanidad con un antiguo y siempre leal servidor de su patria, que ciertamente desmerece la suerte que le ha cabido en las disensiones intestinas. Y si acaso el gobierno tampoco tuviere por conveniente concederme esta súplica, entonces redoblaremos el esfuerzo para sobrellevar con fortaleza los acerbos golpes del destino, dejando a la imparcial posteridad el juicio de todos estos sucesos.

   Señor general,

Francisco de Paula Santander

   Adición. Permítame vuestra excelencia agregar, como prueba de la insalubridad de estas fortalezas, el que de dos meses a esta parte se han enfermado cuatro comandantes y dos o tres oficiales de las tropas largo tiempo acantonadas en Cartagena. ¿Qué puedo esperar yo?

   Vale,

Francisco de Paula Santander1

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2746, v. 8, pp. 7-9.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Nacional. Secretaria de Guerra y Marina, t. 1452, folio 379.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 145-147.

NOTA
1 Al margen dice: "Turbaco, febrero 10 de 1829. Habiendo recibido la prefectura general orden del gobierno para trasladar a otro lugar al que representa, hágasele entender que se cumplirá dicha orden cuanto más antes sea posible, y entonces quedarán satisfechos sus deseos. Montilla", febrero 12. Cumplido.

33
AL SEÑOR FRANCISCO DE PAULA SANTANDER. 1829 (17/2)

Comandancia de las fortalezas de San José de Bocachica, febrero 17 de 1829

   En oficio fecha 14 del corriente, número 126, el señor coronel jefe del estado mayor departamental me dice lo siguiente:

   A una representación dirigida al señor general prefecto general del distrito por el preso Francisco de Paula Santander, ha recaído, el 10 del corriente, la siguiente resolución:

   Habiendo recibido la prefectura general orden del gobierno para trasladar a otro punto al que representa, hágasele entender que se cumplirá dicha orden cuanto más antes sea posible, y entonces quedarán satisfechos sus deseos.

Montilla

   Yo lo transcribo a usted para su inteligencia y fines convenientes. Dios guarde a usted,

D. Egan1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 147-148.

NOTA
1 Archivo Santander, v. 13, p. 105.

34
AL COMANDANTE DE BOCACHICA. 1829 (18/2)

Cartagena, febrero 18 de 1829

A. E. M. D.

   Dentro de pocos días debe regresar a Bogotá el señor coronel José María Briceño, y en atención a que en la ausencia de este señor queda el preso señor Santander sin una persona que le proporcione los auxilios que necesita para su subsistencia, dispone el señor prefecto general que el joven González, que acompaña en su prisión al señor Santander, pueda venir una vez cada semana a esta plaza con el indicado objeto, debiéndose presentar a esta oficina cada vez que llegue. Y lo comunico a usted para su cumplimiento.

   Dios guarde a usted,

P. Rodríguez

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 148.


35
AL SEÑOR FRANCISCO DE PAULA SANTANDER. 1829 (25/2)

Cartagena, febrero 25 de 1829

   Muy señor mío:

   La representación que usted me ha acompañado para el Libertador, seguirá por el correo de hoy directamente a su cuartel general, y comunicaré a usted su resultado luego que llegue a mis manos.

   Deseo que usted obtenga una resolución favorable, y que se conserve con tranquilidad en su desgraciada prisión.

   Besa la mano de usted su atento servidor,

M. Montilla

   Señor Francisco de Paula Santander.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 157.

36
AL BENEMERITO SEÑOR GENERAL MARIANO MONTILLA. 1829 (26/2)

Bocachica, febrero 26 de 1829

   Señor general:

   Doy a usted muy profundas gracias por la dirección de mi tercera representación al cuartel general libertador y por sus nobles deseos en favor de su resultado.

   Permítame usted aprovecharme de esta favorable coyuntura para decirle que mi cuñado me ha lisonjeado anunciándome que usted había prometido acercarme a esa plaza. Aquí sufro mil penalidades por la distancia, y porque no se pasa semana en que no esté, o retentado el cólico, o con calentura. Ayer no más he tenido todo el día fiebre. Esta distancia es lo que más me incomoda; todo lo demás es llevadero. La incomunicación para mí es útil; aunque se alzase, yo suplicaría para que subsistiese, pues no desconozco lo delicado de las circunstancias. Si depende, pues, de usted prestarme este alivio, ¿deberé creer que me lo negará?

   Estas mismas circunstancias me han obligado a escribir a usted quizás con impertinencia; mas debo confiar en que usted disimule, pues sufro lo que nunca me prometí sufrir. Si algún día quisiere Dios llevarme lejos de Colombia, y pudiere escribir con libertad sin que pueda sufrir mi carácter, usted sabrá cuáles han sido y son ahora mis sentimientos respecto de usted.

   Con muy distinguida consideración soy de usted, señor general, humilde, obediente servidor, que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compialdor. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta No. 2748, v. 8, pp. 14-55.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, pp. 106-107.
OTRAS EDICIONES:
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 158.

37
AL SEÑOR JUAN MANUEL ARRUBLA. 1829 (7/3)

Bocachica, marzo 7 de 1829

   Amigo mío:

   Nada de nuevo hay en mi situación; todavía no sé cuándo se verificará este viaje a Venezuela, que tanto me hace pensar, y nunca de un mismo modo. ¿Sabe usted en qué se diferencia este viaje mío al de Temístocles a la corte de Artajerjes? En que el mío no es voluntario como lo fue el del famoso ateniense. Y ojalá que se parezca en todo lo demás, principalmente en la generosidad desplegada por el rey persa hacia un enemigo suyo.

   No estoy bueno. He pasado fiebres, ataques ligeros de cólico e irritaciones; me quedan dolores de reumatismo provenientes de la humedad. ¿Hasta cuándo durarán mis penas actuales de prisión? ¿Cuándo querrá el Libertador ponerles término? Lo que yo he sufrido en esta ocasión ha sido todo muy singular, porque había en contra un solemne decreto del Libertador presidente a cuya ejecución se ha faltado sin que de mi parte haya dado motivo para ello. Bien hayan los que recibieron sus indultos de manos de los españoles, y no los molestaron más.

   Recomiendo a usted las adjuntas cartas. No sé si usted habrá recibido diferentes cartas mías, que se han dirigido por conducto del general Montilla. En una de ellas le hablé largamente sobre la pretensión del colorado Morales a quitarme la hacienda con no sé qué aparentes derechos.

   Saludo a nuestro Manuel con todo el afecto de mi corazón, y hago mis respetuosos cumplidos a mi señora Ignacita. Saludo también a J. M. Montoya, Carrasco, Mosquera, etc. No me olviden ustedes. Si el gobierno no quiere quedarse con Hatogrande con todos sus gravámenes a trueque de que me liberte de estas prisiones dentro de fortalezas y me deje salir fuera de Colombia, ofrézcala usted formalmente en mi nombre. Nada quiero aquí. En cualquier país extranjero no faltará quien me dé de comer sirviéndole como yo puedo todavía servir. Pediré limosna si fuere menester, porque yo nada tengo fuera de mi hacienda, y presentaré el espectáculo de perecer de miseria habiendo servido 19 años a mi país, contribuido a darle existencia política, y hecho la fortuna de muchos colombianos.

   Soy de usted siempre e invariablemente su mejor y más fino amigo que besa su mano,

Francisco de Paula Santander1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 160-161.

NOTA
1 Academia Colombiana de Historia. Original en el archivo.

38
AL SEÑOR LUIS A. BARALT. 1829 (20/3)

Bocachica, marzo 20 de 1829

   Muy apreciado y distinguido señor mío:

   Cansado de sufrir esta prisión, enfermo de consideración y rodeado de privaciones, me resuelvo a escribir a usted para suplicarle interponga sus respetos para con el Libertador para conseguir mi salida fuera de este país, según lo decretó su excelencia mismo. Cuatro meses ha que padezco esta prisión sin haber sido condenado a ella, y me atrevo a decir que sin merecerla. Se me detuvo por el miserable suceso de Obando en Popayán, y ya que se ha terminado aquella insurrección, ¿por qué razón se me continúa haciendo sufrir? Interesada la buena fe y el honor del gobierno, comprometida solemnemente la palabra del Libertador en mi expatriación, nada ha sido suficiente para libertarme de esta rigurosa pena que ha aumentado mis males a un grado ya peligroso e insoportable. Por criminal que fuera yo tan realmente como se me ha imputado, creo que mis largos servicios a Colombia, los gloriosos sucesos que yo he contribuido a atraerle, mi representación pública y otras consideraciones de no menos peso, merecían más indulgencia y el cumplimiento de mi destierro. No sé por qué fatalidad he sido menos afortunado que tantos otros a quienes generosamente se les ha permitido en casos como el mío abandonar su país y vivir en tierra extraña. Llenaría este pliego si hubiera de citarlos, y además ofendería los conocimientos de usted. ¿Causará todavía celos y desconfianzas mi vivienda en un país extranjero? ¿No se ha satisfecho aún la saña de mis perseguidores o, si se quiere, la justicia pública en todo lo que se me ha hecho padecer con háberseme convertido en menos que extranjero y obligado a solicitar el abandono de mi amada familia, de mis amigos y de cuanto hay de caro para mí en esta tierra? ¡Ah!, señor Baralt, que todo esto importa algo para quien cuenta 19 años de servicios muy desinteresados. ¡Quién hubiera vivido y delinquido bajo el magnánimo favorecedor del conspirador Cinna!

   No puedo persuadirme de que yo sea delincuente porque ninguno lo puede ser sin tener ánimo deliberado de infringir la ley que ha convertido en delito una acción, y yo no lo he tenido para quebrantar la de conspiradores. Sin embargo, sufro y padezco como criminal, y estoy próximo a ser llevado a Venezuela a ser entregado en manos de mis más encarnizados enemigos. ¿Se me enviará a Venezuela por aliviarme y hacerme favor? Y esto sufre el libertador del Libertador de Colombia, el que tuvo en sus manos la vida del general Bolívar y se la salvó por un deber de honor, por patriotismo, por generosidad. ¡Qué retribución! ¡Salvarme la vida el 12 de noviembre para hacérmela odiosa con nuevas penas y padecimientos! Una acción generosa de Camilo le puso en su poder la ciudad que no había podido tomar por la fuerza. El rey del Epiro hizo la paz con sus enemigos, movido por la generosidad y honradez de otro romano no menos virtuoso. Y sólo el ex vicepresidente de Colombia, uno de sus más antiguos y más fieles servidores, sufre prisiones y privaciones, habiendo sido honrado y generoso con la vida del general Bolívar.

   Cuando me he resuelto a escribir a usted, lo he hecho considerando que escribo e intereso en mi suerte a un abogado de la humanidad, a un colombiano verdaderamente modesto y desinteresado, a un hombre a quien he llamado y procurado mostrarle que en mi prosperidad he sido su amigo; consideraciones todas que me hacen concebir la idea de que usted tomará con nuevo interés la libertad de un desgraciado patriota. Yo no pido honores, empleos, ni aun el que se me deje vivir en mi patria; pido y solicito solamente que se me deje ir fuera de ella a vivir de cualquier modo con alguna quietud, y ya que no con derechos políticos, siquiera con el goce de mi libertad natural. Una solicitud tan económica se concede en mis circunstancias al más grande criminal; la cualidad de fundador de la República, quiero decir, de ser uno de sus fundadores y de haberla gobernado alternando con los mayores potentados del mundo culto, habría valido su libertad a cualquier otro que a mí. Cuento, pues, con que usted va a tomar bajo su patrocinio mi libertad con todo el interés que demanda un asunto tan importante para mí, para el honor de Colombia y del gobierno, para la reputación del Libertador y para la satisfacción de usted mismo. Poniendo mi suerte en manos de usted, debo prometerme que usted conseguirá hacer cesar mis padecimientos.

   Dispense esta nueva solicitud. Cuatro meses de sufrimientos corporales y morales me han puesto ya la pluma en las manos para hacer a usted la súplica que acabo de expresar, súplica que dirigiéndose a un caballero y con el objeto de obtener el cumplimiento de un decreto del jefe de la nación, nada tiene de irregular ni de deshonrosa. Deseo siempre a usted prosperidades; deseo que usted viva persuadido de mi profundo reconocimiento a sus servicios, y deseo, en fin, que acepte la distinguida consideración con que soy su más fino apreciador, obediente servidor que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2751, pp. 18-20.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Restrepo, t. 3, Correspondencia política y privada.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 164-166.

39
AL SEÑOR PRESIDENTE Y SEÑORES DE LOS CONSEJOS DE MINISTROS Y DEL ESTADO. 1829 (1/4)

San José de Bocachica, abril 1° de 1829

   Señores:

   Un colombiano, un patriota tan antiguo como la misma patria, se atreve a alzar su voz y enderezarla a vosotros para interesaros en sus desgracias. No intento elevar queja de ninguna especie, ni pediros empleo, ni honores; solicito solamente que interpongáis vuestra representación y vuestros servicios ante el Libertador presidente para que me conceda, en cumplimiento de su decreto de 12 de noviembre último, el triste consuelo de abandonar el país embarcándome para Europa.

   Cuatro meses cuento hoy de estar hundido en esta insalubre fortaleza, sujeto a todas las privaciones de una rigurosa prisión, sin saber cuál es la causa para esta nueva y dura pena. El Libertador, guiado por sentimientos nobles y humanos, me condenó a destierro fuera del país en consecuencia de la conjuración de 25 de septiembre, y hoy me veo encerrado en una pieza dentro de un castillo cuya insalubridad aviva la peligrosa y habitual gastritis que ha siete años me persigue de muerte. Esta enfermedad, las fiebres endémicas, los groseros alimentos de que tengo que servirme, las privaciones que sufro, todo me constituye víctima de esta mansión, y me hace amarga la vida que se me ha querido conservar. ¿Habrá alguno de entre vosotros que no sienta conmovidas las entrañas al considerar lo que experimenta en Bocachica un patriota que, en el largo de 18 años, no ha robado al servicio de su patria ni un solo día?

   Señores, mis padecimientos ya tocan en los límites de la inhumanidad. Por más delincuente que fuera, mis enfermedades y mis servicios, creo yo que demandan indulgencia y consideración. ¿En qué país del mundo al que yo hubiera contribuido a darle existencia política, sirviéndole siempre con fidelidad y constancia en sus prosperidades y en sus contratiempos, no habría merecido un pasaporte por grande que fuera mi crimen? Aun en la edad de la barbarie, la historia nos suministra estos rasgos de humanidad y clemencia con los verdaderos conspiradores. Vosotros lo sabéis. Vosotros habéis visto a Berenguer I de Italia y a Enrique IV de Inglaterra, entre otros, usando de esta generosidad con Flambert y Douglas. La historia moderna abunda en estos ejemplos en que la filosofía y la humanidad se recrean. ¿Y seré yo menos dichoso en el siglo denominado de las luces, bajo el gobierno del que lleva un título que anuncia magnanimidad, y cuando me resuelvo a pedir la interposición de los que son testigos fieles de mis servicios y de la rectitud de mis intenciones en todo el tiempo de mi administración? ¿Y lo seré, permitidme decirlo con franqueza, cuando no he pertenecido a la conspiración del 25 de septiembre?

   No os sorprendáis, señores, de oírme afirmar que yo no soy cómplice en semejante suceso. No lo soy y de ello pongo por testigo al Dios de los cristianos, que penetra el fondo de nuestros corazones, y al proceso que se me instruyó. ¿Hubo algún testigo que declarara que yo había proyectado o aconsejado la conjuración del 25 de septiembre? ¿No hubo quien dijera que yo la había patrocinado, calculado o ejecutado? Tampoco. ¿Hubo quien afirmara que hubiese yo asistido a sus juntas, o sabido que existían, o que siquiera tuviese noticia de la del mismo día de la conjuración? De modo alguno. Por el contrario, hay testigos que depusieron que el proyecto se concibió sin ningún conocimiento de mi parte; que cuando con el designio de sondearme se me hicieron algunas indicaciones en el particular, lo desaprobé rotundamente y procuré desbaratarlo. Que con este conocimiento no se quiso hacerme saber lo que convinieron los conjurados de la noche del 25, de miedo de que me opusiera y frustrara el golpe; que se me hizo creer que el proyecto se había ya enfriado; y que habiendo sabido por una feliz casualidad el premeditado designio de asesinar al Libertador, le había salvado la vida. Estas declaraciones, junto con todas las demás circunstancias que produce el proceso, son las que me han arrancado la aserción de que no he sido conspirador. Y si alguna culpa me ha cabido por cualquier otro capítulo, bastantes y quizás excesivas han sido las penas de destitución, pérdida de mis derechos políticos, prohibición de disponer libremente de mis bienes raíces, destierro indefinido del territorio de la República, difamación, escarnio, y de adición cuatro meses de encierro en Bocachica y dos en un cuartel en Bogotá. No quiero hablar de la especie de juicio a que se me sujetó, de las leyes a que se apeló para juzgarme y condenarme, ni de varias omisiones sustanciales que de intento se hicieron, porque, como lo he asegurado, no tengo ánimo de formar la menor queja contra lo que me ha sucedido. Triste y penosa ha sido la conclusión de mi carrera política, pero no ignominiosa. Yo no soy reo del crimen que se me imputa. Se ha dicho que mi detención ha provenido de los sucesos de un levantamiento en Popayán. Sea así en efecto. ¿Pero no hacía un mes que el gobierno lo sabía cuando decretó mi destierro? ¿Se ha encontrado posteriormente alguna prueba que me constituya cómplice? Nota al margen: los conjurados de Popayán obtuvieron una amnistía en marzo de 1829, y Santander ha seguido preso. La guerra del Perú se concluyó y la prisión de Santander ha continuado. No puede haberla porque nunca existió en mi pecho el deseo de amancillarme emprendiendo una revolución. Desde que fue demolido el edificio constitucional, yo me creí honrado de haber sido envuelto en sus ruinas y nada más quedaba a qué aspirar. Pero el bien público, se dirá, la tranquilidad del país exigen mi encierro en Bocachica, o en alguna otra fortaleza de Venezuela. Olvidemos los crímenes cometidos en nombre del bien público y bajo la mentida apariencia de la conservación de la quietud interior. Yo os pregunto, señores, a vosotros que sabéis la historia de Colombia y que habéis sido testigos oculares de mi conducta, ¿cuál es el pueblo que yo he revuelto? ¿Cuál la provincia que he insurreccionado? ¿Cuál el cuerpo de tropas que he seducido y obligado a rebelarse? Cítense, para comprobarme que mi salida de Colombia para Europa, y mi residencia allá, pueden turbar la quietud pública, esta quietud fundada sobre el amor y confianza que toda la República ha manifestado al Libertador, sobre la reforma del antiguo sistema a quien se atribuyen las desgracias pasadas, sobre las virtudes del ejército y del pueblo, sobre la justicia y bondad del nuevo régimen, y sobre el odio y el escarnio de que soy víctima. Sería preciso, para que yo trastornase este bello estado de tranquilidad, tener la omnipotencia que los poetas han atribuido a Júpiter y además el deseo de emplearla. Desengañémonos; mi permanencia en las prisiones de las plazas marítimas sólo puede ser útil para deshon rar a Colombia, la buena fe del gobierno y la humanidad, y para atormentar a mi desgraciada familia y a mí mismo.

   Séame lícito recordar a los que de entre vosotros tuvieron la infelicidad de caer bajo el poder de los pacificadores de Morillo, las agonías, que padecisteis en los calabozos y las amarguras de que os acompañaron la vida. ¡Cuántas veces no preferiríais la muerte a estos crueles padecimientos! ¡Con qué expresiones no habríais implorado el alivio de vuestras penas, si los dominadores hubieran sido accesibles al ruego y a la súplica! Pero acordaos también de que los que fueron bien afortunados para alcanzar un indulto o un pasaporte gozaron tranquilos de estos favores, sin que ni los triunfos de nuestras armas ni los desastres de las de ellos hubieran hecho cambiar su resolución a los jefes españoles. ¿Y no podré yo aguardar igual buena fe llevándose a efecto el destierro que una vez impusiera el Libertador con vuestro dictamen y consejo? ¡Yo, que puedo gloriarme y me glorío, en medio de mis penas en esta mansión de desgracias, de haber hecho por Colombia todo cuanto me permitieron mis fuerzas y me dictaron mi patriotismo, mis deberes, mis promesas y mis principios!

   Señores ministros de los consejos: al implorar vuestra interposición para con su excelencia el Libertador, tengo la confianza de que no despreciaréis mi súplica. Si es indubitable que un nuevo régimen no se establece ni consolida sino sobre la justicia, la moderación y la buena fe, yo imploro estas benéficas virtudes; justicia para oír la exclamación de un viejo colombiano agobiado de padecimientos; moderación en ser indulgentes con hombres que si delinquieron, mil circunstancias atenúan sus faltas, y buena fe en fin, en cumplir religiosamente la solemne palabra del gobierno consignada en el citado decreto de 12 de noviembre. Os pido vuestra interposición para obtener mi pasaporte para Europa con todas cuantas nuevas garantías quieran exigírseme. Os la pido ya que no por mis largos servicios a nuestra común patria, ni por sentimientos de humanidad para con un hombre enfermo, siquiera porque he salvado la vida del general Bolívar, de cuyas manos pende la suerte de Colombia. Si un rey del Epiro soltó las armas de la mano y abrazó al pueblo de Roma conmovido de agradecimiento por la acción generosa de uno de sus más virtuosos generales, que le salvó la vida; si una ciudad resistida a someterse a las águilas romanas abrió sus puertas al cónsul generoso que desechó para rendirla una acción vil y pérfida, ¿no deberé esperar que como libertador del Libertador de Colombia merezca la interposición eficaz de los que fueron mis conciudadanos, mis compañeros y mis amigos? La espero con entera confianza, y espero también que el mismo Libertador, conducido por sentimientos de equidad y clemencia, la reciba benigno y decrete en consecuencia mi libertad. Yo juro aquí, y delante de Dios que ha de tomarnos cuenta de los perjurios, que saliendo de Colombia para vivir lejos de sus riberas, no volveré a pisarlas sino con conocimiento del gobierno, ni tendré parte en sus negocios. El juramento de un hombre que ha sabido cumplir cuantos ha prestado arriesgando sus comodidades, sus intereses, su tranquilidad, su vida y su honor, es una garantía completa.

   San José de Bocachica, abril 1° de 1829.

Francisco de Paula Santander1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 172-176.

NOTA
1 Documento hasta hoy inédito. Copiado de los apuntamientos autógrafos del general Santander en uno de los libros que leyó en la prisión de Bocachica.

40
AL SEÑOR JUAN MANUEL ARRUBLA. 1829 (23/4)

Bocachica, abril 23 de 1829

   Mi apreciadísimo amigo:

   Sé que Briceño tuvo carta de usted para mí, de fecha 7 del corriente, en que nada ha podido usted comunicarme favorable a mi presente situación, pues no ha recibido el resultado de la representación que dirigió al Libertador. Sea todo enhorabuena. La paz del sur hasta ahora no me ha producido el menor alivio. Subsisto en el mismo estado, bajo todos respectos, que cuando el ejército peruano avanzaba hacia nuestros departamentos meridionales y Obando se hacía firme en los riscos de Pasto. Tal vez el cúmulo de negocios públicos de que han de haberse visto rodeadas las autoridades en estas circunstancias no les habrá dado lugar para pensar en mí. Yo soy ahora la última cosa que puede merecer atención al gobierno. Esperemos que acaso todo esto que sufro se hará por mi propio bien. Al menos era el consuelo que le daba el verdugo al hijo de Felipe II cuando estaba subiendo al cadalso. Mis enfermedades son las que me atormentan, porque contra un dolor al vientre no hay filosofía que valga; lo que yo sé que es bueno en tales casos es un médico, un buen alimento y una buena habitación.

   Del viaje a Venezuela no se me ha vuelto a hablar. Insisto en el propósito de no ir, si es que puedo libremente disponer en el particular. Pasar una incómoda navegación, exponerme a una grave enfermedad en ella sólo para cambiar de prisión es una necedad que toca en locura. Aquí en esta provincia estoy bien; ya conozco mis custodios, las leyes restrictivas, el temperamento y la distancia de Bogotá. El jefe del distrito llena sus deberes y sus órdenes hacia mí, sin que se me prive de las cosas indispensables. Aténgome siempre, siempre a lo ya conocido.

   Sé que mi negrito Félix está con usted. Este negro es muy vagamundo, aunque muy fiel. Quisiera que usted lo sujetara a trabajar en un oficio, v.g., zapatero. Así aprenderá algo útil y no le será molesto a usted. Hágame pues el favor de ponerlo con toda formalidad en un taller. Si el general Ibarra está en ésa y quisiera llevárselo, entrégueselo.

   Parece que nuestro Mosquera (Joaquín) me ha contestado la carta que le envié suplicándole interpusiera su valimiento para conseguir mi libertad. No he visto todavía la carta, porque se descuidó Briceño en traerla con el debido permiso; pero él me ha asegurado que está muy amistosa, muy patética y muy lisonjera a mi pretensión. No he dudado jamás de la amistad de este señor, ni de que un caballero como él en toda la extensión de la palabra, dejara de portarse ahora conmigo decentemente y según su carácter. Mis principales perseguidores son los que todavía están temiendo que yo pueda hacerles mal tercio en la consecución de los empleos a que aspiran. El que me cree ya fuera de todo riesgo de ser algo en este país, no tiene el menor interés en que subsista preso indefinidamente en estas fortalezas.

   Saludo afectuosamente a nuestro Manuel y a su señora (cuyos pies beso). Saludo también a los amigos que lo sean verdaderamente y al cejijunto mil cosas por sus ofertas generosas y amigables. Deseo que se hayan divertido ustedes en las fiestas destinadas a celebrar los sucesos del sur. En verdad que una paz interior y exterior no tiene festividades con qué celebrarse, porque no hay un bien igual al de la paz. ¡Ojalá que ella extienda en esta vez sus beneficencias a este prisionero de Bocachica! En la prisión y fuera de ella y en toda ocasión puede usted vivir bien seguro del verdadero afecto de su amigo y servidor,

Francisco de Paula Santander1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 176-177.

NOTA
1 Cortesía del doctor Guillermo Hernández de Alba. Inédita.

41
AL SEÑOR MONTILLA, PREFECTO DEL DISTRITO. 1829 (29/4)

Bocachica, abril 29 de 1829

   Señor general:

   La paz interior y exterior con que la providencia ha coronado los esfuerzos del gobierno, debe haber empezado a mejorar la suerte de todos los colombianos, menos la mía. Por todas partes han de sentirse ya los benéficos efectos de tan venturoso estado, menos en esta mansión de desgracias. Los conjurados del sur y los enemigos externos han participado de la clemencia y consideración del jefe de la República, y sólo yo permanezco agobiado de padecimientos y privaciones en esta insalubre fortaleza. ¡Qué grande, qué enormes deben ser las ofensas que yo habré hecho cuando no he merecido ni el que se cumpla religiosamente el decreto de destierro que dictó el gobierno!

   Se me detuvo aquí hace el de cinco meses porque los primeros sucesos de un levantamiento en Popayán causaron temores al gobierno; se ha concluido ya absolutamente aquel partido refractario y yo continúo detenido, sujeto a las mismas anteriores perturbaciones. La guerra del Perú se ha terminado en bien de Colombia y mi encierro en nada disminuye la severidad. Hombres que según la voz pública estuvieron en la conspiración del 25 de septiembre con las armas en la mano atacando al gobierno, han logrado salir de Colombia a virtud de una promesa del Libertador; y yo, que por confesión del mismo gobierno no me hallé en aquella empresa y salvé la vida a su excelencia, subsisto hundido en esta malsana habitación a despecho de un decreto del mismo Libertador solemnemente pronunciado, y solemnemente publicado en la Gaceta. ¿Tendré razón para lamentarme de mi fatal destino? ¿Deberé creer que hay contra mí una funesta prevención?

   Hace dos meses que he representado el mal estado de mi salud, el riesgo de ser acometido de una grave enfermedad. El acceso habitual que padezco de una peligrosa gastritis, la falta de recursos en un caso repentino, la insalubridad del castillo, y la excesiva humedad de mi habitación. El médico que usted tuvo la bondad de enviar a hacer los respectivos reconocimientos, ha convenido en que mi relato es exacto y muy fundados mis temores. Sin embargo, todavía estoy aquí recargado de mayores dolores, esperando diariamente un ataque serio y peligroso, y rogando a Dios que no se prolongue la estación de las lluvias, que tantas fiebres produce en este sitio. Mi salud se arruina insensiblemente, y mi estómago, recargado de purgantes, pociones aceitosas, difícilmente digiere aun los más delicados alimentos. Es forzoso un medio, una curación formal, una habitación menos húmeda, un paraje donde se puedan conseguir mejores comestibles.

   Hago a vuestra señoría esta narración porque ni el gobierno ni la nación de que ha recibido su comisión, pueden tener el placer de hacerme sufrir inhumanamente crueles angustias. Confiado en que la humanidad es la virtud por excelencia de los hombres encargados de la autoridad pública, ocurro de nuevo a vuestra excelencia suplicándole se sirva aplicar algún alivio a mis penas. Y si vuestra señoría no alcanzare a aliviarlas en uso de sus facultades discrecionales y de la necesidad en que me hallo, sírvase vuestra señoría elevar este papel al gobierno residente en Bogotá. Por tarde que pueda venir cualquier remedio, siquiera tendrá remedio de mis sufrimientos el triste consuelo de no haber ocultado mi verdadero estado.

   En vano he reclamado hasta ahora el religioso cumplimiento del decreto de su excelencia el Libertador. En vano he implorado los sentimientos de humanidad y de consideración hacia quien tantos años, tantos servicios ha hecho a su patria. Yo no he sido digno de tener parte en la multitud de gracias que el gobierno ha repartido a culpables y a inocentes. Parece que el tesoro de donde han salido se ha agotado para mí. Mis faltas o si se quiere mi delito al cabo de dieciocho años de servicio, se ha estimado más grande, más feo, más horrendo, que los de aquellos que han sido favorecidos con la protección y gracias del Libertador de Colombia.

   Poco he pedido en mi desgracia: mi pasaporte para salir de este país, y ahora mi alivio de los males de que estoy agobiado en circunstancias de que por ninguna parte se descubren señales de que él pudiera comprometer la tranquilidad pública.

   Señor general: nunca un acto de humanidad mereció la censura de ningún hombre sensato. Siempre fueron y serán estimados y venerados los que alivian a los desgraciados. Vuestra señoría ha dado muestra de bondad en el periodo en que, menos cruel mi destino, me puso bajo su custodia.

   Sírvase añadir esta otra en bien de la conservación de un colombiano que no la desmerece.

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2752, v. 8, pp. 21-23.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, p. 108.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 180-181.

42
AL BENEMERITO SEÑOR CORONEL JEFE DEL ESTADO MAYOR DEPARTAMENTAL. 1829. (1/5)

Primera comandancia de la fortaleza de San José.

Mayo 1° de 1829

   Hoy me pidió el preso señor Francisco de Paula Santander, y lo facilité en los términos prevenidos, papel y demás necesario para escribir tres cartas, que reunidas me ha entregado bajo una carpeta sin sellar, rotulada al señor Juan Manuel Arrubla, de Bogotá; y que ahora remito a usted.

Dios guarde a vuestra señoría.

Joaquín Franco

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 183.

43
A SU EXCELENCIA EL GENERAL JACKSON, PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA. 1829 (19/5)

   Señor:

   Un hijo del hemisferio colombiano agobiado de padecimientos tiene el honor de dirigir su voz al ilustre americano cuyas eminentes virtudes y señalados servicios a su país han elevado a la primera magistratura. Mi ardiente amor a la libertad americana, mi fiel adhesión a las leyes fundamentales de mi patria, mi leal sumisión a los deberes que ella me impuso al encargarme de la vicepresidencia del estado, me han acarreado las persecuciones, las penas y la dura prisión que sufro en estas fortalezas. Procediéndose violentamente en el juicio que se me siguió por la conspiración de Bogotá del 25 de septiembre del año pasado, privándoseme del derecho de defenderme, omitiéndose el careo de algunos testigos conmigo, traspasándose todas las fórmulas que sirven de garantías al honor y a la vida de los asociados, y violentándose las leyes y lo más sagrado, se me condenó a la última pena y se me declaró conspirador. El presidente Bolívar, por consideraciones que no es del caso examinar, conmutó esta injusta pena, imponiéndome la de destierro de Colombia durante su voluntad. Pero con escándalo de. los hombres justos, con ultraje de la moral pública y de la buena fe del gobierno, en vez de cumplirse religiosamente aquella superior providencia, se me ha reducido a cautividad en estas fortalezas, sujetándome a rigurosas restricciones sin saber cuál es la causa de este arbitrario procedimiento, ni haberse pronunciado semejante disposición por ningún tribunal. A la sagaz y prudente penetración de vuestra excelencia no puede ocultarse que en todos estos procedimientos no obra sino el espíritu de partido, que me quiere castigar la firme oposición que por el de tres años he hecho al establecimiento de una dictadura militar sobre las ruinas de nuestras leyes fundamentales. Me atrevo a decir que en mí se han reproducido en parte, y por las mismas causas, las escenas de Barnevelo en Holanda, y de Sidney en Inglaterra.

   Señor: Al trazar este confuso bosquejo de mis actuales padecimientos sé que los negocios internos de un estado están fuera del dominio de los gobiernos extranjeros, aunque no de la opinión pública. Estoy por consiguiente muy ajeno de pretender comprometer la suprema autoridad de vuestra excelencia, ni su carácter público. Mi único objeto es primeramente hacer estas indicaciones a un ilustre defensor de las libertades y afortunado soldado contra la tiranía, en cuya opinión deseo conservar la que yo pudiera merecer por mis servicios en 18 años de guerra por su independencia, y en 7 años que ejercí el gobierno supremo. Después de esto, es mi anhelo exigir de vuestra excelencia que, por medios privados y en calidad de recomendación, se sirviera interesarse con el Libertador presidente Bolívar en favor de mi libertad con condición de salir de Colombia, según lo decretó el 12 de noviembre de 1828 el mismo presidente. Aseguro a vuestra excelencia, bajo mi palabra de honor, que no ha ocurrido otra cosa que lo que llevo referido. La recomendación privada de un hombre tan ilustre como vuestra excelencia en favor de un colombiano desgraciado que ha tenido las armas en la mano 18 años en defensa de una causa digna de la humanidad y que mereció gobernar su patria por 7 años, me parece que será eficaz, y que honrará eternamente la memoria de vuestra excelencia. La compasión y la humanidad son virtudes propias de los guerreros valerosos, de los amigos de la libertad y de los magistrados de un pueblo sabio, libre y virtuoso. Esta confianza me ha animado a buscar protección en mis desgracias en la magnanimidad de vuestra excelencia, sin que en modo alguno se invierta el orden y la dignidad que le competen. ¿Desechará vuestra excelencia mi súplica? No, no es posible que vuestra excelencia renuncie al placer de ejecutar una acción honrosa y benéfica, ni al derecho que ella le diera a que la historia diga: "El general Jackson aumentó sus títulos a la admiración del mundo filósofo abogando por la libertad de un colombiano constante amigo de la libertad política, civil y religiosa".

   Ruego a vuestra excelencia disimule el exceso de confianza que indica la dirección de esta carta, y le suplico también que se sirva conservarla en reserva porque la he escrito quebrantando la orden de que no pueda escribir a nadie. Cuando yo pueda publicar la verdadera historia de mis persecuciones y padecimientos, entonces puede vuestra excelencia hacer de este papel el uso que estime conveniente. Más antes, sería irritar las autoridades y perjudicarme, motivo por el cual no he querido que se haga imprimir una larga representación que dirigí desde aquí al Libertador presidente con fecha 13 de diciembre del año anterior, en que he refutado victoriosamente la injusta sentencia pronunciada contra mí.

   Sírvase vuestra excelencia aceptar la respetuosa y distinguida consideración de un colombiano desgraciado pero que siempre ha admirado las virtudes cívicas y militares de vuestra excelencia, y que tiene el honor de decirse su muy humilde y obediente servidor,

Francisco de Paula Santander

   Antiguo vicepresidente y general de Colombia.

   Castillo de Bocachica, 19 de mayo de 1829

   A su excelencia el general Jackson, presidente de los Estados Unidos de América1.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 184-186.

NOTA
1 Archivo Biblioteca del Congreso. Washington. Documento hasta hoy inédito.

44
AL BENEMERITO SEÑOR GENERAL MARIANO MONTILLA. 1829 (21/5)

Bocachica, mayo 21 de 1829

   Señor general:

   Faltaría a un deber grato para mí, si en vísperas de salir del territorio de su mando no le manifestase, del modo que me es permitido, mi reconocimiento por la puntualidad con que usted ha dado curso a mis representaciones al gobierno, por las atenciones y favores concedidos a mi cuñado Briceño, que han refluido en favor mío, por los pequeños alivios que me ha prestado en esta mansión de angustias, y por la seguridad que con respecto a mi vida me han dado las peculiares circunstancias del carácter personal de usted, y de la dignidad de un agente del gobierno del Libertador de Colombia. Sírvase usted aceptar este débil tributo de mi agradecimiento, que aunque nace del corazón de un hombre insignificante e infamado, es la expresión sincera de él.

   Marcharé a Venezuela, según lo dispone el gobierno, y lo haré con mejores esperanzas y mayor consuelo después de que el jefe superior de aquel distrito ha tenido la bondad de darme seguridades contra cualesquiera ultrajes, que me serían más sensibles que la misma muerte, y después también de que algunos de los principales magistrados de allí no se desdeñan de emplear sus servicios por un antiguo amigo suyo. Ruego a usted, señor general, que para comprobar en cualquier ocasión mi conducta en los seis meses que he estado preso a sus órdenes, se sirva dar a mi cuñado un certificado en que conste cuál ha sido aquélla, es decir, si he quebrantado alguna de las muchas y rigurosas restricciones que se me han impuesto, y si he dado motivo de desconfianza o sospecha a ese gobierno respecto de la tranquilidad pública y de mi reclusión. Quizá estimará usted como yo que para expedir este documento no sea preciso elevar un memorial. De lo contrario, no tengo inconveniente en hacerlo.

   He recibido hoy mi criado cocinero, de lo cual también doy las debidas gracias.

   Ya no molestaré más a usted con las impertinencias naturales a una situación infortunada. Espero que usted las disimule todas, y me crea animado de los deseos de que usted goce de prosperidades y de que contribuya con su influencia a curar radicalmente los males de ésta nuestra patria, digna por todos los títulos de una venturosa suerte. Dos únicos anhelos me quedan después de tantas desgracias: el primero la paz, la libertad y la gloría de Colombia; el segundo, conseguir mi pasaporte para ir a buscar en una tierra extranjera otra patria adoptiva.

   Con sentimientos de distinguida consideración me digo de usted, señor general, su obediente servidor que besa su mano,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2753, v. 8, pp. 23-24.
FUENTE DOCUMENTAL
   Lecuna, Vicente, compilador. Cartas de Santander. Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio, 1942, pieza 337, t. 3, pp. 161-162. Del original del Archivo de Montilla, II.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 186-187.

45
AL EXCELENTISIMO SEÑOR LIBERTADOR PRESIDENTE DE COLOMBIA. 1829 (14/6)

   Señor:

   Próximo a salir de estas bóvedas para las de Puerto Cabello, no puedo menos que clamar a vuestra excelencia por el cumplimiento de su decreto de 12 de noviembre. Recuerde vuestra excelencia que hace siete meses que sufro una rigurosa prisión a que no he sido condenado; que está comprometida la solemne palabra de vuestra excelencia en aquel decreto; que vuestra excelencia hasta ahora ha dejado incompleta la obra de su clemencia con respecto a mí; que agobiado de enfermedades y penas sufro de una manera cruel y terrible, y en fin que del 12 de noviembre a hoy, yo no he cometido la menor falta para ser castigado con una pena tan dura y severa que no estuvo en las miras de vuestra excelencia hacérmela sufrir cuando, usando de una eminente prerrogativa de la suprema autoridad, conmutó mi sentencia de muerte. "Colombia ha salido ya de las grandes crisis que la amenazaban"1.

   ¿Por qué, pues, se me hace sufrir en estas prisiones en despecho de un solemne decreto de vuestra excelencia? Cualesquiera que sean las nuevas ocurrencias que impidan a este país el goce de su completa tranquilidad, ¿es posible que yo desde Europa trastornara a Colombia y decidiera sus destinos? ¿Yo, que estoy reducido a la más completa nulidad política, que dejo en Colombia todos mis intereses en garantía, que puedo presentar fiadores respetables de mi conducta, y que carezco de poder, de influencia y de recursos? Eso sería pensar que una gota de agua puede influir en el océano. Vuestra excelencia cuenta, y con razón, para mantener la República unida, tranquila e independiente, con la justicia del pueblo y con el valor del ejército (palabras de la misma proclama); y además, debe contar con el voto de la nación, con su propia capacidad y con su fortuna. ¿Y cómo es entonces que yo, que no puedo contar sino con rencores, animosidades y enemigos, soy capaz de impedir que el pueblo sea justo y valeroso el ejército? Porque sólo temiéndose que yo desde mi destierro pudiera estragar al pueblo y al ejército, y privar a vuestra excelencia de la confianza de la nación, podría ser excusable mi larga prisión. Mas si vuestra excelencia está bien convencido de mi actual nulidad política y de lo impotente que sería cualquier esfuerzo contra el orden público, ¿por qué me continúa vuestra excelencia en el presente estado de amarguras y de penas?

   Valgan, señor, estas reflexiones para inclinar el ánimo de vuestra excelencia en favor de mi libertad. Mi continuo padecer, este cúmulo de males que la desgracia me ha preparado, no puede ser un espectáculo digno de vuestra excelencia. La justicia reclama el religioso cumplimiento del decreto de vuestra excelencia. Propio y digno es de un tan alto magistrado derramar el consuelo en los corazones doloridos, y honroso sobremanera al que lleva un título tan sublime y tan bello conceder su libertad natural a quien ha hecho a su patria 18 años de servicios, y ha sufrido ya graves y rigurosas penas. No alegaré autoridades ni citaré ejemplos para corroborar mi solicitud. A la ilustración de vuestra excelencia no puede ocultarse. La compasión ha sido siempre la gran virtud de los hombres elevados por la fortuna, y nunca un acto de humanidad dejó de merecer los aplausos de la filosofía y de la historia imparcial. ¿Sabe acaso vuestra excelencia cuántos le reservarán ellas por el benigno acto de restituirme mi libertad en cumplimiento de un decreto solemnemente expedido, y solemnemente publicado? No es difícil calcularlo. Júzguenme las pasiones como quieran en el presente siglo en que la civilización tiene tan poderoso influjo; no se me podrá negar que he sido un antiguo y fiel patriota, un constante amigo de la independencia y de la libertad, un servidor de Colombia por el de 18 años sucesivos, un magistrado de esta República que he alternado con los primeros soberanos de Europa en las relaciones internacionales, que he fomentado la cultura e instrucción del pueblo colombiano, nivelándola al progreso del espíritu público, y que he gobernado sin violar las leyes, y por consiguiente respetando los derechos de los asociados, y que fui encargado por la libre voluntad del pueblo de plantar las leyes en medio de la guerra, de las pasiones y de las cadenas. Motivos son todos éstos para que la humanidad y la filosofía reclamen en favor de mi indulgencia y mi libertad.

   Mis habituales enfermedades me tienen arruinado: el temperamento de la costa me aniquila, y estas prisiones me matan. ¿Quiso vuestra excelencia al concederme la vida, mi ruina, mi aniquilamiento y mi muerte en las fortalezas marítimas? Es imposible sospecharlo. Yo presento delante de sus ojos ese decreto de 12 de noviembre, que tantas veces he reclamado, esos 18 años de servicios que en un tiempo merecieron de vuestra excelencia gracias y admiración, las lágrimas de mi familia, las súplicas de personas bien respetables, el próspero estado de la República, mis enfermedades, mis padecimientos, todo lo interpongo en favor de mi libertad, y si desgraciadamente fueren infructuosos, yo interpongo la gloria de vuestra excelencia. Ella está interesada en el religioso cumplimiento de su palabra; ella demanda la libertad de un viejo colombiano, el segundo en las primeras magistraturas de la nación, el primero en el honor de haberla obtenido en unión y asociado a vuestra excelencia por dos veces sucesivas. Ella exige la libertad de un hombre de quien vuestra excelencia cree haber recibido agravios; ella aboga en favor de quien sólo al impulso de las discordias y de los trastornos pudiera haber descendido de los puestos a que el orden y la ley lo elevaron; ella, en fin, reclama este acto de generosidad y aun de justicia para que el Libertador de Colombia no sea inferior bajo este aspecto a los ilustres que venera el mundo civilizado. Ya que vuestra excelencia obtuvo un hermoso triunfo el 12 de noviembre revocando mi sentencia de muerte, no rehúse completar la derrota de las pasiones. Esta es la victoria que espero que vuestra excelencia alcance sobre cuantos tengan interés en mi actual desgracia, y sobre cualesquiera motivos aparentes que pudieran aconsejar la prolongación de mi prisión. A esto se reduce el presente memorial. Mi libertad, señor excelentísimo, mi libertad pido para poder vivir con quietud en un país extranjero, aunque lejos de mi patria y de los míos. Mi libertad demando a vuestra excelencia en cumplimiento de su decreto de 12 de noviembre del año anterior. Colombia jamás experimentará el menor perjuicio de esta justa concesión.

   San José de Bocachica, 14 de junio de 1829. Excelentísimo señor, Francisco de Paula Santander. Es fiel copia. Fecha ut supra.

Francisco de Paula Santander
(Rubricado)1

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 191-193.

NOTAS
1 Proclama de Bolivar, en Quito, del mes de abril de 1829, después del triunfo de Tarqui obtenido por Sucre sobre el ejército peruano.
Copiado del manuscrito de Santander en las páginas blancas del libro Dissertations and man... que el proscrito leyó y anotó en su prisión de Bocachica. Inédita.

46
AL SEÑOR CORONEL JUAN ANTONIO PIÑERES. 1829 (14/6)

Bocachica, 14 de junio de 1829

   Mi apreciable coronel y compadre:

   Mil circunstancias me han retraído de escribir a usted en este tiempo borrascoso; pero próximo a dejar este departamento para ir a conocer las bóvedas de Puerto Cabello, es un deber muy grato a mi corazón manifestar a usted cuán agradecido estoy de los favores que ha recibido de su casa mi cuñado Briceño, de los que recibió Gonzalitos cuando estuvo enfermo, y de los que he recibido yo con el envío de algunos muebles que no había aquí. Por todo doy a usted las más expresivas gracias, y ya que no puedo servir de nada, me contento con dirigir al cielo mis votos por la prosperidad de usted y de toda su estimable familia. Briceño cuidará de disponer el regreso de dichos trastos con todo cuidado.

   Ruego a usted se sirva presentar mis afectuosos respetos a mi señora comadre, y mil caricias al ahijadito. En cualquier parte, y no obstante mi inutilidad, puede usted contar con el verdadero afecto de su reconocido servidor, compadre y amigo afectícimo.

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 190.

47
AL SEÑOR FRANCISCO DE PAULA SANTANDER ACOMPAÑADA DE CERTIFICADO DE BUENA CONDUCTA COMO REO. 1829 (16/6)

DE MARIANO MONTILLA, DEL ORDEN DE LOS LIBERTADORES DE VENEZUELA, GENERAL DE DIVISION DE LOS EJERCITOS DE LA REPUBLICA, PREFECTO GENERAL DEL DISTRITO DEL MAGDALENA, Y COMANDANTE GENERAL DEL DEPARTAMENTO DEL MISMO NOMBRE, ETCETERA.

Cartagena, junio 16 de 1829

   Muy señor mío:

   Para satisfacer los deseos de usted, manifestados en su carta de 21 del pasado, acompaño la adjunta certificación.

   Me complazco en que usted deje la mansión de Bocachica que en la estación presente causaría indisposiciones de salud que podrían tomar un carácter serio; espero que lleve usted un feliz viaje; confío en que será usted bien tratado por el comandante de la Cundinamarca; y no dudo que el clima de Venezuela y las relaciones que usted conserva con las primeras autoridades de aquel departamento, le proporcionen un alivio a sus desgracias.

   La representación que usted me ha dirigido para el Libertador seguirá en el correo de pasado mañana, y del resultado daré aviso a Venezuela, si es que el gobierno no lo comunicare directamente.

   Me repito de usted muy afectísimo servidor que besa su mano,

M. Montilla

   Mariano Montilla, del Orden de Libertadores de Venezuela, general de división de los ejércitos de la República, prefecto general del distrito del Magdalena, y comandante general del departamento del mismo nombre, etc.

   Certifico: que el ex general Francisco de Paula Santander, durante el tiempo que ha permanecido en los castillos de Bocachica, se ha comportado honradamente, y que los jefes que han custodiado su persona jamás me han dado parte de haber tenido que tomar providencia de seguridad, atendido el buen comportamiento del prisionero.

   Cartagena, junio 16 de 1829 19°.

M. Montilla1

FUENTE EDITORIAL
Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 194.

NOTA
1Archivo Santander, t. 18 pp. 119-120.

48
AL COMANDANTE DE LA CUNDINAMARCA, AL ANCLA EN LA PUNTA DE MACOLLA. 1829 (2/8)

Macolla, agosto 2 de 1829

   Señor comandante:

   El infrascrito tiene el honor de representar a vuestra señoría debidamente: que hallándose de pocos días a esta parte con los pies hinchados, lo que en su concepto es una indicación de hidropesía, ha de servirse vuestra señoría para los efectos convenientes mandar que el médico o cirujano de cargo certifique en la forma debida el estado de esta novedad, y las causas que puedan haberla producido, con todo lo demás que estime oportuno a fin de poner en claro el riesgo que corre mi vida por las causas expresadas.

   El infrascrito espera de la justicia y de su honrado proceder se sirva despachar favorablemente la presente solicitud en los términos que llevo expuestos.

   Señor comandante,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2756, v. 8, p. 25.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, p. 122.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, p. 268.

49
AL GENERAL EN JEFE JOSE ANTONIO PAEZ, JEFE SUPERIOR DEL DISTRITO DEL NORTE, A BORDO DE LA FRAGATA CUNDINAMARCA, EN LA BAHIA DE PUERTO CABELLO. 1829 (19/8)

Agosto 19 de 1829

   Señor general:

   Mis largos padecimientos, mis enfermedades y la confianza que tengo en que vuestra excelencia puede aliviarlos sin faltar a sus comprometimientos con el gobierno, me fuerzan a implorar la protección de vuestra excelencia. Sea lo que fuere de la justicia o injusticia con que el infortunio me ha perseguido, la verdad es que yo sufro en mi salud, en mis intereses, después de haber sufrido en mi honor y fortuna. Hace cerca de un año que padezco una prisión bien rigurosa sin saber la causa de ella, ni haber visto sentencia alguna que me la impusiese, estando de por medio un solemne decreto de su excelencia el Libertador en que dispone mi extrañamiento del país, y hallándome agobiado de enfermedades por causa de mi reclusión, diversos motivos se han ido sucesivamente alegando para justificar esta penosísima prisión, y aunque todos han desaparecido, mi suerte no ha mejorado. Un suceso favorable de los revolucionarios de Popayán alcanzado sobre las tropas del gobierno en noviembre pasado, se dijo que había dictado la orden de mi sentencia en Bocachica; pero ella continuó después de que la revolución fue sofocada y restablecida la tranquilidad del departamento del Cauca, y no obstante que en la capitulación concedida por el Libertador quedaron los disidentes en sus empleos, fueron reconocidos como buenos ciudadanos y se prometió la libertad de cuantos se hallasen presos y detenidos con motivo de dicha revolución. Desaparecido este pretexto, se dijo que mi detención continuaba porque el Perú y Colombia estaban en hostilidades, pero el ejército colombiano venció en Tarqui y concedió en Girón al enemigo un tratado con el cual la República adquirió la paz, y yo seguí, sin embargo, sufriendo mi prisión en el insalubre castillo de Bocachica. No sé ahora cuál será el nuevo motivo a que se atribuya la prosecución de mis penas, porque aunque el coronel O'Leary haya dicho en Bogotá que el gobierno del Perú procedió por consejo mío a hostilizar a Colombia, me parece muy despreciable este chisme para que el gobierno supremo y la opinión pública le den ascenso. Y en efecto, ¿habré yo sido capaz de influir tan decididamente en un gobierno extranjero compuesto de individuos a quienes no conozco? ¿Y en un congreso donde se reunieran cincuenta o más diputados para autorizar al presidente de aquel estado de invadir a Colombia? ¡Esto es tan inverosímil como el que yo tuviera más influjo en el gobieno del Perú que los gobiernos de Chile y del Río de la Plata, que interpusieron su respetable mediación en favor de la paz! Además, yo fui preso el 26 de septiembre y la invasión de la escuadra del ejército peruano acaeció en diciembre y febrero siguientes, es decir, tres y cinco meses después de que debía saberse en el Perú mi desgracia y aun contarse con mi ruina. En tal caso no es fácil conciliar mi situación con el que el gobierno del Perú invadiese a Colombia contando con mi apoyo y ayuda, y sobre todo la retención pertinaz de Guayaquil resuelve y aclara cualquier duda en el particular. En política hay calumnias y combates provechosos hasta cierto grado y hasta cierto tiempo, de lo cual la historia suministra innumerables ejemplos. En la época en que el hijo de los Stuart, arrojado del trono de Inglaterra, vagaba de corte en corte buscando un asilo, el ministerio inglés, para conseguir la suspensión de las leyes, cohonestaba sus medidas y hacía divulgar que el pretendiente amenazaba al país con una seria invasión.

   Señor general: yo no pretendo aquí justificarme de las imputaciones que se me han hecho. Lo hice ya ante el gobierno supremo cuando vi en Bocachica la sentencia pronunciada contra mí por la comandancia general de Bogotá, sin aquellas fórmulas sustanciales que se tiene cuidado de observar cuando se ventila el derecho a un pedazo de tierra o a otros objetos menos interesantes que el honor y la vida. Al Libertador presidente he procurado probarle en un largo memorial que esta sentencia ha sido injusta, porque ella ha hecho mérito de dichos de testigos con quienes no fui careado, porque ella ha alterado lo que realmente resultó del proceso, porque ella ha supuesto cargos que no han existido y porque a ellos ha omitido los descargos que se justificaron en mi favor. Lo que yo pretendo de vuestra excelencia son dos cosas que me parecen justas y comprendidas en la esfera de sus altas atribuciones. La primera es que vuestra excelencia se interponga eficazmente ante su excelencia el Libertador para conseguirme un pasaporte para fuera de Colombia, si vuestra excelencia no se creyere con la capacidad de concedérmelo. La segunda, que se sirva vuestra excelencia aliviarme en mi confinamiento mientras la suerte me mantenga en el distrito de su mando y a sus órdenes. Para fundar la primera, hay innumerables razones tomadas ya del honor y buena fe del gobierno y de la República y por los servicios de humanidad en favor de un desgraciado, y ya de tantos ejemplos que el mundo culto ha reconocido como benéficos y generosos. El general Moreau, acusado de conspiración, obtuvo de Bonaparte un pasaporte para los Estados Unidos; el general Bolívar, reo de rebeldía contra el rey de España, lo consiguió de Monteverde; Boves perdonó al doctor Peña sin que se revocase el perdón. El general Arismendi, indultado por Morillo, gozó tranquilo en su casa de esta rara beneficencia. Los señores Castillo, Restrepo, Tanco y Vergara, hoy ministros del gobierno, recibieron su indulto de mano de los españoles, y no llegaron a sufrir penas en contrario. De la misma corte española han venido a su patria con pasaporte del rey Fernando los colombianos remitidos allá en 1816 por castigo de su patriotismo. Actualmente ha encontrado el señor Britto en Colombia un asilo de la deportación que le impuso su gobierno. En el memorial que dirigí últimamente al Libertador presidente, de que es copia el adjunto, he apuntado algunas razones que vuestra excelencia podría ilustrar y aumentar convenientemente. Y para decretar la misma petición, paso a vuestra excelencia en el documento incluso el estado peligroso a que ha reducido mi vida la prisión de Bocachica. Suplico a vuestra excelencia se me devuelva este documento y una copia anterior.

   He concluido este memorial. Hablo en él a uno de los campeones más acreditados de Colombia, cuyo corazón abundante en sentimientos humanos no puede ser insensible a las penalidades de un hombre, compatriota, y que también ha sido su compañero, su amigo y su magistrado. Vuestra excelencia ha tenido la bondad de ofrecerme sus servicios en la presente situación para aliviar mis sufrimientos, y esta es la ocasión en que vuestra excelencia encuentra un ancho campo para llenar sus deseos y comprobar que los verdaderamente valerosos son humanos, generosos y caballeros. Un colombiano perseguido y reducido a padecer por el espíritu de partido, no desmerece las bondades de uno de los magistrados más elevados de Colombia. Vuestra excelencia no puede desconocer que si me libra de estas privaciones y sufrimientos por medio de un pasaporte para un país extranjero, va a recibir las bendiciones de mi larga y numerosa familia y de los amigos que todavía tengo, y los aplausos del mundo liberal y filantrópico.

   Dígnese vuestra excelencia impartir la protección que demando en mi infortunio y en el presente estado de Colombia. Si la espada de vuestra excelencia ha dado vida y fortuna a muchos colombianos, un sentimiento de humanidad y aun de justicia de su parte, dará en esta vez una existencia menos amarga a un viejo colombiano, salud a un enfermo y consuelo a una familia anegada en lágrimas. En 1816 vuestra excelencia me dio protección contra los opresores de mi tierra natal; haga lo mismo en 1829 contra la adversidad y la saña de mis enemigos.

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2756, pp. 26-29.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, pp. 124-127.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio, Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 270-273.

50
MEMORANDUM PARA EL BENEMERITO SEÑOR CORONEL JOLLY S. L. 1829 (20/8)

Agosto 20, 1829

   Suplico al señor comandante se sirva obtener órdenes sobre los puntos siguientes:

   ¿De qué modo tengo de escribir a mi familia a Bogotá y a mi apoderado? En Bocachica tenía amplia libertad para ello.

   Que no teniendo modo de conseguir de la plaza los objetos que necesito para mi subsistencia y salud, pueda ir González u solicitarlos acompañado de la persona de confianza que se quiera darle de compañero. Este joven ha venido conmigo con consentimiento del Libertador, y en Bocachica se le había concedido por el general Montilla dicho permiso.

   Como tengo algunos pesos que embarcar, suplico a su excelencia el general Páez, que si estoy obligado a pagar derecho de extracción, se sirva dar órdenes para que se me descuenten en pago de cerca de 4.000 pesos que me debe de sueldos la tesorería de Bogotá y que tuvo orden de pagármelos cuando tuviera fondos.

   Tengo unas pocas piezas de plata de mi servicio indispensables y como entiendo que la ley prohibe la extracción de dichas piezas, como que no son objeto de especulación, una cafetera, un jarro, cuatro cubiertos, dos platos, etc., no pueden servirme sino para el uso ordinario.

Francisco de Paula Santander

   Nota al respaldo, de letra desconocida:

   Del general Santander. Va una pidiendo permiso desde Puerto Cabello para embarcar algún dinero.

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2758, v. 8, pp. 30-31.

51
AL ENCARGADO DE NEGOCIOS DE MEXICO EN LONDRES. 1829 (10/11)

Hamburgo, noviembre 10 de 1829

   Señor:

   Ruego a vuestra excelencia se sirva dirigir el adjunto papel al supremo gobierno mexicano por la primera ocasión segura que se presente, y participarme su resultado al lugar que yo me tome la libertad de indicarle a vuestra excelencia después de mi arribo a París.

   Me aprovecho de esta ocasión para ofrecer a vuestra excelencia las seguridades de mi distinguida consideración, y repito que espero tenga vuestra excelencia la bondad de asegurarme de usted obediente servidor,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2759, v. 8, p. 31.

52
AL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA MEXICANA. 1829 (1/11)

Hamburgo, noviembre 10 de 18291

   Excelentísimo señor:

   Acontecimientos funestos para mi patria, la República de Colombia, me han arrancado de ella y traídome a Europa. Ellos han sido bastante notorios para que me detenga a explicarlos, y aun cuando las pasiones los han desfigurado imputándome crímenes que he estado muy distante de cometer, los hombres justos de Colombia no me han negado justicia y espero que al fin me la concedan aun los mismos que ahora me han perseguido. En mi conducta pública durante los siete años que goberné a Colombia y aun en las mismas disensiones que la han despedazado, no me aparté un ápice de los deberes que me impuso la nación; sostuve su constitución hasta el último momento, resistí la elevación de un poder absoluto, defendí las leyes y los derechos del pueblo, sacrifiqué a mis principios y a la confianza de Colombia mi fortuna, mi destino, mis amistades y hasta mi honor. Este era mi deber y en cumplirlo no hice sino lo que correspondía que hiciera un magistrado popular elevado por las leyes para el servicio de la nación.

   Una conjuración acaecida en Bogotá el 25 de septiembre de 1828 puso el colmo a mis persecuciones. Sin haber sido conspirador, se declaró que lo era en virtud de un sumario, dictándome sentencia sin permitirme defenderme, suponiéndome cargos que no resultaron, tergiversándose la confrontación de otros conmigo y negándoseme el derecho de apelación o de queja contra tan inicua sentencia. Los anales de la arbitrariedad no presentan un procedimiento más violento e injusto y quizá habría perdido la vida por este asesinato judicial, si el general Bolívar, presidente de la República, por consideración que no me toca examinar, no hubiera modificado el rigor y unidad de la sentencia. Todo consta en documentos que felizmente conservo y que procuraré publicar para vindicarme, luego que pueda arreglarlos y copiarlos.

   He hecho a vuestra excelencia este bosquejo del último período de mi vida pública porque lo he creído necesario para proceder al objeto de este memorial. El se reduce a ofrecer mis servicios a la república mexicana en las precisas circunstancias en que un cuerpo de tropas españolas ha osado pisar su suelo consagrado a la libertad. La causa del pueblo mexicano es la mía, porque la independencia y la libertad de un pueblo americano me interesan tanto como la de la misma tierra en que nací. Bien preveo yo que la expedición española desembarcada en Tampico, será destruida mediante las sabias medidas adoptadas por vuestra excelencia y apoyadas en el espíritu público de la nación y en el acreditado valor del ejército; pero sin embargo, no tengo por honroso quedarme en Europa de espectador de esta contienda, mucho menos cuando ella tiene lugar en esa tierra que tantos derechos tiene a cualquier género de sacrificios. No puedo yo ofrecer a la república que vuestra excelencia dignamente preside, talentos, luces ni servicios de consideración; sólo me es posible ofrecerle un soldado más en las filas de sus guerreros, pero un soldado amante de las leyes y de la libertad, fiel a su constitución, y ojalá logre llevarlos a satisfacción del gobierno y del público.

   Si vuestra excelencia creyere útil mi ofrecimiento y pudieran los españoles por alguna casualidad alcanzar sucesos en sus primeras operaciones, espero que por medio del encargado de negocios en Londres me haga el gobierno conocer su voluntad. En caso contrario, estimo mi permanencia en Europa por algún tiempo de inútil al bien de Colombia y quizá de los otros estados americanos. No desespero de visitar los Estados Unidos antes de mi vuelta a Colombia, y me aprovecharé entonces de esta oportunidad para tributar los homenajes de mi admiración y respeto a los ilustres patriotas de la libertad mexicana, entre quienes vuestra excelencia ocupa un eminente lugar.

   Quiera el cielo conservar los esfuerzos de vuestra excelencia en el gobierno en la total destrucción de los invasores, con el triunfo de la libertad política y civil, y en la unión y concordia de todos los ciudadanos.

   Lo deseo ardientemente para bien de la causa americana, en honor de esa opulenta República y para gloria de vuestra excelencia,

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2760, v. 8, pp. 32-33.

NOTA
1 El Archivo Santander, v. 18, p. 164, publica esta carta sin fecha. Le hemos puesto la misma de la anterior, pues así parece natural.

EXPOSICION QUE EL EX VICEPRESIDENTE DE COLOMBIA, GENERAL SANTANDER, DIRIGE A LOS REPRESENTANTES DE SU PATRIA. 1830 (4/7)


53
A LOS REPRESENTANTES DEL PUEBLO COLOMBIANO. 1830. (4/7)

EXPOSICION QUE EL EX VICEPRESIDENTE DE COLOMBIA, GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER, DIRIGE A LOS REPRESENTANTES DE SU PATRIA, MANIFESTANDO QUE HA SIDO PERSEGUIDO INJUSTA, ARBITRARIA Y VIOLENTAMENTE BAJO LA DICTADURA DEL LIBERTADOR GENERAL SIMON BOLIVAR, EN ODIO DE SU FIRME Y LEAL CONDUCTA EN SOSTENER LAS CONSTITUCIONES COLOMBIANAS Y DEFENDER SUS LIBERTADES DESDE 1826.

   Esta exposición no pude enviarla porque supe en parte muy pronto la conclusión del congreso de 1830, instalado en enero y terminado en mayo inmediato, pero servirá de documento histórico.

Francisco de Paula Santander

París, 4 de julio de 1830

   Honorables representantes:

   Otras veces me he dirigido a vosotros desde el primer asiento de Colombia para presentaros el cuadro fiel de sus adelantamientos y necesidades; hoy me dirijo desde una tierra extranjera, para trazaros rápidamente el de mis persecuciones. Entonces el deber de magistrado me llevaba al santuario de la ley a reclamar de la sabiduría y del patriotismo de los diputados del pueblo, leyes conducentes al bien y dicha de los colombianos; ahora el derecho de vindicar mi honor ultrajado me fuerza a presentarme delante de vosotros para reclamar la justicia a que tiene derecho un antiguo colombiano que jamás abandonó las banderas de la independencia, ni transigió con sus enemigos en los días infelices de su patria. Entonces, como ahora, yo tengo la esperanza de que encontrare en los diputados de Colombia imparcialidad y justicia para oír y juzgar la exposición de un patriota que tiene la gloria de contar tantos días de servicio a su país cuantos él cuenta de existencia política. No pretendo ni aspiro a otra cosa que a poner de manifiesto la injusticia con que se me ha perseguido. Persuadido de que he llenado mis obligaciones con fidelidad, sin traficar vilmente con mis opiniones y deberes, sacrificando honores, amistades, tranquilidad y fortuna, honrado con el testimonio de la opinión pública y satisfecho de que en mi larga carrera militar y política no se me puede tachar de acción ninguna infame ni traidora, estoy resignado a morir en el retiro de la vida privada, haciendo votos por la felicidad de mi patria.

   Lejos de mí entrar en el examen del origen y progreso de los últimos ultrajes y persecuciones que he sufrido desde que tuve que luchar en defensa de las leyes constitucionales de la República, contra el criminal proyecto de destruirlas para fundar un poder omnipotente o cualquiera otra especie de gobierno nada análogo al espíritu del siglo y a los sacrificios de los colombianos. Reservo a la historia imparcial el deber de hacer este examen y el de juzgarme competentemente.

   A mi objeto, basta indicarlo, y limitarme a hablar del último golpe que experimenté en 1828, después de la revolución de Bogotá del 25 de septiembre. Habiendo servido este suceso de pretexto para consumar mi ruina y desahogar pasiones verdaderamente innobles, a él sólo contraeré esta exposición y llamaré hacia él la atención y justicia de los representantes de mi patria. Procuraré olvidarme de los autores de mis persecuciones, para no entrar en el dominio del resentimiento; referiré los hechos tales cuales han existido; explicaré las circunstancias, señalaré las leyes que debieron favorecerme, combatiré los procedimientos ilegales e inicuos, y me apoyaré siempre en razones incontestables y en los principios de la eterna justicia.

   Toca a vosotros, honorables representantes, pesarlas imparcialmente y decidir.

   Notorio es que el 25 de septiembre de 1828 estalló en Bogotá una revolución, cuyo objeto, según aseguraron los cómplices, era establecer la constitución de 1821, abolida por un decreto del general Bolívar, expedido el 27 de agosto anterior, y preservar a la República de una dictadura militar que se creía tanto más insoportable cuanto que se vio que ella favorecía un partido a expensas del que había sido constantemente sostenedor de las leyes constitucionales.

   Desde que se notó que el restablecimiento de la constitución de Cúcuta era el objeto del movimiento revolucionario, y que en él habían tomado parte algunas personas de mi amistad, creyó el gobierno yo era el agente o director del plan, y se propuso hacer recaer sobre mí su venganza. Se procedió por tanto a arrestarme, se me mantuvo un mes estrechamente privado de comunicación, sin hacerme cargo alguno, y al fin se tomó una confesión tan ridícula y extravagante que los anales criminales no presentan otro ejemplar. Me refiero al proceso formado contra mí. Allí están consignados los cargos que me hizo el abogado Pareja; ellos manifiestan el punto hasta donde pueden llevarse el encono y el espíritu de partido, donde no hay ninguna garantía para el honor y la vida del hombre. Lo que se soñó alguno de los conjurados, lo que otro habló con personas extrañas, lo que pensaba un tercero, sirvió para reconvenirme de haber dirigido la conjuración.

   Mis más simples relaciones domésticas, mis más indiferentes conexiones sociales, mis pasos ordinarios e inocentes, hasta mi fidelidad a la constitución, quisieron convertirlos en acciones criminales dirigidas a matar al Libertador la noche del 25 de septiembre, y proclamar nuevamente el imperio de la ley. No era el entendimiento el que juzgaba en mi proceso para descubrir la verdad; era el corazón prevenido a hallar delito a cualquier costa. Ni se trataba tampoco de aclarar un hecho, o de averiguar un crimen, sino de arrancarme la confesión del delito para no tener el trabajo de violar fórmulas, ni de cohonestar mi asesinato judicial. ¡Espantosa época para un pueblo aquella donde no hay leyes ni garantías, y donde la voluntad del magistrado ofendido es la ley suprema! Con muy justa razón había dicho el general Bolívar delante del congreso de Cúcuta «que la espada de un soldado no era la balanza de Astrea de que necesitaba Colombia».

   Esto mismo que aseguro hoy a dos mil leguas distante del teatro de tamaña iniquidad, cuando una parte de Colombia juzga que la conjuración del 25 de septiembre fue un acto de heroico patriotismo, y cuando el alzamiento glorioso del pueblo francés ha sancionado el derecho de resistencia a mano armada contra el despotismo y el perjurio, le dije al Libertador presidente desde Bocachica en una representación que le dirigí el 13 de diciembre de 1828, en la cual me propuse refutar la sentencia pronunciada por el comandante general de Bogotá el día 7 de noviembre del mismo año. Creí entonces que el Libertador prestara atención a la exposición fundada de un colombiano que no sólo había sido por la voluntad nacional el segundo magistrado de la República, que la había gobernado durante siete años, y que contaba dieciocho de no interrumpidos servicios a su país, sino que tenía derecho por ser hombre a ser escuchado en un negocio sobre su honor, su vida y su fortuna, el honor y la gloria de Colombia, y del mismo presidente.

   Pero parece que mi voz fue despreciada, y que los clamores de la justicia y de la equidad no penetraron en el alma de quien se había mostrado más sensible a las súplicas y clamores de los acérrimos y encarnizados enemigos de la independencia. Sea lo que fuere, yo voy a emprender nuevamente el examen de aquella célebre sentencia para refutarla con los mismos hechos que resultaron del proceso, y comprobar a la faz del mundo que ella ha sido injusta, violenta e inicua, y que por consiguiente los efectos que me ha hecho sufrir son inicuos, violentos e injustos. Si logro esta comprobación, habré logrado el objeto de este memorial, y podré también decir con orgullo «que yo lo he perdido todo por la libertad, menos el honor».

   Supuesto que se me creía agente principal o cómplice de la conjuración, debió habérseme franqueado todos los medios legítimos de defenderme. Se interesaban en ello el honor del gobierno y el del general Bolívar, y si se quiere también la eterna justicia. Blanco de los ultrajes y calumnias del partido contrario a la constitución, desairado públicamente por el Libertador, calumniado y amenazado en papeles públicos dictados por sus partidarios y amigos, fusilado en estatua en una quinta de su excelencia cerca de la capital, despojado violentamente de la vicepresidencia del estado en despecho del contrato sinalagmático que existía entre la nación colombiana y yo, sin garantías para mis comunicaciones epistolares, sin derecho de quejarme contra mis calumniadores, yo estaba condenado a ser víctima del partido triunfante después de la precitada conjuración. En vez de hacer reunir para juzgarme un consejo de generales, se me juzgó por comisión especial conferida a un hombre solo, aconsejado por un auditor sin probidad, se omitió la confrontación de varios testigos, en cuyos dichos se apoyó el juez para condenarme como culpable, se me negó el imprescindible derecho de defenderme o de nombrar un defensor, se despreciaron todas las pruebas conducentes a patentizar mi inculpabilidad, se tergiversaron las deposiciones de los testigos, se alteraron los hechos y se aplicaron leyes en desuso y contrarias entre sí. Con un juicio semejante, donde no se respetaron las fórmulas, donde no hubo jueces, ni defensa, ni imparcialidad, ni verdad, ni nada más que deseos de consumar mi ruina y vengarse de mi oposición a trastornar las instituciones, se dispuso de mi fortuna, de mi vida y de mi honor. Más dichosos los Torres, Camachos, Pombos, Roviras, Barayas, Caldas, Lozanos, Gutiérrez, Cabales, Toledos, Castillos y tantos otros ilustres mártires de la libertad, siquiera fueron oídos delante del simulacro de consejo de guerra que Morillo formó para castigarlos de haber procurado libertar a su patria de la arbitraria dominación del rey de España, siquiera pudieron hablar y defenderse.

   Para mí no hubo en Colombia bajo el gobierno del que obtuvo el título de Libertador, sino violencias e injusticias y persecuciones. Sentada la venganza en el trono de la justicia, revestida de un respetable manto, empuñando la espada con que castiga el crimen pero no la balanza en que pesa la inocencia, y empleando su augusto lenguaje, pronunció un juicio digno de ella y de las execrables ideas de iniquidad. La sentencia del 7 de noviembre pronunciada por el comandante general de Bogotá empieza afirmando que ¡el proceso se ha formado contra mí por la conspiración intentada la noche del 25 de septiembre! Por consiguiente, los cargos por los cuales pudo legalmente condenarme debían resultar de que yo fuera director, aconsejador, auxiliador o ejecutor de la dicha conjuración. Cualquier otro hecho era extraño en ese particular. El primer fundamento de esta famosa sentencia es que yo había negado en mi declaración indagatoria, y después en mi confesión, el que se tramaba aquella conspiración. Esto en parte es falso, y en parte ridículo, y aun ilegal. Dije en la declaración que llaman indagatoria, que el señor Florentino González había tenido conmigo una conversación, que me dio motivo de temer una revolución, y lo repetí en la confesión que me recibieron en 22 y 30 de octubre, añadiendo además todos los antecedentes que las nuevas leyes del gobierno dictatorial habían producido, aumentando el descontento general. Como testigo, yo no podía hablar de lo que se había proyectado y ejecutado la noche del 25 de septiembre, ya porque nada sabía, y ya porque estando presos varios de los cómplices, era de ellos y no de mí que se debía recabar lo que ilegalmente quería saberse por mi propia confesión: que yo no sabía lo que iba a ejecutarse la citada noche, ni quiénes lo ejecutarían, es un caso plenamente justificado con las deposiciones de los que se confesaron conspiradores. Uno solo hubo que asegura lo contrario, y apelo en testimonio de ello a los procesos formados entonces, que espero sean consultados para juzgar de la verdad de esta exposición. Que yo no debía declararme culpable aun cuando hubiera pertenecido a los conjurados, es un procedimiento que aconseja el derecho natural y lo sanciona toda legislación fundada en razón. A mí, como a cualquiera otro a quien se supone culpable, debió habérseme hecho el cargo con hechos comprobados, en vez de querer arrancárseme la confesión de la culpa en forzarme a ello por medios legales. No puedo prescindir de recordar que al divino legislador de la ley de gracia que rehusó responder ante el tribunal del gobernador de la Judea quiénes eran sus discípulos, es decir, sus cómplices, no se le acriminó por esta omisión, y es bien raro que en el tribunal de Pilatos no fuera delito rehusar descubrir la complicidad del supuesto crimen de sedición, y que en Colombia se me juzgase delincuente porque no confesé lo que no sabía a ciencia cierta, o que legalmente podía callar.

   El segundo fundamento de la sentencia es que de las declaraciones del comandante Silva, del teniente López y de los capitanes Briceño y Mendoza, resulta que cada uno de ellos tenía convencimiento íntimo de que yo era el primer agente de la conjuración y que dirigía el plan según lo habían asegurado González, Carujo y Guerra. El convencimiento íntimo de una o más personas debe ser el efecto de hechos evidentes, que no pueden dejar la menor duda en el particular, de modo que si faltan estos hechos, no hay tal convencimiento. Los testigos, pues, debieron manifestar los fundamentos que produjeron en su ánimo la persuasión íntima de que yo fuera el agente de la conjuración, y ellos debían ser hechos claros y positivos, no conjeturas débiles y vagas.

   La sentencia ha debido expresarlos menudamente para hacer palpable a todo el mundo la justicia del pronunciamiento, y omitiéndolos, como los ha omitido, ha dado lugar a que se sospeche de la verdad de sus aserciones. Examinemos las declaraciones de los mencionados testigos para buscar las premisas de donde el juez dedujo la consecuencia de que resultaba de sus dichos estar íntimamente convencidos de que yo era el principal agente.

   Silva dijo terminantemente que no sabía que yo tuviera parte en la conjuración, pero que lo infería porque Vargas Tejada era mi amigo y nos íbamos juntos a la legación de los Estados Unidos. Este ha sido el fundamento de su inferencia, no el de un convencimiento íntimo, ni pudiera conciliarse jamás el estar convencido íntimamente de que yo fuera agente del plan, con el ignorar más o menos si yo tenía parte o no en él. Bien claro es que entre una mera conjetura más o menos fundada y un convencimiento íntimo hay tanta distancia como entre el de asegurar, por ejemplo, que la luna está habitada de seres animados y que ella gira alrededor de la tierra.

   López también declaró que no sabía que yo tuviera parte en el negocio; pero que como había defendido la constitución y era amigo de las leyes, se me tenía destinado a encargarme del gobierno, verificada que fuera la conjuración. Nada hay aquí de convencimiento íntimo y ni aun de conjeturas. Si los conjurados me creían capaz de continuar defendiendo las leyes, me hacían justicia, y si querían encargarme del gobierno, yo no veo en esto ningún delito de mi parte.

   Mendoza declaró que Carujo le había asegurado que el general Páez y yo teníamos parte en el plan, sin añadir cosa alguna respecto de su convencimiento íntimo. Si porque se dijo con razón o sin ella que yo conocía la empresa, he resultado delincuente, el general Páez también ha debido ser juzgado como yo. La justicia es igual para todos...; pero me olvidaba de que en este juicio por la conjuración del 25, sólo se trataba de hacer triunfar un partido a costa de la vida y del honor del partido contrario.

   Briceño, en fin, aunque expresamente aseguró que no sabía positivamente que yo fuera agente de la conjuración, añadió que tenía el convencimiento íntimo de que lo fuera porque siempre había yo sido el jefe del partido constitucional, y porque Guerra se lo había asegurado.

   Tal es el fundamento en que el capitán Briceño apoyó lo que llama convencimiento íntimo y que tanta fuerza hizo en el ánimo de mi juez para condenarme como culpable. ¡Qué importaba un despropósito en vez de una razón, ni una necedad en lugar de un raciocinio! Decidida mi suerte en los consejos de la venganza, cualquier conjetura era suficiente para darse por comprobado mi delito. La declaración de Briceño ofrece a los ojos menos perspicaces, aunque desapasionados, una manifiesta contradicción. El dijo: que habiéndose propuesto en la parte que tuvieron los conjurados del 25, que se me diese noticia de lo que se había acordado, él había sido uno de los que se habían opuesto a ello, porque temió que yo impidiera la ejecución del acuerdo. Ahora bien, ¿podía temer mi oposición estando íntimamente convencido de que yo era el agente principal del proyecto? Concurriendo a una reunión donde veía que se proponía instruirme de lo que se trataba, ¿no percibía que ella había tenido lugar sin el consentimiento del que creía agente o director del plan? Yo no lo comprendo, señores. Mi razón me dicta el siguiente raciocinio: si Briceño estaba íntimamente convencido de que yo era agente principal del proyecto, debió estarlo igualmente de que la junta se haría con mi anuencia, y no debió temer en consecuencia que yo me opusiera a la ejecución de la empresa; luego si temió mi oposición, y que por consiguiente se frustrara el golpe meditado, no pudo ser sino porque no estaba convencido íntimamente de que yo lo dirigía o lo aprobaba.

   Quedan existentes ya solamente las aserciones de que Guerra y Carujo habían asegurado a Briceño y Mendoza que yo tenía parte en el proyecto. Si Guerra y Carujo en sus declaraciones lo aseguran también, no hay duda alguna de que los dichos de los dos primeros testigos son concluyentes; pero si lo niegan, entonces quedan del todo destruidos. Guerra y Carujo declararon que yo, lejos de haber aprobado el proyecto, había ofrecido oponerme a su ejecución; por consiguiente destruyeron lo que los antes mencionados testigos habían afirmado y me libraron del cargo de haber sido agente, director, aconsejador o ejecutor de la conjuración.

   Resulta, por tanto, falsa y calumniosa la aserción del segundo fundamento de la sentencia, y es, además, injusta o ilegal porque se omitió la confrontación conmigo de los cuatro testigos: Silva, López, Mendoza y Briceño. Fácil me hubiera sido hacer resaltar la verdad en el careo, y mi inculpabilidad, si se hubiera cumplido con esta fórmula desconocida sólo en los famosos y sangrientos tribunales de la Inquisición.

   El tercer fundamento de la sentencia consiste en que el coronel Guerra sostuvo en el careo haberme hablado de la conjuración, a la cual me había opuesto. Este es un hecho tergiversado estudiosamente contra mí. Lo que se supone que Guerra sostuvo en el careo fue lo que él expuso en una declaración anterior, que reformó en dicho careo, según lo hice observar en mi prisión al abogado Pareja delante de su secretario. Después que reparé que no se habían extendido en la diligencia las mismas palabras del desgraciado Guerra, éste dijo en la confrontación conmigo que de lo que me había hablado no era de una conjuración, sino de la probabilidad que había de que se hiciera un bochinche (ésta fue su propia expresión), y que no se acordaba de que hubiera nombrado a persona alguna. Bien diferente de hablar de una conspiración formal a mencionar el riesgo de un bochinche, palabra a la cual se ha dado siempre la significación de una cosa de poca entidad. Por otra parte, en días de agitación, cuando a cada hora se hacía un acta, una petición, una reunión, un bochinche (según el lenguaje de que usábamos los amigos de la constitución) para echar abajo las leyes constitucionales, nada tenía de extraño ni de criminal que Guerra, en cualquier conversación amistosa relativa al estado de nuestra patria, me dijera lo que aseguró haberme dicho. Pero esta exposición de Guerra justifica más mi honrado proceder, porque él ha añadido que yo manifesté repugnancia a toda especie de perturbación, que le aconsejé se empeñase en rectificar cualquier idea que hubiera en el particular, y que ofrecí oponerme al trastorno del orden establecido. ¿Debía hacer más sin incurrir en la infamia de ser un bajo delator, y cuando puede decirse que el proyecto de atacar al gobierno existente estaba sólo en embrión, y cuando esperaba que mi oposición podía influir en desbaratarlo?

   El cuarto fundamento se toma de la declaración del comandante Carujo, aunque alterando el sentido de lo que él ha dicho. En la diligencia de careo, que es a la que el juez ha debido atenerse, resulta que habiéndolo informado Florentino González, que yo era opuesto a todo proyecto de revolución, quiso cerciorarse de la verdad, y al efecto procuró hablar conmigo en mi casa; que habiendo pasado a ella y habiéndome encontrado positivamente opuesto a sus ideas, intentó intimidarme y rendirme, ponderándome la obstinación de los que habían resuelto emprender el restablecimiento de la constitución, lo cual había llegado al punto de estar dispuestos a ir a Soacha a matar al general Bolívar. Esta exposición, en los términos referidos, forma un sentido muy diferente de como se expresa la sentencia. Según ella, Carujo me ha comunicado el proyecto de matar al presidente-dictador como quien lo participa a un cómplice, en vez de lo que resulta, que yo lo supe por la casualidad de querérseme hacer variar de opinión, informándome de un hecho ya decidido y pronto a ser fácilmente ejecutado. Y gracias me sean dadas por esta feliz casualidad, porque júzguese como se quiera al general Bolívar, y repruébese sin misericordia su conducta política, yo jamás convendré en que el asesinato de un hombre sea una acción patriótica, ni que la muerte del que ha servido con gloria a la causa de la independencia fuese meritoria ni justificable delante de la moral pública. Yo salvé entonces al general Bolívar de ser apuñalado en Soacha, por un principio de honor y de moralidad que me conducirá siempre a proceder del mismo modo en cualquier caso en que se trate de llegar a un fin santo por medios reprobados por la moral y la razón.

   El quinto fundamento se apoya en la exposición de Florentino González, testigo de mucha importancia en el negocio de la conspiración, y cuyos dichos es menester analizar y meditar sin pasión. González, a quien siempre traté con muy particular amistad por sus relevantes cualidades y por su fervoroso amor a la libertad, declaró haber estado en mi casa por consejo de Carujo a sondear mi opinión acerca de la conveniencia de trabajar en restablecer la constitución de 1821, y que había oído de mi boca que la tentativa era inoportuna, perjudicial y expuesta, en cuyo concepto, muy lejos de mezclarme y tomar parte en ella, estaba resuelto a oponerme a su ejecución, no menos que a alejarme de Colombia, decidido a no volver jamás al gobierno. Añadió González que yo le había dicho, en prueba de la inoportunidad y riesgo del proyecto, que no se debía intentar el restablecimiento de la constitución sin conocer cuáles eran las reformas que ofrecía el Libertador y sin saber si ellas contentarían o no a los pueblos; que antes de todo era prudente sondear la opinión pública y contar con ella para cualquier variación del sistema, y que el medio de llegar a conocerla me parecía indicado en el establecimiento de sociedades patrióticas en los departamentos y provincias. Tal es la exposición que González ha hecho en el careo, en el cual, habiendo rectificado sustancialmente su primera declaración, debe fundarse cualquier cargo contra mí.

   Yo deduzco de la dicha exposición las siguientes consecuencias: primera, habiendo aconsejado Carujo a González que sondeara mi opinión acerca de la conveniencia de restablecer el gobierno constitucional, yo no tenía conocimiento del proyecto y, por consiguiente, no era su director o agente. Segunda, habiendo calificado de inoportuno y peligroso el proyecto, yo no he tenido complicidad en su formación. Tercera, no habiendo aprobado, yo era inculpable en la conjuración estallada el 25 de septiembre por la cual se me estaba juzgando. Cuarta, no habiendo formado ninguna de las sociedades que indiqué como medios, no de conspirar, sino de indagar la verdadera opinión nacional, la conjuración del 25 no fue efecto de ellas, y por consiguiente ni de mis consejos e influencias. Consecuencias todas favorables a mi conducta e inculpabilidad.

   La sentencia hace gran caso de mi opinión sobre la formación de sociedades patrióticas para estimar la opinión pública, y la califica de crimen y de complicidad en la conspiración. ¿Cuál es la ley, pregunto yo al juez de mi causa, que ha convertido en delito la acción de manifestar en una conversación confidencial, que la reunión pacífica de los ciudadanos es aparente para observar y avaluar los sentimientos del público respecto del nuevo régimen establecido? ¿Existía en Colombia alguna ley, decreto o firma que convirtiera en delito digno de pena capital lo que en todo gobierno liberal se estima como medio necesario para dirigir los negocios del común? En las legislaciones que emanan del código de la razón, no hay delito donde no hay ley anterior que lo determine. Si, pues, mi indicación a González no está determinada anteriormente como una acción criminal, como una conspiración, el cuarto fundamento de la sentencia cae en tierra irremediablemente.

   Repárese, además, que el dicho de González es único en el proceso; que ni Guerra ni Carujo han hecho mención de él, y que habiéndose referido Carujo a González, el testimonio queda reducido a una sola persona. Observación interesante para convencerse más y más de que en mi proceso no sólo han tenido fuerza de pruebas las más necias e infundadas conjeturas, las palabras más insignificantes, los desahogos confidenciales de la amistad, sino hasta los dichos singulares. Para decidir de la propiedad de un pedazo de tierra, se necesita por lo menos dos testigos que estén acordes en los puntos esenciales de la cuestión; para decidir de la suerte de un antiguo general, antes magistrado de la República, siempre constante y fiel patriota, defensor de los derechos del pueblo, ha bastado el dicho de una sola persona, aunque ella no califique positivamente la culpabilidad del acusado. Pero así debía procederse; el fin era condenarme de cualquier modo. La manera de ejecutarlo era indiferente con tal que se me ejecutase.

   Montesquieu ya lo había dicho con mucha previsión.

   El sexto fundamento es verdaderamente peregrino. Que porque no hubiera día prefijado para la conspiración, yo debía ser agente o cómplice de ella, es la consecuencia más absurda que el espíritu de partido podía deducir para satisfacer sus pasiones. Mi complicidad debía resultar de que yo la hubiera promovido, aconsejado, dirigido, aprobado, auxiliado o ejecutado, tuviera o no tuviera plazo preciso o conocido. Pero es así que ningún testigo ha dicho que yo la promoviera, ninguno que yo la dirigiese, ninguno que yo la aconsejara, y todos, por el contrario, que desaprobé el proyecto, que traté de frustrarlo, y que ofrecí oponerme a su ejecución; luego mi inculpabilidad es más clara que la luz, no obstante que no hubiera día fijo para ejecutarlo.

   Todavía hay datos en el proceso que corroboran la consecuencia que acabo de asentar y que hubiera tenido algún valor en la conciencia de jueces imparciales, que buscan la verdad desapasionadamente para absolver al inocente y castigar al culpable. Apelo al testimonio de González, consignado en las diligencias del careo. El ha dicho que me habló sobre el número de oficiales que había de tener la legación de los Estados Unidos (que se me había conferido) con ánimo de irse conmigo. Primera circunstancia que debía hacerme concebir que, estimándose fundadas mis razones contra el proyecto primitivo de conspirar, se abandonaba la empresa, puesto que deseaba salir del país uno de los que me parecían ser agentes de ellos. El ha declarado también que habiendo estado conmigo en un paseo fuera de Bogotá, seis días antes de la conjuración del 25 de septiembre, nada me había hablado en el particular. Segunda circunstancia que debía ratificarme en la idea de que el proyecto estaba abandonado. El, en fin, ha asegurado que, preguntado por mí pocos días antes de la conjuración, si todavía insistían en el consabido proyecto, me había respondido «que la cosa se había enfriado». Tercera circunstancia que debía acabar de convencerme que ya no se pensaba en llevar a cabo la tentativa expresada.

   Estas tres aserciones me favorecen más de lo que a primera vista parece, porque ello es cierto que si yo me había podido persuadir de que el proyecto de atacar al gobierno existente se había abandonado, ya no tenía que hacer otra cosa como ciudadano y como general, que felicitarme de haber evitado un golpe prematuro, inútil y peligroso aun para la misma causa de la libertad que se quería sostener, y de haber procurado ahorrar el derramamiento de una sangre preciosa, que pudo ofrecerse a las libertades colombianas con más suceso. Supongamos que yo hubiera sido capaz de delatar a mis compatriotas y hacerle este servicio a un gobierno fundado contra mis principios y contra los sacrificios de Colombia. ¿Qué era lo que debía delatarle? ¿Un proyecto apenas concebido y prontamente abandonado? ¿Un deseo de tener instituciones en vez de dictadura? ¿Un ahínco de ser gobernados por leyes decretadas por los representantes del pueblo en lugar de serlo por la voluntad de un hombre que en cada paso dirigido a sostener las leyes veía una grave ofensa a su persona, y en los que se dirigían a destruirlas una acción patriótica, meritoria y laudable? Juzgadlo, honorables representantes. Decididlo en el silencio de las pasiones.

   Los seis fundamentos en que se apoya la sentencia que acabo de examinar, no suministran la clase de prueba que pudiera convencerme del delito de que se me supone autor o cómplice. Ellos producen, al contrario, razones positivas de que yo no tuve ánimo de conspirar, ni de quebrantar las leyes que se cree haber infringido. Si hay delito donde no hay un ánimo deliberado de cometer una acción reprobada por la ley, yo soy delincuente en la conjuración del 25 de septiembre; pero entonces es menester borrar del diccionario de la razón la calificación de una acción criminal. Si se puede condenar por conjeturas débiles, aisladas e inconexas en despecho de datos positivos y claros, yo he sufrido justamente la condenación que pronunció la sentencia del 7 de noviembre de 1828; pero entonces es forzoso despedazar los códigos fundados en el derecho natural. Pretender que hay prueba suficiente de un hecho cuando en vez de reunirse todos los motivos que persuadan de su existencia hay varios que lo ponen en duda, es querer invertir el orden de las cosas y cambiar los principios de la jurisprudencia criminal. Cuando la claridad de todos los hechos y de todas las circunstancias de un caso nos induce a creer que ha existido la cosa de que se trata, entonces hay prueba completa, y nuestro juicio se inclina a decidir en consecuencia; mas si queda alguna duda muy fundada en el particular, si existen circunstancias que impidan ver el hecho con evidencia y certidumbre, nadie dirá con justicia que hay pruebas suficientes para juzgar. Sobre estos principios está fundada la legislación universal, como que ellos solos pueden garantizar la vida y el honor de los hombres en sociedad contra la arbitrariedad y el poder. De aquí emanan las fórmulas protectoras delante de las cuales callan las pasiones, triunfa la inocencia y sufre el crimen su condigno castigo. Buscad ahora, honorables representantes, en mi proceso ese conjunto de hechos claros e incontestables que formen la prueba de mi delito; examinad si existieron incidentes y circunstancias que dejaban en duda la convicción del juez, y convenid conmigo en que el procedimiento ejecutado en Bogotá en 1828 es de lo más violento, arbitrario e injusto de que hay ejemplo en los anales de una vengativa persecución.

   Pasemos a examinar los considerandos de la misma sentencia, que son como las razones fundamentales de mi condenación. Primer considerando: que aunque me opuse a la revolución, mi oposición fue sólo para mientras residiese en Colombia. ¿Qué es lo que el juez pretende deducir contra mí de esta suposición? ¿No es bien claro, por el contrario, que si ofrecí oponerme a la conjuración que estalló el 25 de septiembre mientras estuviese en Colombia, no he tenido la menor parte en ella? Si el juez da por cierto el ofrecimiento de oponerme a toda conjuración, la consecuencia que yo deduzco es más justa que la que él ha deducido. Por otra parte, cuando yo he dicho en una conversación familiar que mientras residiera en Colombia me opondría a toda revolución, he empleado una expresión sencilla muy común, sin dar a entender por eso que la patrocinaría después de mi salida de la República. Es tan natural fijar plazos cuando se promete hacer o no hacer alguna cosa, que el primero que me ocurrió fue el que va expresado. Pero veo ahora que si como pudo ser cierto que dijera a González, mientras yo esté en Colombia me opondré, hubiera dicho, mientras respire, me hubieran hecho cargo de que aprobaba la revolución, y la patrocinaba después de muerto.

   Asegura también la sentencia que ofrecí mis servicios para una conjuración, y de esto forma un cargo contra mí. Observo en primer lugar que no es fácil comprender cómo se ofrecen servicios para una empresa que no se aprueba. En segundo lugar, mi oferta fue al gobierno que se estableciera en el país en reemplazo del que existía, y en ello estoy muy lejos de pensar que he cometido el delito de conspirador el 25 de septiembre. Que un individuo ofrezca sus servicios a un gobierno de hecho establecido en su país, es un deber reconocido por el derecho público de las naciones; ofrecerle sus servicios nada tiene de criminal, aunque pudiera tener mucho de deshonroso. Esta es la marcha del mundo político; sin ella el orden público desaparecería, y la sociedad sería un infierno. ¿No obedeció el general Bolívar a Monteverde después de la pérdida de Venezuela en 1812? ¿No le prestó sus servicios cooperando a la prisión del general Miranda? ¿No han obedecido y servido a Morillo mil patriotas que no pudieron prescindir de este penoso deber? Ciertamente que sí, y a ninguno se ha estimado delincuente. Yo sólo debía serlo en la conspiración del 25 de septiembre porque hubiese dicho en conversación con mi amigo que el gobierno republicano y constitucional que se estableciera sobre las ruinas de la dictadura, podía estar seguro o contar con mis servicios. Horroriza, señores, leer las razones que el juez de mi causa ha consignado en su sentencia del 7 de noviembre como fundamentos legales para pronunciar las penas más terribles contra mí. Cuando se lea esto a la sombra del árbol de la libertad y bajo la égida de leyes protectoras, costará trabajo creer que en Colombia se ha podido proceder de un modo tan escandaloso cual procedió la Audiencia de Santafé en 1810 con las ilustres víctimas de la libertad, Rosillo y Cadena, justificando con este procedimiento la gloriosa revolución del 20 de julio que nos encaminó a la independencia de España.

   No puedo pasar en silencio la irregularidad de quererme hacer cómplice de un acto ejecutado contra mi opinión, porque yo opinara que pudiera llegar el caso de derribar con justicia en lo sucesivo el régimen dictatorial. Si se trataba de averiguar cuáles eran mis opiniones respecto de la subsistencia de tal gobierno, y cuáles mis pensamientos para castigarlos como crímenes positivos, como acciones dirigidas a conspirar, se convendrá en que el juez ha acertado a asentar sus principios y deducir las consecuencias contra mí; pero si de lo que se trataba era de indagar si había tenido o no parte en la conjuración del 25 de septiembre para castigar mi cooperación positiva, no sé entonces qué conexión tuviera lo que yo pensaba para lo futuro con lo que sucedió en aquella noche sin mi conocimiento. Es bien claro que cuando yo manifestaba a González que era necesario conocer la verdadera opinión pública respecto del sistema establecido, no tenía ánimo de que se marchase contra ella, sino, al contrario, de que se obrase según sus deseos. Si la opinión pública aprobaba la existencia de un gobierno ilimitado, que ultrajaba los principios constitucionales y disponía a su arbitrio de Colombia, visto es que debía sobreseerse en el proyecto de destruirlo; pero si la opinión pública reclamaba una revolución contra tan monstruosa autoridad, entonces debía emprenderse, seguro de que se ocupaban de una acción patriótica en que el interés nacional estaba comprometido, y que el bien de Colombia reclamaba imperiosamente. Medítese sobre la diferencia de situaciones, y véase que lo que en el primer caso era una conspiración que yo desaprobaba, en el segundo era un derecho imprescriptible sancionado por las leyes reguladoras del orden social y puesto en práctica por los Pelópidas, Trasíbulos, Junios, Decios, Brutos, Tells, Oranges, Washingtons y Lafayettes.

   El segundo considerando declara que no he cumplido con mis deberes impidiendo la conspiración y asesinato premeditado contra el jefe supremo de la nación, y que he sido reo de alta traición por no haber denunciado la revolución. Ciertamente que yo no impedí la conjuración del 25 de septiembre; pero, ¿pude impedirla? Si pude, y no lo hice, habrá delito; si no pude, no tengo cargo alguno. Yo traté de impedir cualquier especie de conjuración; éste es un hecho confesado en la misma sentencia en los párrafos 3, 4 y 5, de los cargos tomados del proceso. No sabía que se iba a efectuar el 25, ni ningún otro día determinado, otro hecho reconocido en la misma sentencia. Tenía antecedentes para creer que el proyecto se había abandonado, tercer hecho plenamente averiguado en el careo de González conmigo el 1° de noviembre. Luego no estuvo en mi mano impedir el acontecimiento del 25 como había impedido el de Soacha; luego es falso que haya faltado a mis deberes, si es que es un deber del ciudadano de una república impedir la destrucción de un orden de cosas absurdo, introducido por medios ilegítimos y destructor de los derechos y garantías de los asociados.

   Reo de alta traición he sido según el comandante general de Bogotá y su ilustrado auditor, porque no denuncié la revolución. Si hubiera sido porque la había emprendido, aconsejado, auxiliado o ejecutado, sería más disimulable; pero porque no he denunciado un proyecto que yo no sabía si estaba maduro, un proyecto que tuve razones para creer abandonado, es lo más estupendo que puede oírse bajo un gobierno que se dice republicano. Y vuelvo a preguntar a mi juez, a su auditor, al consejo de gobierno, a todos los que tengan alguna noción de legislación colombiana, ¿cuál es la ley, el decreto u orden que declara delito de alta traición el no denunciar un proyecto dirigido a restablecer las leyes abolidas, las garantías destruidas, el orden constitucional y la libertad por la cual los colombianos han hecho tan costosos sacrificios? ¿Si es lo mismo conspirar contra el rey de España, a cuya persona llaman las leyes sagrada, inviolable, infalible, vicario de Dios en la tierra, etc., que contra el jefe de un estado republicano que ha tomado y ejerce una autoridad desconocida en nuestras leyes fundamentales, y la cual está en oposición con el fin a que los colombianos hemos consagrado todos nuestros esfuerzos por más de 20 años? ¿Si es idéntico faltar a los deberes para con su patria, reuniéndose a sus enemigos, tomando las armas contra ella, o destruyendo sus instituciones, que tratar de restablecer un orden de cosas en el cual la nación tenía fundadas sus esperanzas de dicha y de libertad? Reos de alta traición fueron declarados los que en 1810 dieron impulso a la transformación política de la Nueva Granada y Venezuela, y reos de alta traición los que se opusieron a ella. Reos de alta traición los que destruyen las instituciones establecidas por la voluntad general, y también los que tratan de restablecerlas después de que por medios ilegítimos y violentos se han abolido. La sana razón condena con mucha justicia este contradictorio lenguaje. Si es verdad que la traición es lo contrario de la lealtad, yo puedo decir delante del mundo entero que no he sido traidor. Lealtad, dice un célebre escritor inglés, es una adhesión firme y fiel a las leyes y a la constitución de la sociedad de que uno es miembro. ¿Y se me puede negar que yo siempre he vivido adherido firme y fielmente a las leyes y a la constitución de mi país? ¿Que por esta adhesión he sido ultrajado, perseguido y despojado de la vicepresidencia de la República?

   Aparte de esto, yo no sé verdaderamente qué es a lo que he hecho traición, aun suponiendo que hubiera tomado parte en la conjuración. Yo no ayudé a crear la dictadura; yo no le presté obediencia voluntaria, ni fidelidad; yo no estimé legal el nuevo régimen, o, como lo han llamado, la regeneración de la patria; yo no prometí sostenerlo, ni defenderlo; en una palabra, yo era respecto de él lo que éramos los americanos respecto del gobierno de España, obediente pasivo por el impulso de la fuerza física. El abogado auditor quiso hacer retumbar el ruidoso dictado de reo de alta traición para llamar toda la execración del pueblo colombiano contra mí, sin cuidarse de averiguar si había ley, razón o motivo para cohonestarlo. Así, pues, por un epíteto tan gastado en la historia de las usurpaciones, yo llevo el título con que honraran los Tarquinos a Bruto, Felipe II al príncipe de Orange, el príncipe Mauricio a Barnevelt, Carlos II a Sidney, y Fernando VII a los Torres, Camacho, Ustaris, Roscios, Ascásubis, Quirogas, Morales, y al mismo general Bolívar.

   En el tercer considerando se me da el carácter de aconsejador y auxiliador de una revolución (aunque ya no de la del 25 de septiembre, de que en otra parte me supone agente) por medio del establecimiento de sociedades republicanas. A este cargo he respondido suficientemente en el cuerpo de este memorial desenvolviendo el objeto de tales asociaciones y la legalidad del consejo. Nótese bien que González, único testigo de las sociedades, al declarar el objeto de ellas, usa terminantemente de la voz observar la opinión pública, y no de otra alguna. Ahora bien: observar ni es ni ha sido nunca sinónimo de conspirar, conjurarse, o seducir, de donde se deduce que ni yo he pretendido hacer una revolución por medio de sociedades republicanas, ni he cometido delito en indicar que era el modo de conocer la verdadera opinión general nacional en circunstancias de que, suprimida la libertad de imprenta y privados de medios de publicación y aun de comunicarse con seguridad por los correos, no quedaba otro recurso razonable para no dejar sacrificar impunemente nuestras libertades.

   Cansado el juez de buscar motivos para condenarme, concluye la lista de los cargos diciendo: que de lo más que resulta de autos está comprobada mi criminalidad. Esta fórmula española sería buena para asesorar a los alcaldes de parroquia bajo un gobierno donde el hombre carece de la facultad de examinar la conducta de sus magistrados; pero es indigna de un juez republicano que va a decidir de la vida y del honor de un antiguo servidor de la patria, cuyo juicio debe ser fundado en leyes, en hechos incuestionables y en razones evidentes. Bien seguro estoy de que nada más resultaba de autos, puesto que, de lo muy poco de que pudiera servirse para condenarme, se tuvo gran cuidado de formar cargos, alterando unas cosas y faltando a la verdad en otras.

   Después del examen de los hechos y del resultado del proceso me es forzoso examinar las leyes que se aplicaron, y para ello os ruego, honorables representantes, que continuéis prestándome vuestra atención. Nunca ella puede ser inútil para el pueblo colombiano. Quizá de este memorial depende que ningún otro hombre nacido en esta tierra ilustre sufra las violencias y persecuciones que yo he sufrido. Quiera el cielo haber decretado que yo sea para siempre la última víctima de la venganza, de la arbitrariedad y de las facultades dictatoriales. La sentencia ha hecho aplicación de tres leyes, a saber: de la ordenanza general del ejército; de un decreto del poder ejecutivo, expedido en 1826, que prohíbe las reuniones clandestinas, y de otro decreto del mismo poder ejecutivo, llamado vulgarmente de conspiradores. Debo confesar mi asombro de no ver aplicadas también las leyes de partida, las de Castilla y de Indias, en todo lo concerniente a delitos de lesa majestad, alta traición, asonada, sedición o motín. La ordenanza general del ejército y el famoso decreto de conspiradores están en oposición. La primera exige un consejo de guerra de generales y una porción de fórmulas para juzgar a un militar; el segundo no reconoce fórmula alguna, ni más de un juez para juzgar los delitos de conspiración. La primera señala pena capital a los que emprendieron cualquier sedición, conjuración, o indujeron a cometer estos delitos, o que sabiéndolo no los denunciaron; el segundo no tiene tal pena contra los que saben la existencia de una conjuración.

   Así, pues, la ordenanza general del ejército fue buena para condenarme a la última pena como militar, pero no lo fue para juzgarme según las fórmulas que ella establece. El decreto de conspiradores fue aparente para juzgarme sin fórmula, pero no para aplicarme la pena de destierro a que únicamente podía estar sujeto, no siendo yo agente ni cómplice de la conspiración. Con estas dos leyes se hizo un juego escandaloso, tomándose de ellas solamente lo que podía perjudicarme y desechando cuanto debía favorecerme. Tomóse el decreto de conspiradores sólo para enjuiciar y libertarse de emplear las fórmulas protectoras que habrían arrancado la víctima de las manos enemigas, pero se prescindió de él al tratarse de la aplicación de la pena. Es increíble este procedimiento, y lo es todavía más cuando se observe que un decreto del Libertador presidente, expedido pocos días antes de la conspiración del 25, había declarado que la ordenanza general del ejército sería en lo sucesivo la única ley para juzgar los delitos de los militares. Quedó, por tanto, abolido para los que pertenecíamos al ejército el decreto de conspiradores, y no se debió, por consiguiente, traer a cuenta semejante disposición.

   Quiero corroborar todavía más y más la irregularidad escandalosa de juzgarme por tal decreto. El fue expedido en febrero de 1828 por el poder ejecutivo, en consecuencia de la agitación política de Venezuela y extendido a todo Colombia después del movimiento de Cartagena en los primeros días de marzo. En aquella época existía todavía la constitución de 1821, como que de ella tomó el poder ejecutivo las facultades extraordinarias para expedirlo, y cabalmente el objeto único que tuvo en mira fue el de conservar la misma constitución y las autoridades que emanaban de ella. El decreto ha dictado penas para castigar la rebelión contra las instituciones y las autoridades constitucionales, tratando por este medio el gobierno de llenar el deber de mantener el orden público establecido por el código colombiano. Y es este mismo decreto el que ha servido, después de abolida la constitución, para juzgar y castigar a los que pretendían restablecerla atacando un régimen político de que ella jamás pudo haber hecho mención. Monstruosidad tan disforme debe irritar al hombre menos sensible, y mucho más si fijando su atención en la historia de las agitaciones de Colombia, ve todas las perturbaciones y motines que se han ejecutado impunemente desde 1828 para destruir el código fundamental y derribar las autoridades constitucionales a despecho del decreto de conspiradores y del que prohibió las reuniones clandestinas.

   Para reprimir y castigar las tumultuarias reuniones de militares y de pueblos que destruyeron nuestras instituciones, no se hizo alto en que existía una ley que las prohibía y las condenaba; por el contrario, atacar las autoridades constituidas y las leyes se miró como una acción de grande patriotismo. Al comparar esta conducta en aquella época con los juicios dictados en octubre y noviembre de 1828, debe repetirse la observación del pirata a Alejandro: "Porque recorro los mares con un buque soy digno de muerte; tú que recorres el mundo con un ejército, pillándolo y vejándolo, eres héroe".

   La historia imparcial tendrá, por otra parte, el cuidado de declarar este contraste y decir por qué razón no se aplicó el decreto de conspiradores a los que lo infringieron, reuniéndose ilegalmente para trastornar y destruir las leyes constitucionales y crear una dictadura; y por qué se juzgó por él con tanta severidad a los que trataron de atacar un régimen de arbitrariedad introducido por la intriga y la violencia.

   El artículo de la ordenanza del ejército pudo servir para condenarme si yo hubiera emprendido alguna sedición o rebelión, o si yo hubiera sabido positivamente que iba a ejecutarse; pero no estando justificado que dirigiera o aconsejara la conjuración del 25 de septiembre, ni que hubiera sabido ciertamente que estaba pronta a ejecutarse, la fuerza del artículo penal disminuye considerablemente. La pena capital prefijada en el decreto de conspiradores no se señala sino a los autores de conspiraciones, y yo no he resultado haberlo sido de la que produjo mi proceso y condenación. En fin, el decreto del año de 1826, que prohíbe las reuniones clandestinas, menos puede comprenderme, porque no ha resultado que yo asistiera a ninguna de ellas, ni que se reunieran por mi autoridad o consejo. De todo lo cual deduzco que la aplicación de las tres referidas leyes, además de haber sido arbitraria y monstruosa, ha sido violenta e injusta. Basta leerla sin prevención para convenir en esta triste verdad, y basta recorrer el proceso y fijarse en las razones que llevo expuestas para persuadirse de que no sólo se han supuesto cargos que no resultaron contra mí; se han tergiversado las declaraciones de los testigos, y se ha omitido hacer mérito de los descargos que presenté, sino que se echó mano de leyes diversas para proceder y condenarme, de leyes derogadas y en desuso, de leyes extemporáneas cuyo literal sentido se forzó violentamente para satisfacer los deseos de despojarme de todo lo que la patria me había dado por mis servicios, para después encerrarme siete meses en una fortaleza rigurosamente tratado, y al fin expatriarme indefinidamente. ¿Puede negarse, a vista de este cuadro, que la sentencia pronunciada contra mí honra los anales criminales de los Jefferies y Sámanos? ¿Será temeridad asegurar que en el juicio pronunciado contra mí no han obrado sino el resentimiento, la venganza o la rivalidad? La atrocidad del procedimiento es más grande que el mismo delito que se supone haber yo cometido. Nunca podrá ponerse en paralelo y mucho menos disculparse una manera tan inicua de proceder. La historia ha vituperado al salvador de Roma la muerte de los conjurados de Catilina, privándolos del derecho de apelar al pueblo, no obstante que recibiera del senado romano la facultad de castigarlos por vías extraordinarias; ¿cómo no vituperar la condenación de unos ciudadanos a quienes se ha privado en la República de Colombia de todos los medios de defenderse?

   ¿Y esta es la sentencia que los cuatro ministros del consejo de gobierno calificaron de justa en su dictamen? Si Morillo los hubiera juzgado a ellos en 1816 como mis compatriotas me juzgaron en 1828 sin permitírseme defensa, sin carear todos los testigos, sin dejar hablar la verdad, a buen seguro que los señores del consejo de ministros hubieran podido llegar al estado de juzgar de mi suerte con tan poca firmeza e integridad. En los días de Tiberio no faltó un magistrado recto que se atreviera a hablar la verdad al tirano y reprimiera su arbitrariedad; en los infaustos días de la dictadura del Libertador de Colombia, no hubo entre los suyos quién arriesgara una palabra justa para detener la venganza exterminadora.

   Prescindo de discurrir sobre la monstruosa desigualdad a que se me ha sujetado en la sentencia con los verdaderos autores de la conspiración. El mundo culto ha reprobado las leyes absurdas que castigan con pena igual delitos o faltas diferentes. Yo, que lejos de haber contribuido a fomentar y ejecutar la conspiración del 25 de septiembre y a clavar el puñal en los guardianes del dictador, me opuse al proyecto e ignoré su tiempo y la hora de su ejecución, he sido tratado de la misma manera que los que formaron el plan, le ganaron prosélitos y lo ejecutaron. Prescindo, repito, de discurrir en la materia y paso a examinar las facultades que tuviese el gobierno para proceder de un modo tan arbitrario.

   Los partidarios del régimen dictatorial sostienen que todos esos juicios en que en lugar de sujetarse el tribunal a las fórmulas protectoras de la vida y del honor del ciudadano, ha procedido violentamente, están autorizados por el uso de facultades extraordinarias e ilimitadas conferidas al Libertador presidente en 1828. Yo no puedo convenir en tan pavoroso principio destructor del orden social. Enhorabuena que los estados, en ciertas y muy críticas circunstancias, puedan investir a un magistrado de toda la autoridad necesaria para salvarse de grandes e inminentes peligros; enhorabuena también que las repúblicas suspendan el imperio de las leyes ordinarias para salir del riesgo positivo de perder su existencia política. Pero yo niego al pueblo, cualquiera que sea, la facultad de investir a persona alguna del derecho de disponer arbitrariamente de la vida y del honor de los asociados. Quiero conceder, en gracia de los partidarios de la dictadura, que Colombia en 1828 estaba en absoluta necesidad de crear esa tremenda autoridad saludable en otro tiempo en las manos de su excelencia el general Bolívar; que no existiera la constitución, que los medios empleados para inducir al pueblo y conferirle el poder absoluto hubiesen sido legales y legítimos, y que el pueblo hubiese podido reunirse y deliberar en asuntos tan graves sin ninguna previa discusión ni urgencia. Todo lo quiero suponer, a gusto de los adversarios del régimen constitucional; todavía, sin embargo, asiento que el juzgar a un hombre sin fórmula alguna hasta privarlo del derecho de defenderse, y condenarlo a la última pena, no ha podido estar en la esfera de las facultades extraordinarias del presidente de la República, y por consiguiente ha abusado enormemente de la confianza de sus conciudadanos.

   Siendo el objeto con que los hombres se reúnen en sociedad el de proteger sus personas, sus propiedades, sus opiniones y su honor, el gobierno que mirara con desprecio este deber faltaría absolutamente a su objeto y debería ser considerado como tiránico, aunque hubiese sido establecido por la voluntad de todos. Cada sociedad es un ser colectivo de individuos en el cual ninguno tiene el derecho de cometer un crimen por su propia conservación. ¿Con qué sofisma, pregunta el académico Jouay, pudiera pretenderse probar que el todo de la sociedad poseía lo que no posee ninguna de sus partes? Si todo el cuerpo social no tiene derecho de asegurar su conservación a costa de un crimen, ¿cómo podrá transferise este derecho a los magistrados? El gobierno, cualquiera que sea, tiene derecho de castigar a los culpables y de indagar escrupulosamente quiénes son los que han cometido el crimen; pero el acusado también tiene por su parte el derecho de que se le oigan libremente sus descargos, de que se le admitan sus pruebas y de que no se le castigue injusta ni violentamente. En mi caso pudieron a lo más haber disminuido el tiempo ordinario de proceder, aligerado las fórmulas, arrestado sin necesidad de pruebas, supervigilándome, y todo lo demás que contribuyera a preservar la República de ser turbada por mi influencia o complicidad en la conjuración; pero nunca hacer alterar la verdad, nunca privarme del ejercicio del derecho natural, jamás tolerar que se cometieran crímenes para declararme culpable. Ningún colombiano tenía entonces ni tendrá en lo sucesivo este derecho. La República carecía de él; ¿cómo, pues, se pretende que haya podido delegarlo al presidente del estado?

   Estos principios, que algunos llamarán ideología para burlarse de las garantías individuales, han reglado siempre mi conducta. Dos veces expedí un decreto de conspiradores durante mi gobierno; el primero en 1823, a tiempo que Morales tomó posesión de Maracaibo; el segundo en 1825 con acuerdo y consentimiento del congreso en ocasión de un motín sedicioso contra la independencia en un pueblo de la provincia de Caracas. En ninguno alteré las fórmulas sustanciales de proceder, en ninguno me atribuí la facultad de aprobar o reformar las sentencias; en todo me incliné ante el sagrado deber de oír a los acusados y de respetar la verdad, dejando obrar libremente a los tribunales.

   La dictadura de 1828, ignominia del pueblo colombiano, que yo quisiera hacer olvidar a costa de mi sangre, en honor de mi patria, fue más lejos de lo que debiera haber llegado por decoro del país. Roma no tuvo jamás un poder semejante, aun cuando el pueblo romano por sus mismas leyes había autorizado la creación de esa autoridad. Dictadura indefinida, que no respeta cosas ni personas, a la cual todo está sujeto, lo sagrado y lo profano, el derecho natural y el positivo, la vida y el honor de los colombianos, los pensamientos y los desahogos de la amistad, no hubiera sido nunca establecida en la patria de Cincinato, ni los romanos habrían abdicado ilimitadamente sus derechos y su soberanía en persona alguna, fuera cual hubiese sido su virtud y amor a la justicia. Reservábase a los colombianos suministrar a la historia el escándalo de un pueblo que, habiendo combatido por la libertad y gozado por seis años de instituciones liberales y del ejercicio de sus derechos, se deja seducir y guiar por senderos tortuosos a encorvar su cuello bajo una autoridad absoluta que, sin producirle un solo bien, le ha acarreado desgracias incontables.

   La sangre derramada en los días de la dictadura, el luto de las familias, el encarnizamiento de los partidos, la desunión del estado, el ultraje de las leyes, la relajación de la moral, el descrédito de la nación, la guerra civil, son males que Colombia llorará perpetuamente. Se creyó que el violento despojo de la vicepresidencia que yo ejercía por la voluntad de la nación, restablecería la paz interior y colmaría de bienes a Colombia; se cohonestaron mis persecuciones con la necesidad de mantener la unión y la integridad nacional; se pensó que mi destierro de la patria acallaría para siempre la voz de los oprimidos y dejaría que ellos sufrieran contentos la pérdida de sus leyes y de sus garantías; se esperó, en fin, que el éxito podría justificar los inicuos medios que se habían empleado para quitar a Colombia su constitución y su gobierno constitucional. ¡Qué falaces son los cálculos del orgullo! Colombia nunca ha estado tan agitada como después del establecimiento de la dictadura; nunca han aparecido tantas insurrecciones patrióticas como después de mi ostracismo; nunca ha estado tan expuesta a la guerra civil como en estos últimos tiempos, y nunca hubo menos esperanza de conservar la integridad nacional que en la época presente. Y si siquiera el despotismo dictatorial hubiera tenido algún brillo; si siquiera conservara Colombia el honor que adquiriera por sus heroicos esfuerzos en fundar un gobierno liberal; pero desgraciadamente se ha visto sustituir un régimen militar a una constitución liberal legítimamente sancionada por la nación, destruidas las garantías individuales, ultrajados los principios de derecho político, desnaturalizado el derecho representativo, administrada la justicia por comisiones especiales, violadas las formas protectoras del hombre, suprimida la libertad de imprenta, sancionado el perjurio, establecidos la delación y el espionaje, guerras emprendidas para vengar ofensas personales, patriotas venerables desterrados o destituidos, batallones disponiendo de la suerte del pueblo, el patriotismo insultado, la adulación convertida en único servicio... No quiero continuar trazando la deshonra de mi patria.

   En fin, a despecho de una sentencia tan inicua, yo vivo por ocultos juicios de la Providencia que sugirió al general Bolívar el deber de no consumar mi asesinato judicial. El general Bolívar ha sido clemente, y sin detenerme a indagar el móvil de su procedimiento, mi gratitud no será menos sincera, ni yo negaré a su excelencia el mérito de haber ahorrado a la patria un grave crimen.

   Mi antiguo respeto hacia el Libertador, el convencimiento íntimo de sus importantes servicios y el recuerdo de las relaciones que un día existían entre los dos, me hacen desear que su excelencia hubiera sido antes justo que clemente. Justo debió haber sido franquéandome todos los medios de defensa, abriéndome el santuario de la ley para poder llegar a justificarme libremente, nombrando jueces imparciales e impidiendo que se aplicaran leyes contrarias entre sí. Un procedimiento tan franco para con una persona que suponía ser su enemigo o su rival, de quien tenía quejas reales o imaginarias, habría sido eminentemente honroso al general Bolívar, y si realmente hubiera resultado culpable, su clemencia entonces hubiera realzado el triunfo de sus pasiones y me habría impuesto eterno silencio.

   Sí: la justicia en tales circunstancias no sólo habría sido un deber sino una acción heroica. Vencer sin recursos y rodeado de obstáculos a los enemigos de su patria, no desesperar jamás del triunfo de su causa, salvar un país entero de la servidumbre, hacer arbolar la bandera tricolor en una inmensa extensión de territorio, son ciertamente acciones brillantes y gloriosas, pero que otros las han ejecutado o que pueden reproducirse. Pero vencer la pasión de la venganza, sofocar el resentimiento y el encono, ser justo pudiendo ser arbitrario, es un triunfo sólo de la virtud y tan singular y tan glorioso y tan sublime que la historia ha reservado su página más bella a la magnánima generosidad de Augusto.

   He concluido, honorables representantes, el deber que me impone el honor haciendo notoria la injusticia con que he sido perseguido sólo porque no quise ser instrumento de la servidumbre de mi patria. Las persecuciones que he sufrido me honran delante del mundo liberal y algún día la patria, libre de la influencia de las pasiones, honrará también mi nombre. Colombia al fin levantará su voz para juzgar su causa y calificará los servicios patrióticos y desinteresados de sus hijos. No está lejos ese día; pocos años han corrido aquí desde que el imperio y las restauraciones habían ahogado los principios de libertad y calumniado a los patriarcas de las ideas liberales, y ya la Francia, enarbolando su símbolo de gloria, tributa los debidos homenajes a la firmeza, rectitud y persecuciones de los fundadores de la libertad. ¿Por qué no ha de llegar para Colombia la época en que se levanten altares donde Piar, Padilla, Córdova, Guerra, Zuláibar, Azuero, Silva, han derramado su sangre bajo la espada de la tiranía y se condene al desprecio la memoria de los que, traficando con sus deberes y violando sus promesas, prestaron sus luces, sus brazos y sus servicios para derribar el edificio a costa de esfuerzos tan heroicos? Sí: llegará ese tiempo de vergüenza para los abyectos, de gloria y de honor para los que posponiendo sus intereses, su reposo, su fortuna y hasta su vida a las libertades colombianas, fueron víctimas del espíritu de partido, de la envidia, de la ambición y de la venganza. Entre tanto, yo que tengo la gloria de contarme en el número de las víctimas sacrificadas al poder dictatorial, viviré en tierra extraña, pero tranquilo al considerar que todos los honores y las riquezas del mundo no son tan valiosos como el consuelo de vivir sin un remordimiento.

Francisco de Paula Santander

FUENTE EDITORIAL
   Cortázar, Roberto, compilador. Cartas y mensajes de Santander. Bogotá: Voluntad, 1955, carta N° 2769, v. 8, pp. 62-68.
FUENTE DOCUMENTAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, pp. 260-288.
OTRAS EDICIONES
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 419-445.

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APENDICE

DOCUMENTOS A QUE SE REFIERE LA EXPOSICION ANTERIOR

TEXTO COMENTADO DE LA SENTENCIA PRONUNCIADA POR EL COMANDANTE DE ARMAS DE BOGOTA Y SU AUTOR EN VISTA DEL SUMARIO FORMADO CONTRA EL GENERAL SANTANDER. 1828 (7/11).

Bogotá, 7 de noviembre de 1828

   Visto el proceso criminal1 formado contra el general Francisco de Paula Santander por la conspiración del 25 último, y resultando:

   1. Que dicho general, tanto en su declaración indagatoria como en su confesión, ha negado haber tenido noticia de que se tramaba aquella conspiración ni ninguna otra, en contra del actual régimen político y la persona de su excelencia el Libertador presidente2;

   2. Que de las declaraciones del comandante Rudecindo Silva, teniente Ignacio López, capitanes Emigdio Briceño y Rafael Mendoza, consta que perteneciendo estos individuos a diversas secciones en las que estaban distribuidos los conspiradores para trabajar en el plan y hacer prosélitos, cada uno de ellos tenía un conocimiento íntimo de que el general Santander era el primer agente que obraba en la gran sección y dirigía el plan y que estaba reservado para dirigir los negocios, siempre que la revolución tuviese suceso, pues así se lo habían asegurado a ellos Florentino González, el comandante Pedro Carujo y Ramón Guerra, jefes de las secciones parciales3;

   3. Que Guerra en su última exposición afirma que el general Santander le habló sobre la conspiración, y que dicho general se opuso a ella, sosteniéndose Guerra en su exposición en el careo practicado con el general Santander4;

   4. Que el comandante Pedro Carujo expone lo mismo y aun habíale comunicado el proyecto de asesinar al Libertador en el pueblo de Soacha el domingo 21 de septiembre, y que el general Santander se opuso a que se perpetrara aquel designio, con cuya deposición ha convenido el general Santander en el acto del careo con el referido Carujo5;

   5. Que Florentino González también asegura haber hablado con el expresado general sobre la conspiración, y que en contestación le dijo: que no era tiempo oportuno, indicándole el sistema de formar en varios departamentos juntas con el nombre de republicanos dependientes de la central, que debía establecerse en esta capital para dirigir las operaciones de aquellas que tendrían el fin de ganar prosélitos y el influjo de algunos generales adictos al actual régimen y a la persona de su excelencia el Libertador presidente, para que de ese modo el movimiento fuese general y simultáneo6.

   6. Que todos los conjurados que han sido descubiertos y juzgados convienen, en sus respectivas declaraciones, con que el plan abortó en la noche del 25; pero que no tenían día prefijado para dar el golpe, circunstancia que justifica lo que Florentino González y el comandante Pedro Carujo dicen con respecto al general Santander, de que se oponía a aquel suceso, porque todavía no era tiempo, y porque no quería que se ejecutase mientras estuviese él en Colombia7, y considerando: 1° que aunque el general Santander al principio de su causa ha negado haber sabido que se tratase de alguna conspiración contra el presente régimen y la persona de su excelencia el Libertador presidente, después ha confesado, en fuerza de las declaraciones de Ramón Guerra, del comandante Pedro Carujo y Florentino González, haberla sabido; pero que se opuso a que se llevase a efecto y mucho más a que se asesinase la persona de su excelencia el Libertador mientras estuviese él en Colombia; pero que convino en que se practicara la conspiración cuando se hallase fuera de la República, y que entonces estaría pronto a prestar sus servicios8.

   2° Que como ciudadano de Colombia y mucho más como general de la República, no sólo no ha cumplido con sus primeros deberes de haber impedido la conjuración y asesinato premeditado contra el jefe supremo de la nación, sino que ha cometido un crimen de alta traición por no haber denunciado la revolución que se tramaba y el horrendo designio de asesinar en Soacha al Libertador9.

   3° Que el expresado general no sólo se manifiesta sabedor de una revolución, sino también de aconsejador y auxiliador de ella, sin que pueda valerle de ningún modo el que no haya estado en su ánimo la conspiración del 25, pues él mismo confiesa haber aprobado una revolución, y aun haber aconsejado los medios de realizarla por el establecimiento de la sociedad republicana10, circunstancia que le califica de cómplice en la conjuración del 25, pues poco importa para su defensa que haya estallado en aquél día o en cualquiera otro la revolución que aconsejaba y caracterizaba de justa, porque lo que se deduce es que abortó su plan por la opinión del capitán Benedicto Triana, cuyo acontecimiento no dio lugar a que se efectuase cuando el general Santander se pusiese en marcha para los Estados Unidos del Norte, según él lo deseaba. Por estos fundamentos, y lo más que resulta de cierto, se concluye que el general Francisco de Paula Santander ha infringido el artículo 26 del tratado 8, título 10, de las ordenanzas del ejército, que impone pena de horca a los que intentasen una conjuración, y a los que sabiéndola, no la denunciaren11; ha infringido el artículo 4 del decreto de 24 de noviembre del año 2612, por el que se prohíben las reuniones clandestinas; y con más eficacia el decreto de 20 de febrero del presente año contra los conspiradores13. En esta virtud se declara que el general Santander se halla incurso en la clasificación que comprende el segundo inciso del artículo 4 de este último decreto, y se le condena, a nombre de la República y por autoridad de dicho decreto, a la pena de muerte y confiscación de bienes en favor del estado, previa degradación conforme a ordenanza; consultándose esta sentencia para su aprobación o reforma con su excelencia el Libertador presidente.

Rafael Urdaneta
Tomás Barriga y Brito

(Firmado)

   Nota. Esta sentencia fue modificada por el Libertador presidente y quedó reducida a privación de empleo y destierro de Colombia durante la voluntad del gobierno. No es del caso indagar cuáles fueron los motivos que el general Bolívar tuviese para no haber confirmado el asesinato judicial decretado el 7 de noviembre contra mí; sean cuales fueren, yo recibí la orden de dejar el país y la conservación de mis bienes aunque sin permiso de enajenarlos, concesiones que estimaré siempre, aun cuando ni la generosidad ni la justicia las puedan haber dictado. Pero habría sido altamente honroso y digno del Libertador de Colombia haberme presentado todos los medios de defenderme y de vindicarme en una causa tan importante, si era realmente delincuente a las leyes, y un juicio seguido por todos los trámites regulares habría evitado hasta la sospecha de que el resentimiento y la venganza pudieran haber influido en mi condenación. Si no era delincuente, nada más glorioso para un hombre elevado a un eminente puesto y condecorado con títulos honoríficos, que haber mostrado su amor a la justicia y su respeto a los derechos naturales de un hombre que añadía la circunstancia de haber consagrado dieciocho años de servicios a su país en todo el curso de la revolución americana.

   Después de haber salido de Bogotá con el objeto de embarcarme en Cartagena para Europa, se me encerró en el insalubre castillo de Bocachica, por el de siete meses, en una pieza indecente y húmeda, incomunicado con todo el mundo, menos con el comandante; sujeto a duras restricciones y supervigilado rigurosamente. Sólo se permitió que me acompañara el joven Francisco González, cuya fidelidad hacia mí le honrará siempre, y que mi cuñado el coronel Briceño me visitara cada ocho días en presencia del comandante. De Bocachica salí para Puerto Cabello, y permanecí a bordo de una fragata de guerra dos meses, también sujeto a mil restricciones. Debo decir en honor de la justicia que los comandantes de la fortaleza de Bocachica se condujeron con decoro y delicadeza respecto a mí; que el comandante de la fragata Cundinamarca, coronel Jolly, procuró dulcificar mi situación; y que los jefes del Magdalena y de Venezuela no abusaron de su autoridad irrogándome nuevos ultrajes. El último se portó como un valeroso que no conoce el arte de insultar al infortunio. Siento no poder decir más de todas las personas que me comprobaron su amistad y su aflicción por mis padecimientos. Quizá en otra ocasión será un deber mío y de mi familia publicarlo en honor de nuestra común patria.

   Representación dirigida al Libertador presidente de Colombia por el general Santander desde Bocachica, refutando la sentencia pronunciada el día 7 de noviembre, que por la primera vez vio en una Gaceta de Bogotá. Esta representación se elevó por conducto del general Montilla, y tengo documento de haberla recibido el ministro de la guerra en Bogotá.

FUENTE EDITORIAL
   Archivo Santander. Bogotá: Aguila Negra Editorial, 1923, v. 18, pp. 288-293.

NOTAS DEL GENERAL SANTANDER
1 Un sumario y nada más que un sumario no es, ni puede ser, proceso en ninguna legislación.
2 Esto es falso. Pero quiero conceder en gracia del juez que yo hubiera estado negativo, ¿por este solo hecho resultaba que yo era conspirador? No me parece buena lógica semejante consecuencia.
3 Es falso también que los cuatro oficiales primeramente nombrados hayan declarado lo que se expresa. Si su dicho estribaba en lo que dicen que les habían asegurado González, Carujo y Guerra, las exposiciones de éstos han anulado aquél, porque todos tres han declarado todo lo contrario. Además, los testigos Silva, López, Briceño y Mendoza no han sido careados conmigo (roto el original), absolutamente injusta y contraria por tanto al derecho natural.
4 Es falso que Guerra haya dicho que yo le hablé de la conspiración; en el careo rectificó Guerra su exposición declarando que él me había hablado, no de conspiración, sino de un bochinche, término muy común para expresar una cosa despreciable.
5 Es igualmente falso que Carujo haya dicho que yo le hablara de conspiración. El designio de asesinar al general Bolívar lo supe yo por casualidad, y Carujo me lo ratificó en ocasión en que pude disuadirlo y salvar al presidente de una muerte violenta y desastrosa.
6 González ha declarado que yo me opuse a su proyecto; lo mismo dice el juez que declararon Carujo y Guerra; luego yo no era primer (roto el original) la conspiración ni dirigía el plan; luego el segundo párrafo de (roto el original) es inválido. La exposición de González la ha tergiversado el juez a su voluntad, según se verá después.
7 Confieso que no entiendo el cargo; pero no deja de traslucirse que, supuesto que abortó el plan, yo no tuve parte en ello, y por consiguiente no he sido director ni ejecutor de la conspiración del 25 de septiembre. De esto hablé más extensamente en el documento que sigue a la sentencia.
8 Yo no he confesado nada de esto, ni podía confesar hechos que no han pasado, como lo refiere la sentencia.
9 Tres testigos han declarado que hice cuanto pude para desvanecer todo proyecto de revolución, y la misma sentencia confiesa que me opuse a ella, y que salvé al Libertador de ser asesinado en Soacha. Este era mi deber en fuerza de mis principios y de mis (roto el original). Aquí se me hizo creer que la revolución ya estaba (roto el original) lo declaró González. ¿Qué había pues que (roto el original) ley que declare crimen de alta traición la no denunciación de un proyecto que apenas empezaba a meditarse y que creí desvanecido? Los delitos políticos son creados por las leyes, y no habiendo ley que convierta en crimen una acción, no hay delito. Esta es la legislación de la eterna justicia.
10 Todo esto es falso. Ni yo he aconsejado hacer revoluciones y menos las he auxiliado. Me refiero al careo de González conmigo, en donde éste manifiesta la verdad de este suceso, y desmentida la aserción del juez.
11 La ordenanza del ejército fue buena para aplicarme el artículo 26 que se cita; pero no lo fue para que se siguiera mi causa por los trámites regulares que ella prescribe, y se me juzgara por un consejo de guerra. La ordenanza fue excelente para condenarme y no lo fue para modificar la pena de reales órdenes expedidas en 1791. Yo he explicado la disposición que se menciona (roto el original) para presentarme como delincuente y (roto el original) me permitiera, ya que no defenderme al menos (roto el original).
12 Este decreto lo que prohíbe es que los militares se reúnan tumultuariamente a hacer actos o representaciones contra el sistema constitucional, como lo habían practicado en todo el año de 1826. Me asombra cómo es que se ha traído a cuenta contra mi semejante decreto, yo que no he formado ni asistido a ninguna junta de esta clase, ni que he atacado el sistema constitucional.
13 Este famoso decreto de conspiradores fue expedido en 1828 para reprimir y castigar las conjuraciones contra la constitución entonces vigente, y contra las autoridades constitucionales. Abolida la constitución y suspensas o depuestas dichas autoridades en fuerza del decreto del Libertador de 27 de agosto, ha servido también para castigar las conspiraciones contra el nuevo régimen, no habiendo ley u orden anterior que así lo previniese. Este decreto fue abolido respecto de los juicios contra los militares por una orden del Libertador expedida a fines de agosto o principios de septiembre de aquel año, la cual se publicó en la Gaceta, y sin embargo él ha servido contra mí para todo lo odioso y no ha servido para lo favorable. Se me ordenó un sumario en cumplimiento de este decreto, y no se hizo uso de él para aplicar la pena determinada en el articulo.

CARTAS INTIMAS DE FRANCISCO DE PAULA SANTANDER A SU HERMANA, DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO


55
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1828. (19/11)

Guaduas, 19 de noviembre de 1828

   Mi amada Josefita:

   Ayer tarde hemos llegado aquí bien; estamos en casa del coronel Acosta. El doctor Pescador nos trató muy bien en Villeta. No he tenido novedad de cólico, mas la cabeza la tengo mala por consecuencia del romadizo y del invierno. El camino ha estado fatal. Montebrune me trata muy bien; estoy contento; otro oficial, el capitán Alvarez, se ha unido a la escolta desde Facatativá, es buen hombre.

   Nada te diré de pesares, porque no sé cómo puedo resistirlos. Dios me dé paciencia.

   Briceño me sirve de mucho consuelo. Los otros presos han ido adelante.

   Mis cariños afectuosísimos a los niñitos, que los pienso cada momento. Memorias a mi tía Nicolasa, a la Patiana, las Catiras, las Fortoules, el padre José María, las Cetinas, en fin, a todas nuestras buenas amigas. No se te olvide jamás el padre González, el padre Durán y Jiménez.

   Tu desgraciado hermano que te ama de corazón,

Francisco de Paula Santander

   Sobrescrito: Para Josefita.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 94-95.

56
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1829 (17/2)

Bocachica, febrero 17 de 1829

   Mi amadísima Josefita:

   Mis cartas son tan desagradables que a veces estoy intentado a no escribirte, pero por no aumentar tus penas y alarmarte con mi silencio, lo hago. Estoy sumamente indispuesto del estómago, de tal manera que he perdido la gana de comer y aun sufro unos desvelos mortales. Estoy tan fastidiado de esta mi actual situación que hay días que deseo un terremoto que echara abajo este castillo y me envolviera en sus ruinas; si los entretenimientos agradables y aun los mismos placeres fastidian cuando son repetidos sin interrupción, ¿cómo no fastidiará una vida llena de privaciones y tan monótona como la que tengo? Así es que el día que viene Briceño a vernos es un día de regocijo y de festividad.

   Hoy se me ha comunicado una orden del general Montilla, advirtiéndome que por orden del gobierno me trasladará cuanto antes a otro punto. No sé a que parte sea, ni puedo prever si lo pasaré mejor que aquí. De cualquier manera que sea, es preciso sufrirlo todo con paciencia y esperar a que cesen de algún modo tantos padecimientos. Tengo una secreta confianza de que quizá mejoraré de situación. Ignoro si la orden para trasladarme proviene del gobierno de Bogotá o del Libertador, y repito que no sé si quedaré todavía en este departamento o me llevarán a otro. Puede deducirse de todo esto que mi salida de Colombia se dilatará mucho y que yo padeceré esta detención quién sabe hasta cuándo. ¡Quiera Dios que Colombia reporte algún bien de todos mis padecimientos!

   Tengo el pesar de que Briceño se irá ya pronto para su casa; me ha parecido demasiada imprudencia de mi parte molestarlo más, y menos cuando debe hacer falta a sus negocios. Mucho siento la separación de Briceño; él me ha servido con un interés y voluntad muy laudables y estimables; ha sido mi mejor y único consuelo. Sírvate esto de un nuevo motivo para que lo ames con ternura más, si es posible, de lo que he visto que lo amas.

   Mis cariños a todos los niñitos, a esos pedazos también de mi corazón. Los pienso incesantemente y les deseo las mayores felicidades. Memorias a mi tía, al padre José María, a las Catiras, Fortoules, Calvos, Caicedos, Cetinas, Duranes, padres y monjas, en fin, a toda persona amiga tuya y que aún le merezca yo algún recuerdo. Recibe memorias de Pachito, mi excelente amigo y compañero, y el corazón de tu fino e invariable hermano,

Francisco de Paula Santander

   Remite inmediatamente la adjunta

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá, Editorial Kelly, 1976, pp. 158-159.

57
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1829. (7/3)

Bocachica, marzo 7 de 1829

   (Favor del señor Arrubla).

   Mi querida Josefita:

   Casi es superfluo escribirte supuesto que, según nos dices, no has recibido más carta mía del mes de enero que la del 23. El demonio sabe dónde habrán ido a parar las cartas. Va ésta para decirte que ahora estoy acometido de dolores de reumatismo provenientes de la humedad, que hace tres días que a fuerza de lavativas y de maná contuve un ataque de cólico y a fuerza de refrescos he atajado la fiebre que me atacó. Dios envía el mal y la medicina y en los mayores trabajos siempre quedan algunas ráfagas de esperanza y de alivio. Sé por Briceño, que estuvo aquí antier, que estaba mejorada la niñita Angustias y que tú te hallabas con fuertes dolores de reuma o de muelas. No sé cuándo será el viaje para Venezuela, ni cuándo será que el Libertador me dejará siquiera por compasión salir a vivir y morir fuera de mi patria. Seis meses cuento de trabajos corporales y, a decir verdad, sin merecerlos. Pero, con todo estaría conforme y aun ya contento, si me dejaran ir con Dios. Como yo me fuera, aunque perdiera la hacienda que me han dejado, aunque todos se adunaran para hacer manifiestos contra mí, aunque todos me ultrajaran de la manera que se les antojase. Quiero mi libertad natural aunque sea entre privaciones y lejos de mi familia y de mis amigos y no prosperidades privado de ella. ¡Cuántos menos padecimientos y penas! Este viaje a Venezuela ha sido una ocurrencia bien extraordinaria.

   Mis cordiales cariños a mis ahijados; mil besitos a todos ellos. Esa capitana es una vagamunda que merece estar en Bocachica. Memorias a mi tía, tío, Patiana, Catiras, etc. etc. etc. y a todos los que, y a todas las que te consolaren y te preguntaren por mí. A las Ibáñez, muy particulares expresiones. A tu madrina mándale la adjunta para Catalina Rodríguez.

   Nada te diré de Briceño que tú no puedas concebirlo. Sus servicios en esta desgracia han sido y son tan voluntarios y tan oportunos, que un padre apenas habría hecho lo mismo. Hasta ha tenido la buena fortuna de no enfermarse. Siempre que viene de Cartagena me trae una porción de simplezas y su gusto es ver qué se me ofrece.

   Adiós, mi amada Josefita; el cielo te dé salud, paciencia y resignación para sufrir tus penas. Recibe el lacerado corazón de tu amantísimo hermano,

Francisco de Paula Santander

   Pachito me encarga darte mil memorias y que, habiendo sabido que su padre estuvo en Bogotá, le digas a Briceño con qué objeto fue y qué destino o giro ha tomado. El no sabe de su familia desde su salida de Bogotá.

   A Antonia que Pepe está cada vez más gordo y la piensa mucho y que nada ha sabido de su taita Ramón. Ahora está Pepe de maestro de primeras letras, enseñando a leer a Cruz, a Juan y al indio José María.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 161-162.
FUENTE DOCUMENTAL
   Lecuna, Vicente, compilador. Cartas de Santander. Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio, 1942, pieza 336, pp. 159-161.

58
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1829. (23/3)

Bocachica, 23 de marzo de 1829

   Amadísima Josefita:

   Antier que estuvo aquí Briceño he tenido uno de los pocos días agradables que han desaparecido para mí. Además del gusto de verlo y de saber que no había novedad en la casa, me trajo una carta del general Páez y la que Soublette te envió a ti, añadiéndome que Perucho y el padre Méndez te habían escrito en los términos más satisfactorios, ofreciéndote que harían por mí todo cuanto nuestra antigua amistad y mi situación exigían al presente. Y para que la visita de Briceño fuese completamente agradable, me trajo pan bueno que no comía hacía muchos días, carne fresca que en cuatro meses no había visto ni probado, y un poco de dulce de almíbar para reemplazar la negra y fatal panela de que he estado obligado a alimentarme.

   La carta del general Páez está cuidadosamente escrita y me ofrece que encontraré en Venezuela la mejor hospitalidad y su consideración personal, y que con esta confianza debo ir. Esta promesa y las de Soublette, Perucho y el padre Méndez me inspiran confianza y seguiré a aquella provincia con menos disgusto. Cambiaré quizás esta habitación húmeda y tan distante de los recursos por otra seca y más inmediata donde se encuentre prontamente un médico y alimentos frescos y convenientes a mi complexión enfermiza. Es probable que salgamos dentro de quince días en un buen buque de guerra, y como el padre Méndez no te dirá una cosa por otra respecto al modo con que me tratan y a los padecimientos que me hagan sufrir innecesariamente, espero que si sabes que me haya ido regularmente y que padezco menos de lo que he padecido aquí en estos seis meses, escribas al general Páez dándole las gracias por su conducta respecto a mí. Nada digo de dárselas al padre Méndez, a Perucho, etc., porque esto me parece superfluo advertírtelo. ¿Sabes lo que me infunde tristeza? La larga distancia a que vamos a quedar y el triste recuerdo de que en las bóvedas de La Guaira murió víctima de los españoles nuestro bien amado tío.

   También me ha llenado de consuelo el haber sabido que Soto y Gómez están viviendo con el padre Méndez, libres de la prisión de Puerto Cabello. Mucho me ha compadecido la suerte de Soto, tan cargado de familia, tan pobre y tan amoroso de sus hijos y de su mujer.

   Mis agasajos cariñosos a las niñitas y al cabezón.

   Te incluyo una guedeja de mi cabello para que lo pongas en un medalloncito y se lo des a mi pensadísima Manuelita. Este no es cabello de otro mérito que el de ser de su tío y padrino enviado desde su prisión de Bocachica en los días en que la fatalidad le ha acarreado un sinnúmero de desgracias. A la ex capitana que la aguardo en Puerto Cabello y que para que el viaje sea más pronto, que se embarque en San Diego y navegue hacia Tunja. Mis expresiones afectuosísimas al tío, a mi tía, las Catiras, Fortoules, Calvos, la Patiana, las Ramírez, los Caicedos, las Vargas, Olanos, Azuolas, don Juan de Dios, la Sabaleta, a mi amigota la viuda de Uscátegui, las Melos, las Cetinas, la Aranda, mi comadrita Nieves y al ahijado, la Neivana, las del Tintal, las Pardos, las Duranes, etc. Al obispo de Gachetá, al doctor Cardozo, a Polo, padre González, Correa, Suárez, a Sebeli muchas cosas, en fin, a cuantos conserven por mí amistad, gratitud o compasión.

   Pachito te agradece infinito el que le mandes noticia de su familia y te saluda afectuosamente. Juan ya ha vuelto antier un poco manso. Los demás criados te piensan mucho. Pepe le manda a su mamá Antonia el adjunto papelito para que vea que vive y está bueno.

   Yo francamente le he dicho a Pachito, a Juan y a Pepe, que si no quieren ir a pasar más trabajos a Venezuela, que pueden volverse a Bogotá. Ninguno quiere aceptar el partido y Pachito se da por sentido que le proponga el dejarme en estas circunstancias. Dicen que viene el Libertador a Bogotá muy pronto. Lo celebro por todo. Quizás se sacara algo presentándotele tú misma. Por lo menos cuando no quiera dejarme ir fuera del país, que no me tengan tan oprimido como estoy, como si me hubieran condenado a prisión. ¿Cuántas veces me quieren sentenciar?

   Salúdame a mi señora Manuela y a las Ibáñez. Bernanrdina me tiene olvidado. Eso no parece propio de quien ha llorado el no haber nacido en Atenas. Sé que tu madrina está buena y buena moza; me alegro bastante, porque una buena moza se atrae todas las atenciones y se evita mil desaires.

   Creo que con esta carta tendrás algún consuelo, pues no he podido en seis meses escribirte nada que pudiera mitigar tus penas. Dios te dé paciencia y muchos años de vida para consuelo de tus hijos.

   Tu amantísimo hermano que no te olvida un instante,

Francisco de Paula Santander

   En el sobre:
   A la señora Josefa Santander de Briceño.
   Bogotá
   Favor del señor J. M. Arrubla

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 169-171.

59
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1829. (23/4)

Bocachica, abril 23 de 1829

   Mi pensadísima Josefita:

   Al cabo de 12 días en que no veía a Briceño, estuvo aquí ahora tres días y supe que a la salida del correo del 7 de este mes permanecías sin novedad junto con todos los niños. No estoy yo lo mismo, pues continúo con el estómago tan malo que no hay día en que no tenga que hacerme alguno de mis acostumbrados remedios. Los alimentos me matan y parece que todo se ha conjurado a hacerme daño. Paciencia.

   Díjome Briceño que ibas a hablar con no sé cuál de esos señores ministros para consultarle si tendría buen resultado una representación que ibas a dirigirle al gobierno suplicándole que, en vista de mis enfermedades, me trasladaran a Cartagena. Te agradezco el paso, que sin duda es casi necesario para procurar hacerme algunos medicamentos con formalidad y bajo la dirección de un facultativo. Acaso no faltarían algunos sujetos de respeto y confianza que quisieran tenerme en su casa y fiarme completamente, además de que nada me importa que me pongan guardias, privación o comunicación, etc., con tal que pudiera habitar una pieza no tan húmeda como ésta, que pudiera conseguir alimentos frescos y aparentes a mi complexión delicada y facilitarme prontamente un médico. Puedes creerme que estoy bastante quebrantado y que los dolores cólicos no me dejan descanso. Esto es lo que me atormenta excesivamente, pues las restricciones y vigilancia que se tienen conmigo en cierta manera alientan mi amor propio porque prueban que yo no soy un hombre despreciable.

   Si para el correo próximo nada viniere del gobierno en favor mío, pienso representar nuevamente al general Montilla el mal estado de mi salud para que se tome alguna providencia o que se me diga de una vez: "usted debe morir ahí martirizado a dolores".

   Me es duro esperar tanta inhumanidad de parte de los que tienen la culpa de que yo esté aquí. Desventura mía fue nacer... qué sé yo qué iba a decir. Tengamos conformidad y fortaleza, que Dios a nadie abandona absolutamente.

   No me acuerdo si te he dicho que el colorado Morales está tratando de quitarme la hacienda fundado en derechos imaginarios y más bien en los favores que ahora le dispensan y en mi situación desgraciada. Según la opinión de varios abogados de crédito a quienes consulté en Bogotá, Morales no tiene razón ninguna. El mismo don Pepe Castillo es de este dictamen; pero ahora que la fortuna me ha vuelto la espalda y que puede perseguir mis propios intereses, temo que sea justo lo que antes del 25 de septiembre no lo era. A todo estoy preparado con resignación. Ya he dado mis competentes instrucciones a Arrubla para el sostenimiento del pleito, porque es preciso ayudarse uno mismo para que Dios le ayude. El Libertador se instruyó por medio de Pepe París de la sinrazón de Morales y del fundado derecho que yo tenía para no temer nada; así me lo aseguró el mismo París la antevíspera de esa malditísima conspiración. Sírvate esta noticia de motivo para que por tu parte le recomiendes encarecidamente al mayordomo el cuidado de la hacienda y sobre todo la economía. Careciendo ya de sueldo y no teniendo más que esa propiedad y una casa inutilizada por los temblores de tierra, es probable que si Morales vence, quede yo reducido a buscar una subsistencia entre mis pocos amigos. Creo también que si en este estado le pidiera una limosna al general Bolívar, me la daría por su propia gloria. Pero es mejor no tener que ponerse a prueba de la amistad ni de la generosidad de nadie.

   Supongo que habrán tenido fiesta en estas pascuas por las noticias del sur, según me informó Briceño. No les tengo envidia. Mi espíritu hace mucho tiempo que renunció a los placeres de esa clase de fiestas. Ahora sólo apetezco quietud lejos de este país [un roto del papel impide leer las memorias y saludos a varias personas]... a la Rusita y a la angustiada muchos besitos. Mis memorias a los tíos, al padre Durán, padre González, Cardozo, Polo, las catires, la neivana, las Cetinas, Caicedos, la patiana redactora de la gaceta del día, en una palabra a todo amigo y conocido, amigas y conocidas.

   Pronto cumplo cinco meses de estar metido en una prisión, dentro de otra prisión. ¿Cuánto faltará todavía? Dios nos dé paciencia y salud.

   Tu amantísimo hermano, que no te olvida.

Francisco de Paula Santander

   Saludo a las Ibáñez muy afectuosamente y en particular a mi señora Nicolasita1.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828,1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 178-179.

NOTA
1 Inédita. Cortesía del doctor Guillermo Hernández de Alba.

60
A DOÑA JOSEFA SANTANDER DE BRICEÑO. 1829. (30/5)

Bocachica, 30 de mayo de 1829

   Mi querida Josefita:

   Tu salud y la de los niñitos me llena de contento. Yo tengo tres días regulares y seis o más de dolores al vientre que me atormentan demasiado. Briceño estuvo aquí antier y me dijo que estaba preparando el rancho para el embarque, que no sabemos qué día será, ni si se desbaratará. Te dije y lo repito que voy con el consuelo de que mejoraré en acercarme a un lugar donde haya un médico pronto y diario, alimentos análogos a mi complexión y una habitación menos húmeda. Por otra parte entre Perucho, Soublette, el padre Méndez y el mismo Páez, ¿cómo no han de aliviarme mis padecimientos corporales? Este Bocachica es condenado por todo: yo no sé cómo se le escapó a Morillo y a Sámano enviar aquí a los patriotas, y menos cuando dos virreyes tuvieron aquí presos a los célebres doctor Ricaurte y general Nariño por conspiradores.

   Me parece que hoy o mañana cumple tu comadre Manuelita ocho años. ¡Qué diversas eran nuestras circunstancias entonces! Dile que ya supongo que escribirá perfectamente y que tendrá mucho juicio y formalidad. Al cabezón y a la Rucia muchos cariños y a la angustiada mil besitos. A la señora ex capitana que por aquí ha corrido la noticia de que su mamá le sacudió el polvo muy duro, que no sea melosa ni zalamera.

   Mis memorias a la tía, tío, a los parientes, amigas y amigos. No olvides a las señoras Mendigaña, Zabaleta y Camejo, de quienes agradezco su conducta contigo. Mis enhorabuenas a las señoras Campuzanos. Recibe tú las cariñosas expresiones de don Pachito, que se porta finamente. Todos los criados están buenos y averiguan por tu salud y por los niñitos.

   Creo que pronto estará en ésa el Libertador según lo que he oído. Si su llegada y los esfuerzos de ustedes nada consiguen en esta vez en orden a mi extrañamiento, nos resolveremos a morir en prisiones no obstante un decreto expedido por el Libertador, y todo el interés que personas respetables han mostrado por su cumplimiento en favor mío y en honor del gobierno. Siquiera sacaremos de tan largo encierro e incomunicación el que se pueda sacar en limpio cuántos son los millones de pesos que yo me tomé del empréstito y cuál es su paradero, porque hasta ahora ha habido duda, unos suponen que fueron cinco millones, otros que cuatro y el que menos ha echado es millón y medio, y respecto del paradero de todos los han creído existentes en Londres. Ni hay mal que por bien no venga. Tengo la confianza de que el tiempo ha de ir descubriendo las calumnias con que tan innoblemente me han perseguido. Después de la capitulación de Obando y de que el Libertador ha estado por el sur, ¿quién ha vuelto a decir que yo tenía parte en la revolución de Popayán del mes de octubre?

   Ten paciencia y resignación principalmente con la ausencia del buen Briceño. Yo procuro revestirme de ella y sufrir con dignidad y fortaleza.

   Abrazo a todos los de casa y me repito tu amante hermano,

Francisco de Paula Santander

   Memorias a las Ibáñez. A tu madrina, que no sea tonta, ni tan de cristal.

   No me han dado más papel para escribir que éste y me sirva de molestia pedir más al comandante.

   De mi parte procura manifestar a Basalo todo mi reconocimiento por sus servicios. Saludo a Justo y que él ha sido más feliz que yo.

   A la señora Josefa Santander de Briceño, de su hermano1.

FUENTE EDITORIAL
   Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio, proceso-prisión-destierro, 1828-1832. Bogotá: Editorial Kelly, 1976, pp. 188-189.